Biomarcadores

El organismo es un complejo entramado de células y estas, a su vez, son cada una de ellas, un complejo entramado de moléculas que reaccionan entre sí de modo complejo.

No hay nada más allá de la Química, al menos para un racionalista estricto como es mi caso.

Hay enfermedades que dan la cara física. Traumatismos, infecciones, tumores, intoxicaciones, errores metabólicos, estados degenerativos, excesos o defectos hormonales…

Ofrecen una referencia obvia de que algo está mal. Todo el mundo lo ve. Hay documentación, análisis, radiografías…

El problema surge cuando el paciente hace un relato de sufrimiento e invalidez que no da esa cara física obvia de los enfermos. Sólo disponemos del relato.

– Es todo normal.

Las pesquisas de las pruebas complementarias habituales no dan con ningún indicador de patología. No hay marcadores biológicos de enfermedad. Sólo lo que el paciente relata.

Sin embargo, los investigadores, utilizando una Tecnología más fina, pueden detectar parámetros biológicos que les diferencian como etiqueta diagnóstica de los controles sanos.

En la migraña, fibromialgia, dolor crónico, síndrome de fatiga crónica… los investigadores van publicando sus resultados. Se identifican marcadores biológicos, presentes en los pacientes y ausentes en los que no padecen los síntomas englobados en esta o aquella etiqueta.

El marcador biológico parece que aleja el SanBenito del origen psicológico.

El filósofo René Descartes distinguía entre el mundo material del organismo, lo que llamó rex extensa, lo que conforma el organismo físico de animales y del hombre, y la rex cogitans, exclusiva de los bichos humanos, una cosa inmaterial con vida propia, no contaminada con la química de la cosa extensa, medible y objetivable.

Los críticos describieron a la supuesta cosa pensante como “el fantasma de la máquina”, un ente que movía con su voluntad, su libre albedrío, el cuerpo, sometiéndolo a sus decisiones.

Evidentemente, para Descartes no existirían marcadores biológicos del alma, de su cosa pensante.

Por un lado el mundo físico lleno de marcas biológicas y por otro el psicológico, inmaterial, fantasmagórico.

La marca biológica de la migraña sería el CGRP. En la fibromialgia habría diversos marcadores, metabólicos, de hiperexcitabilidad de fibra C, de volumetría cortical, de tractografía…

Ya tenemos marcadores… luego…

Los estados de conectividad, los estados evaluativos de alerta-protección o de desmotivación conllevan un sustrato funcional neuronal, biológico. A poco que se amplíe la lupa para observar lo que sucede aparecerán marcadores.

El fantasma también deja huellas.

La Biología es sólo química, pero con Historia, con predicciones, imaginación, aprendizaje… Las neuronas generan Psicología y la Psicología es pura Biología, Química organizada como una narrativa, algo psicológico, es decir, biológico.

Sólo hay organismo, algo físico y psicológico. Todo deja huella, marcas biológicas, moleculares o de otro tipo.

Bienvenidos sean los marcadores biológicos para conocer mejor la trama de los fallos y errores del organismo y convencer a los negacionistas de que lo que el paciente relata es absolutamente creíble.

Las etiquetas también tienen sus marcadores, como es lógico.

El efecto placebo y el nocebo también tienen sus marcadores.

No hay un fantasma psicológico en la máquina biológica.

Sólo Química, marcas de todo lo que sucede.

Sólo Biología, es decir, narrativa…

 

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El estigma de la migraña

– Es una migraña, una enfermedad cerebral congénita. Ha nacido usted con un “generador de migraña” en el cerebro, un grupo de neuronas que se activan y ponen en marcha la crisis. Tendrá que medicarse y llevar una vida ordenada.

El organismo se piensa a sí mismo continuamente. Repasa el pasado y hurga en futuros posibles, evaluando costes y beneficios de lo que sucede, sucedió, pudo haber sucedido pero sucedió lo contrario , de lo que teme o desea que suceda, y de lo que pensarán los otros si toma esta o aquella decisión.

El ronroneo mental es inevitable y sólo cesa cuando conseguimos centrar la atención en nuestras cuestiones, propósito harto complicado a veces, pues el ir y venir de las cábalas impide que nos centramos en lo que tendríamos que centrarnos.

De ese maremagnum de evaluaciones surge el contenido del mundo consciente.

Un mal día, sin comerlo ni beberlo, aparece en la cabeza un dolor que va a más hasta hacerse insoportable, acompañado de nauseas, vómitos e intolerancia a las luces, sonidos y olores. La tortura se prolonga durante un par de días. Habrá que consultar.

– Hace unos días tuve un dolor de cabeza tremendo, sólo en un lado, con vómitos…

Es el momento clave: la consulta al experto en interiores de organismo.

El paciente habita un universo opaco, lleno de vísceras, aparatos, sistemas, en los que se producen complejas reacciones químicas.

Lo único que sabe de lo que sucede internamente es lo que siente en la pantalla de la conciencia.

– Yo sólo sé que me duele, me molesta todo y acabo vomitando. Algo tiene que estar pasando.

El experto dictaminará:

– Es una migraña, una enfermedad. No se puede hacer nada por evitarlo. Usted ha nacido con esa condición.

Es el dictamen más probable.

Puede que, por extrañas circunstancias de la vida, se encuentre con un dictamen distinto, extraño, difícil de comprender:

– Es un error evaluativo de su Sistema Neuroinmune. Habrá que trabajar para corregir el error. Usted está sano, pero el cerebro ha construido una teoría equivocada de su cabeza. Ha evaluado amenaza sin haberla.

– ¿?

– Le ayudaré a comprender el proceso. Es necesaria su colaboración. Usted forma parte también del organismo. Hay que hacer bien las cosas en ese pequeño pero fundamental ámbito de la conciencia, en el que tiene voz y voto.

El dictamen de “enfermedad cerebral congénita, misteriosa e irreversible” estigmatiza al paciente. La etiqueta “migraña” le llevará por caminos previsibles, que comenzarán con el ibuprofeno, seguirá con los triptanes, los preventivos, el bótox y las medicinas alternativas, con resultados variables.

Poner el estigma es más fácil que quitarlo.

Es más sencillo enmigrañarse que desenmigrañarse.

– ¿Cómo le ha ido?

– Bien. A veces quiere venir el dolor pero hablo con mi cerebro, le hago un corte de mangas, me centro en lo mío y se me va. Ya no tomo medicación y he vuelto a los verdejos.

No siempre es así.

– Comprendo bien lo que me ha explicado y. además me lo creo pero no acierto a controlar a mi cerebro. Tengo que recurrir a los calmantes.

Hay pacientes estigmatizados que se conforman con el modelo de enfermedad.

– Tengo una o dos crisis al mes. Llevo siempre el ibuprofeno en el bolso. Al menor indicio me tomo el calmante y lo corto bastante rápido.

También pueden funcionar los remedios alternativas…

– Con la acupuntura me va bien. A penas tengo ya dolores.

El estigma de enfermedad exige la acción de la terapia.

El enfoque pedagógico, que trata de borrar el estigma, recuperar la convicción de organismo sano pero que comete errores evaluativos, hace innecesaria la terapia, en los casos exitosos.

Anuncian un nuevo tratamiento. Por primera vez, algo específico, una terapia “de precisión”.

El estigma se expresa por un aumento del CGRP. Ya disponemos de fármacos que lo neutralizan. Promete…

El CGRP es un mensajero. En vez de bloquearlo podríamos convencer al organismo de que su evaluación de amenaza es errónea y así el CGRP desaparecería.

Se podría cambiar las condiciones de activación del Sistema de Alarma para que deje de sonar la sirena cuando no sucede ni va a suceder nada a corto plazo.

– Su casa está estigmatizada. Tiene un “generador de alarmas” que salta de modo incontrolable ante cualquier incidencia, aunque sea inofensiva. No se puede hacer nada. Quizás le alivien algo estos tapones en los oídos. Procure que no haya problemas en la vecindad. Puede que el estrés dispare la alarma.

El dolor (el sonido de la alarma) debiera limitarse a señalar incidencias consumadas o inminentes de sucesos que dañan violentamente la integridad física del organismo.

Los antiguos achacaban las crisis a la cólera de los dioses. 

Ahora es el CGRP, un simple mensajero que obedece a los contenidos de la cultura experta.

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Nuevo curso de Dolor y movimiento

Convocamos una nueva edición de nuestro curso “Dolor y movimiento”, en Vitoria, para los días 21 y 22 de Junio. Lo impartiremos Maite Goicoechea y María Jiménez Fisioterapeutas, y un servidor, neurólogo jubilado. Información en tfno 696541479.

El curso consta de una parte teórica, centrada en los nuevos paradigmas del dolor, desde la perspectiva del error evaluativo neuroinmune, alimentado por la cultura, que propicia el miedo a la actividad, la hipervigilancia y la sensibilización global. La teoría se alterna con la aplicación práctica del marco teórico.

La Fisioterapia tradicional considera que el dolor generado en la actividad surge de alguna alteración estructural o funcional del aparato locomotor, que deberá ser detectada y corregida manualmente o con consejos y ejercicios. El cuerpo necesita ajustes y mantenimiento.

Dolor “músculoesquelético” Contracturas, acortamientos, puntos gatillo, vicios posturales, modos inadecuados de coger pesos, músculos flojos, vértebras descolocadas… Masaje, musculación, higiene postural, maniobras quiropràcticas, ejercicios… Camilla y gimnasio. Los músculos son el chivo expiatorio, aunque la responsabilidad de que haya dolor recaiga, en realidad, en el paciente, que es quien decide cuándo y cómo moverse.

Desde la nueva perspectiva se contempla la responsabilidad del Sistema Nervioso, que es el que controla la actividad, sin pedir permiso al individuo.

El Sistema Nervioso debe evaluar costes y beneficios de la actividad, desde los intereses del propio organismo, no siempre coincidentes con los del individuo consciente.

El dolor con la actividad expresa implícitamente una evaluación de amenaza a la integridad física del aparato locomotor. En ocasiones la evaluación es correcta. Existe en la zona doliente una lesión que debe ser protegida mientras se repara.

No es lo habitual, especialmente si el dolor es crónico. Es más frecuente que estemos ante un error evaluativo de amenaza. El organismo se atribuye un estado de vulnerabilidad y la actividad solicitada por el individuo dispara la alarma, el estado de alerta-protección. Los programas motores en este caso no van dirigidos a optimizar la actividad sino a proteger la integridad física del aparato locomotor en el curso de la acción.

Dolor, rigidez, torpeza, invalidez.

Una vez descartada la lesión, lo que toca es desactivar la estrategia de alerta-protección y restaurar el régimen de programas motores económicos, eficientes y creativos, exploradores, juguetones, libres. Para ello hay que quitar el miedo de los circuitos, de lo inconsciente y lo consciente.

Educación en Biología de la acción y exposición confiada a la actividad previamente requisada.

Hay que revisitar los escenarios abandonados, bajar la bici del camarote, volver a apuntarse al padel o a tumbarse en el sofá, dejando la silla ergonómica.

Fisioterapia con cerebro utilizando las manos para recuperar patrones motores saludables y la palabra para quitar miedo y poner sentido común.

Parafraseando a Patrick Wall: el cerebro del paciente es el gigante dormido en el tratamiento del dolor.

No es que esté dormido. Está demasiado despierto, vigilando y protegiendo lo que no tiene que proteger. Lo hace no por degeneración del aparato locomotor ni sensibilización de los circuitos neuronales sino porque gestiona la seguridad del aparato locomotor que cree tener, el que le ha descrito la cultura multiexperta variopinta.

El fisio es el asesor de ese cerebro del paciente, potencialmente gigante pero realmente empequeñecido, acurrucado, “contracturado”, asustado.

El saber ocupa lugar.

El paciente debe saberlo.

 

 

 

 

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Los músculos no duelen. Se estresan o dañan

El músculo se ha convertido en el chivo expiatorio del dolor crónico y en la diana terapéutica de muchos profesionales.

Nuestros músculos, al parecer, se contracturan, acortan y duelen con rara facilidad. Necesitan ser masajeados, estirados y relajados constantemente. De otro modo, “duelen”.

Realmente los músculos no duelen. Como cualquier otro tejido, están sometidos a estreses, a condiciones de actividad en el límite o novedosas. En ocasiones ese límite se supera y la zona muscular a la que no llega el aporte sanguíneo necesario muere, se necrosa, se infarta.

– Siento un dolor intenso en el tórax.

_ Tiene usted un infarto. Una zona del músculo cardíaco se ha muerto, necrosado, infartado, pues se ha taponado (Trombosis) una de sus arterias coronarias.

En la zona del infarto no hay dolor. Sólo cadáveres celulares. Los ramos sanos de las terminales neuronales de zonas sanas vecinas detectan señales moleculares de muerte celular (DAMPs-Damage Associated Molecular Patterns) y mandan señales codificadas a los centros locales y generales que se encargan de activar la respuesta apropiada, es decir, la inflamación (local) y el dolor (general).

El dolor es un contenido de conciencia que resulta exclusivamente de la activación conjunta sincronizada de múltiples áreas cerebrales (“Neuromatriz del dolor”) cuando les llega la noticia del incidente letal del músculo cardíaco.

El único que tiene noticia del dolor es el individuo consciente. Ni los cadáveres celulares ni las terminales sanas vecinas ni las neuronas que conducen la noticia sienten dolor, porque este no existe hasta que se produce la respuesta global de las áreas de procesamiento de la noticia. El individuo es el único lector de su periódico exclusivo. Los demás sabrán si le duele o no (si no miente) preguntándole al padeciente.

En ocasiones no se llega a la muerte. Sólo al estrés.

Sigamos con el músculo cardíaco. Puede que las coronarias provean la suficiente energía (sangre) al corazón para que el músculo bombee sin problemas… en reposo. Basta que el individuo se ponga a caminar para que al cabo de unos metros aparezca el dolor torácico que va en aumento y le obliga a pararse.

– Me duele el tórax cuando camino. Si me paro se me va el dolor.

– Tiene usted una coronaria estrechada. Cuando camina, el músculo no dispone de suficiente energía (sangre), se estresa. Necesitaría más glucosa, más oxígeno… pero la coronaria no deja pasar más sangre que la que deja pasar. Si se para usted, el músculo deja de estar estresado. Es una angina de pecho, una insuficiencia coronaria.

Las terminales sanas de las neuronas que vigilan la zona, sana pero con problemas, estresada, detectan señales de estrés metabólico cuando el individuo camina. Codifican esas señales de estrés del músculo en peligro y transmiten la información que llega hasta la red cerebral que las procesa, e interpreta como señales de estrés. La conectividad de esa red alertada por las noticias provenientes del músculo, se expresa en la conciencia como “dolor”.

El individuo se para. Las señales desaparecen. El dolor se va. No hay peligro… estando quieto.

El músculo no duele. Pasa apuros y a veces se producen bajas de miocitos.

Los músculos se estresan (angina) o se mueren, necrosan (infarto), pero no duelen.

El músculo de Homo sapiens (ma non troppo) no es tan chapucero como nos lo han pintado.

La cultura de los profesionales sanitarios sobre el músculo quizás sea chapucera. En todo caso un músculo es algo más que unas células (miocitos) cuyas fibras se contraen y relajan en un patrón complejo de reclutamiento, seleccionado para acometer todo tipo de tareas cotidianas sin problemas.

Además de miocitos hay envolturas del tejido conjuntivo, sensores de elongación, sensores de tensión, sensores de estímulos mecánicos inofensivos, arteriolas, venas, capilares, células vigilantes del Sistema Inmune, células madre… y, por supuesto ,neuronas de todo tipo que vigilan sensiblemente por si hay problemas de aporte de energía. Las neuronas están conectadas a una red central que regula el patrón espacio-temporal de reclutamiento de unidades motoras para cada tarea. Lo puede hacer desde un exquisito cálculo de costes y beneficios.

Hay varios contextos de trabajo de los músculos:

1) Sin problemas de aporte de energía ni riesgos de lesión, ni predicción imaginada de riesgo.

Previsiblemente no hay dolor en la zona de trabajo de esos músculos.

2) Problemas de aporte de energía si se estresa al músculo, si se le pide más de lo que puede hacer sin riesgo con la sangre que recibe.

Previsiblemente dolor, si la actividad requerida genera peligro. Angina muscular.

3) Se ha interrumpido el aporte de energía. Ni gota. Muerte. Infarto.

Previsiblemente dolor, aunque hay infartos indoloros, por razones que sólo conoce la red de neuronas que ha evaluado la información del evento letal, que ha llegado perfectamente.

4) Aun no habiendo condiciones de incertidumbre sobre el aporte de energía ni estados o agentes potencialmente letales (elongaciones, compresiones, tensiones, temperaturas extremas, gérmenes…) la red evaluativa aprecia peligro en la actividad que el individuo va a desarrollar.

Previsiblemente dolor en la zona que debe ejecutar la acción evaluada como peligrosa.

Puede que el mal llamado “dolor muscular” corresponda en muchos casos a este último contexto.

¿Solución?

Para unos hay que trabajar el músculo. Favorecer “la circulación” con masajes. Reordenar los fascículos, liberar fascias que oprimen, relajar, calor, frío, agujas…

Para otros hay que disipar el miedo de la red neuronal evaluativa. Hay que recuperar la confianza en el denostado músculo.

Escuelas de salud evaluativa…

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El músculo no se estira, se relaja

Los músculos son estructuras biológicas complejas, especializadadas en generar acortamiento cuando reciben la orden de hacerlo, vía estímulo nervioso de una motoneurona. Mientras persiste la orden se acortan y relajan. Si dejan de recibir el impulso nervioso, dejan de contraerse y quedan relajados.

La contracción (acortamiento) del músculo se produce por deslizamiento de una proteína (miosina) sobre los carriles de actina. La miosina dispone de unos cabezales a modo de remos que se anclan en la actina y tiran hacia el interior. La liberación de calcio, como consecuencia de la recepción de la orden nerviosa, pone en marcha el proceso, con consumo de energía (ATP). Para devolver la miosina a su posición inicial debe recapturarse el calcio y devolverlo a sus depósitos, consumiendo también energía (ATP). Si desaparece el calcio, porque ya no hay orden nerviosa, la actina se recompone espacialmente y los cabezales vuelven a su posición inicial. El músculo se ha relajado.

La contracción y relajación son, por tanto, dos procesos activos que se producen uno tras del otro mientras llega orden motora. Las fibras musculares no quedan atrapadas en fase de contracción y sólo un estiramiento podría desenganchar la miosina de la actina. Eso sólo sucede en el rigor mortis y en raras enfermedades musculares. La falta de relajación se denomina miotonía y, como digo, sólo sucede en alteraciones congénitas musculares, raras.

Al “estirar” el músculo podemos conseguir un aumento del recorrido articular, gracias a que hemos alargado (relajado) un músculo previamente acortado (contraído) pero ello es posible porque hemos reducido el número de impulsos nerviosos que mantenían activo  (calcio liberado) el proceso de “remo” de la miosina sobre la actina.

Al “estirar” (alargar) un músculo acalambrado no desenganchamos nada. Simplemente generamos un estímulo de tensión en los receptores de Golgi y estos receptores inducen un reflejo de inhibición de la orden nerviosa que contrae ese músculo acalambrado.

Los músculos no se estiran. En todo caso se rompen sus fibras, a veces, si el estirón sobrepasa la capacidad de protección de los sensores de alargamiento y tensión.

El “estiramiento” del músculo es pura relajación, es decir, un proceso neuromuscular. Reducimos la orden de acortamiento (contracción) y el músculo se relaja, se alarga.

Contractura, estiramiento muscular.

Mejor, contracción, relajación neuromuscular.

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El complejo del dolor

Hay dos tipos de dolor: el sencillo y el complejo. Un dolor sencillo es aquél que se proyecta en la conciencia como consecuencia de un daño necrótico consumado o inminente.

– Me duele el talón. Tengo un clavo en el zapato.

La cirugía del zapato pone fin al dolor.

– Me duele el gemelo al andar. Me tengo que parar cada cincuenta metros.

La cirugía arterial resuelve el problema.

Dolores sencillos.

– Me duele el talón. Tengo un espolón calcáneo. Me dicen de operar.

Tener un clavo en el zapato no es lo mismo que tener un “espolón” aparente en la radiografía lateral del pie.

– Me duele todo. Me dicen que no tengo nada.

El dolor en estos casos es algo complicado, complejo, biopsicosocial, neuroinmunoendocrinomioartroosteopsicosocial.

Múltiples factores interactuando de modo complejo, impredecible. No basta con analizar las partes. El todo es algo más que la suma. Se impone la prestación multidisciplinar, también compleja. No basta con sumar partes: primero el cabecera, luego un especialista tras otro, la unidad de dolor, los alternativos y, nuevamente, el cabecera.

Al final el paciente de dolor acaba acomplejado, con tanta complejidad.

No se atreve a moverse, a tomarse un chupito de vida.

– El dolor me acompleja. Me condiciona la vida.

La consulta al psicólogo se impone, tras el fracaso de dar con un clavo en el zapato o un incierto espolón allí donde duele; algo que roce, pinche, comprima o se inflame.

– Tiene usted “dolor crónico”. Tiene que aceptar su condición y dejar de catastrofizar. Relájese. Está demasiado tenso. No deje que el dolor le acompleje. Viva. Sea positivo.

El complejo del dolor parece que engorda las amigdalas cerebrales. Tienen sobrepeso de tanto padecer el complejo.

– Tiene obesidad amigdalar. Tiene que quitar unos gramos de peso. Entrenamiento, gimnasia emocional. Mindfulness.

No sé, no sé. Es todo muy complejo, complicado…

Cabe una posibilidad sencilla, al menos en teoría.

– Está usted razonablemente sano. Quítese el complejo de enfermo. Viva. No tenga miedo. Olvídese de roces, pinchazos, contracturas, compresiones, acortamientos, asimetrías, desgastes, estreses, cambios hormonales y meteorológicos, campos electromagnéticos, espolones y malos rollos.

Know pain, no pain .

– No es tan fácil. Lo comprendo y creo pero no sé cómo hacerlo.

Los complejos hacen que lo sencillo se vuelva difícil.

– Le recomiendo una consulta con esta psicóloga.

La práctica de la Psicología no es homogénea. No hay Psicologías sino Psicólogos y psicólogas.

– No acepte la etiqueta de enfermedad. Quítese el complejo. Vamos a trabajar esa cuestión.

Esa es la cuestión sencilla.

Si uno está más o menos sano, lo está, sin complejos.

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El músculo no se contractura; se contrae.

– Me duele el cuello. Me ha dicho el fisio que tengo contractura.

El paciente asiente con el dictamen. ¿Dolor? Contractura. Así de sencillo. Se masajea y listo.

¿Qué es una contractura muscular?

No tengo ni idea. En los cursos a fisios lo pregunto por si alguien lo aclara. Obtengo el silencio por respuesta.

No hay duda de que es una palabra de éxito, entre profesionales y pacientes, pero como todas las palabras de éxito, son peligrosas pues no sabemos cuál es su significado real.

Un músculo es un conjunto de fibras musculares dispuestas a acortarse cuando se les ordene. La orden la da la neurona, que libera el mensajero (acetilcolina) en el punto de recepción (placa motora). Si bien la propia fibra muscular es irritable, puede acortarse cuando recibe un estímulo mecánico (por ejemplo es percutida con un martillo de reflejos), habitualmente sólo lo hace cuando recibe la correspondiente orden por parte de la neurona que libera el mensajero.

En “reposo” siempre hay un número variable de fibras que se contraen alternándose y mantienen el tono. Hay estados patológicos de excesivo o escaso tono.

Por otra parte la consistencia muscular está influida por la tixotropía, una propiedad física de algunos fluidos y geles, que expresa una viscosidad variable, según sea estimulada térmica o mecánicamente. La miel tiene tixotropía. Si se calienta o se le deja reposar se vuelve viscosa. Si se soba con una cuchara se reblandece.

El músculo es como la miel. En reposo es más viscoso y si se masajea se ablanda.

Sobre ese tono basal, las fibras se contraen cada vez que se les ordena, bien porque se quiere hacer algo o formando parte de un programa no intencional.

Basta con que estemos poco relajados para que haya un número excesivo de unidades motoras activas. Las fibras musculares de esas unidades se contraerán y decontraerán mientras persista la poca relajación.

– Relájese. Los músculos del cuello llevan demasiado tiempo contrayéndose.

Basta obedecer, relajarse, para que cese la contracción.

Otras veces está activo un programa de protección, innecesariamente.

– Al cuello no le pasa nada. Desactive la protección, la alerta. Suelte los músculos. Deje que el cuello pueda hacer los pequeños y continuos movimientos de ajuste postural.

El músculo está preparado para afrontar todas las tareas razonables, sin problemas. El reclutamiento de unidades motoras es inteligente y está exquisitamente controlado para ejecutar las acciones deseadas, con economía y eficiencia.

Si duele no es porque los músculos se han quedado contraídos, almidonados. Eso sucede en el rigor mortis porque ya no hay energía para la decontracción.

El dolor tiene más que ver con estados evaluados de alerta-protección de la zona. Basta hacer un trabajo de disolución de esos estados para que el dolor se evapore.

Relajar, recuperar variabilidad, eliminar vigilancia, miedo, creencias, expectativas alarmistas…

– Me han dicho que tengo contracturas. El stress, las cervicales…

Puede que la zona esté trabajando con un exceso de órdenes a las fibras musculares y que se les mande contraerse más de lo necesario.

Si es así lo que procede es sanear las órdenes, los estados evaluativos de alerta-protección.

No estaría mal que se borrara de las consultas el término contractura y se explicara la maravilla del control de la actividad muscular.

Si no es posible, al menos, podría sustituirse por “neuromuscular”:

– Tengo contracturas neuromusculares. La red neuronal mantiene un régimen de contracciones musculares excesivo.

Lo que procede es sanear ese régimen de trabajo.

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El dolor expresa un estado de alerta-protección

El organismo cuenta con el Sistema Neuroinmune para evaluar continuamente amenazas consumadas o potenciales a su integridad física, en cada escenario, en cada acción, en cada zona.

La cabeza, la cara, el cuello, el hombro, el codo, la mano, un diente, un ojo, la planta del pie, el abdomen, el suelo pélvico… o todo el cuerpo… Cada lugar tiene su estado evaluativo fluctuante, en función de lo que sucede o lo que pudiera suceder.

Cada estado tiene su proyección en la conciencia.

Si no hay valoración de amenaza consumada, inminente o imaginada, nos sentimos bien, es decir, no nos sentimos, y podemos centrar la atención en lo que estamos haciendo.

Ese estado de vigilancia basal puede alterarse por cualquier incidencia de daño , de muerte celular violenta (necrosis), por una herida, un desgarro, contusión, infección, quemadura, congelación o infarto. Si el escenario lo permite, aparecerá en el momento y lugar en el que se produzca la incidencia el dolor informativo y protector.

Mientras la inflamación inicia la reparación del tejido dañado evitaremos utilizar el tejido en reparación. El dolor aparecerá en la conciencia para recordarnos que el lugar está vallado.

Otras veces la función evaluativa comete el “error menos costoso”. Aprecia amenaza donde no la hay, en el momento, lugar corporal y circunstancia que alimenta ese temor infundado.

El dolor aparecerá en la conciencia proponiendo al residente, el individuo consciente, el usuario, una conducta vigilante y protectora.

El error podría detectarse como tal y disolverse pero con frecuencia sucede lo contrario.

– A mí me duele. Yo algo tengo que tener.

El usuario piensa mal, impulsado por el error menos costoso.

Otras veces es el profesional quien no aprecia el error evaluativo, un temor somático injustificado.

– Es una migraña, una lumbalgia, fibromialgia, dolor crónico, artrosis, etc, etc, etc, etc,etc,

Son etiquetas, simples etiquetas que impiden catalogar el error como error y tipifican el dolor como síntoma de enfermedad, misteriosa, irreversible, multifactorial, sistémica…

Lo correcto, quizás utópico (tal como está el patio) sería evaluar la función evaluativa.

– Me duele. Evalúe doctor si el organismo evalúa bien.

El profesional evalúa desde su pericia, a través de la historia y exploración, con pruebas complementarias opcionales…

– No hay daño necrótico consumado ni inminente. Es un error evaluativo. Haga vida normal, sin miedo, sin precauciones innecesarias.

– Eso pensaba yo pero quería asegurarme. Gracias, doctor.

Plausiblemente, el dolor de disipará según se vaya disipando el estado evaluativo erróneo, libre de etiquetas enfermizantes.

Así lo veo yo.

Quizás algún día la utopía se haga realidad.

El Sistema Neuroinmune es el único que puede crear problemas estando sano. Los demás órganos y sistemas no se equivocan. Están sanos o enfermos.

El Sistema Neuroinmune puede, también, estar sano o enfermo, pero aun estando sano, puede estar equivocado.

En este caso hay que detectar el error de predicción y corregirlo.

De otro modo se comete un sesgo de confirmación y la estrategia del error menos costoso, ver peligro en exceso por si acaso, puede matar (Sistema Inmune) o mortificare invalidar de modo extremo (Sistema Nervioso) y salir caro, dramáticamente costoso.

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