La pelea atencional

En condiciones de laboratorio el dolor amaina si el padeciente a quien se aplica un estímulo nocivo (p.ej. calor por rayo laser) centra su atención a la vez en la resolución de una tarea (p.ej. unas operaciones matemáticas). Si se va aumentando la complejidad de la tarea el efecto analgésico es mayor, dado que se requiere una mayor concentración. Las matemáticas son analgésicas. Una ecuación de tercer grado más que una de segundo.

Desviar el foco atencional del estímulo nocivo y la correspondiente percepción de dolor a la consecución de un objetivo es analgésico.

– No centres la atención en el dolor. Concéntrate en lo que quieres hacer…

Sin embargo el efecto analgésico de la atención tiene su límite. Si aumentamos la intensidad del estímulo nocivo llega un momento en el que el sujeto es incapaz de centrarse en la tarea. El dolor impone su poder. Hasta una ecuación de primer grado se resiste.

– Intento no prestar atención al dolor pero va aumentando y, al final, tengo que dejar lo que estoy haciendo y me tomo el calmante.

En el laboratorio el experimentador puede modificar a voluntad la intensidad del estímulo y doblegar la voluntad del individuo.

En un episodio de dolor en la vida real y en ausencia de daño el organismo doblega la voluntad del individuo aumentando también la intensidad del dolor, pero sin que exista ningún estímulo nocivo que lo active.

El dolor en este caso no surge de un estado de nocividad real que determina la intensidad del sufrimiento, tal como sucede en el laboratorio con el rayo laser, sino de un estado evaluativo de amenaza imaginada que se alimenta circularmente por el propio dolor una vez que este aparece en la conciencia.

No existe un estímulo nocivo. Sólo un estado evaluativo de amenaza, erróneo.

– Me digo: sé que no está pasando nada. Yo a lo mío. No hay peligro.

A veces funciona. La convicción desinfla el bulo, el miedo irracional del organismo, y el dolor amaina.

Otras veces no basta con la convicción. El organismo impone la ley del miedo y de las creencias y expectativas dominantes que lo alimentan.

Ante un sistema de alarma que se activa sin necesidad el inquilino debe entrar en su casa y hacer la vida normal, no prestando atención al ruido insoportable de la sirena y sabiendo que su decisión no conlleva peligro pues es una falsa alarma.

El sistema de alarma es interactivo y la actitud del individuo influye en la respuesta, a corto, medio y largo plazo.

– Entro en mi casa porque sé que no hay peligro y hago la vida normal. La sirena va perdiendo intensidad hasta que se calla…

Esa es la teoría, el ideal.

– Sé que no hay ladrones, que es una falsa alarma. Entro en mi casa e intento hacer la vida normal pero el volumen va a más y, al final, tengo que salir de casa y ponerme unos tapones en los oídos. Según me voy alejando la sirena suena menos hasta que dejo de oirla pero gracias a los tapones. Ese día tengo que estar fuera y con los tapones puestos…

El organismo tiene sus miedos y el individuo los suyos.

En ocasiones ambos miedos se complementan: el organismo teme el peligro, aunque sea imaginario y el individuo el dolor, porque es real. Los dos miedos se potencian pues la salida a la conciencia del dolor realimenta, confirma (sesgo) lo temido por ambos, organismo e individuo.

El objetivo debe ser la divergencia, el desfase: el individuo debe contener el miedo de su organismo con sus convicciones y la desviación de la atención hacia sus tareas.

No conozco una fórmula para salir airoso de la confrontación. Cada alumno explora y obtiene resultados variables. Ninguno ofrece una receta universal, válida para todos los casos.

– Pienso en lo que he aprendido y lo aplico. Eso es todo.

– Ya lo intento pero no me funciona. El dolor se hace intolerable…

Cada día lidiamos con las propuestas del organismo hechas percepciones, emociones, intenciones y reflexiones. No somos esclavos sumisos hacia lo que nos propone ni el organismo es un mayordomo que atiende solícito cuanto le señalamos.

La atención está disputada. Hacerse con ella puede ser complicado pero existe la posibilidad.

Hay que jugar para descubrir el modo de conseguirlo.

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Rumiantes

Un rumiante es alguien que procesa algo una y otra vez tratando de extraer algún beneficio o conclusión.

Se pueden rumiar los alimentos cuando estos por su composición exigen un proceso digestivo lento y reiterativo.

Se pueden rumiar también las acciones, pasadas, presentes y futuras, cuando esas acciones contienen consecuencias indeseables o incertidumbre.

Homo sapiens (m.n.t) es una especie rumiante. No de alimentos sino de experiencias. Regurgitamos una y otra vez el pasado y la previsión de futuro con el objetivo de extraer toda la información posible para no tropezar en la misma piedra y optimizar la probabilidad de éxito.

El proceso de rumiación debiera tener un límite. Una vez hemos convertido lo vivido en una papilla digerible debe procederse a la acción, que puede ser, incluso, la de eliminar la cuestión rumiada si no hay remedio.

La rumiación del pasado considera aquellas circunstancias que pudieran haber sido responsables de un fracaso y debieran haberse evitado, así como las contrarias, que de haberse ejecutado nos habrían evitado la zozobra actual: “si en vez de”; “si no hubiera”; “hubiera debido”; “tal vez habría”. Las culpas, las omisiones o meteduras de pata.

La rumiación del futuro analiza una y otra vez previsiones negativas sobre la consecución de un objetivo. Partiendo de una incertidumbre vivida con angustia se analizan todos aquellos factores, propios y ajenos, que podrían impedir el éxito final.

Rumiar no es ni bueno ni malo. Es una dinámica biológica que está ahí para optimizar la supervivencia. Si no rumiáramos no sobreviviríamos física ni socialmente.

Como todo proceso biológico la rumiación debe tener límites. No todo debe ser rumiado ni lo que sí debe rumiarse debe hacerlo circularmente, indefinidamente.

Imaginar la realidad, darle mil vueltas para ver sus múltiples lados oscuros o ambiguos, es potencialmente adaptativo. Una dosis ´razonable de incertidumbre sobre nuestros planes también puede serlo.

El dolor recurrente o crónico, en ausencia de daño que lo explique y justifique, contiene habitualmente hábitos de rumiación que no conducen a ningún puerto. Una vez se conoce la trama compleja del dolor, su generación neuronal, el error evaluativo que ve amenaza donde no la hay, hay que pasar a la acción y dejar de considerar todas las eventualidades teóricas que puedan cuestionar el éxito en el objetivo de apagar la hoguera del error.

Todos somos víctimas potenciales de la rumiación improductiva.

No conozco ningún antídoto que contenga eficazmente la dinámica rumiativa.

En los cursos hay alumnos que van bien. Probablemente han estado rumiando toda la experiencia e información almacenada en los años de dolor sin conseguir nada útil. Conocer la biología del sistema neuroinmune, sus peligros, su dependencia cultural, ha disuelto el círculo de la rumiación.

Hay alumnos que comprenden las explicaciones, las aceptan como lógicas y plausibles, intentan aplicarlas, pero el dolor sigue donde estaba o, incluso, se fortalece.

No conozco las respuestas pero puede que la rumiación ande por medio.

– Puede ser… pero ¿qué hago, entonces, para frenar esa dinámica rumiadora que ocupa todos los espacios libres de cada día impidiendo a veces la concentración en una tarea y manteniendo viva la arquitectura neuronal del dolor?

– No lo sé. Debiera rumiar menos…

Es una cuestión esta de la rumiación que requisa mi mente en muchas ocasiones. Hay pacientes que van mal. La explicación, el conocimiento, la aplicación de ese conocimiento no basta.

¿Qué estaremos haciendo mal? ¿Qué estaremos dejando de hacer y debiéramos hacer?

¿Qué debiera hacer y no hace el alumno que fracasa?

¿Qué no debiera hacer y hace?

Puede que rumiar.

Esa hipótesis la rumio desde hace años sin generar ningún avance.

Se admiten propuestas de otros rumiadores…

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Nuevo curso de migraña

 

Abrimos la inscripción para otro curso intensivo de pacientes de migraña, en Vitoria. Será el sábado 4 de Febrero (8 horas) con una revisión el 1 de Abril (4 horas).

Los interesados pueden contactar con el teléfono 696541479.

Esta será la 21ª edición del curso.

La Pedagogía, en diversas situaciones marcadas por el dolor crónico-recurrente y en ausencia de un daño que lo explique y justifique, es una herramienta poderosa que está demostrando su eficacia. Aumenta el número de trabajos que muestran la bondad del afrontamiento, en dolor crónico “músculoesquelético” y fibromialgia.

Nuestro grupo es pionero en la aplicación en migraña, con una amplia experiencia y buenos resultados.

Cuando empecé hace ya más de 20 años a buscar respuestas al problema del dolor trasladaba mi nuevo conocimiento a los pacientes. Según aprendía informaba. Al principio no había voluntad terapéutica. Sólo información.

Sin embargo algunos pacientes comentaban que el dolor respondía a la información. Poco a poco el marco informativo se complementó con la intención terapéutica y de ahí nacieron los cursos. Su objetivo es sólo informativo pero generan un cambio radical en  los alumnos: en muchos casos, menos dolor y menos consumo de fármacos junto a la satisfacción de sentirse habilitado para un afrontamiento diferente, liberador, activo.

La Pedagogía de grupo dinamiza los resultados. Permite conocer relatos de otros padecientes, reflexiones sobre sus afrontamientos, estrategias y resultados. La experiencia se multiplica. Sirve lo que otros han comprobado. Anima a seguir en el empeño.

La información oficial sobre migraña se puede encontrar en múltiples páginas de Internet. Genes, desencadenantes, hábitos saludables.

Nuestra propuesta es radicalmente distinta. Contrapuesta. Sitúa la clave en el aprendizaje, en la instrucción de expertos varios.

No se puede comprender la complejidad del dolor desde la propuesta de unas pocas moléculas comercializadas o desde una supuesta genética que dispara las crisis, así sin más, porque sí.

Explicamos a los alumnos las claves biológicas básicas del dolor, de su función protectora, de la dependencia de su activación de las expectativas y creencias, aprendidas inconscientemente a lo largo de la vida.

La migraña se aprende y puede desaprenderse, no por arte de magia sino del trabajo que los alumnos desarrollan, conociendo el nuevo marco de explicaciones y aplicando ese nuevo marco con confianza, paciencia y coraje.

Animo a los indecisos a concederse una oportunidad distinta.

Los miedos se combaten con el conocimiento.

Os esperamos en Vitoria.

 

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Dolores

Nos encanta clasificar, proveer compartimentos para agrupar iguales y así facilitar el manejo.

Antes el dolor disponía de dos compartimentos: el nociceptivo y el neuropático. El primero para dolores generados por lesión de tejidos no nerviosos y el segundo los que procedían de lesión o disfunción de células nerviosas.

El término disfunción, aplicado curiosamente sólo a los tejidos nerviosos y no al resto, permitía incluir la mayor parte de los dolores, aquellos que no surgen de una lesión nerviosa sino de una “disfunción” (Migraña, Fibromialgia…).

Sin embargo esa inclusión generaba confusión e incomodo para el grupo de dolores neuropáticos con label de lesión. Así que se ha suprimido.

Sólo es dolor aquél que dignifica su origen en una lesión en cualquiera de sus dos linajes: nervioso o del resto: neuropático o nociceptivo.

Realmente el dolor neuropático por lesión nerviosa también es nociceptivo y toda lesión en tejido no nervioso contiene también un componente de lesión nerviosa pues no hay tejidos sin neuronas y esas neuronas se lesionan al igual que las demás células de la zona lesionada pero, pelillos a la mar: hay dos tipos y no se admiten vaguedades disfuncionales como explicación.

Todo dolor que quiera preciarse y ser apreciado y atendido deberá aportar la certificación de una lesión. Si falta la certificación se sobrentiende que hay ruidos psicosociales en la azotea que aparentan lesión sin haberla.

La migraña, la fibromialgia, el colon irritable, muchos dolores “musculoesqueléticos” y un poblado conjunto de dolores sin papeles de lesión, no estarían clasificados en la zona noble y quedarían segregados al extrarradio, condenados a buscarse la vida y solucionar de una vez su incompetencia psicológica para afrontar la brega vital con solvencia.

Inexplicablemente, la migraña se salva para muchos de la segregación, aun cuando no cumpla con la condición lesional. Se admite que es una “enfermedad” y nadie lo discute.

Lo mismo sucede con la fibromialgia y otras similares: o bien solicitan la consideración de enfermedad o la de lesión neuropática, con pruebas que objetivan datos de “neuropatía de fibras C”.

En mi modesta opinión lo que importa es descartar una lesión, sea de tejido nervioso o de otro linaje y, una vez descartada, considerar la vía plausible de la gestión errónea del sistema neuroinmune como origen. Podemos denominar a esa gestión errónea “disfunción evaluativa” pues el sistema que nos defiende (sistema neuroinmune) activa recursos de protección muchas veces sin necesidad, sin lesión ni enfermedad.

Incluso si hay lesión-enfermedad el sistema neuroinmune puede pasarse de la raya y dimensionar los recursos protectores en exceso generando mortificación e invalidez innecesarias.

Cabría considerar incluso la patología del “no dolor”, aquél que debiendo hacerlo, no aparece, privando a quien no lo recibe de la información vital de que algún tejido está en apuros.

La cuestión de la clasificación tiene su miga pues en el fondo recoge las condiciones que los profesionales desean: habría dolores aceptables, asumibles, que cumplen con la condición lesional y pueden ser tratados con ciertas garantías y habría otros, los huérfanos de lesión, que serían de difícil comprensión y manejo al estar supuestamente enredados por el ruido perturbador psicosocial. El fracaso terapéutico se imputaría sin contemplaciones a “lo psicosocial”.

En definitiva, tiende a reinventarse una vez más el dualismo: dolor físico y psicológico. El primero para los médicos y el segundo para quien quiera hacerse cargo de él.

Al profesional le gusta tratar aquello que es tratable y desligarse de lo que no puede ser tratado.

Gran parte de los dolores malviven por ser intratables. Nadie los quiere.

Dan tumbos por el mercadillo de propuestas naturales y sobrenaturales buscando un mínimo alivio y comprensión.

No andamos finos en esto del dolor.

Los que mejor lo saben son los que lo padecen.

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Umbrales

Un umbral es un límite, una frontera, un nivel que debe superarse para acceder a algo o para que ese algo se produzca.

Todo tiene su umbral, su punto de ignición. La conciencia también lo tiene. Cada uno de sus contenidos está ahí porque se han superado diversos niveles de activación de la red permiten el afloramiento en ese espacio misterioso de lo consciente.

El dolor es un contenido de conciencia y como tal aflora porque la activación neuronal que lo origina ha superado también el mínimo de activación exigido.

El problema radica en la ubicación de esa red neuronal que debe activarse y en cómo se llega a dicha activación.

La visión ingenua del dolor nos hace creer que este se produce allí donde lo sentimos, en tejidos dañados, degenerados, inflamados o afectados por cualquier condición anómala. Una vez producido sería detectado por los “nervios de la sensibilidad al dolor” y conducido hasta el cerebro, lugar en el que se ubica la consciencia. El “centro de generación del dolor” sería un tejido dañado. El umbral se superaría a partir de una cuota mínima de daño.

Esta visión ingenua todavía opera en la mente de muchos ciudadanos (lógicamente) y en demasiados profesionales (inadmisiblemente).

A la activación del dolor se llegaría (desde la concepción ingenua) a través de “estímulos dolorosos” aplicados a tejidos dolientes, “sensibles al dolor”. En todo caso no habría tejidos “sensibles al dolor” sino capaces de generarlo cuando son dañados. Los pacientes con “insensibilidad congénita al dolor” serían, en realidad, insensibles al daño.

A mediados del siglo pasado, desde la observación reiterada de que no existía una correlación entre la cuota de daño y la de dolor, se habló primero de una “puerta de entrada” de las “señales de dolor” a la médula espinal, lugar en el que se produce el primer punto de contacto con otras neuronas. En esa puerta se integrarían las “señales dolorosas” con otras “indoloras” provenientes de la misma zona. Las “señales indoloras” neutralizarían a las “dolorosas”. De ahí que al frotar la zona que duele, el dolor se alivia momentáneamente, porque el frotamiento generaría “señales indoloras”. La aplicación de corrientes en la piel de la “zona dolorosa” produciría el efecto analgésico por el mismo principio.

La teoría de la “puerta de entrada” pronto se complementó con la sugerencia de que a ese lugar de la médula espinal en el que confluyen “señales dolorosas” e “indoloras”, la puerta de entrada, llegarían vías descendentes cerebrales que modificarían el umbral de “entrada” o “salida” según se mire, de la suma de “señales dolorosas” e “indoloras”.

Los tejidos tienen su umbral de daño para generar dolor. Los nervios tienen su umbral de activación para generar una “señal dolorosa”. La puerta de entrada-salida tiene su umbral para derivar las “señales de dolor” hacia la conciencia. El umbral de esa puerta de entrada-salida se modifica según haya influencias descendentes cerebrales, modulaciones, que aumentan o disminuyen el umbral. A su vez los factores “psicosociales”, ubicados en el cerebro tendrían sus umbrales correspondientes que darían paso a generar su influencia sobre la puerta de entrada-salida.

Esta concepción es la que domina actualmente. Cada punto de la cadena tiene su umbral. Unos umbrales suben y otros bajan. A veces el problema está en el umbral de los tejidos, otras en lo psico-social. En ocasiones el problema comienza en los tejidos con un daño; el daño se repara y el umbral se normaliza pero la “puerta de entrada-salida” queda sensibilizada, con bajo umbral, y cualquier estímulo, aunque sea “indoloro” pasa el umbral de la médula y viaja hacia el cerebro disfrazado de “señal de dolor” superando sin problemas el umbral de la conciencia.

Otras veces la actividad psico-social anda agitada, ansiosa y con desánimos, proclive al catastrofismo y adapta sus salidas de modulación descendente hacia la puerta de entrada-salida, haciendo que esa frontera de la médula tenga un umbral por los suelos permitiendo que cualquier señal de los tejidos, aun cuando no sea “dolorosa” pase por ese puesto fronterizo sin problemas con la etiqueta de “señal dolorosa” aun cuando sea “indolora”.

Todo se resume finalmente a una cuestión simple:

Una vez descartado el daño que genera dolor allí donde duele, ¿dónde tenemos un problema de bajo umbral? ¿en tejidos “inflamados” o degenerados”? ¿en la médula con política de “puertas abiertas”? ¿o en en el cerebro con una agitación psicosocial que impone el estado de facilitar el tráfico de cualquier señal con la etiqueta fraudulenta de “dolorosa”?

Nos queda la vía ecléctica. Un poco de todo. de ahí que haya que trabajar los umbrales en todas las ubicaciones: tejidos, médula, cerebro. Fármacos, ejercicios, relajaciones, meditaciones. Lo multidisciplinar.

Los umbrales de los tejidos y de la médula son físicos, “bio”; los del cerebro son psicosociales. El conjunto: el modelo bio-psico-social. Primero se despacha la duda bio-física y se pasa la pelota a los de los umbrales de la azotea, a los de lo psicosocial.

Los neurólogos sostienen que la migraña surge de uno o varios “generadores”, agrupaciones de neuronas que sin dar explicaciones superan su umbral de activación por haber entrado espontáneamente en un estado hiperexcitable de origen genético. Puede que la vida desordenada y transgresora o “los cambios” aporten un plus de excitabilidad.

Nos queda el umbral del individuo consciente, el receptor del recado doloroso. Sin ser consciente de ello dispone también de umbrales que suben y bajan haciendo que el dolor amaine o se recrudezca.

Los umbrales del individuo se pueden y deben modificar a través del conocimiento, la gestión atencional, la imaginación guiada y la exposición confiada y paciente a la vida normal, una vez se ha descartado el daño que justifica la aparición en el salpicadero de la conciencia del dolor.

Cuide su umbral. Gestione la frontera de la conciencia desde la sensatez.

No permita que un sistema en política perpetua de “puertas abiertas”, lo “bio”, con los umbrales por los suelos, le contagie y consiga también abrir de para en par sus puertas al desatino del miedo irracional.

Espabile.

 

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La migraña no existe.

Este sábado hemos tenido la revisión de los alumnos de la 17 edición de cursos de migraña.

En general el resultado ha sido bueno. Una de las alumnas, llevada por el entusiasmo por haberse librado completamente del dolor y haber recuperado el visado para re-vivir, comentó que a sus allegados, cuando le preguntan por el cambio evidente, les responde con la contundente afirmación de que “la migraña no existe”.

Evidentemente la migraña existe y la afirmación es falsa. Quizás habría que matizar: “mi migraña ya no existe”. Se ha volatilizado… al menos de momento.

Podríamos afirmar sin embargo que “la migraña no debiera existir” o que “podría no existir”. Bastaría para ello con que el organismo humano actuara como el del resto de los animales: sin la influencia de la cultura experta en esta cuestión.

Nuestra expectativa de vida ha aumentado, gracias a esa cultura experta, a los avances que aporta, pero también ha aumentado la probabilidad de la mortificación y la invalidez injustificada.

La migraña existe desde los tiempos de los faraones y ya había expertos que la atribuían a l enfado de los dioses por la conducta del pobre padeciente, quien habitualmente se comía pocos roscos, entre otras cosas por culpa de la migraña.

A los dioses y espíritus les han relevado humores, energías, arterias, genes, hormonas, estreses y nuevos misterios moleculares pendientes de ser desvelados.

Andamos mal pero los nuevos descubrimientos siguen abriendo nuevas vías para nuevos fármacos, pre-dispuestos para triunfar.

.”La Medicina ha avanzado tanto que ya nadie está sano” dijo A. Huxley o “La enfermedad más común es el diagnóstico” que dijo alguien cuyo nombre ahora no recuerdo

La comprensión del organismo humano no es competencia exclusiva de la Medicina. Afortunadamente disponemos de nuevas vías de conocimiento que nos están permitiendo cambiar radicalmente el marco de comprensión y resolución de cuestiones atascadas, como la de la migraña.

En los cursos divulgamos este nuevo modo de ver el problema, desde la biología, desde lo que vamos sabiendo de la gestión neuronal del organismo.

En este grupo el alumnado ha pasado de sufrir 131 días a 69, de tomar 146 calmantes (ibuprofenos y triptanes) a 54 y de una media de 7,9/10 de intensidad a 6,05.

Previsiblemente las cifras mejorarán en los próximos meses. El reencuentro de la revisión con los relatos y reflexiones compartidas contiene un poderoso efecto liberador.

La mayoría del alumnado ha tenido, como siempre sucede, problemas para contar la experiencia pedagógica. Se han encontrado con caras raras y malentendidos. No es fácil contar lo aprendido en las ocho horas de exposición de los nuevos conceptos, complementadas con la lectura del libro y el blog.

– ¿Sólo hablando? Algo más haríais…

Nuestra alumna ha preferido zanjar la cuestión negando la existencia de la migraña. Antes era, según su relato, “la pobre”, la víctima de innumerables crisis con todo el cortejo migrañoso. Ahora sonríe y ha recuperado el placer de exponerse a todos los desencadenantes que la vida inevitablemente contiene, sin miedo a la factura del despropósito del dolor y los vómitos.

No todo el alumnado puede presumir de haberse librado completamente de la tortura pero agradecen el disponer de un marco teórico comprensible, lógico, que les ha permitido conformar un horizonte, un terreno de juego en el que podrán desatar muchos nudos de la trama migrañosa, con menos fármacos y con más libertad para llevar una vida normal.

Reconforta comprobar el poder del conocimiento, la ilustración en biología.

Contra los intereses de mercado, contra los miedos, no hay arma más poderosa que la inmunización desde el esfuerzo por conocer el soporte biológico (neuronal) de lo que nos atenaza y aplicarlo con convicción, continuidad y coraje.

No hay fórmulas, pautas, terapias, pasos marcados. Sólo una actitud nueva alimentada desde el “empoderamiento” teórico y práctico.

No por repetido deja de sorprender el escepticismo ante la propuesta del origen cultural de la migraña. Estamos tan acostumbrados a oír la monserga de los genes, las hormonas, el estrés y los desencadenantes, la necesidad de aplicar terapias y someterse a hábitos, que nos cuesta ver la simplicidad del impacto del aprendizaje.

No hay nada más gratificante para los profes y para los alumnos que el disfrute en el conocimiento, en la recompensa del trabajo desarrollado en el curso.

La migraña no existe. Es una posibilidad, un reto.

No se pierde nada ilustrándose, inmunizándose.

Sólo el miedo.

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Mi cerebro

En los cursos hablamos mucho del cerebro. Sin cerebro no hay dolor, pontificamos (No brain, no pain)

Los alumnos hablan de su cerebro cuando relatan los esfuerzos para disolver el dolor.

– Hablo con mi cerebro. Trato de no hacerle caso. No vas a poder conmigo. Estás equivocado… Sé que no hay daño. No me pongas el dolor. No me das miedo… No me voy a tomar los calmantes…

El cerebro es el chivo expiatorio. Carga con todas las culpas.

Antes era el individuo, sus genes, sus hábitos, su temperamento. El padeciente se pasaba la vida registrándose, lamentando el pasado y temiendo el futuro, rebuscando inútilmente culpas y haciéndose con todos los consejos y terapias.

Ahora es el cerebro, su dependencia de la cultura, de los instructores.

El individuo queda liberado. Puede y debe llevar una vida normal. Nada lo impide. Bueno, sí… su cerebro.

Uno habita un organismo aparentemente enfermo y descubre al cabo de los años que no es así, que ese organismo está razonablemente sano y puede y debe soportar la brega física y psicoemocional de la vida con las limitaciones comunes de “los sanos”.

Eso sí. Debe hablar con su cerebro. Cambiar sus conexiones, disolver sus miedos, librarse del lastre de la instrucción alarmista recibida, afrontar la vida con confianza y decisión, desenfocar el interior para centrar la atención en lo que hace.

Realmente el cerebro no es más que un enclave geográfico del organismo en el que se instalan colectivos de neuronas conectadas con todos sus rincones. Es un lugar al que hemos puesto ese nombre, “cerebro” pero que forma parte de una entidad más indefinible: el individuo, la persona.

La persona a su vez no es mas que un artificio (un constructo, que decimos ahora) para poner nombre a la ficción de propiedad y agencia que nos envuelve.

Yo…

Mi cerebro…

Uno no es nada si nos olvidamos de la inserción en el entorno social, físico y psicológico.

La célula no es nada si la aislamos del medio extracelular. El cerebro no es nada si lo definimos como una entidad aislada en una torre de marfil desde la que opina y toma decisiones. El medio extracerebral en el que el cerebro está insertado es el organismo y el exterior físico y social.

Para muchos alumnos la referencia al cerebro, al “culpable” es liberadora. Es mejor exteriorizar la culpa. No soy yo; es mi cerebro. Mi cuerpo es normal. Mis neuronas son normales. Mi cerebro (el disco duro) es normal… pero está maleducado, mal instruido. Es un problema del software, del disco blando, de los programas. No tiene antivirus y en los circuitos han entrado todos los virus interesados de la cultura, que utilizan esos circuitos para medrar, haciendo la vida del padeciente insufrible.

Muchos consiguen “hablar con su cerebro” Recibe de buen grado la nueva imputación y modifica sus circuitos (bendita plasticidad). La vida se normaliza. El organismo recupera una gestión razonable. El preso queda libre tras demostrarse su inocencia.

Otros se desesperan con la tarea de “hablar con un fantasma”. Se recitan todos los mantras del curso una y otra vez pero el dolor, es decir, “el cerebro” sigue allí, a su bola, requisando todos los visados que autorizan llevar una vida normal.

No hay un centro del dolor sino una red distribuida de neuronas conectadas con todos los tejidos del organismo y con el mundo externo. El que aflore en la conciencia el dolor indica que todo ese universo fuertemente interactivo ha entrado en estado de alerta-amenaza y libera el estado “dolor”, con sus correspondientes componentes cognitivos, emocionales y conductuales.

No hay un centro de decisión en el que unos ancianos sabios cambian impresiones y optan por activar el dolor o un programa motor. No hace falta decidir. Cada escenario contiene una historia y esa historia (pasado, presente y futuro) aflora en la conciencia en el formato de lo que sentimos.

Al individuo consciente le corresponde interactuar con el entorno, explorarlo, proveer al organismo de alimentos, pareja y experiencias. El organismo hará lo que está condenado a hacer y modificará sus pautas en función de lo que el individuo haya recolectado.

– Mi cerebro no me hace caso. Ya veo que a otros sí… No sé qué debo hacer…

A veces sustituimos la idea de enfermedad por la de un cerebro irreductible, inabordable. Puede que, en esos casos, hagamos un flaco favor a nuestro alumnado.

Hablemos del cerebro, por supuesto. En ausencia de daño es liberador pero seamos conscientes de que no es mas que otro concepto, otra palabra, que nos permite comprender la complejidad de la biología y afrontar algunos problemas. Todo es mucho más complicado o más sencillo, según se mire.

Le he cogido respeto y cierto temor a la palabra “cerebro”. No sé muy bien lo que quiere decir y, como todas las palabras, contiene el peligro de un significado disfuncional que cierra la puerta en vez de abrirla.

Pues eso, a lo mejor hay que ser conscientes de que todas las palabras son potencialmente peligrosas.

Adelante con los cerebros…

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Hechos

Tenemos ya una dilatada experiencia en pedagogía con grupos de pacientes de migraña.

Muchos de ellos reducen considerablemente los días de dolor y el consumo de fármacos.

Nos hemos limitado a explicar cuestiones básicas de la actividad de la red neuronal que vigila y protege el organismo. Con ese conocimiento ellos han tomado sus decisiones y les ha ido bien.

Me escriben lectores de mi libro para contarme que tras la lectura pedagógica ha cambiado notablemente su situación.

Se da el caso de pacientes que tras múltiples ensayos infructuosos con todo tipo de terapias acceden a nuestra propuesta y por fin comprenden lo que sucede y esa comprensión disuelve el problema.

Los ensayos con fármacos contienen un porcentaje sustancial de mejoría en el grupo placebo. La expectativa basta.

Me vienen a la cabeza muchos casos puntuales. Padecientes irredentos torturados por varias crisis al mes con su cortejo de dolor insoportable, vómitos e intolerancia a todo tipo de estímulos. Leyeron el libro o acudieron a un curso y desde entonces están asintomáticos.

Cada uno puede sacar sus conclusiones pero es un hecho irrefutable y que debiera obligar a una reflexión rigurosa que las creencias y expectativas cambian para bien y para mal el curso de la migraña.

Cualquier propuesta de origen y afrontamiento sobre la migraña debería contemplar el peso de lo que creemos y tememos-deseamos.

Otra cuestión: nada de lo que el organismo hace y deshace se escapa al aprendizaje. No existe biología sin memoria-predicción.

En las especies sociales como la nuestra, el aprendizaje está socializado, culturizado.

Todos los estados de conectividad neuronal están influidos por lo que aprendemos, consciente e inconscientemente.

Los genes empujan de salida hacia unas determinadas dinámicas de aprendizaje pero queda el largo e incierto camino de la interacción con el entorno, que influye poderosamente en lo que esos genes acaban expresando.

Algunos cargan las tintas en el tintero de la genética. Nosotros las cargamos en el del aprendizaje. Coherentes con esa propuesta apostamos por la pedagogía, por la instrucción en biología. Los alumnos aprenden conceptos que disuelven miedos infundados.

Los alumnos aprenden y mejoran. Su red neuronal ha modificado sus estados de conectividad. Ya el chocolate, la niebla o la menstruación no dispara la espiral creciente de conexiones responsables del despropósito migrañoso.

Cualquiera que sea la responsabilidad de la CGRP, PACPA, serotonina, histamina u otros servidores moleculares, el cambio de creencias y la racionalización del miedo las mantiene en reserva en los cuarteles de sus correspondientes vesículas presinápticas dispuestas para una mejor ocasión.

Las creencias y expectativas de las propuestas oficiales y alternativas propician estados de conectividad de alerta, de vigilancia hipersensible a un poblado y variopinto muestrario de estímulos y escenarios inofensivos.

Ello basta y sobra para encender absurdamente la red protectora secuestrando los propósitos del individuo y limitándolo a una conducta acorde con la evaluación de amenaza: cuarto oscuro, vómitos e intolerancia al entorno físico y social.

La cacareada condición de origen misterioso y la ausencia de una expectativa de curación “con los medios actuales” anima el estado de vigilancia y expectativa catastrofista.

Nuestra propuesta ofrece una explicación plausible (al menos no menos plausible que otras) y contiene la posibilidad de que la caverna migrañosa sea, en realidad un túnel que permite salir al exterior.

En definitiva: lo que sentimos, pensamos y hacemos proviene de un proceso histórico que nos acompaña de por vida. En esa historia cuentan los hechos pero también realidades imaginadas, temidas.

Las historias no se racionalizan con fármacos sino con interpretaciones de la realidad más acordes con ella.

Las terapias, en lo que a la migraña se refiere, calman la tormenta desde una expectativa ilusoria de control artificial con unos supuestos superpoderes químicos, físicos, “energéticos” o espirituales. Si no funcionan avivan el horno del horror y si aparentan beneficio estimulan la dependencia.

Todos estos hechos pueden discutirse con argumentos y evidencias. Cada uno es víctima o beneficiario de sus sesgos.

Buscamos el soporte de la biología para decir lo que decimos. Sólo divulgamos conocimiento y procuramos neutralizar su contrario.

El argumento de autoridad (“los expertos dicen”) es una falacia lógica (ad verecundiam).

El argumento de utilidad (“a mí me funciona”) es otra falacia (post hoc ergo propter hoc).

Ayer un colectivo de personal sanitario de Osakidetza nos concedió, por votación, un humilde premio a nuestro trabajo con los grupos de migraña.

Ese, al menos, es un hecho incontrovertible.

De los demás podemos discutir, con argumentos. Desde luego, los tenemos.

 

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Perplejidad

Ayer tuvimos la sesión de revisión del último grupo de pacientes de migraña en el Centro de Atención Primaria de San Martín, en Vitoria.

Los tutores contenemos el aliento antes de abrir el turno de intervenciones.

– Bien, ¿cómo os ha ido?

Lo habitual es que la mayoría se encuentre mejor. En esta ocasión todas las alumnas habían mejorado y expresaron su alegría y reconocimiento por la oportunidad de participar en el curso.

– ¿Qué os ha aportado el curso?

Las respuestas confluían en el valor del conocimiento, el disponer por primera vez de un marco conceptual desde el que se puede comprender y afrontar activamente el despropósito de la migraña.

Liberación, alegría de volver a la vida normal.

Varias alumnas comentaron que ese conocimiento les había servido para reorganizarse, incluso, en otros terrenos.

Ha habido menos dolor y menos fármacos.

– Hablo con mi cerebro…

– Sé que no sucede nada en la cabeza…

– Me centro en lo que tengo que hacer…

– Al final tuve que tomar el calmante…

– No tomé la pastilla y comprobé que el dolor acabó yéndose.

Perplejidades:

Sólo había alumnas. Ningún varón.

Por qué nadie les había dado antes este tipo de información.

Por qué cada profesional daba una explicación distinta.

Por qué no se extiende esta propuesta entre los profesionales.

Por qué no se explican estas cuestiones en los colegios.

Por qué no se informa en los medios.

Hablamos de las resistencias al cambio de paradigmas, de los intereses profesionales y Farmaindustria, de los condicionantes de los seres humanos, del efecto placebo, del miedo, de la ilusión de control.

Poco a poco crece la aceptación de la educación en biología como herramienta poderosa que ayuda al padeciente a liberarse del papel de colaborador pasivo, inconsciente y necesario, culpable por genes, hábitos y personalidad de la mortificación que ello conlleva.

Contamos con la complicidad abierta u oculta de médicos de atención primaria, algunos fisios, psicólog@s y enfermer@s.

La mayor perplejidad: la ausencia absoluta de algún neurólog@.

El dolor, pertenezca a la etiqueta de migraña o cualquier otra, es el resultado de la actividad neuronal. Debiera corresponder al ámbito de competencia de la Neurología.

La migraña expresa una disfunción evaluativa neuronal equiparable a la de la disfunción evaluativa inmune.

Los inmunólogos se ocupan de las alergias y enfermedades autoinmunes. Buscan explicaciones a esa disfunción.

La red neuronal cumple funciones defensivas. Ha evolucionado al servicio de la supervivencia física y social del individuo y lo hace desde el manto “protector” de la cultura. Los neurólogos son los proveedores de los contenidos y expectativas de esa cultura.

La cultura sensibiliza al peligro pero lo hace con la contrapartida del exceso, de la medicalización, del sobrediagnóstico, de la información sesgada y reduccionista, interesada.

La ciudadanía quiere saber, conocer, ilustrarse. Deposita su confianza en los expertos pero esa confianza se va al garete cuando las cosas no funcionan y los padecientes están dispuestos a aceptar cualquier propuesta de explicación y tratamiento por más descabellada que pueda ser, sea dentro del marco oficial o alternativo.

La propuesta pedagógica no tiene visibilidad social. Se desconoce. No se comprende cómo sigue limitada a un aula del sótano de un Centro de Atención Primaria de un barrio de Vitoria.

Pues eso. Un grupo más. Una alegría más pero todo esto produce mucha, mucha perplejidad.

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Pensar en el cerebro

Para conocer el dolor ajeno no hay más que interesarse por él haciendo preguntas a quien lo conoce en exclusiva, quien lo padece.

¿Dónde; desde cuándo; cuánto; en qué circunstancias; qué lo alivia; qué lo agrava?

Se completa la historia con otras preguntas y la exploración clínica para descartar una lesión-enfermedad que explique y justifique debidamente el dolor y se solicitan pruebas complementarias si quedan dudas.

Una vez despejadas las dudas con razonable certeza llega el momento clave:

– ¿Qué opina, doctor?

– Usted primero. ¿Qué opina de su dolor?

– No pienso. Quiero que se me quite. Ya sé que no tengo nada.

– El dolor es un contenido de conciencia, es algo que sentimos como consecuencia de un estado de valoración de amenaza en nuestro cerebro, en un momento, lugar y circunstancia del organismo. Esa valoración a veces nace de un peligro real, consumado o inminente pero en su caso, dado que no tenemos ninguna sospecha de que exista tal amenaza, se trata de una valoración errónea.

Esta sería una contestación correcta y deseable pero es impensable que se produzca en una consulta. Más impensable es que si se produjera fuera aceptada con naturalidad por el padeciente.

Sin embargo, las creencias y expectativas, la historia que cada organismo se cuenta a sí mismo para organizar el día a día, son las responsables de que emerja en la conciencia el sentimiento doloroso. Cada lugar, momento, escenario y actividad tiene su historia, su expectativa, su evaluación.

Si el profesional quiere comprender el dolor debe interesarse por esas historias.

– Necesito conocer sus historias, sus hipótesis, sus temores, sus deseos, su expectativa de la consulta. Sabemos que no tiene usted nada ¿por qué piensa que le puede doler?

Probablemente el padeciente echará mano de lo que le suena:

– No lo sé. Quizás el estrés, las malas posturas, los pesos… Hago poco ejercicio…

Es impensable que implique a su cerebro, las historias que se monta en el taller de la imaginación.

Este sábado hemos tenido un curso de migraña. A ninguno de los pacientes en su peregrinaje por las consultas oficiales y alternativas se le preguntó por lo que pensaba. Sólo interesaban los antecedentes familiares y los desencadenantes.

A ninguno se le habló del cerebro, de las neuronas. Sólo genes, arterias, inflamación, hormonas, personalidad, alimentación, desencadenantes y misterio, “no se sabe”.

El cerebro interesa y vende… menos en el ámbito de la salud-enfermedad.

El ciudadano piensa en su colesterol, en su columna, en sus genes y hormonas, en los desgastes, en la circulación, en la digestión, en el cuidado de la piel, en la asepsia y un sinfín de cuestiones publicitadas en los medios.

El cerebro, las neuronas, no tienen esponsor. El dolor no es una cuestión del cerebro. En todo caso puede ser “psicológico” pero eso es cosa del individuo, de sus estreses y desánimos.

– ¿No me va a dar nada para el dolor?

– Información, educación.

– ¿Así, sólo hablando?

– Usted me cuenta su historia, lo que piensa, desea y teme; yo le cuento la mía como profesional: lo que pienso, temo y deseo y luego decidimos entre los dos o más bien decide usted sobre la base de lo comentado.

Existimos luego pensamos. No hay ningún ser vivo, por muy elemental que sea, que no piense.

Pensar es memorizar, predecir, temer, explorar, decidir, comprobar, corregir.

Pensar en el dolor sin pensar en lo que uno piensa sólo trae consigo más dolor.

No ser consciente de que el organismo contiene un sistema complejo de neuronas, especializadas en contarse historias que se convierten en percepciones, sentimientos y pulsiones cuando contienen la fuerza suficiente para acceder a la conciencia, nos hace vulnerables. Nos deja en manos de los contadores de historias sobre organismo, sobre orígenes del dolor. En sus historias no hay sitio para el cerebro.

Piense con cerebro en el cerebro. No lo deje desprotegido a merced de los contadores de historias.

Si duele, siempre habrá un cerebro con sus historias.

Hay que saber si esas historias corresponden a un hecho real, un daño actual o sólo son la expresión de un temor cerebral a que se cumpla algo previamente publicitado.

Piense desde el conocimiento. Así podrá existir desde su propia historia y no desde historias de otros.

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