El error evaluativo (predictivo) neuroinmune

El aire contiene moléculas de polen, gramíneas, polvo doméstico…

El Sistema Neuroinmune, encargado de detectar amenazas, evalúa ese aire como peligroso y activa el estado protector, innecesariamente. Alergia a ese aire. Error evaluativo.

Células sanas, competentes del riñón, son evaluadas como amenazantes. El Sistema Neuroinmune activa programas de muerte y uno pierde sus riñones. Enfermedad autoneuroinmune. Error evaluativo.

Es fin de semana. El Sistema Neuroinmune evalúa amenaza en la cabeza y en lo que pueda comerse esos días. Mejor quedarse en casa, a oscuras. Migraña (dolor, vómitos, intolerancia sensorial). Error evaluativo.

Es un día normal como otro cualquiera. El Sistema Neuroinmune, por motivos que se nos escapan, evalúa enfermedad y activa los recursos de protección como si esa enfermedad existiera. Dolor generalizado, cansancio, rumiación, falta de concentración, sueño no reparador. Fibromialgia. Error evaluativo.

Duele la zona lumbar. Cualquier intento de moverse intensifica el dolor. Uno se siente rígido. El Sistema Neuroinmune ha evaluado amenaza en el movimiento y ha activado recursos de protección y desmotivación. Lumbalgia. Error evaluativo.

El error forma parte del aprendizaje. El componente evaluativo adquirido (aprendido) del Sistema Neuroinmune va a cometer errores, con toda seguridad, a lo largo del aprendizaje. La interacción del organismo con el entorno genera amenazas, no siempre evidentes. Ante la incertidumbre, el error menos costoso: evitar lo que no reúne suficientes garantías. No comer ninguna seta es más seguro que ir probándolas todas.

Rectificar es de sabios. El componente adquirido (aprendido) del Sistema Neuroinmune no es sabio de nacimiento. A través del error-ensayo-error va tolerando lo que de entrada evitaba y evitando lo que, por ignorancia, aceptaba.

No siempre da en el clavo. A veces evita lo inofensivo y otras acepta y promueve lo ofensivo.

El organismo es absolutamente opaco, inconsciente. Sólo la experiencia, el error-ensayo-error, permitirá ir afinando el proceso evaluativo, a veces, con heridas de guerra.

La observación de los errores ajenos puede evitarnos errores propios.

El consejo de los expertos en opacidades internas y externas nos alertarán de lo que debe evitarse. Etiquetarán enfermedades misteriosas y nos dirán lo que tenemos que hacer para minimizar el sufrimiento.

Migraña, fibromialgia, dolor ·músculoesquelético”…

No haga esto y lo otro. Le conviene esto y lo otro. Prevenciones y terapias.

El Sistema Neuroinmune, dicen, está enfermo. Evalúa mal, por causa de esa enfermedad. misteriosa. Es una enfermedad sistémica. Muchos factores se suman. Genes, emociones, alimentos, tóxicos, estreses, hormonas…

El caso es que el Sistema Neuroinmune alerta y protege de modo sensible, excesivo, innecesario. Residir en un organismo así es insoportable.

¿Y si el Sistema Neuroinmune no estuviera enfermo? ¿Si “solamente” estuviera equivocado?

¿Si fuera capaz de detectar el error y subsanarlo?

El aprendizaje del Sistema Neuroinmune se realiza en un entorno artificial, modificado por la cultura. Puede que esa modificación, que incluye el consejo de los expertos en opacidades internas y externas, facilite los errores. ¿Quizás demasiada higiene? ¿Quizás demasiados remilgos? ¿Es el organismo algo tan sensiblero, vulnerable e incapaz de adaptarse?

Los expertos encuentran hernias, desgastes, degeneraciones, contracturas, defectos estructurales…

Describen nuevas enfermedades. La civilización, el modo de vida…

¿La información puede ser patológica, inducir al error evaluativo?

¿No puede ser un error ignorar el proceso de aprendizaje y echar la culpa a los genes, estreses, alimentos y demás?

Personalmente pienso que tal error existe y que puede ser la clave. El Sistema Neuroinmune no es infalible.

La cultura puede inducir al error circular.

La cultura puede autoconsiderarse como infalible y no detectar y corregir los errores que comete.

Los neurólogos tienen más migraña que cualquier otro colectivo.

Puede que sea una enfermedad profesional.

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El dolor y sus evidencias

—-la percepción de dolor no sólo depende de la existencia de estímulos nocivos, tales como la severidad del daño en los tejidos, sino que es modulada por muchos factores psicológicos y cognitivos, como los estados emocionales, la atención, las emociones, expectativas, memorias y creencias. Los efectos de dichos factores se explican por el carácter complejo del dolor, que es parte de un Sistema de respuesta que alerta y prepara al organismo para hacer frente a situaciones de amenaza. Es más, tal como sucede con cualquier otra modalidad sensorial, el dolor no es nunca un mapa o representación perceptiva directa de un espacio físico. Sólo necesita ser eficaz para evocar respuestas conductuales adaptativas. Por ejemplo, en determinadas circunstancias puede no percibirse dolor en presencia de una lesión, mientras en otros casos, se percibe a pesar de la ausencia de daño en los tejidos. 

Además, la percepción debe ser fiable a pesar de la incertidumbre que facilita la información sensorial, y todo esto nos lleva a la teoría de la probabilidad.

A Bayesian perspective on sensory and cognitive integration in pain perception and placebo analgesia.

Anchisi D, Zanon M.

https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4321992/

Siguiendo la recomendación de una colega y amiga y dado que se exige la evidencia a todo cuanto se propone, abro con esta entrada una serie de propuestas teóricas habituales de este blog y que se explican a los alumnos en los cursos (migraña, fibromialgia, dolor crónico), precedidas de artículos que las soportan, con el label de la corrección formal de su publicación y la autoridad de quien las firma.

En los cursos explicamos conceptos de Biología del Sistema Neuroinmune, sólidamente fundamentados en la evidencia científica. En ocasiones se nos tacha de hablar sin el soporte de esa evidencia.

No hay que confundir la evidencia estadística (objetivable científicamente) de la mejoría experimentada por los alumnos, con la evidencia científica de los conceptos que explicamos.

Si bien tenemos constatación de la excelente respuesta “terapéutica” del alumnado, no nos centramos en ese objetivo sino en el de conseguir optimizar los recursos pedagógicos para trasladar en modo comprensible conceptos básicos del Sistema Neuroinmune.

Si los alumnos, consciente o inconscientemente, han asimilado lo que explicamos, hemos cumplido con el propósito.

Todos compartimos el deseo de que al modificar factores esenciales como la cognición, emoción, atención, expectativas, motivaciones, creencias y afrontamientos, más o menos conscientes, disminuya o cese la mortificación e invalidez del estado de alerta-protección innecesario.

A veces el deseo se cumple. Otras no.

Habremos cumplido con el objetivo si conseguimos que el alumnado sea consciente de la trama de los síntomas, su sentido evolutivo, su dependencia cultural en el curso del aprendizaje.

En esta primera entrada quiero resaltar las cuestiones fundamentales.

El dolor no informa directamente de lo que está sucediendo en los tejidos de la zona doliente.

La información generada en los tejidos amenazados se recoge y conduce a una extensa red de áreas del Sistema Nervioso Central, en las que se evalúa, junto a toda la información previa recogida a lo largo de la vida. De la integración de esa información sensorial de tejidos y del conocimiento previo disponible emerge en la conciencia el sentimiento doloroso.

El procesamiento es emocional. Basta el temor, la incertidumbre, para que aparezca el sentimiento de dolor en la conciencia, aun cuando nada amenazante suceda.

El organismo anticipa, predice, evalúa probabilidades, riesgos. Prefiere el por si acaso, mejor temer…

¿Duele?

Descártese un suceso nocivo actual en la zona.

Una vez descartado, analícense los factores psicológicos (memorias, creencias, atención, miedo, motivación, expectativas…)

Ignorar el trabajo continuo de los circuitos de vigilancia y protección que caracterizan a la especie humana es ignorar lo sustancial.

El individuo consciente no abarca todos los planos de actividad del organismo. La actividad biológica es absolutamente inconsciente, pero proyecta sus evaluaciones en la conciencia. En ese ámbito es en el que cabe una intervención del individuo, pero para que esa intervención sea productiva debemos dotar al alumno del conocimiento necesario.

De otro modo estará a merced de lo que consciente e inconscientemente ha ido aprendiendo a lo largo de la vida.

 

 

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Percibir dolor

– Me duele el cuello

Esta expresión, correcta desde el punto de vista del lenguaje, no lo es desde la perspectiva de la Neurofisiología. El cuello no es capaz de generar dolor ni ninguna otra percepción.

– Siento dolor en el cuello.

Expresión correcta, desde ambas perspectivas: del lenguaje y de la Neurofisiología.

– Percibo dolor en el cuello.

También correcta desde las dos perspectivas.

La percepción es una función compleja que se genera en la intrincada red neuronal, fruto de la interacción continua de un organismo con el entorno. Esa interacción construye una teoría probabilística de sus consecuencias, que se plasma en una representación anticipada, predictiva, del organismo.

La realidad genera en el organismo estados, detectados por los sensores neuronales que confirman o desmienten lo que la red predictiva anticipa.

¿Duele?

La red neuronal se encuentra en ese momento, lugar y circunstancia en un estado de alerta protección.

– Mi cuello está en alerta-protección.

– ¿Y eso?

– Siento, percibo dolor en el cuello.

– ¿?

La cuestión es: ¿el estado de alerta-protección está justificado?

Cada cual hace sus cábalas, en función de la información aprendida.

– Supongo que tengo desgaste de cervicales, contracturas… demasiadas horas en el ordenador, estrés…

O bien…

– La conectividad neuronal está en modo alerta-protección en base a las creencias y expectativas disponibles…

El caso es que, si el paciente dice que siente dolor en el cuello y no miente a sabiendas de que lo hace, el dolor es real… como percepción.

Ante la evidencia del dolor y, en función de lo que cada organismo crea , tema y desee, se pro-moverá una conducta distinta, adaptada a las creencias y expectativas que operen en cada escenario.

– Siento dolor en el cuello. Voy al fisio a que me dé un masaje. Tengo que estirar, relajarme, tomarme las cosas con otra filosofía, cambiar de silla en el despacho…

En ausencia de un daño cervical que explique y justifique el estado de alerta-protección, son las creencias y expectativas las que, anticipando, imaginando un daño en el cuello, como consecuencia de la actividad en curso o inminente, generan ese estado injustificado de alerta-protección y promueven la conducta de una acción terapéutica del fisio, pero no es así para el profesional y el paciente, que creen lo contrario: son los tejidos del cuello el nido del dolor.

– Tiene contractura. Túmbese y relájese.

La intervención verbal y manual del fisio restablece la normalidad… perceptiva.

– Me duele menos.

La re-evaluación confirma las hipótesis previas. Dolía el cuello. El dolor surgía de tejidos del cuello. Músculos contracturados, articulaciones rugosas, comprimidas, estrés psicológico, vicios posturales… La acción manual del fisio ha restaurado una cierta normalidad. Ha eliminado toxinas, ablandado músculos, recolocado articulaciones, distendido ligamentos, tendones…

El Sistema refuerza su coherencia evaluativa. Cuello patológico-dolor; tratamiento manual-mejoría. Todo concuerda.

Desde la otra perspectiva hay, teóricamente al menos, una probabilidad menor de que duela el cuello con la misma tarea.Puede que no se evalúe peligro y, por tanto, no se active el estado de alerta-protección.

En el caso de que aparezca el sentimiento de dolor sobre el cuello, la reflexión-evaluación será distinta.

– Siento dolor. En mi cerebro se ha activado el estado de alerta-protección. Creo que no hay motivo. Voy a relajar física, cognitiva y emocionalmente mi cuello, y centrarme en lo que estoy haciendo, sin miedo a que eso perjudique los tejidos del cuello.

Puede que, también, duela menos.

La re-evaluación confirmará las creencias y expectativas previas.

¿Cuál de las dos es la interpretación y la consiguiente conducta correcta?

Para gustos (creencias y expectativas)

Lo que es innegable es que lo percibido, en este caso el dolor, surge siempre de un complejo proceso evaluativo, construido al calor del aprendizaje, guiado por la experiencia propia, la observación de hechos y relatos ajenos y por la instrucción experta.

– Siento dolor sobre el cuello. Querría reevaluar mi evaluación con lo que usted evalúe…

– A ver. Cuénteme… túmbese… mueva el cuello… qué piensa de su cuello?, qué le han dicho?… mire… imagine… no tenga miedo… muévalo… libérelo…

Pues eso… para gustos (creencias y expectativas del paciente y del profesional)

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El dolor crónico no es un dolor agudo mal curado

Todos hemos conocido el dolor producido por eventos de nocividad. Una quemadura, una herida, una infección. La información generada en los tejidos muertos es recogida por las neuronas vigilantes (nociceptores) y codificada en un tren de señales eléctricas que se conduce hasta diversos centros de procesamiento, en los que se activan, de modo integrado, respuestas de protección de la zona dañada, mientras se repara.

El dolor es la respuesta de más alto nivel, la que promueve una conducta de protección del individuo. Es el modo en que el organismo expresa en la conciencia el procesamiento de la información recibida, integrada en cada contexto y evaluada en función de experiencias de nocividad previas, y creencias y expectativas aprendidas.

Dicen los expertos que el dolor debe ser combatido, eliminado, pues de otro modo deja una huella en las memorias, que facilitaría su aparición en el futuro ante estímulos inofensivos.

Los eventos negativos deben vivirse, según esta recomendación, sin afecto, para evitar que nos volvamos sensibleros y nos pasemos la vida sufriendo innecesariamente.

Leña al dolor. aunque esté justificado biológicamente.

Evítense memorias dolorosas…

No creo que la cuestión sea tan simple.

Realmente el dolor expresa un proceso evaluativo.

El individuo memoriza la experiencia dolorosa pero el organismo extrae de cada evento de nocividad, información. Esa información, esa lección aprendida ,quedará incorporada en el pool de conocimiento sobre nocividad e influirá en las evaluaciones futuras, cada vez que se produzca un nuevo evento.

Lo importante no es evitar el dolor sino las evaluaciones alarmistas, sensibilizadoras, catastrofistas, erróneas.

Normalmente los tejidos mortificados se curan. Se regenera la zona y todo vuelve a la normalidad. Se evalúa el suceso y se aprende. No tiene por qué generarse un estado de sensibilización de cara al futuro… a no ser que la evaluación contenga creencias y expectativas disfuncionales, sensibilizadoras.

Han entrado a robar. Ha saltado la alarma. Es fundamental apagar la sirena pronto pues de otro modo el sistema queda sensibilizado y sonará en el futuro con incidentes banales.

Algo así sugieren…

Lo importante no es el sonido de la alarma sino la reevaluación tras el incidente de robo, sobre creencias y expectativas de próximos robos.

Para algunos, el dolor crónico aparece porque no se utilizan bien los fármacos analgésicos en los incidentes agudos de daño. Si se evitara el dolor agudo, haciendo lo que se debe, no habría tanto dolor crónico.

El dolor, dicen además, queda anidado en los circuitos neuronales y los va degradando, degenerando. Es un agente patógeno, como un germen o una condición tóxica, para la que ya no hay remedio.

No importa la evaluación de cada evento. No importa lo que se piense del origen del dolor, una vez cronificado. Lo que importa es que no exista, que no aparezca en la conciencia.

Prevenir ya que no se puede curar.

Analgesia, la que haga falta.

Hay que enseñar a los ciudadanos a exigirla y a los profesionales a aplicarla.

Dicen los expertos que hoy podemos quitar el dolor agudo, el generado en una incidencia de daño, pero reconocen que no podemos hacer gran cosa con el dolor cronificado.

Todo por no hacer las cosas bien cuando duele con motivo.

¿Qué hacemos con las creencias y expectativas, con la evaluación?

Pues eso: analgesia precoz, contundente, la necesaria. Hay medios. De otro modo, el dolor deja rescoldos en la red neuronal, se vuelve refractario a los analgésicos, como si fuera un germen inteligente, que ha conseguido burlar la acción de los antibióticos.

El dolor es como una infección. Hay que matar al mal bicho. No a medias sino del todo.

No sé yo…

 

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Nuevos cursos para pacientes de migraña.

Convocamos para Febrero, una nueva edición del curso intensivo para pacientes de migraña, en Vitoria (información 696541479) y Madrid (información 661882208).

En los cursos explicamos la Biología de la migraña desde una perspectiva novedosa, que permite al paciente comprender el despropósito migrañoso como un error evaluativo Neuroinmune, promovido por la cultura experta. No nacemos con un cerebro migrañoso, dotado de una condición patológica de hiperexcitabilidad neuronal. La conectividad neuronal no está determinada al nacer. Debe construirse a lo largo del aprendizaje, a través de la interacción compleja entre las pulsiones genéticas y la presión del ambiente.

Cada organismo construye una historia, una idea de su condición y de la interacción con el entorno y anticipa las consecuencias de esa interacción.

Un cerebro migrañoso es un cerebro que predice amenazas donde y cuando no las hay y activa estados de alerta-protección innecesarios, de modo recurrente.

Un cerebro migrañoso es un cerebro sometido al error de valoración de amenaza e imposibilitado a detectar y corregir ese error, enredado en un bucle vicioso, en el que el dolor actúa como un falso confirmador de que esa amenaza existe, aun cuando lo único cierto sea que lo que existe es una evaluación anticipada errónea, dado que no se da ninguna situación objetiva de amenaza.

En el curso mostramos la trama del proceso de aprendizaje, la génesis cultural de los errores evaluativos.

Los pacientes comprenden el proceso y desde el conocimiento consciente interiorizan la situación objetiva de la cabeza: no existe ninguna amenaza; es un error evaluativo, y toman decisiones conductuales diferentes, coherentes con dicha convicción de error. Procuran seguir con la actividad programada, intentan evitar los calmantes y juegan con la atención y la imaginación hasta dar con las claves cognitivas, emocionales y conductuales que permiten la disolución de la falsa alarma migrañosa.

No ofrecemos terapias. Sólo conocimiento, un nuevo marco teórico capaz de dotar al paciente de un protagonismo activo racional.

En la mayoría de los casos se produce una reducción sustancial del sufrimiento e invalidez.

Se elimina así mismo la carga de la búsqueda infructuosa y obsesiva de la culpabilidad. Ya no se trata de lo que uno hace mal sino de la información que ha guiado el aprendizaje, el caminar por los caminos marcados por la cultura experta.

No se pierde nada por acercarse a la migraña desde la óptica de la Biología, de los procesos adaptativos, evolutivos, que operan en el cerebro humano, su dependencia de la imitación e instrucción experta.

Frente a la propuesta de que la migraña es la consecuencia de una CGRP (un mensajero neuronal) elevada y, por lo tanto, cabe neutralizarla con anticuerpos monoclonales específicos contra su receptor, nosotros proponemos desactivar el modelo interno que hace que esa CGRP se libere innecesariamente para anticipar la reparación de un daño que nunca existirá en la crisis.

El saber ocupa lugar. En el cerebro humano de lo que se cree se cría y de lo que se cría, se cree.

 

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Testimonio

Este es un testimonio de un padeciente que ha visitado el infierno de la migraña…

A finales de 2011 me empecé a sentir mal. Todo comenzó con una especie de pinzamiento en la cervicales, que me agarrotaba completamente y me provocaba un dolor que iba subiendo por los músculos del cráneo, de forma que me creaba una especie de casco que me ejercía una enorme presión en toda la cabeza. El dolor era de una intensidad que yo nunca había sufrido tanto y me provocaba mareos y vómitos e, incluso, cuando era demasiado opresivo, mi organismo desconectaba de golpe y me desmayaba.

Durante todo el año 2012, los capítulos de dolor de cabeza fueron más frecuentes, de más duración e intensidad. Cuando, de pronto, sin explicación, notaba que el pinzamiento en las cervicales me sobrevenía, rápidamente cogía el coche, donde estuviera, y me venía para casa. Generalmente, tenía entre una hora o dos para quedar completamente invalidado: mucho dolor de cabeza, vómitos, dos, tres días en la cama sin comer nada, porque lo vomitaba todo, y con esa opresión en la cabeza que prácticamente no me dejaba ni dormir.

A finales de 2012, las crisis eran tantas, tan seguidas y tan intensas que mi jefe, que es buena gente, me recomendó que me cogiera una baja y que me tomara mi tiempo. Fui a mi médico de cabecera, le expliqué lo que me pasaba y ella me dijo que lo mio era una depresión. Yo no lo podía creer porque, claro, tenemos una información sobre la depresión que no se ajusta a la realidad: yo soy un hombre felizmente casado, quiero a mi mujer, con la que llevo ya 27 años, tengo dos hijos fantásticos, tenía un buen trabajo, en el que era bien considerado, me pagaban bien y, además, me gustaba. ¿Cómo iba a estar yo deprimido?

La médico de cabecera me mandó a un psicólogo y me recetó mi primer antidepresivo (Duloxetina)

En enero de 2013, yo seguía de baja. Mi vida había cambiado mucho, porque los dolores de cabeza limitaban completamente toda mi relación social y, desde luego, laboral. Dos días antes de la noche de Reyes, en mi casa, en plena crisis, me incorporé del sillón donde me gustaba hacerme un ovillo viendo la televisión para, al menos, no pensar en nada y le dije a mi mujer: ” me duele la cabeza más que nunca”.

Y se me apagaron las luces.

Era la primera vez que me sucedía. Me desmayé y, aunque parezca una tontería, sentí enormemente que me pasara delante de mis hijos, por el susto que se llevaron los pobres. Me acuerdo que mi hija, que por entonces tenía cinco años, de vez en cuando me decía: “Papá, no te vas a volver a caer, ¿verdad?”. Y eso era algo que me dolía casi más que la cabeza.

Cuando me desperté, estaba tumbado en el salón de mi casa, me había orinado encima, mis vecinos estaban por allí, llevándose a los niños y ayudando a mi mujer a atenderme. Llegó el Samur y me llevaron a La Paz en ambulancia.

Aquel capítulo fue, digamos, el punto culminante de mi primera fase. Lo cierto es que después de dos meses de baja, de psicólogo y pastillas, fui encontrándome mejor, las crisis se fueron distanciando, su intensidad fue bajando hasta el punto de que en febrero, me encontraba bien y decidí incorporarme de nuevo al trabajo. Parecía que, después de un año horrible, 2012, el año en que cumplí los 40 años, todo había pasado.

Durante unos meses estuve bien, mi jefe me encargó un proyecto muy ilusionante para mí, me dediqué a ello y parecía que los dolores de cabeza se habían acabado. Dejé al psicólogo (al que tampoco había ido muy convencido ni tampoco le atribuía mérito alguno en mi curación)  y fui dejando las pastillas. Tuve alguna crisis, pero no eran, ni mucho menos, como habían sido, ni me mareaba ni me inhabilitaban. me enchufaba el Zomig por la nariz y al día siguiente ya estaba bien.

Lo que yo no podía sospechar es que el mal seguía en mí y que sólo había remitido un poco, pero estaba latente, como esperando su momento.

Desde julio de 2014 hasta enero de 2017, los dolores de cabeza regresaron con su antigua intensidad, si no más, y acompañados ya siempre de desmayos. Volví al psicólogo y al neurólogo, me volvieron a dar otra pastilla, en esta ocasión el Sibelium, más el Zomig para las crisis, probé, a petición de mi mujer (que siempre estuvo a mi lado, en todo momento), incluso tratamientos alternativos de los que siempre me había reído: reiki, risoterapia, reflexología, curación por medio de piedra y otros métodos a los que siempre he catalogado como vudú y cosas del hechicero de la tribú.

En el verano de 2015, di con un psicólogo que sí me convenció, por fin, de que lo mío era una depresión o casi. Seguía tomando un montón de pastillas y seguía con los dolores de cabeza, pero comenzó poco a poco a tratarme, a aplicarme una restructuración cognitiva. Me convenció de que, precisamente, una persona como yo, librepensadora, inquieta, medianamente culta, era el perfil perfecto para caer en depresión por el desequilibrio de mi autoestima con mi autoexigencia.

Durante estos tres años, dejé de hablarle a nadie de mis dolores de cabeza. Era un agobio mortal: todo el mundo tiene una prima, un cuñado, un conocido… Alguien que tenía lo mismo que tú, pero se hizo acupuntura, se puso un ungüento en la cabeza, fue a la bruja Lola… mil remedios mágicos que me tenían ya, con perdón, hasta los huevos. Y muchos de ellos, me insistían cuando me volvían a ver: ¿Qué tal vas? ¿Probaste lo de tirar los garbanzos a un pozo? ¿No? Pero hazlo, hombre, que mi prima Encarna se curó así y tenía lo mismo que tú”. Con esto, además, prácticamente dejé de salir a la calle. Lo justo.

Entre los remedios “mágicos” de los amigos, un día apareciste tú en mi vida. Un neurólogo de Vitoria que vas allá, te da una charla y te cura. Te voy a ser sincero, Arturo: para mí, eras un hechicero de la tribu más. Nunca tuve intención de asistir a tu curso

En septiembre de 2016, yendo a Dortmund, Alemania, para una feria comercial, toqué suelo (hasta me desmayé en el avión y la líe parda). Cuando regresé a Madrid, me metí en la cama y ya no quise salir. Jamás se me pasó por la mente la idea del suicidio, pero ahora sé que ese era el siguiente paso.

Creo que fueron los quince días más duros de mi vida, y ya no por los dolores, que seguían viniendo cuando querían, con mucha intensidad, con desmayos, vómitos, pérdida del control de los esfínteres, convulsiones, es que, además, me sentía avergonzado por quedarme en la cama. No quería que me vieran mis hijos o que pensaran que yo era un vago, que no me quería levantar, que no quería trabajar ni hacer nada. Y la verdad es que no quería hacer nada de nada. Sólo quería que aquello pasase y no sabia cómo. Estaba desesperado.

Mi mujer y mi hermana mayor se confabularon para llevarme a tu curso, aunque yo, como te he dicho, no tenía ninguna fe en ti. Mi mujer, en cambio, sí.

El día antes de irnos a Vitoria, con el hotel pagado y todo, me dio una crisis que a punto estuvo de hacer que mi mujer tirara la toalla, pero mi suegro la convenció de que fuéramos, me dieron una pastilla que me dejó grogui, me cargaron en el coche, los niños también, y nos fuimos a Vitoria a pasar el fin de semana.

Era noviembre de 2016. Cuando llegué el sábado por la mañana a la clínica de tu hija y de tu yerno, estaba hecho polvo y no tenía ninguna gana de estar allí. Como se habían confabulado para llevarme, a mis espaldas, ni me había leído tu libro ni sabía nada de nada de cuál era el vudú o la danza de la lluvia que tú aplicabas.

Ahora, dos años después, cuando escribo esto, no sé qué grado de mi mejoría atribuirte pero, desde luego, gran parte de la culpa de que lleve sin crisis desde enero de 2017 la tienes tú. Y por eso, siempre te estaré agradecido.

Fui a tu curso y me convenciste de que, en verdad, no me pasaba nada y de que es posible enseñar a nuestro cerebro cuando reacciona de forma exagerada ante falsas alarmas, provocando un dolor real, físico, pero que no se corresponde con daño alguno, sino que se anticipa ante la creencia errónea de que hay un peligro. Ese fue mi “karma”: alerta nociceptiva. Desde que fui a tu curso y leí tu libro, empecé a convencerme a mí mismo, cada vez que notaba el pinzamiento en las cervicales, de que se trataba sólo de una “alerta nociceptiva”. Informaba yo a mi cerebro de que era una “alerta nociceptiva” y fin del tema.

Cuando volví al refresco, creo recordar que fue en febrero, llevaba más de un mes sin dolor, ya no tomaba ningún analgésico y, poco después, dejé todas las pastillas, todas, salvo la duloxetina que sigo tomando porque mi médico de cabecera no quiere que me quite aún, pero sólo tomo una al día.

Perdona que me haya enrollado tanto, pero he pensado que cuantos más detalles diera de mis “Cefaleas tensionales de alta frecuencia” más real era el testimonio y más útil te puede ser a ti. Desde luego, a mí este largo ejercicio de memoria sí me ha servido para recordarme dónde estoy ahora y dónde estaba hace dos y tres años y, aunque no quiero confiarme ni dar mis cefaleas por superadas, si quiero decirte que ahora estoy muy bien, que vuelvo a tener vida y a trabajar y hasta, a veces, me pagan por mi trabajo y todo.

Y que ha sido gracias a ti. Gracias, Arturo, de mi parte, de parte de mi mujer y de mis hijos. Creo que no te lo había dicho hasta ahora. Te juro que se me están saltando las lágrimas, ahora mismo, mientras escribo mi agradecimiento.

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La primera vez

Cuando explico en los cursos el modelo del origen aprendido de la migraña, inevitablemente hay alguien que plantea la objeción de “la primera vez”.

– Ya, pero en mi caso yo no sabía qué era la migraña. Nadie me habló de ella. Nadie la padecía en mi familia. Apareció. A partir de ahí, puede ser. Me hice preguntas, fuí al médico…

La objeción es razonable. Realmente uno no es consciente del proceso que genera por primera vez la salida al universo de la conciencia de la crisis migrañosa. El aprendizaje es una condición consustancial a la Biología. No existe actividad biológica que no genere aprendizaje, adaptación, error-ensayo-error. Es el mundo de lo inconsciente

La función evaluativa es continua y no tiene por qué implicar al sujeto consciente. Sólo cuando la carga cognitiva de esa función supera un umbral, aparece en la conciencia, expresada como dolor, nauseas e intolerancia sensorial. En ese momento podemos saber que la red neuronal evaluativa  ha considerado, en base a la información disponible, que la cabeza corre peligro de muerte violenta, que ese peligro ha podido entrar por vía digestiva y que se presiona al individuo a quedarse en casa.

Sucedería lo mismo con la primera vez que uno padece una reacción alérgica a las gramíneas. No es que uno haya aprendido conscientemente a generar  la condición. Por motivos que se nos escapan, el Sistema Inmune, en ese momento de la primera vez, ha evaluado amenaza en el aire que uno respira, atribuyéndole la capacidad de generar muerte celular, como si el polen fuera un germen patógeno.

A partir de la primera vez se escenifica conscientemente la importancia de la información de expertos.

– Es una migraña. Es una enfermedad misteriosa. La padecerá mientras viva. Lleve una vida ordenada. Identifique sus desencadenantes. Tome rápido el calmante…

Existe un proceso biológico evaluativo, básicamente inconsciente, que puede generar, por la interacción compleja de muchos factores, una crisis, es decir, un errror de valoración de amenaza. Es el momento clave: la interacción con el experto. En función de lo que el experto diga, el error quedará catalogado como error y no como enfermedad misteriosa o, al contrario, se aplicará la etiqueta “migraña” con toda su carga de creencias y expectativas Se iniciará el proceso de tener una migraña como Dios manda.

Uno no sabía… Cierto, pero es bueno saberlo, para no caer fácilmente en las redes del error consolidado.

Las malas hierbas no las planta uno intencionadamente. Salen. El problema está en si una vez identificadas, las arrancamos o las cultivamos

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X+Y = ? La ecuación del dolor

En esta ecuación sólo hay un dato conocido: la interrogante.

– ¿Cuánto de duele, del 1 al 10?

El paciente conoce el dato. Es el único que lo conoce. Basta con preguntarle… y creerle.

– Un 8

X + Y = 8

El profesional debe desvelar el valor de la X. El paciente lo desconoce.

¿Existe en la zona doliente un daño relevante, que explica y justifica biológicamente el dolor?

No es fácil establecer el valor real de la X. Ante un Scanner o RNM de la columna lumbar cada profesional le atribuirá un valor distinto.

– Tiene usted dos hernias y mucha artrosis. No me extraña que le duela.

X es el flujo de señal nociceptiva, surgido de unos tejidos dañados-inflamados o en peligro inminente de dañarse.

X = 8… luego Y = 0.

8+0 = 8

¿Qué es Y?

El factor imaginativo de daño, consecuencia de un estado evaluativo predictivo, que anticipa una amenaza sin que, realmente (X = 0), se haya cumplido o esté a punto de cumplirse.

Ante las mismas pruebas de imagen otro profesional puede atribuir a la X un 0.

– La RNM muestra cambios adaptativos habituales a su edad. No explican ni justifican el dolor. Su cerebro evalúa y protege la zona lumbar como si estuviera amenazada. Puede y debe llevar una vida normal. No tenga miedo… o, mejor, tenga miedo a tener miedo. Ese miedo sólo aporta problemas.

X = 0… luego Y = 8.

0+8 = 8. Hay que trabajar la Y. Educación en Biología del dolor y re-exposición confiada a la actividad perdida. A medida que Y tienda a 0 el dolor también lo hará.

No sólo hay blancos y negros. También hay grises.

La X puede tener un valor inferior a 8 y la Y completar lo que falta. Hay procesos en los tejidos que no se corresponden con una lesión aguda (necrosis-inflamación) pero pueden generar cierto flujo de señal nociceptiva. por ejemplo  X = 4… luego Y = 4.

La variable Y es una función psicológica, evaluativa, y puede alimentarse de cualquier factor (psicológico, hormonal, meteorológico…). Puede bastar la intención de levantarse o coger un peso para que la Y genere el 8, siendo la X = 0.

– El viento Sur me produce migraña.

El padeciente creerá firmemente que el viento es la X = 8.

– No. No es que lo piense (Y). Me duele (8).

8 + 0 = 8.

Realmente sería X = 0. El viento no activa nociceptores meníngeos (X) pero sí podría activar predicción de amenaza (Y).

0 + 8 = 8

La X y la Y son discutibles y discutidas. No es fácil llegar al acuerdo. Lo que no debe discutirse es la cifra que el paciente da a su dolor, el 8.

En ocasiones la X puede ser importante y proveer un 8 de daño pero la evaluación de amenaza (Y) considera que el hecho de que el individuo quede inmovilizado suponga una amenaza mayor (el león le devorará). La Y puede tener un valor negativo y no haber dolor

8 + (-) 8 = 0

El estado evaluativo de cada escenario quita y pone valor a la Y. Ese valor se integra con el flujo de señal de daño que llega de los tejidos y de esa integración aparece en la conciencia el sentimiento doloroso, fluctuando del 0 al 10.

El dolor no informa. Obliga a despejar la X. El profesional debe hacerlo, con rigor. No siempre es fácil. No basta con encontrar una imagen en la RNM.

Si atribuimos el valor que corresponde a la Y a la X, si validamos la artrosis lumbar como algo que explica y justifica el dolor, estaremos consolidando el valor de la Y, la evaluación de amenaza… de daño imaginado.

Cada valor de X + Y (dolor) reforzará las cogniciones y expectativas (Y) de que X (daño real ) lo explica todo.

La Y desaparece de la ecuación.

X = ?

– ¿Cuánto le duele?

– Un 8 …

Luego X = 8

– No me sorprende. Tiene usted una artrosis de caballo.

Hay quienes tienen esa misma artrosis de caballo en su RNM pero no tienen dolor.

– ¿No le duele? Me sorprende. Tendría que dolerle…

Puede que en unos días el sentimiento de dolor aflore en la conciencia.

La Y empieza a tener valor.

X (0) + Y (8) = 8.

Para unos la X lo es todo. Para otros es la Y.

– Yo lo que quiero es que se me quite el dolor.

El paciente contiene en su red neuronal la X y la Y. Están los tejidos (X) y la narrativa (Y), la idea de organismo.

No sólo hay tejidos. Siempre cerebro. También es un tejido.

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