Revisión 18ª edición del curso de migraña

Este sábado hemos tenido la sesión de revisión de la 18ª edición de los cursos intensivos para pacientes de migraña.

De los 13 alumnos asistieron 9. Otros dos excusaron su inasistencia pero mandaron un correo con el resultado. De los otros dos no tenemos noticia.

De los 190 días con dolor hemos pasado a 50.

La intensidad media del dolor ha bajado de 7,2 a 5,4.

El consumo de fármacos ha descendido de 411 a 43 unidades.

Todos los alumnos mostraron un grado variable de satisfacción sustentada en menos días con dolor, menor intensidad, menos consumo de fármacos y pérdida del miedo a los “desencadenantes”.

Previsiblemente los datos mejorarán tras la revisión.

Cada alumno cuenta sus experiencias, sus intentos con el nuevo afrontamiento, sus estrategias, sus descubrimientos.

Reconocen la validez del marco teórico y están convencidos de que disponen de una nueva herramienta para afrontar la migraña.

Lo que resulta incontestable es que desde este modelo se produce una mejoría a la par que prácticamente desaparecen los fármacos y el miedo a la golfería inocente del chupito alcohólico o el chocolate..

El padeciente abandona motu propio la solución externa, “terapéutica” y centra su atención y esperanza en la autogestión, en la dinamización de los recursos propios como sujeto activo que puede invertir el proceso.

No se trata de conseguir poderes mentales sino de neutralizar los miedos irracionales que imponen su ley en los circuitos neuronales. El saber ocupa un lugar prominente en las “decisiones” del cerebro y ese lugar debe nutrirse de conocimiento biológico en vez de publicidad sensibilizadora, alarmismo, convicción de enfermedad misteriosa e irreversible.

Ha sido como siempre una experiencia gratificante pero deja la contrapartida del reducido volumen de ciudadanos que acceden a esta propuesta. Ni siquiera figura en la lista marginal de “terapias alternativas”.

Dentro de dos semanas tendremos otra revisión. Daré cuenta de los resultados.

Mis mejores deseos para el alumnado.

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Neuromodulación

Modular es un verbo complicado. Puede utilizarse en sentido estricto en el ámbito científico o en sentido vago, ambiguo, en otros ámbitos más o menos científicos.

La modulación en el ámbito científico tiene que ver con la transmisión de información codificada en señales, en un soporte electrónico que aporta muchas mejoras en orden a proteger la calidad y fidelidad de la señal (información).

Una de las formas de modular el transporte de señal informativa es sobre una onda portadora de frecuencia (“frecuencia modulada” o, mejor, modulación en frecuencia).

Así es como las neuronas transmiten información de la variable intensidad. Si aplicamos un estímulo nocivo, por ejemplo “calor” (temperatura elevada peligrosa), los nociceptores locales detectarán esa temperatura potencialmente nociva y generarán una señal eléctrica que viajará hacia el cerebro. Esa señal tendrá una frecuencia determinada. Pues bien: a mayor temperatura, más frecuencia de la señal. La intensidad del estímulo se ha codificado (modulado) en una onda de frecuencia.

Podemos modificar farmacológicamente la generación de la señal en los tejidos, por ejemplo con antiinflamatorios (antiprostaglandinas) o su transmisión por el nervio con anestesia local o con antiepilépticos (carbamazepina en la neuralgia del trigémino). En ambos casos hemos modificado la frecuencia de la señal, es decir, la información de los tejidos. Al cerebro le llegará una información manipulada. A las áreas cerebrales que proyectan dolor en la conciencia les llegará información atenuada sobre peligro y, en consecuencia el dolor, previsiblemente, será más leve.

También podemos modificar la frecuencia de la señal a la entrada en la médula espinal. Aplicamos estímulos inofensivos en la zona dolorida (por ejemplo un estímulo táctil suave) y la señal generada inhibirá el paso de señal de peligro de las neuronas nociceptivas. Es el mecanismo descrito por Wall y Melzack de la “puerta de entrada”.

Lo mismo se puede conseguir aplicando estímulos eléctricos de baja intensidad (“estimulación eléctrica transcutánea”) en la zona.

Otro modo de modificar la frecuencia de la señal de peligro sería inhibiendo la salida de señal en la segunda neurona nociceptiva, en el asta posterior medular. Diversos fármacos modifican el estado de respuesta respecto a la señal que llega a la médula. Si el nociceptor porta una señal cuya intensidad está modulada en una frecuencia de 15 potenciales por segundo, la acción del fármaco puede hacer que la frecuencia de salida de la segunda neurona esté codificada en una frecuencia inferior, por ejemplo 10 por segundo. Al cerebro le llegará información trucada. Previsiblemente, menos dolor proyectado a la consciencia.

Podemos seguir modificando la frecuencia de la señal neuronal a niveles superiores. Podemos aplicar campos electromagnéticos a distintas áreas cerebrales implicadas en la generación de la percepción de dolor. Podemos activarlas o inhibirlas modificando los parámetros de la estimulación.

En definitiva, podemos modificar la frecuencia de las señales que portan información de los tejidos y también la de las áreas cerebrales que pueden modificar por vía descendente la generación y tráfico de la señal de nocividad. De abajo-arriba y de arriba-abajo.

Sin embargo no es tan sencillo pues la red neuronal tiene sus propios criterios y puede reorganizarse tras la aplicación externa de una “neuromodulación” y salirnos el tiro por la culata. o por sitios insospechados. A la modificación externa de la frecuencia puede seguir una respuesta de la red de signo contrario. También, a través de la expectativa puede liberarse el efecto placebo, es decir, una “modulación” favorable.

Una interpretación ambigua y poco estricta del verbo “modular” es el de “regular”, “reordenar”, “restituir”.

A través de fármacos o aplicación de estímulos electromagnéticos se propone una “neuromodulación” en sentido ambiguo, laxo. Se sugiere que podemos restituir un equilibrio perdido, algún exceso o defecto de algún neurotransmisor “modulador” (serotonina, dopamina…).

Evidentemente una intervención cognitivo-conductual también “neuromodula” Cualquier intervención “terapéutica” “neuromodula”. La vida es un proceso continuo de “neuromodulación”.

El problema reside en asumir ese proceso como una cuestión propia, del aprendizaje responsable e inevitable, o abandonarse en manos de diversas “neuromodulaciones” externas, farmacológicas, electromagnéticas, músculoesqueléticas o dietéticas.

Lo importante son los hechos, el daño real y/o potencial, y las hipótesis que el cerebro construye para valorar la probabilidad de esos hechos.

El cerebro evalúa realidades imaginadas, con más o menos fuste y racionalidad.

La cultura puede “neuromodular” la red nociceptiva en una dirección sensibilizante, facilitar la generación y tráfico de señales erróneas de peligro, aumentar su frecuencia, aun cuando tal peligro no se esté produciendo.

No hay problema. Siempre podremos “contraneuromodular”, aplicar terapias que devuelven la modulación a las frecuencias razonables.

Imagine un plato cocinado con errores, según los cánones de la buena cocina. Podríamos añadir un “modulador” que detectara y corrigiera dichos errores, cualesquiera que estos fueran.

Todo es posible.

También cabe aprender a cocinar.

 

 

 

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Proinflamatorios

Desde la perspectiva (errónea) de que el dolor surge necesariamente de

1) tejidos amenazados en la zona sobre la que este se proyecta en la conciencia y/o

2) de un estado de sensibilización de las neuronas que vigilan daños consumados o potenciales (nociceptores)…

Hay un afán por detectar en el caso 2 (sensibilización de nociceptores sin amenaza real de daño) marcadores biológicos que certifiquen molecularmente dicho estado sensible.

Se buscan moléculas sensibilizadoras en la zona doliente o en la sangre y si se encuentran se concluye que se ha dado con el origen del dolor, con su marcador biológico responsable.

Las citoquinas son moléculas mensajeras. Son liberadas por muchos tipos celulares informando a la propia célula (información autocrina), a las vecinas (información paracrina) o a células distantes (información endocrina) del evento detectado por la célula secretora. Las células que reciben el mensaje responden adaptando su actividad a lo que el mensaje obliga.

Cuando existe un daño consumado los tejidos dañados liberan moléculas señal de estrés-muerte. Las células del sistema neuroinmune del lugar detectan esas señales y responden sensibilizando nociceptores (neuronas vigilantes) y células inmunes. La respuesta inflamatoria se despliega para proteger y reparar el destrozo. Cualquier estímulo, aun cuando sea inofensivo, actuará sobre unos nociceptores sensibilizados y generará señal que, en función de otros factores, emergerá o no en la conciencia como dolor.

El problema surge cuando no hay daño. Por ejemplo, en la migraña, fibromialgia o dolor crónico (no asociado a daño).

Por principio se busca en la zona doliente algún marcador biológico (“somático”, “físico”) de que hay movida allí donde duele. Por ejemplo, citoquinas “proinflamatorias”, es decir, mensajeros que han sido liberados, no por células dañadas pues no hay ningún daño, sino por células vigilantes sensibilizadas.

Al igual que sucede con otros marcadores, por ejemplo genéticos, si se buscan se encuentran.

Donde duele encontraremos mensajeros sensibilizantes, “proinflamatorios”, citoquinas.

Se ha abierto el melón. A partir de ahí se analizan alimentos proinflamatorios, actividades anti-inflamatorias, estados de ánimo pro o anti-inflamatorios, efectos pro o anti-inflamatorios del estrés. De la hipótesis se pasa a la verificación simplemente aduciendo que lo propuesto se justifica por su acción sobre las citoquinas.

Lo que uno coma producirá más o menos citoquinas proinflamatorias y, por tanto, explicará por qué padece dolor. La solución es fácil: comer alimentos con actividad anti-inflamatoria.

En la fibromialgia se describe aumento de citoquinas proinflamatorias. Todo explicado.

Bien pero ¿cómo se explica dicho aumento?

Misterio. Previsiblemente es un problema autoinmune. Las células del sistema inmune que liberan esas citoquinas mensajeras, aun cuando no debieran hacerlo porque nada amenazante sucede, están sometidas a un estado patológico de sensibilización.

El dato, si se verifica, debe respetarse.

La cuestión es ¿qué hace que se liberen esas citoquinas?

Por ejemplo, y sólo es una hipótesis: ¿puede un estado de evaluación central de amenaza generar y explicar esa suelta de mensajes de alerta?

¿Estamos ante un efecto o una causa?

Puede que sólo sea una correlación y no una causa.

El organismo funciona como una unidad altamente integrada, con todo tipo de controles para activar respuestas y regularlas. La información es clave. Cuando algo relevante sucede se disparan las respuestas autocrinas, paracrinas y endocrinas. Las citoquinas sirven de enlace para comunicar qué, quién y dónde se debe responder.

No estaría de más hacer comprobaciones con las citoquinas.

Por ejemplo: ver si, tal como se propone, están aumentadas y ver qué sucede tras un efecto placebo o una intervención pedagógica.

También se han descrito “alteraciones” (es decir, cambios) en el volumen de áreas de la corteza cerebral o en su conectividad en la migraña, fibromialgia y dolor crónico.

Sabemos que esos cambios son reversibles. Una intervención cognitiva lo consigue.

Hay una tendencia a explicarlo todo por la vía inflamatoria: el Alzheimer, la diabetes, la arterioesclerosis, la depresión, la fibromialgia, la migraña, el cáncer… y, por supuesto, el dolor no justificado.

Muchos bendicen con entusiasmo esta vía.

Teníamos los genes, los estreses, la toxicidad ambiental, la alimentación, las hormonas, el sistema inmune, la infección oculta, la epigenética…

Ahora se lleva la inflamación soterrada. Necesitábamos el marcador y ya lo tenemos: CGRP, citoquinas…

Todo es química…

Hay que matar mensajeros…

 

 

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Grupos

En mi opinión la acción más importante frente al dolor, una vez se ha descartado una causa realmente relevante que no sólo lo explica sino que lo justifica, es la informativa.

El padeciente debe conocer la trama neuronal del dolor, su sentido evolutivo, qué es una percepción, la trascendencia de la función evaluativa, las expectativas y creencias, la dependencia cultural en nuestra especie, qué es el sistema de recompensa y un largo etcétera.

Asumir la importancia de la información obliga al profesional a dedicar el tiempo necesario para adquirir el conocimiento que después deberá transmitir… si dispone a su vez del tiempo que exige la exposición.

Con 10 minutos por paciente y consulta no basta.

El padeciente pide analgesia, no un discurso inesperado sobre la complejidad biológica de su dolor.

– Todo esto es muy complejo

Puede que la explicación neuronal sea mal interpretada como una sugerencia de origen psicológico.

–  Entiendo lo que me quiere decir pero no es mi caso. Yo no soy así… A mí me duele.

La información en grupo solventa estos problemas. Durante unas horas, intensivas o repartidas en sesiones y una revisión al cabo de unos meses, se explican los conceptos básicos de la actividad neuronal, se desmontan conceptos falsos vendidos como verdaderos y se intenta desactivar los miedos acumulados en el período de aprendizaje inconsciente.

Se gana y se optimiza el tiempo. Los padecientes descubren que los compañeros del grupo soportan el mismo infierno y se deshace con facilidad el posible malentendido de la psicogenia.

La atención en la clase está enfocada al conocimiento y no al remedio, a la terapia.

En la revisión cada uno cuenta su peripecia tras las explicaciones, sus fórmulas de afrontamiento desde el nuevo esquema. Unos van bien, otros igual o peor. Muchos han reducido o abandonado las terapias a la vez que han decidido retomar actividades y hábitos perdidos por ser temidos.

Siempre existe el riesgo del alumno atascado que no consigue nada a pesar de aceptar y comprender el nuevo marco teórico y plantar cara a su organismo. El ejemplo de los pequeños o grandes éxitos ajenos puede servir de acicate o, al contrario, provocar la desesperación, la convicción del fracaso tras haber puesto toda la carne en el asador.

Este sábado tenemos la revisión de un grupo. Ya les contaré.

Previsiblemente habrá de todo pero es un encuentro necesario, productivo. El impacto pedagógico se potencia después de compartir la experiencia de otros y exponer la propia.

En cualquier caso siempre ha resultado una experiencia positiva.

El conocimiento aporta una base desde la que el padeciente explora, juega, desde la condición plástica de los procesos biológicos suspirando por el cambio de conexiones.

Dicen que en el futuro podremos apagar y encender áreas cerebrales a demanda. El conocimiento ya no tendrá sentido. ¿Duele? Apagamos el área responsable. ¿No podemos dormir? Apagamos el cerebro vigilante. Los recuerdos que antaño nos mortificaban los podremos neutralizar con un campo magnético o un rayo lasser, aplicados en el lugar adecuado.

Yo no estaré aquí para comprobar si ese futuro prometido se hará realidad.

De momento sigo pensando que podemos actuar con el conocimiento y el juego libre y confiado para modificar, es decir, racionalizar, la actividad de las áreas que construyen y aplican el miedo como única estrategia.

“No hay cosas que temer, sólo comprender” decía Marie Curie.

Cierto.

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Síntomas y procesos biológicos

Un síntoma es sólo eso, un síntoma, una proyección a la consciencia (percatación) propia y/o ajena de un proceso biológico que lo ocasiona y que debemos evaluar.

El organismo hace sus evaluaciones. En realidad es un sistema evaluativo complejo, continuo. Funde el pasado, el presente y el futuro sin descanso, integrando probabilidades atribuidas a cada escenario, anticipando, prediciendo, deseando, temiendo, en función de experiencias propias y ajenas e instrucciones de expertos.

La migraña, la fibromialgia, el dolor crónico… son etiquetas que agrupan un número limitado de síntomas. La etiqueta no clarifica el proceso. Simplemente lo enfoca con la intención de desvelar la entraña del proceso biológico que genera esos síntomas.

– Por fin han dado con lo que tengo: migraña.

Dar con la etiqueta habilitada por los profesionales no supone siempre un avance. Si estamos ante una etiqueta infecciosa, endocrina o carencial sí lo es:

– Tiene usted fiebre tifoidea o hipotiroidismo o el sodio muy bajo.

La etiqueta contiene el conocimiento del proceso que explica los síntomas y el remedio a aplicar, con éxito.

Cuando por fin uno sabe que los síntomas son debidos a la etiqueta “migraña”, “fibromialgia”, “dolor crónico” u otras muchas, aun cuando puede sentir el alivio de que, aparentemente, han dado con el origen de su padecimiento e invalidez, en realidad no hay ningún avance.

– ¿Qué es la migraña, fibromialgia…? ¿Por qué tengo “dolor crónico”?

Hay varias opciones de respuesta:

  1. “No se sabe”. Es un proceso complejo. Intervienen muchos factores. biológicos, psicológicos y sociales.
  2. Es una enfermedad genética, vascular, autoinmune, infecciosa, sistémica, degenerativa, tóxicoambiental, alimentaria, disenergética…
  3. La función evaluativa es incorrecta. Hay una gestión errónea de los recursos defensivos, en base a una idea de amenaza completamente alejada de la realidad.

– ¿Tiene tratamiento?

La opción 1 le ofrecerá calmantes de los síntomas y “moduladores” de no se sabe bien qué.

La opción 2 consolidará la convicción de un organismo enfermo, desgastado, con infecciones ocultas, el sistema inmune descontrolado, músculos contracturados y articulaciones viejunas. Ejercicio aeróbico, relajación, vida saludable, dietas, complementos, prebióticos. Ante todo aceptar la condición de enfermedad, defenderla y esperar desesperanzado a que los avances de la ciencia den con el remedio.

La opción 3 centra la atención en el proceso evaluativo, en los miedos y deseos irreales, en las creencias y expectativas desviadas. La herramienta de trabajo es el conocimiento y su aplicación práctica en la vida cotidiana. Incluye el protagonismo del padeciente, le dota de una capacidad teórica de influir en la gestión del organismo que habita.

– ¿Qué es la migraña?

– Dolor de cabeza rítmico (no pulsátil), a veces en media cabeza, con náuseas e intolerancia sensorial.

– ¿Qué lo origina?

– Un estado evaluativo que atribuye la posibilidad-probabilidad de una amenaza de destrucción violenta de los tejidos de su media cabeza (de ahí el dolor). La amenaza se considera que puede entrar o haber entrado por vía digestiva (de ahí las nauseas-vómitos) y se activa el estado preventivo de no salir del refugio y bloquear la interacción con el exterior (de ahí la intolerancia sensorial).

– Suena muy raro. ¿Tiene tratamiento?

– Por supuesto. Tenemos que influir en el proceso evaluativo. Desaprender lo aprendido. Modificar las creencias y expectativas, desensibilizar la vida, liberarla de ataduras absurdas.

– ¿Eso es todo? ¿No me da ningún tratamiento?

– Ya los ha probado todos. No es una cuestión de terapias sino de aprendizaje.

Desde la perspectiva de la etiqueta vacía de contenido o rellena de misterio no se puede interiorizar el proceso biológico responsable. Sólo se consigue avivar la vigilancia sensible, el miedo.

Desde la perspectiva evaluativa podemos influir en el proceso, sin garantía absoluta pero sí con un alto grado de probabilidad.

Los síntomas en los casos que nos ocupan señalan una distorsión evaluativa. Si queremos incidir, de verdad, en el proceso, debemos armarnos de conocimiento y apoyarnos en él para tomar cartas en el asunto evaluativo. Formamos parte del organismo. Somos organismo.

¿Se sabe? ¿se cura?

Algo sabemos y algo podemos ayudar.

– Decídase. No tiene nada que perder, salvo los síntomas.

 

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Burbujas

 

Homo sapiens (m.n.t) evolucionó a golpe de exploración de todos los hábitats posibles e imposibles. La opción de sustituir asas intestinales por circunvoluciones cerebrales le permitió hacerse con sustento, cobijo y amparo de la manada en condiciones variadas e inciertas.

Somos una especie de éxito. Nuestra expectativa de vida ha alcanzado cotas inimaginables. La inmortalidad está ahí, al alcance de nuevas tecnologías. Puede que consigamos individuos potencialmente inmortales aun cuando no esté claro que el planeta esté por la labor.

El secreto está en el hábitat garantista que nos hemos procurado, gracias a la cultura acumulada.

Disponemos de lo necesario para la supervivencia física; controlamos enfermedades antaño letales; sabemos lo que es bueno y es malo, lo que debemos hacer y evitar; podemos escoger la temperatura ambiente: disfrutar del fresquito en un día tórrido de verano y de calorcillo en una noche gélida de invierno; nos protegemos de la excesiva luminosidad con una amplia gama de gafas de sol; disponemos de alimentos controlados, sin gluten ni lactosa, libres de gérmenes y productos tóxicos.

Hemos habilitado una amplia gama de burbujas garantistas que nos libran de todo tipo de nocividades. Sólo tenemos que conocer las reglas del buen vivir, del fitness físico, social y mental y seguirlas aun cuando resulten aburridas y exigentes.

Si algo va mal es porque hemos salido defectuosos de fábrica o no cumplimos con las normas.

Homo sapiens (m.n.t.) ha accedido al confort de las burbujas pero sin que sepamos bien por qué y sorprendentemente, no es feliz en muchos casos. Dolor, cansancio, desánimo, desgana…

La vida en la burbuja puede ser la responsable: el sofá, la tele, el coche, el frigorífico… degeneran huesos, músculos y articulaciones. Habría que ir al gimnasio, a natación, seguir dietas… privarse de la vida muelle. Puede que ya sea tarde.

Muchas veces el ciudadano ha seguido todas las normas y a pesar de ello (o quizás debido a ello) no se encuentra bien: anda mortificado e invalidado por el dolor y el cansancio.

¿Quizás el estrés? Para acceder a la burbuja hay que ganarse la pela y eso desquicia. La obsesión por no perder el tiempo nos ha privado del placer de perderlo. No nos queda un momento para mirarnos plácidamente el ombligo y dejar que la mente vagabundee para poner en orden el bureo de cada día..

No hay problema: meditación, yoga, relajación, terapias, talleres…

El 2016 está vencido. Las promesas siguen incumplidas en muchos casos. Los nuevos tratamientos han resultado un fiasco. No pasa nada: vendrán o están ya viniendo otros.

El nuevo año nace con la oferta de viejas y nuevas burbujas. Los mercadillos bullen.

Homo sapiens (m.n.t.) sigue apostando por controlarlo y evitarlo todo. Se ha vuelto hipervigilante e hiperintolerante. Receloso. Miedica. Ninguna burbuja satisface plenamente.

Hemos contaminado demasiado la atmósfera en nuestro afán de conseguir la burbuja perfecta.

Puede que la contaminación alcance especialmente a la capa más sensible: la infosfera, el espacio-tiempo en el que se va acumulando todo el poso tóxico de las recomendaciones que ofrecen el acceso al buen vivir.

El año saliente fue un buen año para hacer un contundente corte de mangas a gran parte de las reglas predicadas, a las insinuaciones equívocas de diversas burbujas.

Si no lo hizo, no se preocupe: 2017 es también un buen año para romper burbujas y respirar el aire fresco de lo incierto.

Homo sapiens (m.n.t.) está especialmente habilitado para explorar hábitats inciertos. Le va la marcha. Necesita ser libre, equivocarse, encontrar su propio hábitat, singular, desconocido para los regidores de las burbujas.

Cuídese lo necesario pero no olvide también descuidarse.

Es saludable.

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El dolor meníngeo de la migraña

Por principio, por dogma incontrovertible, se considera que el dolor migrañoso necesariamente surge de las terminales meníngeas y vasculares del trigémino. En ausencia de un daño que las active, no cabe otra posibilidad que la de su sensibilización extrema. Dicen.

Un estímulo banal como el latido arterial, mover la cabeza, toser… hace que las terminales nerviosas del trigémino liberen “señales de dolor”, dada su condición hipersensible.

¿Cómo se llega a ese estado de hipersensibilidad extrema?

Se da por supuesto que existe una genética responsable. Esa genética crea espontáneamente o con el empujón de un desencadenante, una perturbación cerebral que acaba, no se sabe por qué mecanismo, dando lugar a la exigida sensibilización meníngea.

El cerebro, según dicta otro dogma incontrovertible, no duele. Sólo las terminales meningovasculares del trigémino pueden generar dolor. Dicen.

Hoy en día se acepta que la perturbación cerebral inicial responsable es un fenómeno eléctrico cortical denominado “Onda de depresión cortical propagada”, responsable del aura migrañosa. Se daba por sentado que la onda iniciaba el proceso que acaba sensibilizando las terminales del trigémino.

En ratones podemos provocar esa onda abriendo la cabeza y pinchando un área cortical. Aparece la respuesta de la “Onda de depresión cortical propagada” y se comprueba que al cabo de unos cuantos minutos las terminales del trigémino se han sensibilizado. Un estímulo mecánico banal aplicado a las meninges genera “señales de dolor” en las fibras del trigémino. Esas señales se pueden registrar en el núcleo correspondiente.

Bingo.

En el principio fueron los genes: hiperexcitabilidad cortical.

Esos genes crean alguna condición química cortical que desencadena la Onda.

La Onda libera mediadores proinflamatorios en el líquido cefaloraquídeo que baña las terminales del trigémino y eso explica que aparezca el dolor.

Todo es química. Los genes son química. La perturbación de la onda es química. Los mediadores proinflamatorios son química. Los “receptores de dolor” del trigémino son química. Las “señales del dolor” de las terminales sensibles son química. Las explicaciones y soluciones deben ser químicas.

Cuestiones:

El dolor no se origina en los nervios sino en el cerebro. Demostrado.

Sólo el cerebro duele (o “duelea”, si se prefiere). Demostrado.

Una hipótesis: una agresión a la integridad física del cerebro del ratón podría desencadenar una respuesta defensiva en la red meníngea. Existe la posibilidad de que esa activación se produzca por vía neuronal, a través del circuito, desde el cerebro hasta el trigémino y no por vía del líquido cefaloraquídeo. Esta hipótesis violaría otro dogma: el de la transmisión unidireccional de la información (Ley de polarización dinámica de Cajal). Puede que el dogma sea falsable.

Sigue sin explicarse satisfactoriamente la capacidad de autoexcitación cortical que da lugar a la Onda. Abrir la cabeza del ratón y pincharle el lóbulo frontal no es algo banal.

No todas las auras generan dolor

El dolor se limita con frecuencia a un lado.

Los supuestos mediadores proinflamatorios liberados en el líquido podrían difundirse por todo el conducto raquídeo y hacer que doliera todo el cuerpo, cosa que no sucede.

Quedan otras cuestiones: el efecto placebo, la cultura, las expectativas, las creencias, el miedo…

Seguimos donde estábamos: el origen periférico del dolor, por narices. La química como única alternativa.

Bienvenidos sean todos los datos de investigación. Ahora sabemos que si provocamos la Onda aparece la sensibilización mecánica de las terminales trigeminales meningovasculares.

Correlación no es igual a causalidad.

Toda la parafernalia química de la migraña puede desbaratarse en muchos casos cambiando expectativas y creencias.

Es un dato de investigación que también debe tenerse en cuenta… pero no se tiene.

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Esforzarse

La supervivencia física era, antaño, una cuestión complicada. Procurarse cobijo, sustento y amparo social exigía esfuerzo, reciprocidad, exploración de un entorno incierto y errores en los intentos, con costes y beneficios variables. La cobertura social en situaciones de carencia o vulnerabilidad era limitada y el individuo debía sopesar con rigor la eficiencia de sus acciones, aprendiendo con cada intento (error-ensayo-error).

El organismo, a través de una compleja circuiteria, regulaba la conducta del individuo respecto a la consecución de objetivos, proyectando sentimientos de motivación hacia la exploración y de ejecución de conductas de consumición-consumación cuando se encontraba en un escenario que ofrecía un valor.

La civilización trajo consigo una mayor garantía de supervivencia a base de facilitar unos mínimos, sin necesidad de aplicar esfuerzo ni asumir riesgos. Hoy en día es posible sobrevivir sin esfuerzo, gracias al amparo social, pero ello trae consigo un déficit de motivación, de asunción de esfuerzo e incertidumbre y el desplome de la satisfacción y recompensa que trae consigo el éxito de las conductas exploratorias esforzadas que cumplen el objetivo.

En laboratorio se puede ofrecer a los ratones dos vías para hacerse con la comida: un recipiente con “comida basura” siempre disponible, sin esfuerzo ni exploración y otra que exige la exploración conductual para dar con el mecanismo que aporta comida de calidad. En el primer caso el ratón come cuando y lo que quiere. Sólo tiene que acercarse al cuenco de la comida. En el segundo, debe explorar la jaula y dar con el resorte que, en caso de éxito, y con fallos de por medio, le facilita comida de calidad, apetecible, reforzadora de la conducta de exploración.

El denominado “sistema de aversión-recompensa” o “sistema motivacional” promueve sentimientos de motivación hacia la exploración con esfuerzo y asunción de incertidumbre o los contrarios: desmotivación y abandono hacia la supervivencia física y social por la vía “fácil” que ofrece “comida basura”, siempre disponible.

En contextos de enfermedad (real o imaginada) o condiciones adversas del entorno (reales o imaginadas) el sistema motivacional desactiva las dinámicas exploratorias y proyecta el sentimiento de desgana y falta de energía incitando al estado de dependencia del amparo social.

El individuo se ve así sometido a dos propuestas contrarias: la del esfuerzo con resultado incierto y la de la desmotivación hacia la aventura exploratoria.

En el dolor crónico prima el estado de desmotivación. La exploración se des-orienta del entorno natural, con esfuerzo e incertidumbre, hacia el consumo de las terapias y alivios físicos y psicológicos que el amparo social promete y no siempre cumple.

El dolor, la desgana, la sensación de falta de energía y la rumiación negativa catastrofista de pasado, presente y futuro, se proyectan en la conciencia. Al individuo sólo le queda la esperanza de que algún día se descubra la enfermedad y su antídoto, que se cumpla la expectativa prometida: todo es susceptible de ser etiquetado como enfermedad y solucionado o aliviado con la aplicación de una o varias terapias.

El sistema motivacional se atasca así en el círculo vicioso de un organismo y un entorno social imaginados, enfermo aquél y vacío de soluciones este, renunciando a la exploración incierta de la realidad con el único norte de que las promesas lleguen a cumplirse para recuperar la percepción de salud, las ganas de vivir, la motivación hacia la exploración pero ello sólo es posible desde la convicción de organismo sano que sólo será posible son nuevos tratamientos.

El sistema motivacional convierte sus evaluaciones y decisiones en liberación de dopamina, el mensajero de la motivación. Poca dopamina, poca motivación.

Una lectura farmacológica simplista aconsejaría la terapia con dopamina para paliar el déficit. Es lo que sucede en la enfermedad de Parkinson. Degeneran y mueren las neuronas que la producen y como consecuencia la desmotivación requisa el impulso a la exploración. Si se soluciona el déficit con fármacos se recupera el ánimo, la motricidad y disminuye el dolorimiento pero se abre el camino hacia una motricidad excesiva y patológica (discinesias) y las conductas compulsivas-adictivas así como hacia las alucinaciones y el pensamiento mágico.

No es cuestión de poca dopamina sino de evaluaciones, decisiones, convicciones, aprendizajes, creencias y expectativas razonables.

– Deme algo para el dolor.

– Está usted sano. Explore sin miedo el mundo.

O las terapias externas y el amparo social de mínimos o la exploración con incertidumbre.

Son caminos divergentes. Hay que acertar en la elección.

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“No somos tontos”

Antes de ayer tuvimos la edición 20 del curso intensivo para pacientes de migraña.

A lo largo de ocho horas explicamos conceptos básicos de Biología del Sistema Neuro-inmune de defensa: el modo cómo defiende el organismo, y los despropósitos que pueden sobrevenir en su actuación a la hora de activar estados de amenaza, aun cuando no existan condiciones objetivas que los justifiquen.

La migraña es uno de esos despropósitos. El cerebro es el gestor de nivel superior de los recursos defensivos. De sus evaluaciones se derivan estados de alerta justificados e injustificados. No nace con el oficio aprendido sino que debe aprender a decidir tras un largo período de aprendizaje nutrido de experiencias propias, observación-imitación de ajenas y consejos de instructores más o menos expertos, que a su vez son instruidos con más o menos fiabilidad.

Hay mucho que explicar en el curso y algunos conceptos pueden ser complicados. Después de las ocho horas los alumnos están en condiciones de comprender la trama de la migraña, la dependencia del aprendizaje y la posibilidad bastante probable de afrontar el problema desde un marco radicalmente opuesto.

La mayoría ha acudido en múltiples ocasiones a recibir explicaciones y remedios a doctores generalistas y neurólogos, amén de ofertas alternativas variadas.

Las explicaciones habitualmente han sido escuetas e insatisfactorias y en alguna ocasión, ofensivas.

La migraña es genética, misteriosa e incurable y está facilitada por la mala práctica como pacientes. Eso les dicen.

Recientemente en un Congreso sobre “Reconceptualización del dolor”, una ex-padeciente de migraña intervino para exponer su experiencia con la migraña. Se dirigió abiertamente al colectivo de Médicos de Atención Primaria desde la tribuna y, entre otras cosas, les dijo: “no somos tontos; podemos comprender las cuestiones si se nos explica”.

No siempre los profesionales disponen para sí mismos y para sus pacientes de explicaciones satisfactorias. De ahí el “no se sabe”; “es un misterio” y el cargar injustamente la responsabilidad de lo que sucede a los pacientes, a sus genes, su personalidad y sus hábitos o al empeño en automedicarse.

Sostienen aún los neurólogos que el dolor de la migraña surge, necesariamente, de terminaciones sensibilizadas del nervios trigémino alrededor de los grandes vasos del cráneo.

Sostienen también que el cerebro no duele.

Por supuesto, el origen es genético.

El dolor pulsátil, es decir, arterial.

Recomiendan identificar y evitar desencadenantes varios.

Nada de ello es cierto.

No cuentan nada de lo que la neurociencia actual sostiene sobre cuestiones pertinentes en todo tipo de dolores.

No hacen ascos a que el paciente pruebe ofertas alternativas y ven con buenos ojos una consulta con el psicólogo o el psiquiatra.

Sabemos que la imitación y la instrucción experta son factores de alta pertinencia en nuestra especie.

Sabemos que el dolor es rítmico pero no pulsátil.

Sabemos que el cerebro duele si se estimula el sitio adecuado.

Sabemos que la genética no lo es todo y que no existe ese pretendido “gen de la migraña”.

Sabemos que si se identifica algún desencadenante no debe evitarse sino habituarse a él de modo progresivo.

Sabemos también que las terapias siempre van acompañadas de un efecto placebo sustancial.

Sabemos que conocer la trama neuronal del dolor ayuda a su control.

Todo eso es sabido y lo explicamos a nuestros alumnos.

Por nuestra parte, desde la experiencia con grupos de alumnos, sabemos que un alto porcentaje de ellos, superior al 70%, mejorarán sustancialmente, simplemente por haber sabido que lo que les han dicho previamente no es cierto y que hay cosas ciertas que desconocían.

Sabemos también, que los alumnos no son tontos sino muy aventajados, que escuchan atentamente, y echan mano de libros y blogs donde se amplían sus conocimientos.

 Desde el nuevo marco le echan coraje y aplican lo aprendido para ganar una batalla, aunque en ocasiones resulte especialmente dura.

Pues eso: “no son tontos”. Se merecen una oportunidad. No le defraudarán.

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Evitación de daño; evitación de dolor.

 

Todo ser vivo dedica gran parte de su actividad a detectar y evitar el daño, la destrucción de sus tejidos.

Evitamos lo que nos perjudica o creemos que es así y buscamos lo que necesitamos, también en función de nuestras creencias.

Buscamos agua, alimento y cobijo para evitar daños. El objetivo no es evitar sentir hambre, sed o desprotección sino los estados de amenaza que dan lugar a esos sentimientos.

Lo mismo sucede con el dolor. No se trata de evitarlo sino de eliminar los estados del organismo que lo generan, con o sin fundamento.

Si el hambre y la sed aparecen en el contexto de no haber probado bocado ni trago en unos días no nos centramos en la búsqueda de una terapia de los sentimientos de sed y hambre sino en hacernos con comida y bebida.

Si el hambre y la sed se proyectan en la conciencia injustificadamente, sin un contexto de carencia, el objetivo sería el de desoir el requerimiento de un organismo bien nutrido e hidratado y desviar y concentrar la atención en otras tareas.

Para calmar el hambre y sed injustificada disponemos de alimentos y bebidas. Los conseguimos sin esfuerzo en nuestro hábitat privilegiado actual.

No vamos al médico a descartar una desnutrición o deshidratación oculta ni a por un calmante. Abrimos el frigorífico y nos damos un bocado y un trago.

– Llevo un tiempo sintiendo hambre. ¿No tendré algo?

– Es todo normal. Tiene que comer menos y hacer ejercicio.

Cuando sentimos dolor podemos plantearnos al principio dudas sobre su origen, si este surge por alguna situación de amenaza física, un daño que lo explica y justifica.

– Siento dolor. ¿No tendré algo ?

– No tiene usted nada. Es todo normal. Tome estos calmantes…

La estructura del dolor sin daño es la misma que la del hambre y sed sin desnutrición-deshidratación.

Sin embargo los profesionales han instruido a la ciudadanía en la convicción de que el dolor que surge de modo injustificado debe calmarse precozmente con calmantes.

– Deme algo para el dolor.

– No tiene usted nada, ningún daño. Haga vida normal. No deje que el dolor le marque la hoja de ruta.

No existen tipos de hambres y sedes. Existen dos posibles situaciones que las generan: 1) la necesidad y 2) la apetencia por comer y beber innecesariamente.

Los profesionales han descrito innumerables tipos de dolor, cada uno con una propuesta de origen y remedio específico.

Sólo hay un dolor pero existen dos estados que pueden generarlo: un daño actual o un estado imaginado de amenaza.

Si hay daño debe identificarse y corregirse. Si no lo hay debe desactivarse la maraña de creencias y expectativas falsas que lo generan.

– Tiene que comer menos. No beba tanta agua

Para aplacar el dolor no disponemos del equivalente del agua y la comida para la sed y el hambre. Suspendemos la actividad y le damos al organismo el placebo que nos solicita.

Comprensible pero erróneo. Esa es la teoría. Cumplirla es otra cuestión.

– No se quede en el cuarto oscuro. Muévase. Haga lo que siempre ha deseado hacer. Vuelva a la normalidad perdida.

– Lo intento pero no es fácil.

– Lo sé pero al menos tengo que darle el consejo. Los otros consejos no le han funcionado. No es cuestión de terapias sino de hacer lo que, teóricamente, debe hacerse. En su caso, llevar una vida normal sin amuletos ni rituales.

El dolor es el correlato consciente del miedo del organismo al daño. Si hay daño, el miedo se justifica. Si no lo hay, ocuparse de evitar el dolor con terapias es alimentar el despropósito.

Lo sé. Son teorías.

 

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