Daño muscular

 

Todos los tejidos (células y espacio extracelular) pueden morir por impacto de un agente o estado incompatible con la supervivencia. Temperatura extrema, compresión-estiramiento, ácidos, infección… pueden acabar con la vida de una célula competente, sana. Esa muerte inopinada e improductiva libera al espacio extracelular una peligrosa química que puede extender el peligro a toda la vecindad celular. El sistema neuroinmune detecta el evento y reacciona con la respuesta inflamatoria.

El músculo no es una excepción. Puede quemarse, desgarrarse, machacarse… o no recibir el aporte de energía necesario para cumplir con la compleja tarea de la contracción-relajación, entrando en este caso en un estado de estrés metabólico potencialmente letal (infarto).

El músculo hace lo que le dicen y puede. Las neuronas que proceden de las altas esferas neuronales dictan cuándo debe contraerse.

Si se produce un evento nocivo el músculo se limita a padecer las consecuencias. Las neuronas vigilantes extienden sus ramas a todos los rincones musculares y detectan las señales de muerte consumada o inminente, en los tejidos de su campo receptor.

Las neuronas nociceptoras (detectoras de nocividad consumada o inminente) transforman las señales de peligro-daño en potenciales eléctricos que informan a los centros de procesamiento-respuesta, desde la médula a la corteza cerebral, del suceso de daño o de su inminencia.

La contracción muscular, en condiciones de aporte sanguíneo suficiente, no pone en peligro la integridad de las fibras musculares, si no se supera el umbral de seguridad por un trabajo excesivo. Las fibras se contraen y relajan consumiendo su cuota de energía correspondiente dentro de una generosa banda de seguridad metabólica.

No tiene sentido hablar de dolor muscular, pero sí de daño consumado o inminente de fibras musculares.

Si la actividad estática (postural) o dinámica genera dolor ( en condiciones de aporte arterial normal), es poco probable que ese dolor indique que el músculo está en peligro.

Tampoco es habitual que las fibras musculares queden contraídas por fallo del mecanismo de relajación.

Pocas actividades del organismo están tan controladas por la red neuronal, como la del trabajo muscular. Al fin y al cabo dependemos de los músculos para salvar el pellejo y conseguir objetivos de todo tipo.

Los músculos, sin embargo, están sometidos al dictado de la función evaluativa. Si la actividad está considerada como amenazante o improductiva, aparecerá en la conciencia la percepción de dolorimiento-fatiga, haya o no motivo para ese temor cerebral.

Al músculo se le imputan incompetencias que no le corresponden.

El cerebro se va de rositas. Al parecer no alberga creencias ni expectativas. No existe aprendizaje tutelado por la cultura. El miedo es cosa del individuo catastrofista e hipocondríaco o de su lamentable musculación.

L leyenda negra dice que el músculo se encoje, acorta y achata. Entra en un ¡ay! a las primeras de cambio, aun después del descanso nocturno, ante el primer requerimiento de actividad.

– Me levanto molido.

Parece que el sueño “poco reparador” haya almacenado miasmas y toxinas que acogotan las fibras musculares.

Los músculos no se merecen este trato y esa nula consideración.

Son chivos expiatorios de la irracionalidad kafkiana del cerebro.

No es justo.

Urge una reparación. Una puesta en libertad.

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Dolor músculo-esquelético

Gran parte del dolor que aflige, sin motivo justificado, a la ciudadanía, se dice que es “músculo-esquelético”.

Y eso, ¿qué es?

Pues no lo sé bien. Previsiblemente, quien utiliza ese término, da a entender que el dolor surge de un aparato locomotor que sufre, por una mezcla de sobre-esfuerzo estático y dinámico y una condición degradada a consecuencia de ese esfuerzo, mantenido a lo largo del tiempo.

Algunos complementan el estrés de la carga física, con el de la carga psicológica. Ese estrés psicológico se expresa a través de una contracción muscular, “tensional”, y esa tensión muscular sobrecarga, más aún, unos tejidos músculo-esqueléticos vulnerables.

La sobrecarga física y psicológica sería el caldo de cultivo que explica el origen del dolor.

Una vez que aparece, ya es tarde. Sólo cabe minimizar el esfuerzo, potenciar la protección muscular y relajar el patio psicológico. Con los años sólo se puede esperar que todo empeore.

Por si fuera poco, aparecen enfermedades sobreañadidas, misteriosas, que vuelven hipersensible la red neuronal, haciendo que las señales que llegan de tejidos degradados y sobrecargados, se amplifiquen en las diversas capas neuronales de procesamiento. Los estímulos banales, inofensivos, resultan intolerables.

Al final al perro flaco todo se le vuelven pulgas. No hay nada que funcione razonablemente bien.

¿Y las terapias?

Variopintas y abundantes. Fármacos, masajes, estiramientos, musculaciones , ejercicios, métodos, relajaciones, psicoterapias, dietas, meditaciones, reprogramaciones…

Equipo multidisciplinar.

A veces el ciudadano se siente reconfortado con tanta atención y se resigna, agradecido a la atención recibida, esperando tiempos mejores, nuevas terapias.

No siempre es así.

– No tiene nada. Es todo normal. Yo ya he hecho todo lo que está en mi mano. Le doy el alta…

Los profesionales desacreditan al paciente y su relato del dolor.

– No le tendría que doler…

¿Y el cerebro?

Dicen que es donde se generan todos los dolores, con y sin fundamento biológico.

Dicen los que así lo predican, que es bueno para el paciente saber que es así.

Educación en Biología del dolor…

– ¿Qué tiene para mi dolor?

– Explicaciones sobre su origen. El dolor músculoesquelético no existe. Lo que hace que le duela no son los músculos ni articulaciones sino la película que cada cerebro se monta sobre la amenaza que usted crea con la actividad que pretende tener.

El dolor músculoesquelético, en base a la definición de la IASP (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor), sería aquél que aparece, en ausencia de daño real o potencial, porque es “vivido como tal daño”.

Por el organismo y por quien lo habita en la conciencia, el individuo.

– No se preocupe. Le ayudaré a entenderlo y a recuperar esa actividad que su cerebro teme, sin motivo.

– Bueno. Si me funciona…

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Exponerse a la exposición

En los síndromes de sensibilización (migraña, fibromialgia, dolor crónico…) el organismo trabaja en modo alerta por evaluación (errónea) de amenaza. Este modo proyecta en la conciencia percepciones somáticas de protección, cogniciones catastrofistas y temores, que fuerzan al individuo a buscar conductas de evitación. Los planes quedan en suspenso; están requisados por la fuerza de los síntomas. El individuo restringe su actividad a una estrecha banda. Fuera de ella los síntomas imponen su ley.

Los errores evaluativos del sistema neuroinmune traen, en algunos casos, consecuencias graves para la salud.

Si se produce una reacción anafiláctica a la penicilina, lo prudente es evitarla y no exponerse a otra reacción, argumentando que la penicilina es inofensiva y que el sistema Neuroinmune está equivocado.

En el otro extremo puede desencadenarse una crisis de migraña por comer chocolate. Existen dos opciones: evitar el chocolate o comerlo sin miedo, desde la convicción de que es inofensivo y la crisis es debida al error evaluativo.

En este caso, la exposición confiada y argumentada al chocolate puede desactivar en muchos casos la evaluación errónea y, por tanto, la crisis.

No es mal consejo el “exponerse” a comer chocolate, una vez se ha comprendido el proceso del error evaluativo.

En el caso del dolor crónico inducido por la actividad, y en ausencia de un daño que lo explique y justifique, también disponemos de dos opciones: protegernos del dolor con movimientos cautelosos o, sabiendo que no corremos peligro, movernos de modo más normal.

En ocasiones podemos optar por la exposición gradual a la actividad normal, sin miedo. El resultado es impredecible. Exponernos a entornos a los que estamos sensibilizados, hacer ejercicio sabiendo que nos genera cansancio fácil y extremo… puede ayudarnos a recuperar el terreno perdido o generar crisis tras la exposición.

No hay una pauta común recomendable para todos los pacientes.

Es importante el marco teórico desde el que partimos.

El organismo es normal pero actúa desde la convicción de enfermedad. Hipótesis del error evaluativo. Sería imprudente seguir en esa banda estrecha de intolerancia.

El organismo está enfermo y no soporta la actividad normal. Sería imprudente salirse de los estrechos límites de seguridad.

La experiencia con pacientes de migraña recomienda, sin ninguna duda, la exposición a los “desencadenantes”, a la vida normal, una vez comprendido y aceptado el marco teórico del error evaluativo.

Con pacientes de fibromialgia, pienso que se puede recomendar la misma estrategia, de modo gradual. Cada paciente debe desvelar su ritmo de transición a la actividad normal.

En el dolor crónico “musculoesquelético” también es recomendable la exposición a la actividad normal bajo la guía de un fisio que ayude a la recuperación de patrones motores fisiológicos, a la vez que explica el marco teórico del miedo infundado al movimiento.

Tengo poca experiencia en Fatiga crónica y Sensibilidad química múltiple como para dar consejos.

Me reúno periódicamente con un pequeño grupo de pacientes de SQM. Han comprendido y aceptado la explicación del error evaluativo y se han propuesto recuperar una relación normalizada con el entorno. La respuesta ha sido positiva pero variable.

La conectividad neuronal es plástica, adaptada al aprendizaje, modulada por el miedo y la incertidumbre.

Con dudas y temor es más complicado. Los síntomas imponen la reclusión en un entorno protegido.

Es expuesto exponerse y también el no hacerlo. Los dos peligros deben considerarse y actuar con prudencia.

Miedo, incertidumbre.

No basta con conocer la teoría. Deben disolverse también las dudas y el pánico a los síntomas, al sufrimiento.

– No lo conseguiré…

Algunos, no pocos, lo consiguen.

Es una oportunidad.

 

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Daño ilusorio

 

De ilusión, dicen, también se vive… y se malvive.

No siempre la realidad se muestra meridiana en su significado. En muchas ocasiones debemos actuar, tomar decisiones, sobre una información parcial, ambigua, potencialmente engañosa.

Muchas veces no tenemos ni idea de lo que puede estar sucediendo en entornos opacos a nuestros sentidos y no podemos sino imaginarlos, hacer cábalas, apoyándonos en los expertos, los que saben de lo inaccesible.

En la pantalla de la conciencia confluyen realidad e imaginación, sin un etiquetado que nos permita saber la proporción de cada una de ellas.

Gran parte de la conciencia es ilusoria. Apoyándose en unos confusos datos sensoriales, el cerebro construye, a veces, percepciones engañosas, interpretaciones erróneas de la realidad, máxime si tenemos en cuenta que lo que la conciencia contiene puede ser fruto de un proceso predictivo impulsado por la emoción, el miedo.

– Me duele la cabeza, la parte izquierda. Tengo migraña.

En la parte izquierda de la cabeza no sucede nada amenazante en la migraña. El dolor es, en este caso, una percepción ilusoria, nacida del temor al daño.

El cerebro consigue inducir en el paciente un estado similar a la hipnosis.

Requisa la atención hacia la parte izquierda de la cabeza y sugiere desde el ronroneo mental propuestas perceptivas, cognitivas y conductuales.

Hay pacientes más hipnotizables, más sugestionables, que otros.

– Comienza el dolor. Procuro no hacer caso y centrarme en mis tareas, pero no consigo quitármelo de encima. Al final tengo que tomar el calmante.

Con otros la inducción y sugestión hipnótica no funciona.

– Noto dolor. Sé que no sucede nada. Desatiendo la propuesta del cerebro. No me dejo sugestionar. El dolor se va.

– ¿Cómo consigo que el cerebro no me enrede, no me lleve al terreno de sus propuestas?

Imagine que está en el cine viendo una película emocionante. Está usted hipnotizado. Se deja absorber por la pantalla. De repente decide dejar de atender. Desvía la atención hacia otras cuestiones. Saca el móvil y se pone a oír música. Se pierde el hilo de la peli. Ya no le importa lo que pueda haber sucedido.

Algo parecido sucede en el sueño. Nada de lo que aparece en la conciencia tiene sentido pero sólo si se despierta, si vuelve al mundo real, acaba la pesadilla.

En el dolor por daño ilusorio, imaginado, el paciente debe imponer la vuelta a la realidad, el fin de la pesadilla.

¿Cómo?

Con el conocimiento (no sucede nada amenazante, son imaginaciones del cerebro…) y la inmersión en el mundo real.

– Ya lo intento, pero no lo consigo. Debo ser fácilmente hipnotizable por el cerebro.

Realmente uno debería poder inducirse una contrahipnosis. Imponer el escenario real. No sucede nada.

No hace falta inducir el estado hipnótico para conseguir modificaciones perceptiva, cognitivas o conductuales. Basta con proyectar el conocimiento, la seguridad razonable de que nada de lo que el hipnotizador cerebral sugiere es cierto.

El cerebro imagina la realidad y procura camelar al individuo, hacerle cómplice de sus temores ilusorios.

¡Venga ya!

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Dolor nociplástico

 

Hasta ahora la IASP clasificaba el dolor en dos tipos: el nociceptivo, debido a un daño consumado o inminente en tejidos no neuronales, y el neuropático, secundario a daño neuronal.

La propia IASP contempla en su definición de dolor que éste puede existir sin que ningún tejido esté dañado. Para explicarlo recurría al argumento de “vivido como tal daño”, sin entrar en detalles sobre lo que se quiere decir con esta coletilla final.

El mayor volumen de dolor corresponde al “vivido como tal daño” aunque éste no exista, salvo en algún ámbito imaginativo.

La IASP propone denominar a este dolor huérfano de daño, “nociplástico”: un dolor que procede de una “nocicepción alterada”, sin clara evidencia de amenaza real o potencial  de daño en los tejidos (neuronales y no neuronales).

No sucede nada en los tejidos. El servicio de vigilancia de daño consumado o inminente, los nociceptores (neuronas que detectan nocividad), funciona mal y genera información de daño, que confunde a las áreas centrales de procesamiento. El error no se detecta ni corrige, sino todo lo contrario. Con el tiempo va a más.

Migraña, fibromialgia, dolor crónico, colon irritable… Dolor nociplástico. No hay daño pero los nociceptores generan y transmiten falsa señal de daño. Los centros de procesamiento no sólo desatienden esas falsas señales sino que las amplifican, dando lugar a la proyección en la conciencia del dolor más mortificador e invalidante que se pueda imaginar.

Las conexiones neuronales son plásticas, es decir, aprenden.

En el dolor nociplástico, la plasticidad enloquece. No genera aprendizaje sino confirmación y amplificación del error.

¿Por qué? ,

No se sabe, ya se sabe. Muchos factores, los de siempre: genes pro-nociplasticidad, estreses, hormonas, toxicidad ambiental, emociones mal gestionadas, alimentos, inflamación de bajo grado…

El término nociplástico no considera el error evaluativo ni la tutela cultural del aprendizaje. Todo se cuece en la nocicepción. El dolor se genera, necesariamente, en los tejidos. Si estos no están dañados, son los nociceptores los responsables de generar un dolor injustificado. Los centros de la médula o del cerebro dan por buenos los informes erróneos de los nociceptores y facilitan y amplifican el tráfico de señal falsa.

Sin embargo sabemos que el dolor no se genera en los tejidos neuronales y no neuronales de la periferia. Sabemos, a Ciencia cierta, que el dolor aflora a la conciencia como consecuencia de un proceso evaluativo de amenaza, aprendido a lo largo de la interacción del organismo con el entorno. No hay “señales de dolor” ni “vías de dolor” pero la IASP sigue erre que erre situando el dolor en la periferia, esta vez en forma de una pretendida disfunción de nociceptores o del primer relevo de sus señales en la médula.

Realmente, el dolor nociplástico es un dolor kafkiano.

No sucede nada en el barrio. Suenan las alarmas a todas horas o a las más inoportunas. Aparece la policía, los bomberos, las ambulancias. Así durante años. Los residentes del barrio ya no pueden más.

– En el barrio no hemos detectado ninguna amenaza. ¿Seguro que oyen ustedes las alarmas y ven policías, bomberos y ambulancias? Si así fuera, tendría que haber una amenaza real pero esa amenaza no existe. Todo esto es misterioso.

– ¿Y yo qué puedo hacer?

– No sé. Le mando al psicólogo. Tiene que aceptar la situación.

A partir de la etiqueta, todo cambiará, sugieren los de la IASP. Sabremos de qué estamos hablando.

– Tiene usted un dolor nociplástico.

– Ya me quedo más tranquilo, sabiendo lo que tengo…

– De momento no hay tratamiento pero pronto sabremos cómo combatirlo. Investigaremos la nociplasticidad y aparecerán nuevos modos de combatirla…

¡Ay, Señorrrrr…!

 

 

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Inteligencia neuroinmune

El sistema neuroinmune ha evolucionado detectando agentes y estados nocivos, biológicos y físicoquímicos, y activando recursos que minimizan el daño causado.

Su actividad no tiene la garantía del acierto. Su inteligencia es incierta. A veces ve peligro donde y cuando no lo hay y otras no lo ve estando presente.

Hay falsos negativos y falsos positivos.

Cualquiera de los dos tipos de error puede ser letal:

Falso positivo: una reacción anafiláctica a la penicilina puede matar. Realmente la penicilina no era una amenaza. Error.

Falso negativo: una colonia de células cancerosas burla la vigilancia inmune y acaba con la vida en el organismo. Error.

Ambos errores son estados o acciones patológicas del sistema neuroinmune. Ha faltado inteligencia.

La migraña, la fibromialgia, el dolor crónico sin daño que lo explique y justifique, los síndromes de “sensibilización central” en general, expresan falta de inteligencia neuroinmune, errores por falso positivo. Protegen sin necesidad. Mortifican e invalidan al individuo injustificadamente.

El sistema neuroinmune está dotado de recursos para aprender a actuar con inteligencia pero la emoción por sobrevivir, el miedo al daño, facilita, especialmente de salida, los errores por falso positivo. Mejor evitar que exponerse a lo incierto.

En nuestra especie, el hábitat modificado por la cultura, la información experta, generan condiciones especiales de aprendizaje. El sistema neuroinmune tiene que evaluar un ingente número de moléculas artificiales, potencialmente nocivas; informaciones expertas de fiabilidad variable. Mejor prevenir en exceso que arriesgar (el error menos costoso).

¿Qué podemos y debemos hacer ante los errores neuroinmunes?

No soy Inmunólogo y no puedo ni debo aconsejar. Desconozco el modo de recuperar la inteligencia perdida de la red de leucocitos.

El componente neuronal equivocado puede y debe re-encauzarse a la senda de la inteligencia defensiva, a través de la información experta de signo contrario y la exposición confiada a la actividad secuestrada.

Algunos interpretan la propuesta como un intento de culpabilizar al individuo consciente.

– Si no mejoras es que eres tonto…

No se juzga al individuo sino el proceso.

En el caso de los errores del componente inmune puede existir una responsabilidad por conducta poco inteligente: fumar como un descosido, estando advertido de los riesgos del tabaquismo; ponerse penicilina a sabiendas de que uno es alérgico.

En los errores neuronales el individuo está sometido a una oferta variopinta de explicaciones expertas, contradictorias. No es fácil para el paciente decidir qué información experta aportará más inteligencia al sistema.

En nuestra propuesta pedagógica explicamos conceptos básicos, bien contrastados, fiables, sobre la actividad del sistema neuroinmune, los riesgos de cometer errores de los dos tipos.

A veces se neutralizan los errores y otras no. En ningún caso culpabilizamos a nadie que lo ha intentado con la mente abierta.

Cabe señalar alguna responsabilidad cuando alguien se niega tozudamente a modificar creencias erróneas.

– El dolor de la columna viene de la columna. Tengo dos hernias…

No es así. El dolor siempre proviene de una evaluación de amenaza. Puede que esa evaluación sea errónea (falso positivo).

Negar la posibilidad de que sea así y persistir en la convicción de una columna vulnerable, dañada, que pone en riesgo su integridad física cada vez que el individuo se mueve, es un error, más o menos consciente.

Consulte a su médico. Cuide la inteligencia neuroinmune.

Tenga cuidado.

 

 

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Dolor y teoría de control

El objetivo biológico (evolutivo) del dolor es la preservación de la integridad física de los tejidos.

El organismo es un sistema complejo, sometido a múltiples tensiones que pudieran comprometer su supervivencia física.

A lo largo de la evolución cada especie memoriza en el genoma los recursos que han demostrado ser suficientemente útiles para seguir vivos.

Estos recursos permiten conocer las consecuencias de la interacción con el entorno y anticipar, preventivamente, recursos de evitación así como reaccionar a eventos imprevistos con la mayor celeridad posible.

El sistema neuroinmune vigila, detecta la presencia de agentes y estados nocivos, biológicos y físicoquímicos, y reacciona activando recursos de neutralización.

El dolor forma parte de dichos recursos. Es un contenido de conciencia que expresa la respuesta del organismo a la detección de un peligro y obliga al individuo a reaccionar, modificar su conducta, adaptándola al objetivo del sistema defensivo.

El sistema neuroinmune no se limita a detectar daño consumado o inminente y reaccionar para recuperar el equilibrio perdido o amenazado. Puede anticiparse a los hechos y presionar al individuo para que se conduzca de modo coherente con la presunción de amenaza que el sistema evalúa en cada escenario.

El sistema neuroinmune es, además de reactivo, proactivo. Se retroalimenta cuando sucede algo nocivo y también previene, prealimenta.

– Me duele. Me he pillado el dedo con la puerta. Dolor reactivo.

– Me duele. Me dicen que no tengo nada. Dolor proactivo.

Realmente el dolor proactivo, anticipado a los posibles acontecimientos, es un problema. Expresa una patología del control.

No tiene sentido que la sirena de un dispositivo de seguridad se active para advertirnos de un posible robo, preventivamente, a no ser que lo haga cuando su previsión es altamente probable y anticipe un robo inmediato.

Menos sentido tiene el dolor cuando se activa para notificar la presencia de agentes y estados absolutamente inofensivos, irrelevantes respecto al objetivo biológico de la integridad física, a corto plazo, de los tejidos. Tal es el caso de la humedad, los cambios hormonales, alimentos, estreses varios. la artrosis…

El organismo dispone de complejos recursos de pre y retroalimentación que permitirían optimizar el control de la integridad física frente a todos los diversos escenarios del día a día.

La cultura, la información, el conocimiento, prealimenta el sistema neuroinmune y condiciona el que la pre y la retroalimentación establezcan un bucle que aboca a la hipersensibilidad improductiva.

El dolor puede ser el exponente de este bucle descontrolado. Parece confirmar lo que el sistema anticipa (sesgo de confirmación) pero esa confirmación es un error no contemplado en la información que lo prealimenta.

Dolor músculoesquelético, analgésicos, artrosis, estrés, hormonas, alimentos, genes, contracturas…

¿Qué sucede con el sistema de control, con su pre y retroalimentación?

¿El sistema neuroinmune es inmune a las dinámicas de los sistemas de control?

– Vengo del médico. Me ha dicho que mi sistema neuroinmune está descontrolado.

– Ya.

No estaría de más que empecemos a considerar cuestiones de poderoso calado biológico, como los problemas que puede acarrear la prealimentación y retroalimentación del sistema neuroinmune, si le obligamos a aprender,actualizarse, en ese universo informativo que no hace sino sensibilizar… sin control, sin racionalidad.

Tengo una limitadísima idea de Teoría de control. La suficiente para ser consciente de que algo pinta la información, la cultura, en todo esto.

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Permiso para moverse

 

El organismo quiere que el individuo se mueva, de aquí para allá, para buscar comida, encontrar pareja y huir del león o de congéneres malintencionados.

A través del Sistema motivacional de recompensa-castigo, mueve los hilos de las ganas para que hagamos ejercicio o nos quedemos postrados.

Hay que moverse, hacer ejercicio…

No siempre. Si estamos enfermos. no estamos en la mejor condición para tener éxito en nuestras correrías.

El organismo, con buen criterio, nos quita las ganas de salir y movernos y nos pone las de quedarnos en casa y que nos cuiden.

Hay conductas desde la salud y las contrarias, desde la enfermedad.

Lo que decide, a favor de la gana o la desgana, no es la condición real de salud o enfermedad sino la imaginada por el organismo.

– Tengo fibromialgia y me han recomendado el ejercicio. Lo intento pero acabo doblada. Luego me cuesta recuperarme un par de días.

Si después del ejercicio uno queda postrado, aun cuando el esfuerzo haya sido discreto, podemos deducir que el organismo ha penalizado la actividad.

¿Es la fibromialgia una enfermedad que justifica la conducta de enfermedad, la penalización del ejercicio?

En mi opinión, no.

El organismo ha cometido un error evaluativo.

Sucedería lo mismo con la alergia.

– Tiene que salir y tomar el aire. Está el campo precioso en primavera.

El paciente intenta cumplir con el consejo…

– Le hice caso pero no paré de estornudar.

Una de dos. Los estornudos eran por un inoportuno catarro o por alergia a las gramíneas.

Si es el segundo caso, cuanto más adore el campo más estornudará, si sale a darse una vuelta.

Cuanto más ejercicio intente hacer, más dolor y cansancio padecerá tras el intento.

La clave reside en modificar la evaluación de enfermedad que penaliza la actividad.

– La fibromialgia es una enfermedad invalidante, real. El organismo evalúa erróneamente enfermedad y actúa como si la hubiera.

El paciente puede aceptar la propuesta del error evaluativo y ponerse las pilas para deshacer el error o aceptar la propuesta de la enfermedad misteriosa e irreversible, y acogerse a un programa multidisciplinar que tira de fármacos, mindfulness, masajes y ejercicio aeróbico para conseguir un moderado alivio.

Las dos hipótesis pueden ser válidas, pero no a la vez. O una o la otra.

Nosotros apostamos por la tesis del error evaluativo.

Otros por la de la enfermedad misteriosa.

Ambas propuestas aceptan la convicción de que el organismo actúa de modo patológico. El Sistema Nervioso no hace lo que debe.

¿Por enfermedad?

¿Por error?

Dar una oportunidad a la hipótesis evaluativa no contiene riesgos si se ejecuta con prudencia.

Dar el visto bueno a la propuesta de enfermedad puede cerrar el paso a la solución… si la propuesta evaluativa fuera correcta.

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