Dolor: juicios, culpas y causas

Ayer conocí un comentario de una lectora de mi libro “Migraña, una pesadilla cerebral”, en Amazon. Lo transcribo:

Padezco migrañas, así que lo abordé con auténtico interés. Una aproximación neurológica accesible para el profano y una solución hasta cierto punto original. Hasta cierto punto porque no encuentro mucha diferencia a nivel práctico entre “razonar con tu cerebro” y convencerle de que está en un error (la migraña) y otros procedimientos (autohipnosis, relajación) Conceptualmente puede que sea distinto, pero a nivel práctico representa que el enfermo se conciencie de su dolencia y participe activamente en mitigarla con técnicas cognitivas. Al final se deposita igual, directamente en él, la “responsabilidad” de la migraña y la obtención de la salud. De este modo eres “culpable” de tener migraña porque tu cerebro (digo yo que uno mismo) está equivocado y desencadena un proceso que no está justificado. Si tienes éxito es que la teoría funciona y si no lo tienes “es que tú no te sabes convencer”. Mientras, la migraña ahí sigue y mi cerebro y yo estamos en contienda.
El libro resulta ameno y enriquecedor en su faceta científica hasta la mitad. Luego es una reiteración que abunda en nuevos conceptos sobre funcionamiento del cerebro pero no añade nada al hecho de que la migraña es una dolencia difícil de abordar por médicos y pacientes.

Siempre es de agradecer que alguien se tome la molestia de expresar su opinión como lector. Es obligación del autor reflexionar sobre lo que en él se dice. No siempre la intención se refleja debidamente en el texto.

En mi opinión la lectora (“Elena”) ha interpretado algo que yo no digo. Más bien intento decir lo contrario.

La intención del autor no es concienciar al paciente de su problema para después mitigarlo con técnicas cognitivas o de relajación.

La Pedagogía sólo pretende divulgar conceptos actuales sobre Biología del sistema defensivo neuroinmune. El dolor, los vómitos y la intolerancia sensorial de la crisis migrañosa no son sino la expresión hacia el individuo de un estado de alerta de dicho sistema. Evidentemente el organismo ha cometido el error de activar la alarma y la protección sin que se de ninguna condición que, remotamente, lo justifique.

No es cierto que se culpabilice al individuo. Ponemos siempre énfasis en eliminar el sentimiento de culpa en los pacientes. La analogía del sistema inmune así lo aclara: uno no es culpable de tener alergia al polen. Es su organismo, a través del sistema neuroinmune, el que activa la respuesta inflamatoria y otras (por ejemplo, el estornudo y lagrimeo) porque evalúa erróneamente como peligroso (potencialmente infeccioso) el aire que contiene moléculas procedentes del polen.

La Pedagogía en la alergia consistiría en explicar el proceso evaluativo del sistema neuroinmune al paciente, el error en este caso.

En la alergia la información sobre la causa del síndrome no modifica su evolución. Saber que el sistema inmune del organismo en el que uno reside está equivocado no cambia nada. Los linfocitos no responden directamente a las explicaciones.

En el caso de la migraña y otras entidades afines, se da la misma situación pero la responsabilidad del proceso evaluativo recae fundamentalmente sobre el sistema nervioso. Activar la alerta migrañosa por evaluación de peligro en la cabeza por una supuesta condición potencialmente patógena (interna o externa) es responsabilidad de la función evaluativa neuronal.

A través de la pedagogía explicamos el proceso y hacemos ver que las creencias y expectativas de la rama neuronal del sistema neuroinmune de defensa, se alimentan básicamente de la cultura y que, al igual que se generan errores pueden, teóricamente disolverse. Las herramientas son el conocimiento y la aplicación práctica, desde la convicción, de lo aprendido.

Nunca se garantiza nada. No podemos predecir los resultados. Si son beneficiosos puede tratarse de un efecto inespecífico placebo. Si no hay mejoría sólo podemos certificar que el sistema neuronal defensivo mantiene intactas sus creencias y expectativas.

Afortunadamente no conocemos las claves para modificar a conveniencia lo que creemos, tememos y deseamos. Todos los días uno se encuentra consigo mismo. El yo lo enciende el organismo para cumplir con la navegación sugerida desde la ficción de la voluntad y libre albedrío.

En los cursos explicamos conceptos actuales de Neurociencia. Hablamos de nocicepción, aprendizaje, sistema de recompensa, percepción, inflamación, alerta nociceptiva, nocebo-antinocebo y otras muchas cuestiones que los alumnos desconocen porque las culturas actuales del dolor, políticamente correctas y exitosas, no las contemplan.

Cualquier ciudadano puede provocarse una migraña. No tiene mas que contagiarse con un meningococo o provocarse un sangrado en el espacio subaracnoideo, acciones que no están, afortunadamente, al alcance de nadie. Sólo el organismo, desde sus evaluaciones, puede activar los recursos somáticos cuando así esté “escrito” en los sistemas de memoria predictiva del sistema de defensa.

Los padecientes que mejoran no saben dar la receta: se limitan a comentar que piensan en lo que han aprendido y lo ponen en práctica, cada uno con su estrategia.

Podríamos decir lo mismo de otros contextos de dolor “erróneo” como la fibromialgia o el dolor lumbar crónico. Desde la pedagogía explicamos el proceso, corregimos errores y falacias que funcionan como dogmas con la única garantía de que es lo que se lleva y bendice socialmente.

Sólo se pretende que el sistema neuroinmune de defensa imagine el organismo real y no el conformado por la cultura. Si nadie ayuda al individuo a visualizar esa dependencia del organismo imaginado por sí mismo será muy difícil que encuentre la salida al conflicto kafkiano de residir en un organismo razonablemente sano y padecerlo como si estuviera enfermo, desgastado, envejecido y fuera exquisitamente vulnerable.

Los pacientes de dolor lumbar aceptan sin reticencias que el dolor procede de músculos acortado y rígidos, de contracturas y protrusiones, de roces y pinzamientos, todos ellos sobrevenidos de excesos (“la culpa”) mecánicos y de disponer de unos músculos impresentables o sentarse en posturas inadecuadas.

Comentar a un paciente con lumbago que el dolor no se origina en su columna sino en el cerebro, es un ejercicio arriesgado que deberá realizarse con mucho tacto.

– O sea que me duele porque quiero o porque no le entiendo

– En absoluto. Le duele porque su cerebro valora como amenazantes para la integridad física de su columna sus acciones.

– Eso no me resuelve nada.

– Hay muchos pacientes que lo han entendido y aceptado. Se han puesto manos a la obra y han conseguido recuperar gran parte de la actividad perdida.

– O sea que, si no lo consigo, soy culpable…

En los aprendizajes existe el fracaso por múltiples e interactivos motivos. Sólo si el alumno no se esfuerza, no va a clase, no estudia, no se cree lo que le explican y pasa de todo podríamos hablar de “culpabilidad” o, mejor, de que renuncia a conocer la propuesta.

-Le guste o no le guste, el dolor es una cuestión cerebral. Las decisiones del cerebro humano están poderosamente influidas por la cultura. Esa dependencia, en muchas ocasiones, hace que la gestión de los recursos defensivos neuroinmunes sea errónea.

La capacidad de detectar y corregir el error es limitada pero puede mejorarse con la información adecuada y empeorar con la que potencia y consolida los errores.

Usted verá. Existe la oportunidad.

Es usted aparentemente libre de decidir lo que su cerebro quiere que decida.

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El dolor no se modula

Muchos ciudadanos y, posiblemente, profesionales, dan por sentado que el dolor se origina allí donde lo sentimos, en algún hueso, articulación, músculo, nervio o tendón lesionado o sometido a una sobrecarga que le hace sufrir.

Una vez generado ese dolor, es detectado por las neuronas que vigilan su aparición y transformado (transducido) en un tren de señales eléctricas (potenciales de acción) que llegan hasta la sede cerebral de la consciencia, momento en el que nos percatamos de su existencia, en un lugar y momento determinado.

Podía haber sido así pero no lo es. No hay ningún tejido capaz de generar dolor ni ninguna neurona capaz de detectarlo. El dolor forma parte de una respuesta-propuesta cerebral cuyo objetivo es proteger una zona determinada. Surge de la activación conjunta de un conjunto de áreas cerebrales que preparan la respuesta global protectora de la que la percepción dolorosa es sólo una parte y sólo hay un receptor posible: el individuo que lo siente.

Dicen los textos que las “señales de dolor” generadas en las neuronas que vigilan los tejidos, pueden ser “moduladas” en la médula espinal, lugar en el que se efectúa el pase de información de la neurona vigilante a las siguientes, encargadas de transportar esa información hasta el cerebro por las correspondientes “vías del dolor”.

El cerebro, si le viene en gana puede “modular” el dolor, aumentarlo o atenuarlo, liberando serotonina, noradrenalina, serotonina, opiáceos, colecistoquinina…

Realmente el dolor es un producto final de un complejo proceso evaluativo de amenaza.

El cerebro recibe información constante, en tiempo real, de lo que sucede en los tejidos y la procesa desde sus creencias y expectativas.

La valoración de amenaza es una función continua que fluctúa en función de los sucesos de los tejidos y los credos y temores aplicados a cada escenario, a cada conducta del individuo.

En función de esa amenaza imaginada el efecto-respuesta dolor, sube y baja ante cualquier variable que modifique el proceso evaluativo.

Si hay una lesión aguda, el tejido afectado libera moléculas señal que activan los receptores de las neuronas vigilantes, proyectando el tren correspondiente hacia la médula, primero, y, desde allí, al cerebro.

Si damos un analgésico-antiinflamatorio bloqueamos parcialmente la generación de las señales. El cerebro, recibe información engañosa de que el daño es menor de lo que realmente es y, como consecuencia de ello, la valoración de amenaza se rebaja y, el dolor, también.

Si la lesión aparece en el contexto de un escenario peligroso puede que el cerebro valore la necesidad de potenciar respuestas de lucha-huída. La amenaza aumentaría si se bloquea la actividad motriz del individuo. No podría escapar ni luchar con eficiencia. La consecuencia indirecta es que dolerá menos mientras persista el estrés del escenario. El cerebro ha modificado el tráfico de información de señales de daño a las áreas que activan la inactividad motriz y el sufrimiento. Consecuencia: menos dolor.

Dicen que en la fibromialgia y el dolor crónico, la modulación del dolor está alterada, que el cerebro facilita el dolor y prescinde de los mecanismos que lo mitigan.

En mi opinión, no es una lectura correcta. En ambos casos, el cerebro evalúa amenaza, vulnerabilidad, enfermedad… aun cuando no haya nada de eso en los tejidos. Desde esa evaluación de amenaza se producen los cambios lógicos en todo el sistema defensivo, coherentes con dicha evaluación:

– sensibilización de recogida de datos. Lo irrelevante genera “falsa señal de daño”

– facilitación del tráfico de señales de la zona evaluada como amenazada

– activación global del sistema cuya consecuencia es, entre otras, la proyección de dolor en la conciencia.

La evaluación es el centro del problema y la diana sobre la que se debe actuar.

Si rebajamos la valoración de amenaza, el dolor calmará, independientemente de que esa evaluación nueva sea correcta o no lo sea.

Con el efecto placebo rebajamos la convicción de amenaza por la expectativa de una acción benéfica sobre los tejidos.

Hay quien defiende la idea de que todo vale con tal de dar con el alivio del dolor.

Yo pienso que no todo vale si lo que estamos haciendo es potenciar la idea de un organismo vulnerable, lesionado-enfermo, que necesita de una acción externa para estar tranquilo, aun cuando no haya ningún motivo real para estar preocupado.

Muchos textos hablan de la “modulación descendente del dolor”.

Es un concepto, a mi entender, erróneo.

Implícitamente contiene la idea errónea que el dolor viene dado ya de los tejidos y la médula y que el cerebro puede aumentarlo o inhibirlo, sin entrar en los motivos que puede tener para ello.

El dolor no es un objetivo. Es sólo un recurso, al servicio de una función compleja: la defensa de la integridad física de los tejidos desde la perspectiva de lo que sucede en ellos y, en muchos casos, de lo que el cerebro imagina que pudiera suceder, aun cuando nada suceda, por más que las apariencias hagan pensar en lo contrario a quien sufre el impacto del sentimiento doloroso.

Dicen ahora que la “modulación del dolor” puede que no sea cosa de neuronas sino de la glia y que por eso no dábamos con los remedios adecuados.

Es lo que se lleva.

– ¿La función evaluativa, dice? No sé a qué se refiere. Está claro que puede ser la glia. Eso es algo tangible.

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Sufrimiento y dolor

El lenguaje tiende a confundir y mete en el mismo saco de una sola palabra cuestiones completamente distintas.

Utilizamos las palabras para organizarnos y poder contarnos nuestras cuitas pero no siempre lo hacemos con la debida precisión. Socialmente no tiene consecuencias pero sí a la hora de afrontar científica y rigurosamente las cuestiones.

Una cosa es sufrir y otra que ese sufrimiento se exprese como sentimiento específico de dolor.

Utilizamos habitual e impropiamente el término dolor para reflejar cualquier estado desagradable de afecto negativo:

-Tus palabras me han dolido.

Puede ser. Si hay dolor lo hay pero habría que exigir precisión al que hace el comentario:

– ¿Quieres decir que sientes dolor como cuando te duele la cabeza, la columna o una muela?

– No exactamente. No me duele “físicamente” pero “me has hecho daño”

Tampoco es probable que las palabras dañen “físicamente” como pueden hacerlo diversos estímulos mecánicos, térmicos o físicos.

Un sentimiento, una percepción, es siempre el resultado de un proceso complejo en el que intervienen diversas áreas activándose conjuntamente.

El dolor contiene una cualidad de sufrimiento, común a muchas situaciones de relevancia negativa como la exclusión social, el revés sentimental o la angustia por un examen de matemáticas. Por análisis de neuroimagen podremos detectar las áreas del cerebro que se han activado para proyectar a la conciencia el sufrimiento, el impacto negativo. Da lo mismo que el estímulo haya sido físico o social. Para sentir sufrimiento deben activarse las áreas que tienen la capacidad de generarlo.

Sin embargo cada sentimiento tiene su especificidad cualitativa: distingumos perfectamente la cualidad de dolor de la del sufrimiento por exclusión social. Y si esto es así es porque a cada sentimiento le corresponde un patrón distinto de activación neuronal.

No entiendo bien el comentario de que el “dolor social” es “físico”.

Todo lo que el cerebro hace son procesos físicos: activaciones variables de distintas y cambiantes asambleas neuronales: receptores, neurotransmisores, potenciales de acción…

Es cierto que el cerebro tiende a ver peligros cruzados. Si algo va mal en una esfera puede que la visión alarmista establezca correlaciones y predicciones catastrofistas.

El sufrimiento social puede facilitar la proyección de dolor pero, desde el punto de vista cerebral ello quiere decir que el cerebro evalúa amenaza física (pérdida de integridad física) en ese escenario de exclusión.

El dolor puede aliviarse si contamos con apoyo y empatía social pero no es obligado.

No soy partidario de justificar la existencia de dolor (en ausencia de daño) por la existencia de sufrimiento “social”, “emocional” .

En mi opinión debemos tratar de desvelar el proceso evaluativo que hace que una situación social o de otro tipo dé lugar al sentimiento doloroso y tratar de desactivar el vínculo.

Si hay dolor es que hay evaluación de amenaza física aun cuando la probabilidad sea despreciable. Si es así ayudemos al cerebro a no mezclar churras con merinas pues no lo necesita.

Todos los dolores son físicos: contienen evaluación de amenaza física aunque no seamos conscientes de ello.

Todos los dolores son psicológicos: responden a un proceso evaluativo cocinado al calor de expectativas, creencias, temores y deseos.

– Tus palabras me hacen sufrir

Más correcto.

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Nuevo curso para pacientes de migraña

Convocamos en Vitoria un nuevo curso intensivo para pacientes de migraña. Será el día 17 de Septiembre, sábado con una revisión el 29 de Noviembre. Doce horas intensas (ocho más cuatro de la revision) en las que los pacientes relatan su historia, sus peregrinajes y frustraciones y en las que les explicamos desde la perspectiva de la nueva Neurociencia, la Biología de la migraña, su sentido (más bien sinsentido).

La migraña contiene la activación de una serie de recursos defensivos que todos disponemos para mantener la integridad física del organismo. El dolor, la intolerancia digestiva y sensorial y la alerta extrema que da lugar al aura, debieran activarse sólo cuando padecemos una amenaza física real pero en los pacientes migrañosos se disparan las alarmas sin que exista ninguna situación objetiva que lo justifique.

Dicen los neurólogos que son los genes los que facilitan estos disparos innecesarios y mortificadores.

Decimos nosotros que la genética humana nos condena a construir una conectividad neuronal dependiente de un largo período de aprendizaje modulado por la imitación y la obediencia a las expectativas y creencias que la cultura contiene.

El cerebro no es la obra más perfecta de la evolución pero sí la que nos expone a mundos imaginados generados más por el temor y el deseo que por la realidad.

El cerebro gestiona la seguridad del organismo y la dependencia de las creencias que la cultura ofrece. De lo que cree cría. Una crisis es el resultado de un proceso evaluativo de amenaza, del miedo al daño. Es un miedo construido a espaldas de la consciencia del individuo que no puede hacer otra cosa que capear sin éxito el temporal del horror.

En el curso explicamos el proceso de aprendizaje y abrimos los ojos a la Biología, a la importancia del conocimiento, al afrontamiento activo, sin miedo, con convicción.

La probabilidad de un cambio sustancial en la evolución de la migraña es alta.

La migraña no es una enfermedad, sino un estado erróneo de alerta. El organismo es normal pero actúa fuera de la realidad defendiéndose de amenazas imaginadas.

El paciente no construye ni facilita la migraña. Se limita a padecerla.

Dispone, sin embargo, de un arma poderosa: el cambio de expectativas y creencias, la liberación de lo que su cerebro ha aprendido, la dependencia de etiquetas diagnósticas y terapias.

El saber ocupa un lugar fundamental en el día a día de la actividad del cerebro. Hasta hace poco no sabíamos gran cosa sobre el dolor. Hoy sabemos algo. Lo suficiente para situar al individuo consciente como protagonista fundamental del devenir de la migraña.

Sólo necesita ser instruido.

Ese es el sentido del curso. Informar, educar, quitar la venda, eliminar el miedo.

Los interesados pueden informarse en “infoescueladeldolor@gmail.com o llamar al teléfono 696541479.

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La migraña es un estado emocional

Tendemos a pensar que la emociones suceden en el ámbito del individuo, la persona.

Las tensiones derivadas de la interacción social, las decepciones, el déficit de estima propio y ajeno, la injusticia, el desánimo, la angustia de querer y no poder, la indefensión frente a la hostilidad y desconsideración de los otros, la falta de afecto…

Las emociones que no encuentran una vía de expresión y satisfacción por los cauces normales generan una tensión interna, una energía negativa, que acaba exteriorizándose por caminos inadecuados. Por ejemplo, el dolor.

Eso se dice y acepta.

Sin embargo el dolor  no es, o no debiera ser, un indicador de la situación del individuo, la persona, sino del organismo en el que esa persona reside y emerge.

Las emociones son estados de organismo. Si duele quiere decirse que o bien se ha producido una incidencia de daño físico violento allá donde duele, o, en su ausencia, que el organismo teme, anticipa ese daño.

El miedo al daño es una emoción básica biológica. Toda la infraestructura neuronal necesaria para generar dolor, náuseas e intolerancia sensorial, está ahí, ha evolucionado para prevenir el daño físico violento, por agentes y estados físicos, químicos y violentos nocivos.

La migraña y otras etiquetas diagnósticas corresponden a esos estados emocionales somáticos sensibilizados, excesivos, erróneos, improductivos.

Registramos a los pacientes y les aconsejamos que busquen “desencadenantes” de todo tipo, incluidos los “emocionales”.

La mayoría de los pacientes fracasa en la búsqueda. No consigue ver una correlación entre lo que siente y hace y las crisis. Estas aparecen sin un patrón causal detectable.

Una amiga del blog me manda este artículo sobre las emociones y la migraña.

Comparto la idea de que el cerebro migrañoso es sensible, fácilmente emocionable ante una amplia gama de estados y variables pero lamento que sólo se considere la genética y su extensión moderna, la epigenética. Ni palabra del aprendizaje, de la crianza.

La instrucción experta al uso alimenta los estados emocionales somáticos, la incertidumbre, la sensibilización. Refuerza la convicción de enfermedad.

Estoy de acuerdo con la idea principal del artículo: la migraña femenina no es la consecuencia de un supuesto estilo emocional inadecuado que facilita la aparición de las crisis. El sufrimiento e invalidez que genera una crisis, tanto en la mujer como en el varón, no corresponden a la factura física de unas emociones mal gestionadas por el individuo sino a un cerebro que desborda sensibilidad por una condición anidada en los circuitos.

No comparto, sin embargo, la propuesta de la genética como factor exclusivo. No es posible considerarla sin tener en cuenta la interacción con el entorno y ese entorno en nuestra especie contiene cultura, información, modelos, dogmas, expectativas y creencias.

Nosotros trabajamos en los cursos la visualización del proceso de aprendizaje. Basta esa visualización para que la conectividad neuronal de la que emerge la crisis cambie y deje en paz al individuo para que gestione sus emociones en sociedad sin la interferencia de la expresión migrañosa..

El miedo del organismo, la predicción, la incertidumbre, la cultura alarmista. Ahí está la clave.

Puede que la genética corresponda a organismos má evitadores de daño o, quizás, más obedientes, imitadores.

Cada gen (suponiendo que podamos definir lo que es un gen) influye en muchos rasgos y cada rasgo está influido por varios genes que interactúan de modo complejo.

La cultura es más simple. Basta alimentar el miedo para que este se exteriorice de diversas formas.

La migraña es una de ellas.

Hay que temer el miedo somático y racionalizarlo con información y exposición graduada a la vida normal.

No conozco otro camino.

 

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San Martin. Centro no migrañoso

El Centro de Atención Primaria de San Martín de Vitoria celebra estos días sus 25 años de historia.

Lo conocí cuando me jubilé y pusimos en marcha los grupos de pacientes de migraña a instancias del Dr Aguirrezábal. De eso hace ya cinco años.

Fue la primera experiencia con la Educación en Neurofisiología en migraña. No conozco otro lugar en el mundo en el que se aplique esta estrategia.

El porcentaje de beneficio sustancial (menos dolor, menos fármacos y más libertad cotidiana) ronda el 70%.

La intervención es económica y simple. Un aula y un proyector y unos doctores que colaboren. Cuatro clases de hora y media y una revisión a los dos meses.

Los alumnos son pacientes bregados en la lucha con la migraña. Han probado de todo sin mucho éxito. Algunos llegan ilusionados y otros recelosos pero dispuestos a probar lo que sea.

Aunque no todos mejoran, en general agradecen la intervención. El abandono es algo superior al 10%.

Teóricamente podría controlarse la migraña, dejar de existir. Bastaría con eliminar el miedo irracional de los circuitos neuronales al daño físico. Ahí radica la dificultad: es fácil inyectar miedo y difícil erradicarlo.

Una campaña decidida por parte de Osakidetza (Servicio Vasco de Salud) de educación en neurofisiología reduciría la incidencia de migraña en la población de modo sustancial.

Hay cursos de natación, de educación vial, de alimentación saludable, programas de todo tipo en Centros de Salud y Sociales, cuyo objetivo es el de dotar al individuo del conocimiento y habilidades para afrontar la vida de un modo más seguro y eficiente.

¿Por qué no una campaña intensiva y extensiva de educación en Neurofisiología?

El ciudadano gestiona el dolor desde un marco de afrontamiento basado en supuestos dogmas cuya falsedad ha desvelado la Neurociencia. Todo tipo de mitos y falacias guían las decisiones del sistema neuronal defensivo,  a favor de lo que la cultura y el marketing predican como bueno aun cuando sea contrario a lo que la ciencia ya ha desenmascarado.

El paradigma de un organismo biológicamente vulnerable y un usuario que no lo cuida debidamente domina el panorama, en beneficio del mercado.

Los políticos y gestores temen meterse en charcos. Prefieren nadar en aguas conocidas y socialmente bendecidas. Rehuyen la búsqueda de novedad para evitar el daño propio.

Los alumnos de los cursos de migraña conocen perfectamente la reacción de sus allegados cuando les comentan la experiencia del curso. Domina el rechazo. El ciudadano defiende lo que la cultura le ha enseñado a defender y se resiste a entrar en razones. Bendicen cualquier terapia por descabellado que sea su presunto fundamento pero desconfían de lo que no tienen noticia.

A los cursos acuden profesionales (psicólogos, médicos de atención primaria, fisioterapeutas, enfermeras). Ningún neurólogo, hasta el momento. Comprueban que lo que allí se ofrece tiene su fundamento y es eficaz.

La migraña no es algo que deba combatirse con terapias por parte de especialistas. El propio paciente es quien debe gestionarse pero para ello necesita comprender lo que sucede y ver que es víctima del miedo.

El Centro de San Martín es pionero en la lucha contra la migraña, no a favor de ella. Desconocemos el futuro pero nadie podrá quitarle el mérito de haber sido el primer lugar del mundo en el que se trabajó desde la educación para erradicar el infierno del sufrimiento irracional.

En San Martín hay conciencia de la importancia de la labor en Atención Primaria. Saben perfectamente que son ellos los que instruyen a sus pacientes, les “empoderan”para gestionar sus decisiones en materia de salud.

El sistema inmune genera anticuerpos. Debieran cebarse sólo con los malos bichos y no con las células propias.

El Sistema Nervioso genera creencias. Debieran protegernos de falacias y miedos injustificados y no alimentarlos.

San Martín, 25 años.

No es una cuestión sólo de tecnologías punteras.

En este caso se trata de conocimiento puntero. Sólo hace falta facilitar su difusión y aplicación.

Un aula y un proyector. Unos médicos apasionados en la tarea.

El resto lo ponen los pacientes.

San Martín. ¿Migraña? No, gracias.

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Errores y defectos

No es lo mismo que falle el freno a que no frenemos cuando debiéramos hacerlo. En el primer caso el coche tiene un defecto, una patología. En el segundo el coche es normal, está sano, pero ha fallado la gestión de sus recursos. El conductor se ha equivocado.

Un organismo es un artilugio complejo. Puede contener múltiples defectos.

La gestión de los recursos del organismo también es compleja y envuelta en la incertidumbre. Contiene, inevitablemente, errores.

Para algunos la migraña expresa una condición defectuosa del organismo. El debido equilibrio de los circuitos neuronales se rompe porque algún supuesto componente (molécula) no guarda la debida proporción dando lugar a un un estado sensible, hiperexcitable, en algún supuesto generador responsable de activar un conjunto de respuestas defensivas (alerta, dolor, vómitos, intolerancia sensorial).

Antaño el defecto estaba en la conducta humana que contrariaba a los dioses y hacía que estos descargaran su indignación generando la crisis de migraña.

La ubicación del generador bajó de los cielos a la cabeza instalándose en venas y arterias. Contenían algún defecto que las hacía contraerse y dilatarse de modo sensible y excesivo en múltiples situaciones (desencadenantes). El defecto vascular era congénito y obligaba a quien lo padecía a llevar una vida ordenada y aburrida sin que ello aportara alivio alguno.

El defecto generador se trasladó más tarde a las terminales del trigémino que abrazan arterias y venas. Ese defecto las hacía sensibles e hiperexcitables generando dolor sin motivo aparente.

Más adelante el generador se ubicó en el corazón del cerebro, en alguno de sus múltiples centros. El defecto responsable de la condición sensible e hiperexcitable pasó de las terminales perivasculares del trigémino a algún centro neuronal responsable de la puesta en marcha de los recursos defensivos.

En condiciones normales ante una emergencia en el interior de la cabeza (una hemorragia, una infección) el supuesto generador activa la circuitería responsable de la alerta, el dolor, los vómitos y la intolerancia sensorial), informado del suceso por las terminales vigilantes del trigémino.

En una meningitis el supuesto generador activa una crisis de migraña. Hay motivos.

En la crisis de migraña ese mismo supuesto generador se activa sin que nada amenazante aconseje hacerlo.

Los neurólogos defienden la condición defectuosa, congénita, del generador.

Otros consideran que el generador responde con normalidad a supuestos bombardeos de excitadores provenientes de diversos tejidos (ATM, musculatura cervical, estrés, histamina, meteoros diversos). El defecto está fuera de la cabeza si bien cabe una explicación mixta de generador sensible (defectuoso) neuronal y  bombardeo periférico diverso, por los defectos correspondientes.

En mi opinión, un organismo razonablemente sano, sin defectos relevantes, puede activar recursos porque así lo decide. La función más importante del cerebro es la toma de decisión y la condición más evidente de esta función es la de poder equivocarse.

El defecto en la migraña puede estar en la decisión de activar el supuesto generador.

La red neuronal humana organiza su conectividad durante el aprendizaje y el aprendizaje humano está poderosamente influido por la observación-imitación y la instrucción de tutores teóricamente expertos.

No se necesita un generador defectuoso, sensible e hiperexcitable. Basta un aprendizaje sensibilizante.

El problema es la decisión errónea.

Un error no es problema si es detectado y corregido.

Sí hay problema cuando es ignorado y las decisiones se empecinan en ir por la dirección contraria a la debida (sesgo de confirmación).

Ha sonado la alarma.

No hay robo.

¿Defecto o error?

Sistema hipersensible e hiperexcitable, de fábrica.

Es una hipótesis plausible pero no se debe ignorar el aprendizaje ya que la red neuronal contiene una conectividad abierta (sensible) al aprendizaje, a la imitación y tutoría de los cuidadores.

El aprendizaje puede facilitar errores de activación de recursos defensivos. Su condición sensible e hiperexcitable puede ser adquirida, aprendida.

Negar el aprendizaje en la conectividad neuronal es ponerse una venda en los ojos y tapones en oídos y narices.

-¿Que la migraña se aprende? ¿Un error de gestión? ¿Sólo con unas charlas puede quitarse? No me lo creo.

Este lunes hemos completado la formación de otro grupo de pacientes de migraña.

Sólo explicando conceptos actuales y básicos de neurociencia el supuesto generador de migrañas ha rebajado su sensibilidad e hiperexcitabilidad en la mayoría de los alumnos.

Menos dolor, menos fármacos y más libertad cotidiana.

Sólo hablando.

Lógico. La red neuronal humana tiene esa condición de la dependencia de lo que ve y oye.

El defecto no está en las neuronas sino en lo que contienen:

Información defectuosa, errónea, sensibilizante, alarmista.

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La migraña es una acción premeditada del organismo

Alerta (“pródromos”-aura), dolor, nauseas-vómitos, intolerancia sensorial.

Galeno denominó a este estado “hemicránea” (media cabeza). Con el tiempo el término se degradó a “migraña”.

Los médicos han buscado el origen en “tejidos sensibles al dolor” (grandes vasos, meninges y terminaciones del nervio trigémino). Algo misterioso, han pensado, los irrita y hace que segreguen la queja del dolor o una condición genética de hiperexcitabilidad los vuelve sensibles a cualquier banalidad cotidiana, a cualquier cambio o desviación de un supuesto orden.

El cerebro se ha librado de las sospechas por su supuesta condición indolora. No duele si se le excita luego es inocente.

Con la llegada de las nuevas tecnologías parece que hay actividad neuronal cerebral (hipotálamo, “generadores de troncoencéfalo”) significativa en relación a los controles  en torno a las crisis y fuera de ellas. El cerebro algo pinta. No duele pero algo hace que acaba facilitando la liberación de dolor en los tejidos que sí duelen (trigémino y vasos). Una hipótesis: los vuelve sensibles. Se activa el generador y por mecanismos no aclarados hace que los tejidos adopten el estado hipersensible.

Un cerebro que hace algo tan aparatoso como una crisis de migraña no puede ser normal. Tiene que contener, necesariamente, alguna patología, congénita, adquirida o una mezcla de ambas.

Realmente el cerebro, como órgano que contiene la historia evolutiva de la especie y las peripecias de cada organismo en su interacción con el entorno, va construyendo, vía aprendizaje, respuestas, acciones a cada escenario, a cada momento, lugar y circunstancia, a cada cambio, a cada variable.

Muchos escenarios serán considerados irrelevantes y el cerebro no les dedicará atención i recursos. Otros serán catalogados como amenazantes y serán objeto de atención y se dispondrá una respuesta-acción que proteja la integridad del organismo.

No hace falta patología, congénita ni adquirida, para que de la complejidad de la red neuronal vigilante-defensiva se activen acciones preventivas injustificadas, erróneas..

Basta con que el proceso evaluativo continuo que define la actividad cerebral contemple la amenaza, el miedo, la posibilidad aunque sea improbable.

Los profesionales sanitarios, oficiales y alternativos, rara vez contemplan la función evaluativa como algo biológico y relevante.

Les ocupa la serotonina, la histamina, los alimentos, las costumbres, los genes, los cambios internos y externos.

Sin embargo nada de lo que sucede es ajeno a lo que el cerebro valora como posible y temible.

Muchas acciones cerebrales responderán al mundo evaluado, imaginado, temido, aunque nada de la realidad apoye la eventualidad que el cerebro considera.

La patología no está en el organismo, en sus constituyentes, sino en la mala gestión de las acciones defensivas.

El sistema neuroinmune no nace sabio ni tiene garantizada la diplomatura en sensatez con el aprendizaje.

El cáncer es la consecuencia de una mala gestión de los recursos de control de conducta de las células. Es una mala gestión evaluativa. Células asociales, egoístas, debieran haber sido evaluadas como peligrosas y proceder a su eliminación. La patología reside en ese fallo de valoración de peligro.

La gestión neuronal defensiva está influida en nuestra especie por la imitación y la instrucción experta. La cultura guía el aprendizaje de esa gestión. Puede facilitar el error de los falsos positivos y cerrar el bucle ignorando el origen aprendido y desviándolo hacia explicaciones de enfermedad y terapias que sólo deben a la expectativa (placebo) el supuesto efecto.

La cultura anima el miedo y promete soluciones para paliar sus efectos con todo tipo de rituales.

En mi opinión, la migraña es la consecuencia de una mala gestión de los recursos defensivos, debida a una concepción de amenaza a la integridad física distorsionada, hipersensible, intolerante. Todo ello como consecuencia de un aprendizaje tutelado que anima la idea de amenaza interna por todo tipo de estados y agentes externos e internos.

La solución no son las terapias. Cierran el círculo de la convicción errónea.

La solución debe venir por el camino de la corrección del sinsentido.

Ya que el cerebro imita y atiende a los expertos démosle buen ejemplo y buena información. Cada cual ofrece, con intención más o menos interesada, sus propuestas.

La de este blog ya se sabe: recordar que el proceso evaluativo es una función biológica que puede convertir la vida en un infierno pudiendo ser un paraíso.

Existimos luego evaluamos.

Tenga cuidado con lo que ve y le dicen.

La migraña es algo que hace el cerebro porque “cree” que debe hacerlo con pre-meditación (evaluación).

Lo que hay que hacer es deshacer lo que apoya esas acciones descabelladas:

Organismo sano, mal gestionado y no organismo enfermo-consulte a su médico.

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Otra vez la histamina

Julia Otero ha entrevistado al Dr Duelo en Onda Cero, sobre el tema de la histamina, la deficiencia de actividad DAO y su papel como generador de migrañas

Ya en su día publiqué una entrada sobre el particular : Histamina y migraña

La entrevista repite argumentos y no tengo nada que añadir a lo que en su momento publiqué. Me limito a recordarlo.

Hoy tenemos la tercera sesión de otro grupo de migraña en San Martín. Algunos han recuperado la tolerancia al chocolate, el queso, la luz del sol o el chupito transgresor.

En muchos casos basta explicarle al cerebro las cosas para que cambie su proceder.

La Pedagogía no tiene acceso a los medios. No existimos. Nadie se interesa por la cuestión.

Sin embargo aunque nadie ladre, cabalgamos.

Nosotros a lo nuestro.

 

 

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Enfermos

 

Este lunes hemos tenido la cuarta sesión de un curso de pacientes de migraña en el Centro de Atención Primaria de San Martín, en Vitoria.

Como en otros cursos, alegría, agradecimiento, liberación, mucho alivio del dolor y drástica reducción del consumo de fármacos.

Uno de los pacientes trajo una caja de barritas de chocolate que todos consumieron, con el regustillo de la transgresión de lo prohibido.

Muchos años previos de convicción de enfermedad, de probarlo todo para acabar en la desesperanza.

¿Podemos hablar de la migraña como enfermedad?

¿Qué está alterado?

¿Son enferm@s l@s alumn@s del curso?

En mi opinión, no.

Tampoco se puede decir que estuvieran sanos, pues no disfrutaban de “un completo estado de bienestar físico, psicológico y social”, tal como exige la OMS para extender el certificado de salud.

¿Insanos, entonces? ¿Inválidos, quizás?

Suena fatal.

Prefiero hablar de “padecientes” pues el término define la condición de sufridores.

¿Cómo definimos la mejoría?

¿Simple alivio de los sìntomas? ¿Curación?

Los términos médicos que acompañan a la enfermedad no encajan en la migraña. Al organismo no le pasa nada patológico. Sólo que está mal gestionado, privado de libertad para vivir, para afrontar lo cotidiano.

El padeciente de migraña es cautivo de su cerebro y su cerebro está captado, cautivado, por las culturas múltiples de enfermedad.

Como siempre algún padeciente comenta que sus allegados temen que hayan ingresado en una secta. No puede ser que “sólo hablando” se vaya el dolor. Sólo cabe lo mágico, lo esotérico, la apropiación de la mente.

Para nosotros, los profes y l@s alumn@s, la cosa está clara. Se trata de espabilar y para eso hace falta que alguien y algo abra los ojos a la realidad del organismo, un universo que el padeciente está condenado a imaginar desde la perspectiva de lo que le han contado.

El lunes arrancaremos otro grupo.

Ya les contaré.

En la otra orilla, el ibuprofeno, los triptanes, el bótox, las agujas, la homeopatía, todo tipo de chamanes y sanadores y el cuarto oscuro.

¿Hasta cuàndo?

 

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