El modelo sandwich

Nos gusta ordenar la realidad, hacer compartimentos con una función específica. El organismo no es una excepción. Cada órgano, cada sistema, tiene una competencia exclusiva. Hace su trabajo y como en una cadena de montaje, pasa su producto al siguiente departamento.

Comemos; el aparato digestivo hace la digestión; se absorben los productos de esta; pasan a los departamentos metabólicos intracelulares, al hígado; los productos desechables son filtrados en el riñón y eliminados; los pulmones toman el aire y oxigenan la sangre; etc, etc.

En el cerebro sucedería lo mismo: los sensores neuronales (visuales, auditivos, cutáneos, viscerales…) tomarían datos de las variables del mundo externo e interno y los transformarían en señales electroquímicas informativas que llegarían a módulos de procesamiento que integrarían los códigos sensoriales de lo que en ese momento está pasando con la memoria de hechos pasados, con el conocimiento sensorial, para dar lugar finalmente a una acción.

Las cosas se perciben, luego se analizan y finalmente se procede a responder. Es el modelo sandwich: la cognición se encuentra emparedada entre lo que se percibe y hace.

Se impone el modelo secuencial unidireccional: la realidad impacta los sentidos, es percibida y luego toca a los módulos del conocimiento considerar la ventaja o prejuicio potenciales contenidos en ese mundo percibido para seleccionar la acción más rentable.

Los módulos de análisis de lo percibido serían emocionales o racionales; calientes o fríos; apasionados o lógicos. Quizás las dos cosas pero en orden: primero el impacto emocional, la consideración instintiva y algo más tarde el freno de la racionalidad.

Dicen los neurocientíficos que no es así, que el organismo no es tan modular, que sus compartimentos están fuertemente entrelazados informativamente y que la percepción, cognición, emoción y acción comparten un código común.

Los datos sensoriales activan una oferta de interacción (“affordance”) de modo inmediato, sin necesidad de considerar pros y contras. Cada acción contiene una predicción anticipada fiable de sus consecuencias sensoriales (“descarga corolario”).

Cada organismo construye, desde las restricciones de su especie y los diversos avatares evolutivos de confrontación con organismos de otras especies, una narrativa de probabilidades que se va puliendo a lo largo de la vida.

Lo que importa es la supervivencia física y social y no la veracidad.

No habría problema si cada individuo pudiera construir una narrativa libre, sin dependencias sociales (culturales). Probablemente no sobreviviría o lo haría a costa de convertirse en individuo de otra especie (“niño lobo”).

Estamos condenados a percibir-emocionarnos-evaluar y actuar desde la historia que en gran parte nos facilita el marco cultural en el que vivimos.

El organismo nos permite en ocasiones vivir razonablemente bien, adaptados a los parámetros internos y externos. Toleramos una amplia banda de variaciones. Nos habituamos, incluso a lo que objetivamente (probabilísticamente) puede resultar perjudicial (tabaco).

Otras veces el organismo construye una idea de peligrosidad generalizada que se expresa en todos los ámbitos: percepción, emoción, cognición, acción.

El resultado es un organismo percibido como enfermo (sintomático), interpretado como enfermo, padecido como enfermo y al que se responde con conductas de enfermedad.

 ¿Cómo salir de esa situación?

Podemos evitar la parte de realidad que está codificada como aversiva, potencialmente peligrosa.

Podemos tratar de contener el impacto emocional, reinterpretar cognitivamente lo que nos sucede, potenciar conductas de tolerancia a través de la exposición gradual a lo “prohibido”. La tarea siempre deberá contemplar todas las patas del banco. La codificación es común.

Desconozco las pautas que nos permiten hacer nuestro organismo más tolerante, aun a costa de exponerle objetivamente a un entorno más tóxico-estresante.

La cultura actual ofrece muchos modelos de bienestar. Unos optan por la vigilancia sensible de todo aquello que pueda contener una amenaza potencial y la evitación consiguiente.

Otros proclaman la fugacidad de la vida y predican la estrategia de probarlo todo.

Si el organismo está instalado en la convicción de enfermedad estaremos condenados a actuar desde esa enfermedad.

Los síntomas, el sufrimiento, la invalidez física y social reforzarán esa convicción.

Los profesionales buscarán el módulo responsable, la pieza del puzzle errónea para neutralizarla.

Etiquetas diagnósticas y terapias.

Serotoninas, histaminas, citoquinas, alimentos…

Un organismo es una narración más o menos veraz, más o menos funcional. Integra hechos pasados, presentes y futuros.

Esa narración no está en un lugar del cerebro ni es susceptible de modulación externa. Está en todas partes y se expresa a través de lo que percibimos, sentimos, pensamos y hacemos.

Somos una historia… Ya lo decia Oliver Sacks

 

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Inteligencia evaluativa

Dicen que nuestras decisiones provienen de una integración cambiante entre las propuestas de un supuesto cerebro emocional, caliente, instintivo, impulsivo, reflejo y las de su contrario: el cerebro racional, frío, reflexivo, lógico.

El cerebro emocional decidiría rápidamente, sin marear la perdiz, mientras que el cerebro racional se tomaría su tiempo; contaría hasta diez antes de decidir, conteniendo el impulso inicial de las respuestas emocionales.

Habría áreas en las que anidan las emociones, prestas a largar lo que los instintos, la intuición, los sextos sentidos proponen. Las contrarias contendrían el conocimiento racional, sensato, aquél que nos ayuda a ponderar los pros y contras de lo que decidimos.

El dolor es una decisión, una proyección-propuesta a la conciencia para que el individuo opte por una conducta de evitación.

¿A qué imputamos la decisión “dolor”: al cerebro emocional o al racional?

Dicen que la información nociceptiva, la que surge de los tejidos cuando estos tienen problemas que amenazan su integridad, camina por dos vías: la medial en dirección al cerebro emocional y la lateral al cerebro que analiza fríamente los datos.

Bloqueando el cerebro emocional sentiremos eso que habitualmente llamamos dolor pero no estará acompañado de sufrimiento. Seremos indiferentes a ese dolor descafeinado.

Bloqueando el cerebro analítico, el que nos dice cuándo, dónde y cuánto estímulo nocivo está produciéndose en una determinada área, no tendremos dolor propiamente, pero sí sufrimiento.

A través de la hipnosis podemos segregar estas dos facetas: la emocional que nos hace sufrir y la sensorial que nos permite ubicar y cuantificar el agente causante.

Aun cuando nos cuenten muchas veces que esto es así lo cierto es que el cerebro es un órgano altamente integrado entre sus diversas partes y el resto del organismo y este, a su vez, con el entorno y la historia que a través de todas esas interacciones se va construyendo.

La actividad cerebral tiene como objeto evaluar, desde el conocimiento y desde el miedo que ese conocimiento genera, el riesgo de posibles eventos, consumados, inminentes o simplemente posibles, aun cuando no exista ninguna evidencia de que se vayan a producir.

La evaluación integra el saber y el temer sin demasiadas garantías de que lo que se da por sabido y/o temido sea cierto o probable.

Muchos dolores afloran a la conciencia desde el puro miedo y el desconocimiento. Nada amenaza (ni parece que vaya a hacerlo) a un área corporal pero el miedo (emoción) y el desconocimiento (“tengo la columna hecha un asco”) se alían para concluir que la acción que pretende el individuo sea evaluada como amenazante, aunque sólo sea levantarse de la silla.

Evaluar riesgo en esa acción inofensiva es una acción poco inteligente por parte de los dos supuestos cerebros (emocional y racional).

No estaría mal considerar que tanto el cerebro emocional como el racional forman parte de la actividad evaluativa continua que precede a todas las “decisiones” del organismo.

El dolor emerge de un proceso evaluativo, en función de muchos factores coincidentes en tiempo, espacio y circunstancia.

Podemos y debemos evaluar conscientemente (emocional y racionalmente), ese proceso evaluativo y catalogar como erróneo, poco inteligente, un dolor que emerge fuera de cualquier amenaza real o potencial.

Ante una evaluación errónea lo que toca es mejorarla. Evaluar el dolor erróneo como tal y hacer algo para disminuir la probabilidad de que se repita. Aprender.

La evaluación errónea se combate considerando esas dos patas que dicen la conforman: la emoción y la razón, el miedo al daño y al dolor y la atribución errónea de enfermedad-lesión en la zona dolorida.

En estos casos el dolor certifica el miedo y el error de conocimiento.

¿La solución?

Combatir los miedos y corregir el desconocimiento

Pedagogía y exposición gradual a la actividad perdida, secuestrada.

Inteligencia emocional y racional, es decir, evaluativa.

Debe ayudar a su organismo a construir evaluaciones inteligentes. Usted forma parte consciente o inconsciente del proceso.

No sea un inconsciente…

 

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Revisión 18ª edición del curso de migraña

Este sábado hemos tenido la sesión de revisión de la 18ª edición de los cursos intensivos para pacientes de migraña.

De los 13 alumnos asistieron 9. Otros dos excusaron su inasistencia pero mandaron un correo con el resultado. De los otros dos no tenemos noticia.

De los 190 días con dolor hemos pasado a 50.

La intensidad media del dolor ha bajado de 7,2 a 5,4.

El consumo de fármacos ha descendido de 411 a 43 unidades.

Todos los alumnos mostraron un grado variable de satisfacción sustentada en menos días con dolor, menor intensidad, menos consumo de fármacos y pérdida del miedo a los “desencadenantes”.

Previsiblemente los datos mejorarán tras la revisión.

Cada alumno cuenta sus experiencias, sus intentos con el nuevo afrontamiento, sus estrategias, sus descubrimientos.

Reconocen la validez del marco teórico y están convencidos de que disponen de una nueva herramienta para afrontar la migraña.

Lo que resulta incontestable es que desde este modelo se produce una mejoría a la par que prácticamente desaparecen los fármacos y el miedo a la golfería inocente del chupito alcohólico o el chocolate..

El padeciente abandona motu propio la solución externa, “terapéutica” y centra su atención y esperanza en la autogestión, en la dinamización de los recursos propios como sujeto activo que puede invertir el proceso.

No se trata de conseguir poderes mentales sino de neutralizar los miedos irracionales que imponen su ley en los circuitos neuronales. El saber ocupa un lugar prominente en las “decisiones” del cerebro y ese lugar debe nutrirse de conocimiento biológico en vez de publicidad sensibilizadora, alarmismo, convicción de enfermedad misteriosa e irreversible.

Ha sido como siempre una experiencia gratificante pero deja la contrapartida del reducido volumen de ciudadanos que acceden a esta propuesta. Ni siquiera figura en la lista marginal de “terapias alternativas”.

Dentro de dos semanas tendremos otra revisión. Daré cuenta de los resultados.

Mis mejores deseos para el alumnado.

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Neuromodulación

Modular es un verbo complicado. Puede utilizarse en sentido estricto en el ámbito científico o en sentido vago, ambiguo, en otros ámbitos más o menos científicos.

La modulación en el ámbito científico tiene que ver con la transmisión de información codificada en señales, en un soporte electrónico que aporta muchas mejoras en orden a proteger la calidad y fidelidad de la señal (información).

Una de las formas de modular el transporte de señal informativa es sobre una onda portadora de frecuencia (“frecuencia modulada” o, mejor, modulación en frecuencia).

Así es como las neuronas transmiten información de la variable intensidad. Si aplicamos un estímulo nocivo, por ejemplo “calor” (temperatura elevada peligrosa), los nociceptores locales detectarán esa temperatura potencialmente nociva y generarán una señal eléctrica que viajará hacia el cerebro. Esa señal tendrá una frecuencia determinada. Pues bien: a mayor temperatura, más frecuencia de la señal. La intensidad del estímulo se ha codificado (modulado) en una onda de frecuencia.

Podemos modificar farmacológicamente la generación de la señal en los tejidos, por ejemplo con antiinflamatorios (antiprostaglandinas) o su transmisión por el nervio con anestesia local o con antiepilépticos (carbamazepina en la neuralgia del trigémino). En ambos casos hemos modificado la frecuencia de la señal, es decir, la información de los tejidos. Al cerebro le llegará una información manipulada. A las áreas cerebrales que proyectan dolor en la conciencia les llegará información atenuada sobre peligro y, en consecuencia el dolor, previsiblemente, será más leve.

También podemos modificar la frecuencia de la señal a la entrada en la médula espinal. Aplicamos estímulos inofensivos en la zona dolorida (por ejemplo un estímulo táctil suave) y la señal generada inhibirá el paso de señal de peligro de las neuronas nociceptivas. Es el mecanismo descrito por Wall y Melzack de la “puerta de entrada”.

Lo mismo se puede conseguir aplicando estímulos eléctricos de baja intensidad (“estimulación eléctrica transcutánea”) en la zona.

Otro modo de modificar la frecuencia de la señal de peligro sería inhibiendo la salida de señal en la segunda neurona nociceptiva, en el asta posterior medular. Diversos fármacos modifican el estado de respuesta respecto a la señal que llega a la médula. Si el nociceptor porta una señal cuya intensidad está modulada en una frecuencia de 15 potenciales por segundo, la acción del fármaco puede hacer que la frecuencia de salida de la segunda neurona esté codificada en una frecuencia inferior, por ejemplo 10 por segundo. Al cerebro le llegará información trucada. Previsiblemente, menos dolor proyectado a la consciencia.

Podemos seguir modificando la frecuencia de la señal neuronal a niveles superiores. Podemos aplicar campos electromagnéticos a distintas áreas cerebrales implicadas en la generación de la percepción de dolor. Podemos activarlas o inhibirlas modificando los parámetros de la estimulación.

En definitiva, podemos modificar la frecuencia de las señales que portan información de los tejidos y también la de las áreas cerebrales que pueden modificar por vía descendente la generación y tráfico de la señal de nocividad. De abajo-arriba y de arriba-abajo.

Sin embargo no es tan sencillo pues la red neuronal tiene sus propios criterios y puede reorganizarse tras la aplicación externa de una “neuromodulación” y salirnos el tiro por la culata. o por sitios insospechados. A la modificación externa de la frecuencia puede seguir una respuesta de la red de signo contrario. También, a través de la expectativa puede liberarse el efecto placebo, es decir, una “modulación” favorable.

Una interpretación ambigua y poco estricta del verbo “modular” es el de “regular”, “reordenar”, “restituir”.

A través de fármacos o aplicación de estímulos electromagnéticos se propone una “neuromodulación” en sentido ambiguo, laxo. Se sugiere que podemos restituir un equilibrio perdido, algún exceso o defecto de algún neurotransmisor “modulador” (serotonina, dopamina…).

Evidentemente una intervención cognitivo-conductual también “neuromodula” Cualquier intervención “terapéutica” “neuromodula”. La vida es un proceso continuo de “neuromodulación”.

El problema reside en asumir ese proceso como una cuestión propia, del aprendizaje responsable e inevitable, o abandonarse en manos de diversas “neuromodulaciones” externas, farmacológicas, electromagnéticas, músculoesqueléticas o dietéticas.

Lo importante son los hechos, el daño real y/o potencial, y las hipótesis que el cerebro construye para valorar la probabilidad de esos hechos.

El cerebro evalúa realidades imaginadas, con más o menos fuste y racionalidad.

La cultura puede “neuromodular” la red nociceptiva en una dirección sensibilizante, facilitar la generación y tráfico de señales erróneas de peligro, aumentar su frecuencia, aun cuando tal peligro no se esté produciendo.

No hay problema. Siempre podremos “contraneuromodular”, aplicar terapias que devuelven la modulación a las frecuencias razonables.

Imagine un plato cocinado con errores, según los cánones de la buena cocina. Podríamos añadir un “modulador” que detectara y corrigiera dichos errores, cualesquiera que estos fueran.

Todo es posible.

También cabe aprender a cocinar.

 

 

 

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Proinflamatorios

Desde la perspectiva (errónea) de que el dolor surge necesariamente de

1) tejidos amenazados en la zona sobre la que este se proyecta en la conciencia y/o

2) de un estado de sensibilización de las neuronas que vigilan daños consumados o potenciales (nociceptores)…

Hay un afán por detectar en el caso 2 (sensibilización de nociceptores sin amenaza real de daño) marcadores biológicos que certifiquen molecularmente dicho estado sensible.

Se buscan moléculas sensibilizadoras en la zona doliente o en la sangre y si se encuentran se concluye que se ha dado con el origen del dolor, con su marcador biológico responsable.

Las citoquinas son moléculas mensajeras. Son liberadas por muchos tipos celulares informando a la propia célula (información autocrina), a las vecinas (información paracrina) o a células distantes (información endocrina) del evento detectado por la célula secretora. Las células que reciben el mensaje responden adaptando su actividad a lo que el mensaje obliga.

Cuando existe un daño consumado los tejidos dañados liberan moléculas señal de estrés-muerte. Las células del sistema neuroinmune del lugar detectan esas señales y responden sensibilizando nociceptores (neuronas vigilantes) y células inmunes. La respuesta inflamatoria se despliega para proteger y reparar el destrozo. Cualquier estímulo, aun cuando sea inofensivo, actuará sobre unos nociceptores sensibilizados y generará señal que, en función de otros factores, emergerá o no en la conciencia como dolor.

El problema surge cuando no hay daño. Por ejemplo, en la migraña, fibromialgia o dolor crónico (no asociado a daño).

Por principio se busca en la zona doliente algún marcador biológico (“somático”, “físico”) de que hay movida allí donde duele. Por ejemplo, citoquinas “proinflamatorias”, es decir, mensajeros que han sido liberados, no por células dañadas pues no hay ningún daño, sino por células vigilantes sensibilizadas.

Al igual que sucede con otros marcadores, por ejemplo genéticos, si se buscan se encuentran.

Donde duele encontraremos mensajeros sensibilizantes, “proinflamatorios”, citoquinas.

Se ha abierto el melón. A partir de ahí se analizan alimentos proinflamatorios, actividades anti-inflamatorias, estados de ánimo pro o anti-inflamatorios, efectos pro o anti-inflamatorios del estrés. De la hipótesis se pasa a la verificación simplemente aduciendo que lo propuesto se justifica por su acción sobre las citoquinas.

Lo que uno coma producirá más o menos citoquinas proinflamatorias y, por tanto, explicará por qué padece dolor. La solución es fácil: comer alimentos con actividad anti-inflamatoria.

En la fibromialgia se describe aumento de citoquinas proinflamatorias. Todo explicado.

Bien pero ¿cómo se explica dicho aumento?

Misterio. Previsiblemente es un problema autoinmune. Las células del sistema inmune que liberan esas citoquinas mensajeras, aun cuando no debieran hacerlo porque nada amenazante sucede, están sometidas a un estado patológico de sensibilización.

El dato, si se verifica, debe respetarse.

La cuestión es ¿qué hace que se liberen esas citoquinas?

Por ejemplo, y sólo es una hipótesis: ¿puede un estado de evaluación central de amenaza generar y explicar esa suelta de mensajes de alerta?

¿Estamos ante un efecto o una causa?

Puede que sólo sea una correlación y no una causa.

El organismo funciona como una unidad altamente integrada, con todo tipo de controles para activar respuestas y regularlas. La información es clave. Cuando algo relevante sucede se disparan las respuestas autocrinas, paracrinas y endocrinas. Las citoquinas sirven de enlace para comunicar qué, quién y dónde se debe responder.

No estaría de más hacer comprobaciones con las citoquinas.

Por ejemplo: ver si, tal como se propone, están aumentadas y ver qué sucede tras un efecto placebo o una intervención pedagógica.

También se han descrito “alteraciones” (es decir, cambios) en el volumen de áreas de la corteza cerebral o en su conectividad en la migraña, fibromialgia y dolor crónico.

Sabemos que esos cambios son reversibles. Una intervención cognitiva lo consigue.

Hay una tendencia a explicarlo todo por la vía inflamatoria: el Alzheimer, la diabetes, la arterioesclerosis, la depresión, la fibromialgia, la migraña, el cáncer… y, por supuesto, el dolor no justificado.

Muchos bendicen con entusiasmo esta vía.

Teníamos los genes, los estreses, la toxicidad ambiental, la alimentación, las hormonas, el sistema inmune, la infección oculta, la epigenética…

Ahora se lleva la inflamación soterrada. Necesitábamos el marcador y ya lo tenemos: CGRP, citoquinas…

Todo es química…

Hay que matar mensajeros…

 

 

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Grupos

En mi opinión la acción más importante frente al dolor, una vez se ha descartado una causa realmente relevante que no sólo lo explica sino que lo justifica, es la informativa.

El padeciente debe conocer la trama neuronal del dolor, su sentido evolutivo, qué es una percepción, la trascendencia de la función evaluativa, las expectativas y creencias, la dependencia cultural en nuestra especie, qué es el sistema de recompensa y un largo etcétera.

Asumir la importancia de la información obliga al profesional a dedicar el tiempo necesario para adquirir el conocimiento que después deberá transmitir… si dispone a su vez del tiempo que exige la exposición.

Con 10 minutos por paciente y consulta no basta.

El padeciente pide analgesia, no un discurso inesperado sobre la complejidad biológica de su dolor.

– Todo esto es muy complejo

Puede que la explicación neuronal sea mal interpretada como una sugerencia de origen psicológico.

–  Entiendo lo que me quiere decir pero no es mi caso. Yo no soy así… A mí me duele.

La información en grupo solventa estos problemas. Durante unas horas, intensivas o repartidas en sesiones y una revisión al cabo de unos meses, se explican los conceptos básicos de la actividad neuronal, se desmontan conceptos falsos vendidos como verdaderos y se intenta desactivar los miedos acumulados en el período de aprendizaje inconsciente.

Se gana y se optimiza el tiempo. Los padecientes descubren que los compañeros del grupo soportan el mismo infierno y se deshace con facilidad el posible malentendido de la psicogenia.

La atención en la clase está enfocada al conocimiento y no al remedio, a la terapia.

En la revisión cada uno cuenta su peripecia tras las explicaciones, sus fórmulas de afrontamiento desde el nuevo esquema. Unos van bien, otros igual o peor. Muchos han reducido o abandonado las terapias a la vez que han decidido retomar actividades y hábitos perdidos por ser temidos.

Siempre existe el riesgo del alumno atascado que no consigue nada a pesar de aceptar y comprender el nuevo marco teórico y plantar cara a su organismo. El ejemplo de los pequeños o grandes éxitos ajenos puede servir de acicate o, al contrario, provocar la desesperación, la convicción del fracaso tras haber puesto toda la carne en el asador.

Este sábado tenemos la revisión de un grupo. Ya les contaré.

Previsiblemente habrá de todo pero es un encuentro necesario, productivo. El impacto pedagógico se potencia después de compartir la experiencia de otros y exponer la propia.

En cualquier caso siempre ha resultado una experiencia positiva.

El conocimiento aporta una base desde la que el padeciente explora, juega, desde la condición plástica de los procesos biológicos suspirando por el cambio de conexiones.

Dicen que en el futuro podremos apagar y encender áreas cerebrales a demanda. El conocimiento ya no tendrá sentido. ¿Duele? Apagamos el área responsable. ¿No podemos dormir? Apagamos el cerebro vigilante. Los recuerdos que antaño nos mortificaban los podremos neutralizar con un campo magnético o un rayo lasser, aplicados en el lugar adecuado.

Yo no estaré aquí para comprobar si ese futuro prometido se hará realidad.

De momento sigo pensando que podemos actuar con el conocimiento y el juego libre y confiado para modificar, es decir, racionalizar, la actividad de las áreas que construyen y aplican el miedo como única estrategia.

“No hay cosas que temer, sólo comprender” decía Marie Curie.

Cierto.

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Síntomas y procesos biológicos

Un síntoma es sólo eso, un síntoma, una proyección a la consciencia (percatación) propia y/o ajena de un proceso biológico que lo ocasiona y que debemos evaluar.

El organismo hace sus evaluaciones. En realidad es un sistema evaluativo complejo, continuo. Funde el pasado, el presente y el futuro sin descanso, integrando probabilidades atribuidas a cada escenario, anticipando, prediciendo, deseando, temiendo, en función de experiencias propias y ajenas e instrucciones de expertos.

La migraña, la fibromialgia, el dolor crónico… son etiquetas que agrupan un número limitado de síntomas. La etiqueta no clarifica el proceso. Simplemente lo enfoca con la intención de desvelar la entraña del proceso biológico que genera esos síntomas.

– Por fin han dado con lo que tengo: migraña.

Dar con la etiqueta habilitada por los profesionales no supone siempre un avance. Si estamos ante una etiqueta infecciosa, endocrina o carencial sí lo es:

– Tiene usted fiebre tifoidea o hipotiroidismo o el sodio muy bajo.

La etiqueta contiene el conocimiento del proceso que explica los síntomas y el remedio a aplicar, con éxito.

Cuando por fin uno sabe que los síntomas son debidos a la etiqueta “migraña”, “fibromialgia”, “dolor crónico” u otras muchas, aun cuando puede sentir el alivio de que, aparentemente, han dado con el origen de su padecimiento e invalidez, en realidad no hay ningún avance.

– ¿Qué es la migraña, fibromialgia…? ¿Por qué tengo “dolor crónico”?

Hay varias opciones de respuesta:

  1. “No se sabe”. Es un proceso complejo. Intervienen muchos factores. biológicos, psicológicos y sociales.
  2. Es una enfermedad genética, vascular, autoinmune, infecciosa, sistémica, degenerativa, tóxicoambiental, alimentaria, disenergética…
  3. La función evaluativa es incorrecta. Hay una gestión errónea de los recursos defensivos, en base a una idea de amenaza completamente alejada de la realidad.

– ¿Tiene tratamiento?

La opción 1 le ofrecerá calmantes de los síntomas y “moduladores” de no se sabe bien qué.

La opción 2 consolidará la convicción de un organismo enfermo, desgastado, con infecciones ocultas, el sistema inmune descontrolado, músculos contracturados y articulaciones viejunas. Ejercicio aeróbico, relajación, vida saludable, dietas, complementos, prebióticos. Ante todo aceptar la condición de enfermedad, defenderla y esperar desesperanzado a que los avances de la ciencia den con el remedio.

La opción 3 centra la atención en el proceso evaluativo, en los miedos y deseos irreales, en las creencias y expectativas desviadas. La herramienta de trabajo es el conocimiento y su aplicación práctica en la vida cotidiana. Incluye el protagonismo del padeciente, le dota de una capacidad teórica de influir en la gestión del organismo que habita.

– ¿Qué es la migraña?

– Dolor de cabeza rítmico (no pulsátil), a veces en media cabeza, con náuseas e intolerancia sensorial.

– ¿Qué lo origina?

– Un estado evaluativo que atribuye la posibilidad-probabilidad de una amenaza de destrucción violenta de los tejidos de su media cabeza (de ahí el dolor). La amenaza se considera que puede entrar o haber entrado por vía digestiva (de ahí las nauseas-vómitos) y se activa el estado preventivo de no salir del refugio y bloquear la interacción con el exterior (de ahí la intolerancia sensorial).

– Suena muy raro. ¿Tiene tratamiento?

– Por supuesto. Tenemos que influir en el proceso evaluativo. Desaprender lo aprendido. Modificar las creencias y expectativas, desensibilizar la vida, liberarla de ataduras absurdas.

– ¿Eso es todo? ¿No me da ningún tratamiento?

– Ya los ha probado todos. No es una cuestión de terapias sino de aprendizaje.

Desde la perspectiva de la etiqueta vacía de contenido o rellena de misterio no se puede interiorizar el proceso biológico responsable. Sólo se consigue avivar la vigilancia sensible, el miedo.

Desde la perspectiva evaluativa podemos influir en el proceso, sin garantía absoluta pero sí con un alto grado de probabilidad.

Los síntomas en los casos que nos ocupan señalan una distorsión evaluativa. Si queremos incidir, de verdad, en el proceso, debemos armarnos de conocimiento y apoyarnos en él para tomar cartas en el asunto evaluativo. Formamos parte del organismo. Somos organismo.

¿Se sabe? ¿se cura?

Algo sabemos y algo podemos ayudar.

– Decídase. No tiene nada que perder, salvo los síntomas.

 

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Burbujas

 

Homo sapiens (m.n.t) evolucionó a golpe de exploración de todos los hábitats posibles e imposibles. La opción de sustituir asas intestinales por circunvoluciones cerebrales le permitió hacerse con sustento, cobijo y amparo de la manada en condiciones variadas e inciertas.

Somos una especie de éxito. Nuestra expectativa de vida ha alcanzado cotas inimaginables. La inmortalidad está ahí, al alcance de nuevas tecnologías. Puede que consigamos individuos potencialmente inmortales aun cuando no esté claro que el planeta esté por la labor.

El secreto está en el hábitat garantista que nos hemos procurado, gracias a la cultura acumulada.

Disponemos de lo necesario para la supervivencia física; controlamos enfermedades antaño letales; sabemos lo que es bueno y es malo, lo que debemos hacer y evitar; podemos escoger la temperatura ambiente: disfrutar del fresquito en un día tórrido de verano y de calorcillo en una noche gélida de invierno; nos protegemos de la excesiva luminosidad con una amplia gama de gafas de sol; disponemos de alimentos controlados, sin gluten ni lactosa, libres de gérmenes y productos tóxicos.

Hemos habilitado una amplia gama de burbujas garantistas que nos libran de todo tipo de nocividades. Sólo tenemos que conocer las reglas del buen vivir, del fitness físico, social y mental y seguirlas aun cuando resulten aburridas y exigentes.

Si algo va mal es porque hemos salido defectuosos de fábrica o no cumplimos con las normas.

Homo sapiens (m.n.t.) ha accedido al confort de las burbujas pero sin que sepamos bien por qué y sorprendentemente, no es feliz en muchos casos. Dolor, cansancio, desánimo, desgana…

La vida en la burbuja puede ser la responsable: el sofá, la tele, el coche, el frigorífico… degeneran huesos, músculos y articulaciones. Habría que ir al gimnasio, a natación, seguir dietas… privarse de la vida muelle. Puede que ya sea tarde.

Muchas veces el ciudadano ha seguido todas las normas y a pesar de ello (o quizás debido a ello) no se encuentra bien: anda mortificado e invalidado por el dolor y el cansancio.

¿Quizás el estrés? Para acceder a la burbuja hay que ganarse la pela y eso desquicia. La obsesión por no perder el tiempo nos ha privado del placer de perderlo. No nos queda un momento para mirarnos plácidamente el ombligo y dejar que la mente vagabundee para poner en orden el bureo de cada día..

No hay problema: meditación, yoga, relajación, terapias, talleres…

El 2016 está vencido. Las promesas siguen incumplidas en muchos casos. Los nuevos tratamientos han resultado un fiasco. No pasa nada: vendrán o están ya viniendo otros.

El nuevo año nace con la oferta de viejas y nuevas burbujas. Los mercadillos bullen.

Homo sapiens (m.n.t.) sigue apostando por controlarlo y evitarlo todo. Se ha vuelto hipervigilante e hiperintolerante. Receloso. Miedica. Ninguna burbuja satisface plenamente.

Hemos contaminado demasiado la atmósfera en nuestro afán de conseguir la burbuja perfecta.

Puede que la contaminación alcance especialmente a la capa más sensible: la infosfera, el espacio-tiempo en el que se va acumulando todo el poso tóxico de las recomendaciones que ofrecen el acceso al buen vivir.

El año saliente fue un buen año para hacer un contundente corte de mangas a gran parte de las reglas predicadas, a las insinuaciones equívocas de diversas burbujas.

Si no lo hizo, no se preocupe: 2017 es también un buen año para romper burbujas y respirar el aire fresco de lo incierto.

Homo sapiens (m.n.t.) está especialmente habilitado para explorar hábitats inciertos. Le va la marcha. Necesita ser libre, equivocarse, encontrar su propio hábitat, singular, desconocido para los regidores de las burbujas.

Cuídese lo necesario pero no olvide también descuidarse.

Es saludable.

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El dolor meníngeo de la migraña

Por principio, por dogma incontrovertible, se considera que el dolor migrañoso necesariamente surge de las terminales meníngeas y vasculares del trigémino. En ausencia de un daño que las active, no cabe otra posibilidad que la de su sensibilización extrema. Dicen.

Un estímulo banal como el latido arterial, mover la cabeza, toser… hace que las terminales nerviosas del trigémino liberen “señales de dolor”, dada su condición hipersensible.

¿Cómo se llega a ese estado de hipersensibilidad extrema?

Se da por supuesto que existe una genética responsable. Esa genética crea espontáneamente o con el empujón de un desencadenante, una perturbación cerebral que acaba, no se sabe por qué mecanismo, dando lugar a la exigida sensibilización meníngea.

El cerebro, según dicta otro dogma incontrovertible, no duele. Sólo las terminales meningovasculares del trigémino pueden generar dolor. Dicen.

Hoy en día se acepta que la perturbación cerebral inicial responsable es un fenómeno eléctrico cortical denominado “Onda de depresión cortical propagada”, responsable del aura migrañosa. Se daba por sentado que la onda iniciaba el proceso que acaba sensibilizando las terminales del trigémino.

En ratones podemos provocar esa onda abriendo la cabeza y pinchando un área cortical. Aparece la respuesta de la “Onda de depresión cortical propagada” y se comprueba que al cabo de unos cuantos minutos las terminales del trigémino se han sensibilizado. Un estímulo mecánico banal aplicado a las meninges genera “señales de dolor” en las fibras del trigémino. Esas señales se pueden registrar en el núcleo correspondiente.

Bingo.

En el principio fueron los genes: hiperexcitabilidad cortical.

Esos genes crean alguna condición química cortical que desencadena la Onda.

La Onda libera mediadores proinflamatorios en el líquido cefaloraquídeo que baña las terminales del trigémino y eso explica que aparezca el dolor.

Todo es química. Los genes son química. La perturbación de la onda es química. Los mediadores proinflamatorios son química. Los “receptores de dolor” del trigémino son química. Las “señales del dolor” de las terminales sensibles son química. Las explicaciones y soluciones deben ser químicas.

Cuestiones:

El dolor no se origina en los nervios sino en el cerebro. Demostrado.

Sólo el cerebro duele (o “duelea”, si se prefiere). Demostrado.

Una hipótesis: una agresión a la integridad física del cerebro del ratón podría desencadenar una respuesta defensiva en la red meníngea. Existe la posibilidad de que esa activación se produzca por vía neuronal, a través del circuito, desde el cerebro hasta el trigémino y no por vía del líquido cefaloraquídeo. Esta hipótesis violaría otro dogma: el de la transmisión unidireccional de la información (Ley de polarización dinámica de Cajal). Puede que el dogma sea falsable.

Sigue sin explicarse satisfactoriamente la capacidad de autoexcitación cortical que da lugar a la Onda. Abrir la cabeza del ratón y pincharle el lóbulo frontal no es algo banal.

No todas las auras generan dolor

El dolor se limita con frecuencia a un lado.

Los supuestos mediadores proinflamatorios liberados en el líquido podrían difundirse por todo el conducto raquídeo y hacer que doliera todo el cuerpo, cosa que no sucede.

Quedan otras cuestiones: el efecto placebo, la cultura, las expectativas, las creencias, el miedo…

Seguimos donde estábamos: el origen periférico del dolor, por narices. La química como única alternativa.

Bienvenidos sean todos los datos de investigación. Ahora sabemos que si provocamos la Onda aparece la sensibilización mecánica de las terminales trigeminales meningovasculares.

Correlación no es igual a causalidad.

Toda la parafernalia química de la migraña puede desbaratarse en muchos casos cambiando expectativas y creencias.

Es un dato de investigación que también debe tenerse en cuenta… pero no se tiene.

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Esforzarse

La supervivencia física era, antaño, una cuestión complicada. Procurarse cobijo, sustento y amparo social exigía esfuerzo, reciprocidad, exploración de un entorno incierto y errores en los intentos, con costes y beneficios variables. La cobertura social en situaciones de carencia o vulnerabilidad era limitada y el individuo debía sopesar con rigor la eficiencia de sus acciones, aprendiendo con cada intento (error-ensayo-error).

El organismo, a través de una compleja circuiteria, regulaba la conducta del individuo respecto a la consecución de objetivos, proyectando sentimientos de motivación hacia la exploración y de ejecución de conductas de consumición-consumación cuando se encontraba en un escenario que ofrecía un valor.

La civilización trajo consigo una mayor garantía de supervivencia a base de facilitar unos mínimos, sin necesidad de aplicar esfuerzo ni asumir riesgos. Hoy en día es posible sobrevivir sin esfuerzo, gracias al amparo social, pero ello trae consigo un déficit de motivación, de asunción de esfuerzo e incertidumbre y el desplome de la satisfacción y recompensa que trae consigo el éxito de las conductas exploratorias esforzadas que cumplen el objetivo.

En laboratorio se puede ofrecer a los ratones dos vías para hacerse con la comida: un recipiente con “comida basura” siempre disponible, sin esfuerzo ni exploración y otra que exige la exploración conductual para dar con el mecanismo que aporta comida de calidad. En el primer caso el ratón come cuando y lo que quiere. Sólo tiene que acercarse al cuenco de la comida. En el segundo, debe explorar la jaula y dar con el resorte que, en caso de éxito, y con fallos de por medio, le facilita comida de calidad, apetecible, reforzadora de la conducta de exploración.

El denominado “sistema de aversión-recompensa” o “sistema motivacional” promueve sentimientos de motivación hacia la exploración con esfuerzo y asunción de incertidumbre o los contrarios: desmotivación y abandono hacia la supervivencia física y social por la vía “fácil” que ofrece “comida basura”, siempre disponible.

En contextos de enfermedad (real o imaginada) o condiciones adversas del entorno (reales o imaginadas) el sistema motivacional desactiva las dinámicas exploratorias y proyecta el sentimiento de desgana y falta de energía incitando al estado de dependencia del amparo social.

El individuo se ve así sometido a dos propuestas contrarias: la del esfuerzo con resultado incierto y la de la desmotivación hacia la aventura exploratoria.

En el dolor crónico prima el estado de desmotivación. La exploración se des-orienta del entorno natural, con esfuerzo e incertidumbre, hacia el consumo de las terapias y alivios físicos y psicológicos que el amparo social promete y no siempre cumple.

El dolor, la desgana, la sensación de falta de energía y la rumiación negativa catastrofista de pasado, presente y futuro, se proyectan en la conciencia. Al individuo sólo le queda la esperanza de que algún día se descubra la enfermedad y su antídoto, que se cumpla la expectativa prometida: todo es susceptible de ser etiquetado como enfermedad y solucionado o aliviado con la aplicación de una o varias terapias.

El sistema motivacional se atasca así en el círculo vicioso de un organismo y un entorno social imaginados, enfermo aquél y vacío de soluciones este, renunciando a la exploración incierta de la realidad con el único norte de que las promesas lleguen a cumplirse para recuperar la percepción de salud, las ganas de vivir, la motivación hacia la exploración pero ello sólo es posible desde la convicción de organismo sano que sólo será posible son nuevos tratamientos.

El sistema motivacional convierte sus evaluaciones y decisiones en liberación de dopamina, el mensajero de la motivación. Poca dopamina, poca motivación.

Una lectura farmacológica simplista aconsejaría la terapia con dopamina para paliar el déficit. Es lo que sucede en la enfermedad de Parkinson. Degeneran y mueren las neuronas que la producen y como consecuencia la desmotivación requisa el impulso a la exploración. Si se soluciona el déficit con fármacos se recupera el ánimo, la motricidad y disminuye el dolorimiento pero se abre el camino hacia una motricidad excesiva y patológica (discinesias) y las conductas compulsivas-adictivas así como hacia las alucinaciones y el pensamiento mágico.

No es cuestión de poca dopamina sino de evaluaciones, decisiones, convicciones, aprendizajes, creencias y expectativas razonables.

– Deme algo para el dolor.

– Está usted sano. Explore sin miedo el mundo.

O las terapias externas y el amparo social de mínimos o la exploración con incertidumbre.

Son caminos divergentes. Hay que acertar en la elección.

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