>El instinto de conocer

>


Homo sapiens (ma non troppo) es una especie seleccionada para adaptarse a mundos cambiantes, impredecibles. Como individuo no es gran cosa: lento, sin garras ni colmillos… pero en grupo su capacidad para sobrevivir aumenta considerablemente. Su natural chismoso, su tendencia al cotilleo, a repasar cada incidencia, propia y ajena, la adicción a predecir, a apostar… facilita la generación de conocimiento más o menos fiable.

El conocimiento se suma de individuo a individuo y de generación en generación, por imitación, experiencia e instrucción en un período de aprendizaje prolongado, a lo largo de toda la vida. 

Lo conocido contiene un componente consolidado de verdad (aparente), un conjunto de regularidades, de reglas de comportamiento predecible de la realidad interna y externa. A este núcleo denso de verdad se adosa una capa de conocimiento inestable, de verdades posibles de probabilidad incierta, pendientes de validación. 

La red neuronal contiene, por un lado, la arquitectura de la “verdad verdadera”, incuestionada, el soporte al que deben someterse todas las decisiones, la condición necesaria, exigida, inviolable y, por otro, la de la verdad relativa, incierta, abierta a modificaciones, a correcciones provenientes de nuevas experiencias (propias y ajenas) e instrucciones de signo contrario.

La frontera entre lo cierto y lo incierto no es nítida ni estable. No disponemos de una etiqueta que certifique la condición de conocimiento fiable y podemos incluir en los sistemas de verdad “verdadera” todo tipo de falacias mientras rechazamos por “increíbles” verdades como puños.

El instinto por conocer promueve una dinámica de búsqueda de certezas en un equilibrio complicado de apertura a la novedad, al cambio, al reconocimiento de errores. La condición social de lo conocido, su carácter identitario, la dependencia de la sanción del grupo al que se pertenece, nos deja en manos de lo que los líderes de opinión dicten como cierto en cuestiones referidas a universos que no controlamos con los sentidos (por ejemplo, el interior del organismo).

El instinto por conocer opera también en el universo del dolor y busca certezas e incertidumbres bajo el paraguas de diversos líderes, con opiniones generalmente contradictorias, “alternativas”. La red aprende a activar el programa dolor, donde y cuando los líderes previamente validados, seleccionados, dictan.

El individuo tiene la ficción del YO pensante y decidiente.

Las certezas del dolor son las de su realidad (“YO sólo sé que me duele”) y las de que hay algo que no funciona allá donde duele (“si me duele el pie izquierdo, algo no va bien en el pie izquierdo”).

La certeza de la subjetividad, de lo percibido (“sé que me duele”) no permite deducir la objetividad del supuesto daño (“algo no va bien donde duele”). Una cosa es el mundo virtual, imaginado por el cerebro, rebosante de predicciones (memoria de futuro) y otra el real, determinado por lo que realmente está sucediendo debajo de la piel fuera del alcance de los sentidos, el daño relevante en sí mismo.

El padeciente da por cierto el sentido del dolor, con sus receptores y sus circuitos de procesamiento pero tal sentido no existe:

“Lo he visto con mis propios ojos, con mis receptores retinianos” no tiene siempre el equivalente de “lo he sufrido con mis propios nociceptores (detectores de nocividad)”. No siempre tenemos un clavo en el zapato,  una infección en un dedo o una quemadura. Muchas veces sólo hay temor cerebral al daño, imaginación neuronal, probabilidad insufrible emocionada…

– Lo he percibido en mi propia consciencia. Es seguro que mi cerebro me ha proyectado su temor en su YO…   

Esta es la certeza fiable del dolor: 

Si duele es que el cerebro convierte el conocimiento disponible, construido a golpe de experiencia propia y ajena e instrucción, en dolor.

No podemos evitar conocer, tejer una red de convicciones, expectativas, temores, esperanzas. La red contendrá una cuota de falacias disfrazadas de verdades (aparentes), axiomas. La Ciencia procura una inmunidad relativa frente a la falacia pero no siempre los proclamados como “líderes de opinión” son los inspectores de la Ciencia. Muchas veces no son mas que intermediarios del mercadillo de las causas y remedios varios.

Si acude a un profesional en busca de alivio para el dolor, especialmente si no está suficientemente explicado por la constatación de daño relevante, exija conocimiento sobre neuronas. Sabemos que existen huesos, músculos, articulaciones, tendones y nervios (siempre pinzados, por supuesto). Alguien debiera advertirnos que bien, todo eso es cierto pero que no es menos cierto que existe, además, una red neuronal que construye conocimiento, por puro instinto de conservación y que lo aplica sin miramientos.

– Me duelen las cervicales…

– ¡Vaya usted a saber!

– El cerebro me proyecta dolor sobre el área cervical…

– ¡Eso está mejor!  pero… ¿por qué cree que lo hace?

– No lo sé. Puede que haya algo recién dañado o que el cerebro imagine daños teóricos… les atribuya relevancia posible…

– Todo es posible…

Es cierto, sabemos que el cerebro existe y que lo hace gracias a que se ocupa de que sigamos vivos imaginando todo tipo de peligros con más o menos fundamento, el fundamento que facilita la cultura.

Controle su conocimiento. Es tan importante como controlar el peso, la tensión arterial, la glucosa…

No tengo claro que en el tema del dolor sin daño relevante deba aconsejarle: “consulte a su médico” 

Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
Esta entrada fue publicada en Neurociencia y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a >El instinto de conocer

  1. legemcruz dijo:

    >Estimado D. Arturo,Después de 3 días con pseudo-cefalea(que no migraña, y eso ya es un gran avance) me encuentro bien, y sin haber sucumbido a la tentación de la triptanita. Tenía la convicción de que nada malo sucedía en mi cabeza y que el programa dolor se había activado sin causa real de daño, pero aún me rondan cuestiones de mis muchos años de padeciente, que me hacen flaquear en algún momento del proceso y echar mano del consabido antiinflamatorio. Por supuesto, estoy diagnosticada de bruxismo, y me hice la correspondiente férula de descarga. Como hace tiempo que no me la pongo, me hizo preguntarme si el apretar por la noche (parece que lo hago mucho, ya que tengo muy desgastados los dientes)pudo estar relacionado con este dolor de cabeza que pasé estos días. ¿Esa tensión continua en los maxilares puede entenderse como "compresión" en la zona que justifique el dolor? De momento, el buen conocimiento sólo lo conseguimos de usted.Muchas gracias, como siempre,Cruz

  2. >legemcruz: no creo en la teoría de los dientes apretados por la noche ni en la eficacia de las descargas con prótesis. Si le pregunta a un especialista en máxilofacial probablemente le dirá lo contrario. Lo importante es lo que crea usted. En todo caso no hay inflamación por muy consabido que sea el uso de antinflamatorios.Saludos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s