Aprendizaje evaluativo

 

No venimos al mundo con todo aprendido. Nuestras acciones no siempre son reflejos seleccionados por la evolución, y codificados en el genoma.

Existe también la genética del aprendizaje, la dinámica de explorar y catalogar las consecuencias de nuestra conducta, interactuando con un entorno complejo, que no siempre muestra sus señas de identidad.

El aprendizaje no garantiza el acierto. Hay una cuota inevitable de error en los ensayos.

El Sistema Neuroinmune es el que se encarga del aprendizaje defensivo, de etiquetar como amenazantes cada uno de los escenarios con los que interactuamos.

Complejas cadenas moleculares de procesamiento de las células vigilantes inmunes, determinan el que agentes externos e internos, gérmenes y células propias, sean tolerados o señalados con el punto rojo de peligro.

Complejos y cambiantes estados de conectividad en la red neuronal generarán, así mismo, estados de evaluación de amenaza que se expresarán en la conciencia como percepciones somáticas (dolor, cansancio, desasosiego, adinamia), es decir, síntomas, cogniciones, emociones y sesgos atencionales, centrados en el contenido del proceso evaluativo.

La red neuronal defensiva también cometerá errores en su exploración de ese entorno incierto. La detección de error permitirá ir reduciendo los fallos y afinando la segregación de las acciones en inofensivas o peligrosas.

Habrá agentes ofensivos que burlarán la vigilancia neuroinmune y serán tolerados y otros, inofensivos, que desencadenarán respuestas de protección innecesarias, mortificadoras, invalidantes, o, incluso, letales.

El aprendizaje es un proceso biológico, con un correlato de complejísimas reacciones moleculares.

En mi opinión, diversas etiquetas diagnósticas, como la migraña, fibromialgia, dolor crónico inexplicado… expresan un error evaluativo, no detectado ni corregido como tal error, sino todo lo contrario.

Los síntomas no son valorados como la expresión en la conciencia de que determinados recursos están activados por error (evaluar amenaza-enfermedad sin haberla) sino como prueba de que existe, necesariamente, una enfermedad, que debe investigarse como tal, para dar con la terapia curativa o paliativa correspondiente.

El cáncer es la consecuencia de un error evaluativo inmune, que codifica como células seguras, tolerables, a las que no lo son, permitiendo o, incluso, colaborando, con el crecimiento patológico de la colonia que ha conseguido burlar la vigilancia inmune con el punto verde falso (“don´t eat me”).

Las enfermedades autoinmunes expresan el error contrario. Componentes normales, fisiológicos, de determinadas células o del espacio extracelular, son codificados (evaluados) como señales de amenaza y el sistema inmune los destruye, poniendo en peligro la integridad y función de los órganos marcados erróneamente con el punto rojo (“eat me”).

La función evaluativa es una función biológica, fundamental.

Los profesionales debiéramos ayudar a la catalogación correcta de lo amenazante.

El primer paso es el de visualizar, explicar, el proceso, su trama interna, en la medida que vamos conociéndola.

Negar el proceso de aprendizaje evaluativo defensivo no es la solución. Si lo hacemos, colaboramos inconscientemente a consolidar el error en vez de disolverlo.

Para algunos, con la propuesta del aprendizaje evaluativo estamos sugiriendo que el origen de la enfermedad es psicológico. No es así. En ningún momento decimos ni sugerimos eso.

Con la pedagogía y exposición gradual a la actividad normal pretendemos corregir los catálogos erróneos y recuperar la actividad perdida, secuestrada, por el error evaluativo.

No se trata de gestionar emociones, templar ansiedades ni levantar ánimos decaídos. Pueden colaborar y siempre vendrá bien considerarlos, pero de lo que hablamos no es de eso, sino del complejo proceso evaluativo neuronal.

Proponer la enfermedad misteriosa como origen de los síntomas, a la vez que se niega el proceso evaluativo, no ayuda.

Tratar de corregir el error, con Pedagogía del proceso, y la recuperación de la actividad, está ayudando a muchos.

Optamos por esa vía.

No es una vía psicológica, ni física.

Es una vía biológica. Química, sólo química, pero con historia, con aprendizaje, con narrativa, con creencias y expectativas, con tutela de expertos.

 

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Divulgar errores

 

El problema pavoroso del “dolor crónico”, o mejor dicho, del dolor sin explicación ni justificación biológica, necesita con urgencia un proceso serio de alfabetización en lo que se entiende como “educación en Neurofisiología del dolor”

En este blog intento cumplir con ese objetivo y una de las tareas es evaluar la información que sobre el particular aparece en los medios.

En el marco de las charlas TEDx, un conocido divulgador de Neurociencia expone conceptos y propuestas que, desde lo que sabemos hoy día a “neurociencia cierta”, son erróneos y/o discutibles.

Después de justificar la necesidad de explicar la Neurobiología del dolor para afrontar el drama del dolor inexplicado, comienza a desgranar conceptos que contienen errores de bulto:

“Si queremos entender el dolor tenemos que irnos también a la nocicepción que es nuestra capacidad de sentir el dolor…”

Incorrecto. La nocicepción no detecta el dolor sino el daño consumado o inminente. El dolor no se genera en los tejidos sino en un conjunto de áreas cerebrales, de cuya activación conjunta y sólo desde esa activación, surge en la conciencia el sentimiento “dolor”.

“El sentido del dolor, un sentido formado por nervios distribuidos por todo el cuerpo y que expresan nociceptores, los receptores del dolor…”

No existe ningún sentido del dolor. Los nociceptores detectan información molecular de daño necrótico celular consumado o inminente (estrés celular) o estados físicoquímicos nocivos (mecánicos, térmicos y químicos).

“La información generada por los receptores de dolor llega a unas partes del cerebro que procesan el dolor .Ese procesamiento hace que lo sintamos…”

Reincide en el error. El dolor, parece sobrentenderse, se forma en los tejidos. Los “receptores” lo detectan y conducen hasta el cerebro y allí se procesa para que podamos sentirlo. Todo incorrecto.

Al cerebro le llega información continua sobre estado de los tejidos. A veces sufren daños o amenazas. Esos daños y amenazas son detectados por los receptores correspondientes de las neuronas nociceptivas, y se codifican en un tren de señales electroquímicas que llegan a los centros que pueden evaluarlas y generar respuestas de protección: el dolor es una de esas respuestas. Un output, no un input.

Cita a continuación el caso de la “sensibilidad congénita al dolor”. En mi opinión debiera denominarse “insensibilidad congénita al daño”, no al dolor.

Finalmente expone su explicación del por qué de la epidemia actual de dolor: el estilo de vida moderno que hace que aparezca el dolor para avisarnos y protegernos. Todo puede generar dolor, no sólo los estímulos físicoquímicos que activan los nociceptores.

Segrega el componente discriminativo del emocional y hace referencia a una frase: el dolor es inevitable, sufrir es opcional…”

El dolor genera emociones negativas y estas emociones negativas lo amplifican. El cerebro va afectándose cognitivamente, la capacidad de afrontamiento se reduce…

¿Solución?

Mantener en lo posible el optimismo, la lucha por llevar vida normal y, sobre todo, hacer visible socialmente el sufrimiento, relatarlo, perder el pudor.

En fin, esto es lo se divulga en nombre de la Neurociencia moderna.

Por un lado están las terapias con “evidencia científica” y por otro los hallazgos de neuroimagen que muestran la interacción profunda del dolor con “lo emocional”.

Ninguna referencia al aprendizaje, a la construcción de emociones al calor de la instrucción experta, el miedo, la desinformación, la cultura rampante del dolor…

La charla no ayuda. Generará un impulso compasivo transitorio en los oyentes pero, en el fondo, perpetúa los errores de bulto:

  1. El dolor surge de los tejidos: “receptores de dolor”, vías de dolor, procesamiento del dolor…
  2. El dolor expresa todo tipo de estados emocionales negativos. Es el modo inespecífico con el que el cerebro nos informa y protege de todo aquello que la red neuronal evalúa como “mala vida”, en los planos físico, psicológico, “emocional”…

Realmente decepcionante pero sintomático del estado de la divulgación neurocientífica en este apartado.

Creencias, expectativas, aprendizaje tutelado por información experta…

Al parecer no cuentan…

Eso también es Neurociencia.

 

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Tarjeta roja

Los lectores del blog conocen mi propuesta teórica para los “Síndromes de Sensibilización Central”, de los que la migraña, fibromialgia y “dolor crónico” serían las únicas etiquetas diagnósticas que contemplo, pues son las que tengo experiencia suficiente para escribir sobre ellas.

Pienso que se podría considerar este apartado de la patología como un error evaluativo neuroinmune. Serían enfermedades autoneuroinmunes.

El Sistema Neuroinmune se ocupa de la defensa de la integridad física del organismo. Dispone de un componente congénito, aprendido a lo largo de la evolución de nuestra especie, que nos permite defendernos de modo rápido y eficiente de incidentes de daño necrótico consumado o inminente y reparar las lesiones generadas. Este componente congénito complementa sus recursos de detección y respuesta con el componente adquirido-aprendido. Cada organismo, en función de su peripecia biográfica exclusiva y multifactorial, irá configurando un catálogo de lo que es amenazante y actuará en función de lo que ese componente neuroinmune haya evaluado como peligroso, con más o menos acierto, con errores por exceso (lo inofensivo será tratado como peligroso) y por defecto (lo peligroso será tolerado como si fuera inofensivo).

El componente adquirido-aprendido en nuestra especie está poderosamente influido por el impacto de la cultura, bien por el cambio que esta genera en el entorno físico o por la presión de las cogniciones y propuestas conductuales defensivas que propone.

Los expertos somos los que propiciamos esas cogniciones y pautas conductuales defensivas y el ciudadano las asume con más o menos consciencia.

Gran parte de la aportación de la cultura experta ha contribuido eficazmente a la defensa de la integridad física del organismo. La expectativa de vida ha mejorado, gracias a que disponemos de recursos externos eficaces de detección y control precoz de procesos patológicos, que hubieran burlado la vigilancia neuroinmune.

Sin embargo el complemento cultural de vigilancia puede generar un exceso de atribución de amenaza y propiciar estados de alerta neuroinmune innecesarios que generan mortificación e invalidez extrema.

Un organismo razonablemente sano y apto para la tolerancia de diversas variables externas e internas puede hacer la residencia en ese organismo difícilmente soportable, impidiendo la opción de una vida normal.

En ese contexto de error evaluativo inducido por la cultura experta, propongo la opción de la Pedagogía en Biología neuroinmune.

Explicamos a los ciudadanos víctimas de la etiqueta Migraña , Fibromialgia o Dolor crónico, el proceso básico de la vigilancia y protección neuroinmune y el riesgo del error evaluativo por exceso (dar como peligroso lo inofensivo). Explicamos cuestiones  biológicas fundamentales desde la perspectiva de la Neurociencia actual y eso es todo.

Los pacientes adquieren ese conocimiento y lo aplican sin que nosotros les demos pautas.

Un porcentaje sustancial, mejora. Menos mortificación e invalidez y normalización de la vida. Menos fármacos.

En la revisión del último curso de migraña, un alumno comentó que a un conocido suyo le expulsaron de un grupo de facebook por dar el testimonio de una mejora sustancial con la intervención pedagógica.

Hace unos años expulsaron a una doctora de una asociación de pacientes por promover el modelo pedagógico.

Basta con exponer la hipótesis para que las redes sociales y las asociaciones de pacientes saquen la tarjeta roja, de modo fulminante.

Se puede ir, incluso, más allá: a la tarjeta roja preventiva: impedir el acceso de la propuesta a los grupos de pacientes o profesionales, ignorarla, despreciarla, tergiversarla.

El organismo acepta y pone a prueba la instrucción de expertos. Las terapias desfilan secuencialmente una vez se admite la etiqueta diagnóstica. Si “funcionan” se aceptan. Si no, se rechazan y se prueban otras.

Cuando ya todo ha sido probado, pero rara vez antes, algunos ciudadanos desesperados se inscriben en algún curso, leen el blog o libros y, en un porcentaje notable, recuperan la vida normal.

El subsistema neuronal del sistema neuroinmune ha aceptado, en los casos favorables, la corrección de la Pedagogía y ha desactivado el punto rojo del peligro a escenarios inofensivos.

El organismo reconsidera tarjetas previas rojas injustas y tolera lo que hasta ese momento evitaba.

Eso, al parecer, resulta insoportable para algunos colectivos.

Puedo comprenderlo pero me genera rabia e impotencia.

A nadie le gusta que le saquen la tarjeta sin motivo.

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El dolor ni informa ni protege.

 

Acostumbramos a atribuir a la Biología intencionalidad y función.

El dolor, como producto biológico, no es una excepción.: informa de que algo va mal y protege la reparación de una zona dañada.

Es la situación ideal pero no la más frecuente.

En muchos casos el dolor ni informa ni protege. Más bien lo contrario: mortifica e invalida sin ninguna prestación como contrapartida.

Sucedería lo mismo con el sonido del sistema de alarma. No necesariamente informa ni protege. En muchos casos mortifica, confunde e invalida.

El dolor fuerza a buscar información pero no la facilita. Impone una conducta de protección pero no siempre hay algo que proteger.

La emergencia del dolor en la conciencia sólo certifica que la red defensiva se encuentra en estado de alerta por posible incidencia de amenaza física y que esa evaluación lleva consigo una conducta coherente de protección.

El individuo se da por enterado. Solicita información y explora conductas de minimización del dolor.

La clave está en el proceso evaluativo. Si es erróneo lo que procede es conseguir información de error y disolver la conducta protectora.

– Es un error evaluativo. Procure hacer vida normal.

Si tuviéramos la certeza del error retomaríamos la vida normal, el movimiento normal.

No estamos instruidos en esa posibilidad.

Explicamos el dolor con cualquier circunstancia inofensiva y acatamos el modo protector, moviéndonos con miedo.

Los profesionales debiéramos normalizar la información del error evaluativo y los consejos de actividad confiada, una vez se ha descartado una causa que explique y justifique ese dolor, es decir, un dolor informativo y protector.

– Tengo dudas doctor. No sé si es un dolor justificado o sólo se trata de un error evaluativo.

Historia clínica, exploración, pruebas si se considera necesario…

– Es todo normal. Es un error evaluativo.

– Gracias doctor. Es lo que pensaba pero quería asegurarme.

El error queda correctamente catalogado como error. Nada de estreses, desánimos, alimentos, excesos y defectos de esto y lo otro… Es un error dar como causa de dolor lo que no tiene ningún fundamento biológico.

– Me duele la rodilla cuando va a cambiar el tiempo… Los días de niebla me duele la cabeza…

El organismo aborrece la incertidumbre. Tiende a dar como causa cualquier casualidad. Si no consideramos la posibilidad del error evaluativo cada incidencia de dolor reforzará dicho error.

– Todo me duele. Ya nada me quita el dolor… Me dicen que no tengo nada… Nervios…

Hay que dar al proceso evaluativo la importancia que tiene. Si hay un error debe visualizarse.

Consulte a su médico. El le dirá si se trata de un error o hay materia que justifica el dolor.

Así debiera ser…

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El dolor, explicado

 

El dolor, a la vez que informa y protege, fuerza al individuo a dar con una explicación, por su propia cuenta o solicitando la ayuda de expertos.

En cuestiones superficiales (cutáneas) la explicación resulta diáfana: una herida, una quemadura, un clavo en el zapato, algo que comprime o tira.

Lo que pueda estar sucediendo por debajo de la piel es harina de otro costal. No siempre conseguimos evidencias que disuelvan las conjeturas previas erróneas.

La Tecnología ayuda a visibilizar el interior opaco.

Una fractura, un cáncer, una infección, un desgarro muscular, una extrusión discal…

La misma Tecnología complica las cosas, a veces:

– Es todo normal. No hay explicación para su dolor.

No tendría que doler… pero duele. Tenemos un problema.

Puede darse una aparente explicación:

– Tiene usted artrosis, varias hernias de disco. No me extraña que le duela.

Parece resuelta la incógnita pero no es así. Muchos ciudadanos indoloros pueden tener las mismas imágenes.

Otra aparente explicación: la etiqueta diagnóstica:

– Tiene usted fibromialgia. Por eso le duele.

La etiqueta no explica nada.

– ¿Por qué duele la fibromialgia si no sucede nada en los tejidos que explique y justifique ese dolor?

Hay varias explicaciones (aparentes) disponibles:

– No se sabe. Es una enfermedad misteriosa.

Quizás en el futuro se descubra la causa, tal como sucedió con los gérmenes.

– El Sistema nociceptivo, el que detecta las amenazas a la integridad física, está sensibilizado y genera señales de peligro con estímulos inofensivos, internos y externos. Es un “síndrome de sensibilización central”

Son las neuronas del sistema defensivo las que operan en un régimen de hiperexcitabilidad. ¿Por qué?

No está claro. Varias explicaciones posibles.

– En ocasiones un suceso nocivo físico, como un accidente, un latigazo cervical, por ejemplo, puede dejar sensible el sistema neuronal defensivo.

La activación generada por un suceso nocivo real deja una huella facilitadora en los circuitos. Algo así como un estrés postraumático.

– Lo psico-emocional puede ser determinante. Un suceso traumático psicológico, un estado de ánimo decaído… El dolor puede ser la expresión de que las cosas no se han resuelto como es debido.

El dolor no es patrimonio exclusivo de lo físico. No sólo duele el cuerpo. También el “alma” puede generarlo. Eso dicen algunos.

Hay, además, explicaciones cuestionables o matizables:

– Tiene usted puntos gatillo… una tendinopatía… fascitis plantar…

Para unos es una explicación suficiente. Para otros la explicación debiera considerar la socorrida “sensibilización central”, con lo que volvemos a los consabidos ¿”por qué-s?

El San Benito de los por qués se lo reparten los tejidos maltratados y degenerados y el sistema nociceptivo sensibilizado, a su vez disputado por eventos físicos o psicosociales adversos.

En definitiva: hay dolores completamente explicados y justificados y otros parcial o absolutamente injustificados.

Cada individuo es único. Lo que toca es tratar de comprender la historia que el organismo construye y memoriza. Las historias son falsables. Pueden auditarse y mejorar su correlación con lo que realmente sucedió, sucede y puede suceder.

– Su dolor no tiene justificación plausible. Estamos ante un dolor complejo- La explicación, por tanto, es compleja.

– Me gustaría conocerla.

Es un primer paso. El acuerdo entre el paciente y el profesional para aceptar la complejidad de la génesis del dolor, cuando no existe una explicación clara.

El organismo exige una explicación.

La que decidamos dar o aceptar influirá notablemente en el comportamiento del dolor.

Know pain, no pain

 

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Nuevo curso de migraña

Convocamos un nuevo curso (edic. 27) intensivo para pacientes de migraña, en Vitoria, los días 5 de Mayo y 14 de Julio (revisión).

Los interesados pueden llamar al 696541479.

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Dolor somatomorfo

Una amiga andaluza me envía el link de un voluminoso dossier (2011) de la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía, que contiene las recomendaciones para una buena práctica clínica de Atención Primaria en el terreno de la Ansiedad, Depresión y Somatizaciones.

Por somatización se entiende (pag. 107):

Presentación reiterada de síntomas somáticos acompañados de demandas persistentes
de exploraciones clínicas, a pesar de repetidos resultados negativos de exploraciones
clínicas y de continuas garantías de los médicos de que los síntomas no tienen una
justificación somática. Aun en los casos en los que realmente estuvieran presentes
trastornos somáticos, éstos no explican la naturaleza e intensidad de los síntomas, ni
el malestar y la preocupación que manifiesta el enfermo. Incluso cuando el comienzo
y la evolución de los síntomas guarda una estrecha relación con acontecimientos
biográficos desagradables, o con dificultades o conflictos, el enfermo suele resistirse a
los intentos de someter a discusión la posibilidad de que las molestias tengan un origen psicológico, lo que puede incluso suceder aun estando presentes síntomas depresivos y ansiosos evidentes.

Se establece un apartado específico para el dolor como expresión principal del trastorno somatomorfo (pag 110): “dolor somatomorfo persistente”.

Persistencia de un dolor intenso y penoso que no puede ser explicado totalmente
por un proceso fisiológico o un trastorno somático. El dolor se presenta con
frecuencia en circunstancias que sugieren que el dolor está relacionado con
conflictos o problemas, o que da lugar a un aumento significativo del apoyo y la
atención que recibe el enfermo.

La Psiquiatría tiene su propio organigrama diagnóstico, uno que permita poner orden y consenso en la mente profesional en el universo de los síntomas, quejas y demandas de los pacientes.

Los pacientes con dolor expresan la queja del dolor y demandan que se les explique porqué les duele y que se alivie en lo posible el sufrimiento.

En muchas ocasiones las exploraciones son normales y no se encuentra una causa “orgánica”, “física”.

La sospecha recae en estos casos sobre “lo psicológico”.

Se pregunta por estados de ánimo, ansiedades, catastrofismos, sucesos psicoemocionales previos o concurrentes y si el “psicoanálisis” da positivo, se sugiere que ese mundillo psicoemocional perturba la función somática y genera sensaciones que son amplificadas y malinterpretadas por el paciente, reforzando la tesis de “yo algo tengo que tener”.

No hay manera de convencer al paciente de que lo suyo es somatomorfo y no somático y todo ello crea un “trastorno” a ambos: paciente y profesional.

Tengo la sensación de que el término “somatomorfo” es de uso privado en Psiquiatría y que ningún paciente lo usa, probablemente porque lo desconoce.

– Me dicen que lo mío es somatomorfo…

No me suena.

Se precisa en el dossier que el dolor, la queja, no es simulada, sino real.

El profesional debe aceptar esa realidad (aunque no siempre sea así) pero el paciente también debe aceptar el origen psicológico (tampoco suele ser siempre así).

Parece somático pero no lo es. Sólo somatomorfo.

El trastorno somatomorfo crea un trastorno asistencial.

Visitas improductivas a Salud Mental, consumo ineficiente de psicofármacos, estigmatización y frustración.

– A mí me duele.

Creo que el trastorno puede desaparecer con el nuevo marco teórico del dolor.

Los pacientes aceptan y agradecen que se les explique con detalle la Biología del dolor, desde la perspectiva actual de la Neurociencia.

– Mi dolor es neuronal

Los profesionales no siempre aceptan el nuevo marco, salvo la excepción notable de un colectivo creciente de Fisioterapeutas y pequeños grupos de médicos de Atención Primaria.

Todos los dolores son somatomorfos y somáticos. El dolor es dolor. No existe un dolor sólo con aspecto de dolor.

Algunos aparecen porque hay algo dañado y otros lo hacen porque la red neuroinmune ha actuado como si lo hubiera o fuera a haberlo, lo ha imaginado.

Lo que procedería, en todo caso, es clasificar los daños en somáticos y somatomorfos (imaginados).

El daño somatomorfo sería aquél que no existe pero el organismo actúa como si existiera.

Creencias, expectativas.

Ahí nos duele.

 

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Lavar el estómago

 

A veces el organismo hace cosas incomprensibles. Una de ellas es generar náuseas, ganas de vomitar, sin que haya ningún motivo razonable para ello.

Nos subimos al coche. Hay curvas, quizás el conductor debiera ir más despacio… pero no tiene sentido que aparezca la sugerencia de eliminar el desayuno.

El vómito adquiere sentido evolutivo si nos protege de peligro ingerido, de tóxicos.

El viaje no añade toxicidad a las tostadas y al café con leche. El vómito no tiene sentido.

La misma objeción aparece con una crisis de migraña.

¿Por qué sinrazón va a resultar peligroso lo comido el día de la crisis si es lo habitual y al resto de comensales parece sentarles bien?

Un organismo que aprecia peligro alimenticio sin haberlo, actúa en modo hipocondríaco, intolerante.

Imagine que un servicio de la comunidad en la que vive, vela por la seguridad alimenticia y tiene la potestad de decidir si puede comer lo que ha comprado para ese día, en el mismo super que el resto.

En el momento más inoportuno e inesperado entraría en su casa y le apremiaría a que usted “decida” echarla a la basura…

– ¿Por qué tiras la compra a la basura?

– Porque me da la gana. No puedo evitarlo. Ya sé que la compra no contiene peligro pero hay algo interior que me obliga a librarme de ella.

Las metáforas de los absurdos del organismo resultan surrealistas porque, realmente, lo que hace nuestro mal pensado organismo es surrealista en muchos casos.

El Sistema Neuroinmune vela por la seguridad de lo que hemos decidido comer. Desplegado a lo largo del tubo digestivo, está habilitado evolutivamente para detectar peligro real en la comida ingresada. Si la mayonesa tiene estafilococos lo detectará y faltará tiempo para que recibamos las ganas de vomitar y defecar.

El problema reside en la azotea, en las altas esferas, en la sede de la supuesta inteligencia. El cerebro imaginativo, la joya de nuestra especie, en la que depositamos todas nuestras esperanzas de supervivencia, nace incompetente y debe aprender el oficio de protegernos, sin más recursos que los recibidos en los genes, los de la inteligencia evolutiva.

Un recién nacido debe interpretar todos los mensajes sensoriales que genera la interacción con el entorno. Debe aprender a ver, oir, palpar, degustar, olfatear, guardar el equilibrio, pensar, decidir, controlar las emociones, predecir…

La cosa se complica en un entorno modificado por su especie y que la evolución no ha tenido tiempo de evaluar.

No hay nada previsto para interpretar correctamente los mensajes sensoriales generados en un coche, un objeto artificial que se mueve por su cuenta. Los sensores de aceleración angular del oído interno, el flujo óptico de la retina, todas las señales de articulaciones que genera el movimiento… todo ello bombardea al cerebro sin que tenga codificado nada aprendido.

Un cerebro que no sabe lo que sucede, tiende a interpretar que uno ha comido algo que no debía. Lo que procede es eliminar la incertidumbre, lavar el estómago, purificar el contenido, recuperar la fiabilidad.

¿Por qué el vómito de la migraña?

¿Por qué el de los viajes?

Porque el cerebro desconfía de lo que desconoce.

¿Por qué el vómito de la intoxicación alimentaria?

Porque el Sistema Neuroinmune congénito del tubo digestivo confía en lo que conoce.

El Sistema Neuroinmune adquirido debe aprender de los errores pero no siempre detecta y corrige esos errores.

Puede, incluso, que la cultura experta los facilite.

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