Historias, de memoria

Una de las diversas formas de concebir la vida y diferenciarla de la materia inanimada es la de dotar a esa materia (átomos y moléculas en un campo de energías) de memoria.

Las formas más elementales de vida tienen memoria. Parte de ella se refiere a la evolución de su especie y está codificada en el ADN. Complementando esta memoria de especie cada individuo hace acopio de “recuerdos” propios, exclusivos de su experiencia.

Hasta hace poco pensábamos y creíamos que la memoria del ADN, el legado histórico que recibe el individuo al nacer para afrontar su propia peripecia, no se modificaba mas que a golpe de mutación y selección. Ahora pensamos y creemos que la experiencia propia puede modificar algo en el santuario del ADN y generar una variación en su expresión. No sólo eso sino que esa variación puede transmitirse a la descendencia.

Existe la genética, la memoria de especie, el ADN , y además, la epigenética, la memoria de cada individuo que puede cambiar la expresión de ese ADN y transmitir esa variación, no por mutación, sino por “cosas de la vida”.

La memoria genera una historia interior, una integración de todos los eventos pasados en el formato de un run run interno  automatizado, que nos conforma como individuos.

 La historia es la consecuencia implícita, inevitable, de la existencia de la memoria.

 La especie humana ha evolucionado en la dirección de ampliar la función de memorizar sin límite, aprovechando al máximo las memorias propias y ajenas y propiciando el encuentro incesante, el cotilleo continuo de los colectivos.

De ese modo ha ido tejiendo historias disfrazadas de memorias, de hipótesis más o menos fundamentadas, que funcionan como convicciones profundas desde las que el individuo opera con la ilusión de navegar amparado por un conjunto de certezas de su propia experiencia.

Una forma elemental de memoria es, por ejemplo, el reflejo condicionado, la respuesta de salivación de la campana que hace que el perro de Pavlov salive.

El famoso perro recordaba que después de la campana venía inmediata e invariablemente la comida y actuaba desde la historia convicta de que las campanas traen comida.

Una historia es algo que construimos desde el pasado para predecir el futuro y justificar o explicar el presente o los méritos o culpas de los éxitos y fracasos en la predicción.

Si dejamos de traer comida al perro pavloniano tras hacer sonar la campana, la historia de la campana se desvanece. No hay que buscar explicaciones: a la campana no le sigue la comida.

En nuestra especie buscamos explicaciones a todo. Si no viene la comida tras la campana, buscamos diversos “por qués” posibles y construimos historias para rellenar el vacío insufrible de la ausencia de la comida.

Dese esas historias cambiaremos los tipos de campanas, los escenarios… hasta que vuelva a reaparecer la comida. Cuando eso suceda solidificamos esa historia que “funciona” y dejamos de buscar otras explicaciones.

Las historias están muy disputadas. Cada uno defiende la suya, la propia individual y la del colectivo al que pertenece aun cuando no sea consciente de ello.

El cerebro memoriza todo y teje y desteje historias con esas madejas de “recuerdos”. El individuo recibe los relatos cerebrales convertidos en percepciones, emociones, pensamientos  y propuestas de acciones pensando que esos relatos son memorias consolidadas, inmutables, que nos permiten estabilizar la ficción del YO como algo asentado en los cimientos de lo que recordamos.

 Muchos relatos de dolor emergen de esas historias tejidas por el organismo desde las memorias propias y ajenas, desde la credibilidad de las historias de allegados y expertos.

Como sucede con el perro de Pavlov, lo importante es que después de la campana venga la comida. Lo demás son gaitas, filosofías.

– Me tomo un ibuprofeno y se me va el dolor

El cerebro oye la campana, tiene la certeza de la toma de la pastilla, y procede a traer la comida, se apaga la proyección del dolor a la conciencia.

La memoria de la secuencia “ibuprofeno quita dolor” es la consecuencia lógica de una memoria hecha historia.

El problema aparece cuando después del ibuprofeno el dolor sigue, cuando después de la campana ya no viene la comida.

Necesitamos otras campanas u otros activadores. Algo novedoso que resulte, que traiga comida, que elimine el dolor.

Las historias no importan.

– YO sólo sé y quiero saber que funciona. Lo demás son historias.

– Eso es, historias…

– Pero yo no pensaba en nada. ¿por qué empecé a tener dolor? ¿Así, sin más?

El perro de Pavlov tampoco pensaba en campanas hasta que al experimentador le dió por acoplar campana y después comida.

La cultura, las historias colectivas, crean el caldo de cultivo para crear parejas de efectos precedidos de aparentes causas (campanas).

La cultura facilita historias prefabricadas. No hay que esforzarse y arriesgar. Es la ventaja de ser humano. Somos una especie de éxito. Somos los dueños de la tierra. Gracias a las historias que nos hemos y nos han montado.

Algunas para bien y otras no tanto.

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Comprender o sobrellevar

-Es una enfermedad misteriosa. Desconocemos el origen y no disponemos de una solución. Podemos ayudarte a sobrellevarla pero la tienes que aceptar.

El comentario sirve para las etiquetas diagnósticas englobadas en los llamados “síndromes de sensibilización central”.

Eso en el mejor de los casos. Puede que muchos profesionales y allegados o alejados piensen que, sencillamente, lo único que tienes es “algo psicológico” o que aparentas enfermedad porque así te conviene.

Incomprensión, confusión y desamparo. Rechazo social.

Lo habitual no es que el paciente haga ostentación de su “misteriosa enfermedad” sino que oculte su verdadero estado físico y psicológico simulando como puede inexistentes sentimientos de salud.

Por ejemplo, migraña, fibromialgia.

– Llevo muchos años con esto. He probado de todo, sin mucho éxito. Mi vida se ha ido al carajo. No tengo horizonte.

Decía Anne Carson, una poetisa canadiense, que el dolor es algo que exige una explicación.

No sólo el dolor. Cualquier sentimiento referido al organismo o a nuestra interacción social.

El organismo necesita que el cerebro disponga de una explicación a todo cuanto le sucede.

La búsqueda de explicaciones es un instinto básico tan poderoso como el de la búsqueda de comida o pareja.

Hasta hace unas décadas sabíamos poco del dolor. Sabíamos poco de neuronas y menos aún de redes neuronales, sistemas complejos…

Afortunadamente sabemos cosas. Algunas sirven para disolver supuestas verdades y otras nos permiten esbozar un marco teórico general del que podemos extraer conclusiones básicas.

Con toda seguridad la peor explicación es ninguna, la del “misterio”. Bueno, sí: hay una peor: la de la negación social, lega o profesional, de la enfermedad.

Desde el marco actual de nuestros conocimientos podemos y debemos afirmar que:

1).si hay síntomas de enfermedad, es porque el organismo, a través del órgano imaginativo-evaluativo del cerebro, actúa como si la hubiera.

2).En ausencia de enfermedad real, una vez aplicados los procedimientos actuales de despistaje, podemos asegurar que el organismo, a través de su órgano imaginativo-evaluativo cerebral, gestiona ese organismo y al individuo que lo habita, erróneamente: como si hubiera enfermedad sin haberla.

Se impone recuperar la convicción de organismo sano y actuar decididamente, sin prisa o con ella pero sin pausa, desde esa convicción.

Pero para ello hay que explicar a ese organismo equivocado, a través del individuo que lo sufre, por qué se llega a esa situación. Hay que explicar las bases del modo de actuar del sistema defensivo neuroinmune en nuestra especie y eso incluye la dependencia cultural, la domesticación a sus contenidos que trae como consecuencia la activación innecesaria de recursos para la lesión-enfermedad desde el imaginario cerebral.

– ¿O sea que todo esto me lo imagino YO?

– En absoluto. Es su organismo, su cerebro.

– ¿Mi cerebro no soy YO?

Hay mucho que explicar al desconcertado paciente. Hay que tomarse el tiempo necesario.

El profesional, los allegados, tienen que comprender el sufrimiento e invalidez del paciente. Aceptar el relato de su infierno y ofrecer su ayuda.

El paciente debe comprender su organismo, su cerebro y ofrecerse para colaborar en la disolución del error.

De sobrellevar nada. Demasiado se ha sobrellevado. Hay que reaccionar y hacerse con la explicación que disuelve toda la maraña de círculos viciosos que atenazan la existencia del residente en ese organismo que imagina-evalúa enfermedad, sin haberla.

En la vida no hay cuestiones que temer sino que comprender, decía Marie Curie.

Hay que dejarse de terapias e ir al grano del conocimiento… fiable.

– Pues me han dicho que…

 

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La migraña es un bulo

Todos los seres vivos tienen memoria, huellas de lo vivido, y desde esas huellas, predicen el futuro y actúan como si ese futuro respondiera a sus temores y/o deseos.

Todos los seres vivos contienen una historia y actúan desde esa referencia histórica.

La historia, en los seres vivos y en las sociedades, no responde necesariamente a la realidad “real”sino a una realidad imaginada, más o menos ajustada a esa supuesta realidad..

La historia es necesaria para cohesionar las acciones del colectivo. Debe ser creída mayoritariamente y aceptada como guía mientras no haya nuevos datos que aconsejen modificarla.

Los seres vivos humanos somos los más proclives a construir historias más allá de las evidencias sensoriales. Nuestro imaginario no tiene límites y así hemos llegado a donde hemos llegado.

No hay realidad que no disponga de una historia, una explicación que nos provee de unas supuestas causas de lo que sucede, fuera y dentro de nosotros mismos.

La historia se hace realidad para el individuo a través de la consciencia, ese universo misterioso que nos facilita la navegación por el mundo… desde la perspectiva de las evaluaciones (historias) del organismo, con la ficción de que conducimos el vehículo, siendo este bastante más automático de lo que tendemos a creer.

La migraña es un contenido de conciencia que sobreviene desde los sótanos de la evaluación de amenaza física a la cabeza (o sólo media). Es una hipótesis sobre una realidad imaginada (temida), posible pero altamente improbable. Si la hipótesis alarmista supera el umbral de la relevancia aparece un sentimiento de desasosiego, de premonición.Se barrunta el peligro. Los neurólogos llaman a este estado “pródromo”: antesala, alerta, vigilancia. En algunos casos surge el aura y en otros se pasa directamente a la proyección a la conciencia del dolor sobre una o las dos mitades de la cabeza.

La historia imaginada de amenaza sobre la cabeza ha conseguido suficiente credibilidad como para traspasar el umbral de la conciencia y hacerse percepción con la cualidad dolor.

El dolor no certifica mas que el organismo está atribuyendo relevancia, credibilidad-miedo a sus historias. En raras ocasiones esa historia corresponde a un suceso amenazante, inminente o consumado, real (una meningitis, una hemorragia subaracnoidea…).

La información fluye en el sistema de modo bidireccional. Cada output es un input. Cada pensamiento refuerza la credibilidad aunque no sea mas que un pensamiento. La historia cobra apariencia de realidad en todas las capas de procesamiento. Algo parece estar sucediendo.

Ese algo puede sobrevenir de un estado nocivo externo o interno. No hay evidencia de ninguna amenaza externa, luego el suceso es interno y, si es interno, ha podido entrar por vía digestiva. La hipótesis se autoalimenta y aparecen las náuseas en la conciencia invitando y preparando al individuo para vomitar.

El organismo, a estas alturas de la historia, ya no está para interactuar con el entorno y mejor aborrecer los estímulos de ese mundo externo, físicos y sociales. Todo se vuelve insoportable. El organismo pide cama, soledad, oscuridad y silencio.

El lamentable estado del individuo es valorado como “enfermedad” y se solicita la acción de ayuda de las terapias que figuren en la historia que el organismo construye. Si se cumple con el mandato, a veces el organismo recupera la confianza en su disponibilidad para salir del refugio y volver a la vida. Otras, las terapias, los paños calientes o fríos ya no cuentan con la confianza debida y se solicitan nuevas ofertas.

Llega el turno de la solicitud de explicaciones, la búsqueda de causas y remedios, aunque sean ilusorios. El caso es que encajen en la historia.

Realmente un organismo en estado de alerta por amenaza imaginada sobre la cabeza por un supuesto peligro que ha entrado por la boca   es víctima en muchas ocasiones de un bulo, una historia que se ha construído ese organismo vía cerebro al calor de la información disponible y desde la aceptación de que es mejor caer en el error tipo I: dar por cierto algo que pudiera serlo aunque no lo sea (es mejor pensar que uno ha comido una seta venenosa que lo contrario). El error tipo II: no dar por cierto algo que sí lo es puede conllevar la muerte.

Contra los bulos la solución es darse un baño de realidad, quitarse la mugre y lastre de las falacias y dotar al organismo del conocimiento necesario para acercar la historia imaginada, deseada y temida, al universo de lo razonable, de la probabilidad.

– La migraña es una enfermedad genética, misteriosa, incurable. Las arterias se contraen y dilatan… Lo han dicho ayer en la tele, en la 2.

Bulos

– Y esta historia que nos cuenta de los bulos ¿no puede ser otro bulo, el suyo?

– Por supuesto, pero todo parece indicar que el cerebro es un constructor de historias y que realmente en la cabeza no está pasando nada amenazante ni usted ha comido nada venenoso y que lo mejor que podría y debería hacer es dar una vuelta por ahí y disfrutar o padecer el mundo real, físico y social.

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El dolor, ese disconocido

Hay un consenso creciente entre los investigadores  de dolor en el sentido de considerar que el paciente debe conocer lo que vamos sabiendo a Ciencia razonablemente cierta sobre su origen, su soporte biológico, para afrontarlo con éxito.

Sabemos, a Ciencia absolutamente cierta, que el dolor, aunque sólo sea por el hecho de ser un contenido de la consciencia, sólo puede existir si se activa una extensa red de circuitos cerebrales.

Sin cerebro no hay dolor ni ningún otro sentimiento.

No “duelea” la columna sino la denominada “neuromatriz o neurofirma”  del dolor.

Los huesos, los músculos, articulaciones, estómago, no pueden proyectar dolor ni nada de nada a la conciencia. Sólo generan información, señales que son captadas por neuronas vigilantes y pasan la información hacia los campos del cerebro. Esa información se procesa en función del contexto y, en ocasiones, emerge el sentimiento doloroso en la conciencia.

Algo tan elemental y cierto como lo anterior no sólo no es conocido por el gran público sino que todavía hay muchos profesionales que parecen ignorarlo.

Es más fácil pensar que el dolor se genera donde duele, cuando encontramos allí una alteración que pudiera explicarlo y colgar el sanBenito psicológico al paciente si no encontramos un motivo satisfactorio, antes que meterse en el berenjenal del origen cerebral del dolor.

Los medios divulgan todo tipo de errores sobre el origen del dolor y sus remedios.

No sólo se desconoce la Biología del dolor. Peor, aún se da por bueno aquello que se sabe que no es cierto.

Estamos ante un dis-conocimiento, unas creencias no sólo erróneas sino nocivas, unas creencias que alimentan y cronifican el dolor.

A quién debe consultar el paciente con dolor, una vez que se ha descartado un origen de nocividad?

No tengo duda: a alguien que esté actualizado en conocimiento validado sobre  Neurobiología del dolor.

Lamentablemente el cambio de paradigma no parece coger fuerza.

Sobra información sobre cerebro… menos en lo que se refiere al dolor.

¿Por qué?

¿Dónde están los divulgadores de Neurociencia? ¿Por qué no saltan al ruedo público y extienden lo que dicen sobre otras cuestiones a un tema tan dramático para la salud como el del dolor?

¿Qué hace la Universidad?

Hay algo peor que la ignorancia, el no saber nada, y es el dar por sabido y cierto lo que no lo es, el dis-conocimiento.

La patología cerebral no se limita a las infecciones, tumores, tóxicos, déficits y degeneraciones. Hay una patología evaluativa: un exceso de errores en la gestión de los recursos biológicos, en las decisiones somáticas, por culpa de una idea de organismo que no contempla al cerebro como un gestor de su seguridad desde una perspectiva actual.

En la era de la inteligencia artificial estamos dejando de lado la inteligencia biológica.

La alfabetización de profesionales y pacientes en las ideas básicas sobre cerebro defensivo y el peligro de la dependencia cultural y de mercado de las decisiones que el adoctrinamiento impone a ese cerebro, es urgente.

¿Cuándo será trending topic el dis-conocimiento del dolor?

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El movimiento doloroso

Cuando un movimiento (o una postura) resulta doloroso pensamos intuitivamente que ese movimiento o postura genera una carga mecánica o metabólica excesiva para un supuesto estado de vulnerabilidad del aparato loc0motor, por lo que restringimos la actividad guiados por la referencia del dolor. Deberemos hacer sólo aquello que genere menos dolor.

La manida definición de la IASP (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor) proclama que el dolor es “una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a daño real o potencial o vivido como tal daño”.

Hay veces que el dolor aparece porque efectivamente existe una zona dañada o en riesgo de dañarse (“daño real o potencial”) pero en la mayoría de los casos no existe tal daño, un daño que explique y justifique satisfactoriamente la activación del dolor. Es decir, un dolor sin daño real o potencial pero vivido como tal daño: un daño imaginado.

Cualquier acción que alivie el dolor nos permite aumentar la cuota de tolerancia al movimiento (o postura). Parece que la acción de alivio, sea farmacológica o de cualquier otro tipo, ha mejorado la tolerancia de los tejidos a la carga mecánica.

Parece, pero no es así.

Lo que ha inducido la acción “terapéutica” es un cambio en la tolerancia cerebral a la actividad (movimiento y/o postura).

No hay moléculas, energías ni manos mágicas que eliminen el daño o la vulnerabilidad del aparato locomotor al movimiento.

No podemos recolocar vértebras, estirar músculos ni tendones, descomprimir nervios ni restablecer equilibrios supuestamente perdidos.

Sí podemos reorganizar patrones de movimiento, hacerlos más fisiológicos, corregir posturas poco económicas, relajar los músculos para acometer diversas tareas… y, sobre todo, podemos eliminar en el sistema defensivo el miedo a las consecuencias del movimiento y la postura, la “vivencia del daño”, aun cuando no exista tal daño.

Hay infinitas vías de conseguir suspender la “vivencia de daño”. Cualquiera que “funcione” después de ser aplicada, contará con el beneplácito del aplicador y el aplicado.

En ausencia de daño real o potencial lo que mandan son las expectativas y creencias.

La tolerancia el movimiento, la disolución de vivencia injustificada de daño potencial, se consigue con todo tipo de intervenciones. Sólo se necesita que el organismo acepte esa intervención como algo que devuelve la tolerancia a la carga mecánica de la actividad.

¿Placebo?

– Llámele como quiera. El caso es que a mí me funciona. Lo demás son gaitas. Necesito que algo o alguien me quite el dolor para poder moverme.

El algo son fármacos, dietas, masajes…

El alguien es el que acierta en el alivio del dolor, el que convence al organismo de que la actividad es inofensiva si y sólo se da previamente esa intervención.

– Tengo que ir al fisio. Se me ha vuelto a cargar el cuello.

No sólo hay adicciones a los fármacos. Todo es susceptible de generar credos y devociones.

Un movimiento es doloroso si el organismo valora peligro en ese movimiento, aun cuando tal peligro no exista.

Una terapia es “eficaz” si disuelve el miedo.

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Nuevo curso intensivo de migraña para pacientes.

Una vez cubiertas las plazas del curso para Septiembre y Octubre, abrimos una convocatoria para otra edición el 12 de Noviembre (mas la revisión el 28 de Enero).

Los interesados pueden solicitar información en“infoescueladeldolor@gmail.com o  llamando al 696541479.

El curso consiste en 8 horas de explicación del proceso de Biología de la migraña desde una perspectiva novedosa, la que aportan las Neurociencias, diferente y contraria a las propuestas “oficiales” y “alternativas”.

El objetivo es hacer del paciente un sujeto activo, dotado de herramientas de conocimiento que le permitirán gestionar el proceso migrañoso desde un marco radicalmente distinto al que habitualmente se le propone.

El curso se desarrolla en un sábado (8 horas) y al cabo de unos dos meses hacemos una revisión de cuatro horas en la que los alumnos intercambian reflexiones y experiencias.

Cada grupo está formado por 12 pacientes.

Los resultados son excelentes, con una reducción cercana al 70% en días de dolor y consumo de fármacos a la vez que se recuperan actividades cotidianas laborales y sociales abandonadas por miedo a la aparición de las crisis.

Casualmente este sábado 17 es el Día Internacional de Acción contra la migraña y tendremos un curso en el que lucharemos contra el infierno migrañoso desde el conocimiento y su aplicación práctica, el método más eficaz para combatir los miedos.

Este sábado tendremos ocasión de conocer por los medios las proclamas habituales en torno a la migraña, los mismos tópicos, las mismas quejas justificadas sobre el sufrimiento e invalidez que conlleva la condición migrañosa, así como su incomprensión tanto por profesionales como allegados.

Seguiremos oyendo hablar de genes, dietas y nuevos y prometedores fármacos.

La Neurología no puede presentar una hoja brillante de resultados. La migraña resiste fármacos y hábitos supuestamente saludables. Evitar los desencadenantes no sirve de nada e, incluso, identificarlos es una tarea condenada al fracaso.

Hay evidencia de que la estrategia de identificar y evitar el desencadenante no hace sino complicarlo todo pero nadie corrige el manido y maldito consejo.

También es previsible la ausencia de referencia a la cultura, al aprendizaje, a la plasticidad de la conectividad cerebral y su dependencia de lo que la instrucción de expertos oficiales y alternativos propone.

No se pierde nada concediéndose una oportunidad para conocer un modelo actualizado, fundamentado en los nuevos paradigmas de la gestión cerebral del dolor y otros programas defensivos (vómito, intolerancia sensorial) que conforman la crisis migrañosa.

El paciente no es culpable de lo que su organismo hace si las decisiones defensivas de este dependen de un aprendizaje tutelado por los expertos.

Nadie quiere depender de un Sistema Neuroinmune alarmista que defiende a base de generalizar el miedo y considerar como peligroso cualquier factor cotidiano por más certezas haya de que es inofensivo.

Desde esa cultura alarmista se promueve el miedo a los cambios meteorológicos, los alimentos, el dormir poco o demasiado, cualquier transición (viajes, fines de semana, hormonas…).

Un organismo no es sólo un conjunto de órganos. Actúa a caballo entre la realidad y una idea imaginaria de lo que esta realidad contiene o puede contener.

Hoy urge aproximar esa idea imaginada de organismo al organismo real, capaz de tolerar pero también de hacerse intolerante hasta extremos insospechados.

La cultura oficial y alternativa promueve la sensibilización generalizada.

Con los cursos pretendemos recuperar el ámbito de la sensatez somática.

No tiene nada que perder salvo el dolor…

Luche, aprendiendo…

Desaprendiendo.

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Actividad saludable

El prototipo H. sapiens (ma non troppo) sobrevivió evolutivamente gracias a su movilidad física y mental y a actuar en grupo, compartiendo y debatiendo logros y fracasos dentro de la manada.

Antaño moverse requería tanto el esfuerzo físico como el mental pues la actividad muscular iba dirigida a un objetivo y un subjetivo: conseguir comida y pareja sin riesgo ni despilfarros y con estima propia y ajena.

Actuar es algo más complicado que mover el esqueleto. Contiene muchas facetas. Hay algo más que una musculación y una puesta a punto de la maquinaria metabólica necesaria.

El obstinato de flexiones y extensiones y los estiramientos activos y pasivos del gimnasio no suplen la riqueza y complejidad biológica de las acciones necesarias para buscarse la vida y salvar el pellejo en el Paleolítico.

La actividad debe ser inteligente en todos los sentidos. Los movimientos, económicos, con una melodía elegante y fácil, con múltiples grados de libertad articular, sin cánones rígidos. La postura, indeterminada, liberada, para facilitar el flujo de acciones que aconseja cada objetivo. Los objetivos y subjetivos, rentables, individual y colectivamente.

La inteligencia motora se pierde con el miedo a actuar, a moverse con libertad.

El miedo al daño impone un patrón motor costoso, lesivo, torpe y patoso, feo… y, lógicamente, doloroso.

Una idea de aparato locomotor vulnerable, lesionado, sobrecargado, inestable, asimétrico, desestructurado,  genera una actividad restringida, penalizada, bajo mínimos.

El organismo actúa para sí mismo como una madre-padre hipocondríaca(o) con su hijo o como un coche “inteligente” que ve todo tipo de riesgos en ser conducido por falta de convicción de seguridad en su estado o en el conductor.

El ejercicio es un término más pobre que el de actividad y el deporte es más arriesgado y menos saludable.

Evidentemente moverse, estando activo, haciendo ejercicio o deporte, es más saludable que el sedentarismo del sofá y el coche y siempre será una buena idea salir de la inactividad pero hay algo peor que el sedentarismo por pereza física y mental: el sedentarismo o inactividad por miedo a moverse, por convicción de lesión-enfermedad, el movimiento doloroso.

El dolor puede cualificarse dentro de una escala  de inteligencia  del “sistema” u organismo, como casi todo en esta vida: del cero al diez.

Hay dolores de inteligencia cero y dolores de inteligencia diez.

El dolor es inteligente cuando hay una lesión reciente que debe repararse.

No lo es cuando no existe ninguna vulnerabilidad ni riesgo en recuperar la actividad perdida.

La inactividad, la adinamia son inteligentes cuando las condiciones del organismo (enfermedad) o del entorno aconsejan requisar las ganas de comerse el mundo.

La inactividad no es inteligente ni saludable cuando no existe lesión-enfermedad y el mundo está disponible para disfrutarlo y/o soportarlo.

Hay dos maneras de vencer el miedo:

Sabiéndose razonablemente sano actuar con confianza, con libertad incondicional.

Sabiéndose vulnerable, hacerse con varias fajas musculares, aplicarse bandas de kinesiotape, estirar y relajarse, meditar, seguir una dieta… para poder conseguir del organismo la carta de libertad, condicionada al cumplimiento de todos esos requisitos previos cotidianos.

Es mejor pelear por la inteligencia propia y no domesticarse a inteligencias ajenas.

Actividad y dolor inteligente.

Inteligencia inteligente.

Miedo inteligente.

La actividad y la inteligencia debieran ser libres pero lo único libre es el miedo.

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Clasificar y clarificar.

A los humanos nos va el clasificar, el ordenar la realidad en conjuntos que comparten elementos comunes.

¿Para qué?

Para tener la ilusión de controlar la realidad y para tener la ilusión de que así sabemos de qué habla cada uno.

Todo está clasificado.

El dolor también, por supuesto.

El dolor puede ser agudo o crónico, lento y ràpido (?), de aquí o de allá, punzante, constrictivo, sordo, quemante, paroxístico, progresivo… y muchos tipos más. Se describen más de cien tipos de dolor de cabeza (!!)

En realidad estas clasificaciones son descriptivas. Se limitan a ordenar los relatos subjetivos y la ubicación en tiempo y espacio de esos relatos.

Sólo con eso no vamos a ninguna parte.

Necesitamos conocer las causas del dolor, sea cual sea su descripción individual.

La clasificación de las causas o mecanismos del dolor no acaba de convencer. Es inestable y cambia cada cierto tiempo.

Hay bastante consenso en reconocer una clase u origen del dolor: aquél que aparece cuando se da un evento de lesión en un momento y lugar: un desgarro, una contusión, una quemadura, una abrasión, puntuales. Es el denominado dolor “nociceptivo”. Se ha producido un hecho nocivo o está a punto de producirse si no se evita el agente nocivo, las neuronas vigilantes de cada rincón del organismo (nociceptores) captan las señales del daño provocado o el riesgo de que se consume y vuelcan la información en el sistema para activar las respuestas defensivo-reparadoras oportunas.

En el epígrafe “nociceptivo” algunos incluyen el “inflamatorio” sin precisar si hay o no lesión previa que active la respuesta inflamatoria.

Si la hay estaríamos ante un tipo de dolor fisiológico, útil, protector. La inflamación también sería útil y protectora aun cuando en aras de evitar molestias muchos optan por tirar de ibuprofenos (analgésico-antinflamatorio).

Si no hay lesión que proteger y reparar, tanto el dolor como la respuesta inflamatoria no generarían mas que sufrimiento e invalidez inútiles.

Se me antoja que hay dos clases de dolor e inflamación: el secundario(a) a daño consumado o inminente y el “primario(a)”, es decir, el(la) que no es “secundario(a)”: aquel o aquella que aparece sin justificación, sin señales detonadoras de nocicepción.

Hay una tendencia a llamar inflamación a un conjunto de situaciones muy dispares que debieran ser consideradas, conceptualizadas, es decir, clasificadas, en tipos bien diferenciados. Un simple estado de alerta, una falsa alarma, se considera que es una inflamación porque se ha liberado sustancia P, CGRP o citoquinas, todos ellos  mensajeros sensibilizadores, sin que se haya consumado ningún daño ni se vaya a consumar a corto plazo.

Se ha desplazado la policía, luego la bolsa de deportes contenía una bomba y habrá que desalojar y reparar los edificios que se van a destruir. Las ambulancias certifican que hay heridos…

No parece lógico clasificar en el mismo tipo la bolsa que va a estallar y la bolsa que sólo contiene la ropa de deporte y el bocata por el argumento de que en las dos situaciones hay despliegue de efectivos.

También hay bastante consenso, aunque menos que en el caso del dolor-inflamación nociceptivo(a), para bendecir la clase  del dolor “neuropático”.

Un dolor neuropático es aquél que aparece por causa de una lesión o disfunción del sistema somatosensorial, es decir, del conjunto de neuronas que detectan señales físico-químicas externas e internas.

Si las neuronas, los cables, se lesionan, generan señales aberrantes que confunden a las áreas responsables de proyectar dolor en la conciencia. Dolor por patología neuronal, “neuropático”.

Hasta el 2011 se mantuvo el criterio de lesión o disfunción pero era evidente que el término “disfunción” incomodaba pues había muchos casos de dolor que no eran “nociceptivos” y que tampoco se correlacionaban con una lesión de neuronas somatosensoriales por lo que el dolor podría estar causado por factores psicológicos con lo cual  todo se enmerdaba. Se suprimió la consideración de la “disfunción” y volvió la calma a los comités clasificadores.

La correlación entre lesión de neuronas somatosensoriales y dolor no es tan estrecha en el dolor neuropático como en el dolor nociceptivo. Una quemadura tiene más probabilidad de generar dolor en todos los casos que una lesión neuronal. Con la misma “neuropatía” unos tienen dolor y otros no.

La oficialidad del dolor (IASP) se siente ahora más tranquila con los dos tipos: nociceptivo y neuropático.

¿Dónde clasificamos los demás dolores, los más abundantes, invalidantes y mortificadores, los más inexplicados y menos aliviados y comprendidos profesional y socialmente?

¿Dónde ubicamos la migraña y la fibromialgia?

Para la migraña sugieren los comités que hay que guardar un respeto: es una enfermedad en sí misma y el dolor no es ni nociceptivo ni neuropático. Simplemente es migrañoso. La migraña es muy suya.

Para la fibromialgia algunos consideran que debe incluirse en el apartado del dolor neuropático pues se han descrito datos (por ejemplo, presencia de señal ectópica en nociceptores) que así lo fundamentan. No cabe la consideración de enfermedad “en sí misma” ni cabe la interpretación del dolor como “fibromiálgico”.

El dolor generalizado busca también su ubicación en la zona noble de lo nociceptivo y lo neuropático. La etiqueta de “músculo-esquelético” apoya la inclusión en el grupo nociceptivo, aun cuando no haya lesión consumada ni inminente.

Ni falta que hace. Los músculos contracturados y/o acortados, las asimetrías estructurales, las malas posturas, los movimientos disfuncionales, las rugosidades articulares y los pinzamientos de nervios se bastan para generar abundante señal nociceptiva para explicar y justificar el dolor, aun cuando no esté demostrado que sea así.

En definitiva, tenemos por un lado el dolor noble, con clase, con lesión consumada o inminente de tejido no nervioso, el dolor “nociceptivo” (con o sin el añadido del “inflamatorio”).

Por otro el dolor secundario a una lesión de tejido nervioso, el “neuropático”.

La migraña instalada en un estatuto propio y exclusivo.

La fibromialgia, pendiente de clasificarse como dolor “neuropático”.

El dolor generalizado “músculoesquelético”, considerado previsiblemente como nociceptivo aun cuando no haya evidencia de que así sea y…

Nos quedan el resto de los dolores, otros…

Para esos se propone el término “otros” como no podría ser de otra manera.

Hasta hace unos pocos años existía la clase “dolor somatomorfo”.

No sé muy bien qué significaba pero no caía bien a nadie. Ni siquiera sonaba bien.

Simplemente se eliminó sin dar explicaciones. No convienen.

Lo que importa no es la clasificación descriptiva sino la clarificación de los mecanismos en cada caso.

Una simple letra la r por la s lo cambiaría todo.

Más claris y menos clasis.

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Estímulos y respuestas

Al menos yo, y me temo que siga siendo así para la mayoría de los universtarios de “Ciencias de la enfermedad”, fuí educado en el esquema estructural y funcional del Sistema Nervioso como estímulo-respuesta.

Hay neuronas sensoriales especializadas en captar estímulos. Envasan (transducen) el impacto del estímulo en un tren de señales eléctricas y envían la información del evento sensorial a diversos centros (médula, troncoencéfalo, amigdala, hipotálamo, cerebro) donde existen programas de respuesta que se activan en función del contenido de la información sensorial que les llega.

Los centros de respuesta tienen una complejidad creciente desde la médula al cerebro. Las respuestas subcorticales serían reflejas, no meditadas ni racionalizadas y las del cerebro seguirían a un proceso de análisis cognitivo en el que se utiliza el conocimiento previo para decidir si hay respuesta y qué tipo de respuesta es la más conveniente, en función del contexto.

Si no hay estímulos, señales sensoriales de que algo relevante sucede, no hay respuestas.

Percepción-cognición-acción. Un esquema secuencial unidireccional.

Este esquema se aplica también al dolor:

percepción de dolor-evaluación cognitiva y emocional-respuesta de evitación.

Evidentemente el dolor no es un estímulo ya que aparece al final del esquema, es decir, como una acción cerebral.

Sería más correcto, respetando (por ahora) el esquema secuencial proponer:

estímulo nocivo (real o potencial)-evaluación cognitiva y emocionalrespuesta (dolor y otras respuestas de evitación).

En las situaciones de dolor que nos ocupan en este blog (dolor sin daño) no hay estímulo nocivo pero sí dolor.

El esquema quedaría limitado a:

evaluación cognitiva y emocional-acción (dolor y otras respuestas).

Los estados evaluativos racionales y/o emocionales pueden activar, por tanto, la respuesta del sentimiento doloroso: véase fibromialgia, migraña, dolor crónico…

En general hay una tendencia a separar la emoción, algo caliente e instintivo, de la cognición, algo frío y aprendido. Sin embargo ambos campos supuestamente contrarios corresponden a lo mismo: el miedo al daño, a perder la integridad física. Ese miedo es instintivo y caliente pero el conocimiento frío alarmista sobre organismo lo aviva, de tal modo que sólo existe lo emocional: el miedo biológico ancestral al daño, que contiene tanto lo aprendido evolutivamente (experiencia de especie) como a lo largo de la vida, vía experiencia e instrucción.

En aras de la simplicidad quedémonos con el factor evaluativo-emocional, un factor con vida propia y continua que construye una idea del estado del organismo y de lo que amenaza su integridad, al calor de emociones ancestrales (miedo al daño real y potencial) y aprendidas (miedo al daño imaginado, miedo inoculado por la cultura, la observación y la imitación).

El cerebro imagina anticipadamente la realidad, sin necesidad de estímulos. Si aparecen estímulos nocivos, reales y/o potenciales, el flujo imaginativo se resetea para evaluar la entrada sensorial de nocividad actual.

Aunque no haya entrada de señal de nocividad, aunque nada turbe la paz de los tejidos, puede que el flujo imaginativo continuo entre en una evaluación de miedo al daño y aparezca en la conciencia la acción del dolor.

Los profesionales deberán buscar posibles focos de nocividad (daño real o potencial) que expliquen la irrupción del sentimiento doloroso. Si no aparece ese foco nos encontramos con la patata caliente del dolor no explicado.

¿Cómo que no explicado?

Habrá algo emocional, ansiedad, catastrofismo, desánimo… La vida es dura. Duele.

En la taxonomía que acompaña a la definición de dolor por parte de la IASP (Asociación Internacional para Estudio del Dolor) se afirma que el dolor al que no le asiste el daño real o potencial es “psicológico”, entendiendo este término como responsabilidad (causalidad, culpa) del individuo.

No hay estímulo de nocividad y hay respuesta de dolor, luego el individuo, psicológicamente disfuncional, expresa (somatiza) sus cuitas y atascos por la vía del sentimiento doloroso, como si hubiera daño real o potencial (estímulo).

Es el individuo quien crea las condiciones suficientes para que aflore el dolor. Su estado emocional es un estímulo suficiente.

El organismo, en cambio, es otra cosa: un sistema que sólo responde a estímulos físicos.

Al parecer el organismo no imagina, no sueña, no construye hipótesis, no tiene miedos ni deseos, sesgos cognitivos. El organismo no se instruye, no aprende. Sólo genes y emociones mal gestionadas.

Si nuestra supervivencia dependiera del esquema estímulo-evaluación-respuesta, no existiríamos como especie. No existiría ninguna especie con neuronas. Ningún sistema nervioso con esa arquitectura defensiva podría sobrevivir.

Un esquema más actual contempla al sistema nervioso desde la integración con el cuerpo construyendo y actualizando continuamente (estemos despiertos o dormidos o pensando en Babia) una idea de organismo y su interacción real y potencial con el entorno, expuesto a la incertidumbre cotidiana.

Sería deseable que la información sensorial y la racionalidad, el conocimiento, guiaran las cavilaciones pero el peso de la dependencia cultural inclina la balanza hacia un despropósito emocional (miedo irrcional daño) en el que cualquier estímulo es considerado como potencialmente nocivo.

El esquema estímulo-respuesta es válido para las ocasiones en las que algo relevante irrumpe el vagabundeo cerebral continuo.

Aunque no suceda nada, ese vagabundeo tiene el poder de perturbar la paz del individuo con sus mensajes alarmistas, con sus acciones de dolor, sin más argumento que el del miedo irracional, la posibilidad improbable.

No se necesita un cuerpo para generar dolor, decía Ronald Melzack.

Basta con el cerebro.

 

 

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¿Tienen imaginación los tejidos?

 

Define la IASP (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor) el dolor como “una experiencia sensorial y emocional desagradable, secundaria a un daño real o potencial de los tejidos o vivido como tal daño”.

Una vez descartado el daño real o potencial de los tejidos, es decir, consumado o inminente si no se evita el agente o estado dañino, nos queda el oscuro excedente del “vivido como tal daño”. La frasecita se presta a interpretaciones varias. Algo o alguien (el organismo o el individuo consciente) valora daño real o potencial en los tejidos aunque no exista consumación ni inminencia de daño.

El dolor que aparece cuando algo-alguien valora daño aunque no exista, es el que se da en una amplia gama de etiquetas diagnósticas, englobables bajo el término “Síndromes de sensibilización Central”: es decir: fibromialgia, migraña, colon irritable, y dolor crónico sin daño real o potencial, como ejemplos significativos.

Los textos que tratan estas etiquetas diagnósticas hablan de dolor de cabeza, lumbar, cervical o generalizado dando a entender que el dolor se origina en los tejidos residentes en la zona dolorida. Así, por ejemplo, el dolor generalizado se define como “músculo-esquelético”, dando por supuesto que alguna condición anómala músculo-esquelética genera el dolor… aun cuando no exista daño real ni potencial.

La ausencia de daño tisular nos remite entonces al apartado del “vivido como tal daño” o, lo que es lo mismo, al daño imaginado.

¿Dónde se produce esa acción imaginativa?

¿Pueden los músculos, huesos, articulaciones y nervios imaginar un daño, anticiparlo?

Evidentemente, no.

¿Dónde se produce ese proceso imaginativo que acaba proyectando el sentimiento doloroso sobre una zona en la que no existe ninguna amenaza de daño?

Está claro: el dolor nacido de la vivencia de amenaza, proviene del cerebro, el único órgano capaz de imaginar la realidad y actuar en función de lo que imagina o, más bien, teme.

Algo tan sencillo como esto no gusta a profesionales y pacientes.

Mola más que el dolor sea músculo-esquelético, aun cuando el aparato locomotor sea inocente.

El cerebro está bien para hablar de él en todo tipo de contextos. Neuro-esto, neuro-lo otro y neuro-lo de más allá, pero con el dolor no se juega, no se especula. Seamos serios: lo que duelen al intentar movernos es el aparato locomotor: músculos contraídos, acortados, articulaciones oxidadas, huesos que rozan y nervios comprimidos.

Sin embargo el dolor siempre es un producto neuronal, cerebral. No puede ser de otro modo.

La referencia al cerebro sigue siendo vergonzante.

La orina proviene del riñón, la bilis del hígado y el dolor del cerebro.

Así de contundente.

– ¿Psicológico?

– No puede ser de otra manera. El cerebro no segrega líquidos, sólo mensajeros para que los tejidos se adapten a sus evaluaciones, sobre una base real o una imaginada.

El individuo recibe los recados del cerebro en forma de sentimientos agradables o desagradables y actúa en función de esos sentimientos.

Las neuronas son entes físicos pero segregan productos psicológicos.

No hay Biología por un lado y Psicología por el otro.

Sólo Biología.

La imaginación es una función biológica. Probablemente la más importante de todas.

Proteja el proceso imaginativo. No deje que lo manejen todo tipo de falacias e intereses.

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