Anarquía

 

La red neuronal es una compleja red de capas de procesamiento de datos.

Los sentidos externos e internos detectan las variables de la realidad y las codifican en un flujo ascendente continuo de señales electroquímicas que conecta con centros que contienen respuestas potenciales motoras, vegetativas, emocionales, cognitivas y perceptivas.

El dolor es una respuesta perceptiva de alto nivel. Como toda percepción, resulta de la activación conjunta de diversas áreas cerebrales.

El cerebro no espera la información sensorial ascendente para generar percepciones. No es un mandado que selecciona respuestas a los estímulos. Procesa su propio mundo predictivo, anticipándose a lo que los sentidos informan.

En realidad no existe una autoridad en lo alto, en lo bajo, ni en el intermedio. Manda la integración de todas las propuestas, en función de lo que sucede en cada momento y de lo que se opina por las altas esferas, según las circunstancias.

Si existiera una jerarquía con mando en plaza, las cosas no irían bien. Si el poder residiera en los sentidos, en la realidad de cada instante, habríamos perecido por falta de pre-visión. El mando en poder de la información sensorial  procuraría una interpretación de la realidad, incierta, con muchos errores. Es importante lo que los sentidos señalan pero hay que rellenar huecos y resolver ambigüedades antes de que el león se nos eche encima.

Si el cerebro tomara el mando y despreciara la información sensorial recibiríamos en la conciencia un mundo ilusorio, onírico, desconectado de la realidad. La alucinación impondría su ley.

En cada instante, momento y circunstancia la autoridad va y viene, de abajo-arriba y de arriba-abajo. A veces se forman bucles de retroalimentación positiva que refuerzan la información de un nivel, amplificando la señal en su origen o en el camino hacia arriba o abajo.

El dolor surge y se desvanece, aprieta y afloja, en función de los vaivenes que impone la falta de una sede fija de gobierno, de una jerarquía institucionalizada.

Cuando se produce un evento de daño es bueno que la información de los sensores de nocividad imponga su peso, siempre que las circunstancias lo permitan y no haya que salir pitando, a pesar de las heridas.

Cuando no sucede nada nocivo estaría bien que las áreas superiores de procesamiento se dedicaran a extraer información de los datos e instrucciones recibidas en el pasado, buscando conocimiento abstracto, general, con vistas a modificar aquellas conductas que pudieran resultar lesivas a medio y largo plazo.

Sin embargo la especulación, el vagabundeo mental debiera estar contenido por el silencio informativo de los sensores. Si nada sucede, el universo imaginativo no debiera imponer la ley de sus miedos especulativos o de sus adoctrinamientos.

Desgraciadamente, la cultura genera excesos de autoridad. La jerarquía se instaura en las alturas y se imponen tiempos de dictadura de lo imaginado. El dolor ya no informa de lo que sucede sino de lo que pudiera suceder y quien lo padece habita el mundo imaginado (temido), con la misma carga de sufrimiento e invalidez que generaría una lesión o enfermedad actual, real.

Alguien ha dicho que la percepción es una alucinación controlada por los sentidos y que la alucinación es una percepción no controlada por ellos.

En la migraña, fibromialgia, dolor crónico, se ha perdido el control fisiológico y deseable de la anarquía neuronal.

En su lugar se ha hecho con el poder la jerarquía del mundo imaginado.

Paradójicamente, los padecientes de este régimen jerarquizado, tienen la convicción de que el problema está en los tejidos, en los músculos, articulaciones, huesos, vasos…, tal es el poder de la percepción de presentar en la conciencia la ficción como realidad.

La anarquía es un régimen complicado. Productivo, liberador, pero difícil de controlar, sobre todo si la cultura dispone de más poder que el que le corresponde.

– Me duele mucho, doctor.

– Está usted sano. El problema está en el cerebro. Manda demasiado. Necesita una revolución para acabar con su poder.

– ¿Me puede indicar dónde queda el Servicio de atención al paciente?

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Diagnóstico y terapia diferencial

Dado un síntoma, ¿cuál es el origen, la causa?

Dado un dolor, por ejemplo, de cabeza, ¿cuál es la causa?

Dado ese dolor y esa causa, ¿cuál es la terapia con eficacia más probable?

A este proceso se le conoce como diagnóstico (y terapia) diferencial. Entre un abanico de posibilidades, de probabilidad variable, debemos quedarnos con una. Podemos ayudarnos de la concurrencia o ausencia de otros síntomas, de los datos de la exploración, de pruebas complementarias…

Según vamos disponiendo de datos nuevos vamos acotando el conjunto de causas posibles. Si todos los datos de exploración y complementarios (Scanner, Resonancia, análisis…) son normales, podemos afirmar con seguridad razonable que no hay nada “orgánico”.

Dentro del apartado del dolor sin origen “orgánico” (traumatismos, tumores, infecciones…) aún tendremos que afinar la causa probable, entre un amplio abanico de ofertas.

– Es todo normal.

– Entonces, ¿por qué duele?

– Puede haber muchas causas. ¿No ha descubierto un desencadenante? Hay más de 100 descritos…

Puede que tengamos un sospechoso: el chocolate, el estrés, la menstruación, los cambios de tiempo, el fin de semana… hasta más de cien (según los neurólogos).

Si parece existir una correlación entre probar un poco de vino y aparecer la tormenta migrañosa, la causa parece evidente.

– Es el vino. Basta que tome un dedito para que, matemáticamente, tenga una crisis.

Post hoc, ergo propter hoc, decían los clásicos: después de, luego a causa de.

En realidad es una falacia: no es un argumento necesariamente válido. No hay que dejarse atrapar por la apariencia de causa. Sólo es una correlación, potencialmente engañosa.

Para muchos el dar con el desencadenante cierra el proceso del diagnóstico diferencial.

– Era la ternera. Me hicieron un estudio alimentario y lo descubrieron. No como ternera y así no tengo crisis. Muerto el perro, se acabó la rabia.

La estrategia de dar con el desencadenante para evitarlo puede fallar, bien porque el supuesto desencadenante no es evitable (estrés, cambios hormonales, finde, cambio de tiempo…) o porque no hemos dado con ninguno.

El profesional puede ayudarmos a aclarar la cuestión:

– Es una migraña.

No hay que hacerse ilusiones. Migraña sólo es un nombre.

– ¿Cuál es el origen de la migraña?

Para unos estará en los genes, para otros en la vista, o en la dentadura, o en los senos paranasales, los músculos contraídos…

Puede que de la sugerencia diagnóstica surja una terapia aparentemente exitosa.

– Era de la vista. Me pusieron gafas y no he vuelto a tener crisis…

Puede que todo siga igual, o peor.

– No sabemos el origen de la migraña. Tendrá que aceptar su condición.

Si el proceso de dar con el diagnóstico sólo ofrece una etiqueta (“migraña”), se pasa al siguiente paso: dar con la terapia adecuada: la terapia diferencial:

– Tome este tratamiento preventivo y estos calmantes.

– Sigo igual.

– A ver: pruebe estos otros…

El fracaso de todas las ofertas no cierra el proceso de búsqueda. Aparece el mundo alternativo, novedoso, con un amplio surtido de ofertas de explicación y solución.

A veces “funciona” y otras no.

El cerebro es un órgano indagador. Busca la mejor explicación posible a los datos que le llegan de los sensores internos y externos. Intenta utilizar los datos para afinar las hipótesis, pasar de los efectos a las causas.

Con el conocimiento adquirido, propio y prestado, va cercando el universo de lo posible-probable. Muchas veces no dispone de más conocimiento que el prestado. Cree en lo que le han enseñado a creer, por no poder acceder a mundos opacos a los sentidos conscientes (por ejemplo, el interior). Las conclusiones (inferencias) según van entrando los datos, pueden ser erróneas, apoyadas en la falacia de confundir una correlación temporal con una causalidad (después de, luego a causa de…) y en la de dar por bueno lo que los expertos dicen (falacia ad verecundiam).

– Me lo ha dicho El Dr X. Es una eminencia.

Al padeciente toda esta martingala se la bufa. Lo que quiere es salir del infierno. La terapia exitosa acaba con las cuitas y los remilgos de las falacias lógicas.

Dicen los sabios que el cerebro es un órgano “bayesiano”. Llega a conclusiones (inferencias) apoyándose en reglas que quedaron plasmadas por Thomas Bayes ( Religioso presbiteriano del siglo XVIII) en una fórmula matemática. Permite sacar una conclusión sobre causalidad, en base a un dato nuevo y un conocimiento previo validado.  

La inferencia bayesiana ha prestado grandes servicios a la humanidad pero sólo en los casos en los que el conocimiento sobre el que pivota sea cierto. Si es falso sesgará todo el proceso hacia la consolidación del error.

– Es una enfermedad misteriosa e irreversible. Lo he comprobado por experiencia.

– En mi familia hay mucha migraña. Son los genes

– Son las hormonas.

Etc, etc.

El embrollo puede desenmarañarse si dotamos al cerebro de un conocimiento distinto que incluye información sobre el peligro de la propia información.

– Es mi cerebro bayesiano, incauto, dócil a la cultura…

Eso dicen los expertos.

 

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Absortos

Somos una especie gregaria. La socialización forma parte de nuestra estrategia evolutiva para sobrevivir.

El carácter gregario tiene sus ventajas y sus inconvenientes, como todo. Nos aporta más recursos de los que pudiéramos disponer por nosotros mismos pero no todos esos recursos prestan beneficio o son de fiar.

Las decisiones perceptivas, cognitivas, emocionales y conductuales del cerebro sapiens (m.n.t.) están tocadas por lo que el grupo cultural de turno ha colocado en sus circuitos, con más o menos consciencia del receptor.

La ficción de sentirnos y creernos soberanos de cuanto decidimos protege la navegación del individuo por los diversos escenarios; garantiza su colaboración en la consecución de los objetivos que el cerebro gregario propone.

El dolor es una proyección a la conciencia que resulta de una evaluación de amenaza por parte del organismo. A veces la evaluación sigue a eventos de daño consumado o inminente pero muchas otras el daño sólo existe en la imaginación de los circuitos que dedican su actividad a predecir (temer) sucesos.

El imaginario de cada individuo está requisado por el cerebro gregarizado, especialmente en lo que a seguridad física interna se refiere.

El cerebro absorbe al individuo a través de la falsa apariencia de realidad de los síntomas.

El padeciente absorto es un títere a merced de los diversos vientos (miedos) que la cultura insufla.

Fármacos, agujas, memorias del agua, dietas… son los rituales que el implante cultural vigente en ese momento exige.

Si el individuo es remiso a cumplir con lo que su cerebro exige, el dolor se intensifica y prolonga doblegando la voluntad (aparente) de la víctima de lo imaginado.

– Intenté no tomar el calmante y centrarme en lo mío pero finalmente lo tuve que tomar.

No nos resulta fácil la gestión de ese ámbito frágil e ilusorio de la decisión aparentemente libre. David contra Goliat.

La victoria de David es posible pero para ello hay que salir del estado absorto, del gregarismo.

Se nada mejor a favor de corriente pero en este caso la corriente lleva al enquistamiento del problema, al pantano. Sólo cabe nadar en la dirección contraria y buscar una orilla que permita abandonar ese cauce y explorar otro más favorable que nos lleve al mar.

Nuestras vidas son ríos que van a dar en la mar (Jorge Manrique)… no a un pantano.

Hay que salirse del mercadillo de los remedios y hacerse con el conocimiento fiable aunque no esté gregarizado.

La Pedagogía no hace daño. Sólo informa, sin adoctrinamiento, sin ofertas de solución.

El cerebro nos quiere absortos, centrados en lo que sus circuitos demandan.

La libertad, la rebelión es posible, aun cuando sea ficticia. Basta con centrar la atención y el trabajo en aquello que desde ese ámbito novedoso se está ofreciendo.

Comprender la trama engañosa del dolor es liberador.

En el dolor crónico el individuo está absorto, centrado en las propuestas cerebrales, aun cuando sean erróneas e improductivas.

– Cuando parece que quiere empezar a dolerme procuro no hacer caso, sabiendo que no está sucediendo nada donde duele y trato de centrarme en lo que estoy haciendo.

En la crisis de migraña el organismo, a través de los circuitos de absorción, recluye al individuo en el refugio, con las luces apagadas; elimina del estómago lo que el individuo ha comido; desactiva la motivación para ocuparse de sus tareas. El padeciente desaparece. Manda el organismo, sus temores, sus fobias.

– ¿No ha salido nada para la absorción?

– Se está investigando. Campos magnéticos, optogenética, microchips… En el futuro podremos desactivar el centro de la absorción cuando nos plazca. Eso dicen…

Todo es posible. De momento tenemos el conocimiento. Puede ser un buen antiabsorbente.

 

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El derecho a no tener dolor

 

Una amiga mía ni siente ni padece una artrosis bilateral de cadera.

Por limitación mecánica le pusieron una prótesis en un lado y por el mismo motivo le pondrán la otra pronto.

Jamás ha sentido dolor.

– Tendrías que tener dolor.

– Es imposible que no te duela.

Los comentarios son de sesudos profesionales.

Sabemos a ciencia estadística cierta que no existe correlación entre artrosis radiológica y dolor. Con la edad los cambios radiológicos que definen la artrosis, son cada vez más comunes. La mayoría de ciudadanos indoloros los tiene.

Otros ciudadanos con cambios mínimos, sin embargo, padecen dolor severo.

No se entiende bien el empeño en que algo tenga que doler sabiéndose que puede ser perfectamente indoloro.

La declaración de la OMS sobre dolor dice que el ciudadano tiene derecho a que se preste todo el conocimiento y medios disponibles para tratar de aliviarlo pero no reconoce ningún derecho a librarse de él. Sólo nos garantizan el intento, muchas veces frustrado.

Puede que esa negación del derecho a no tener dolor explique la negativa a reconocer el derecho de alguien  a ¡no tenerlo!

– Tienes que tener dolor, obligatoriamente. Por decreto.

Tampoco se reconoce siempre el derecho a tener dolor… cuando se tiene.

– No puede dolerte. Es todo normal.

El problema viene de un error de principio:

Sabemos, por ABC de la neurofisiología del dolor, que no existe correlación entre daño y dolor y que este surge del cerebro y no de los tejidos.

También sabemos que los cambios artrósicos implican sólo una respuesta regenerativa, de calidad inferior a la restitución celular, pero que no tiene por qué generar respuesta de protección, es decir, dolor.

Muchos profesionales siguen actuando como si el dolor surgiera de los tejidos y que cualquier cambio en ellos lo explica y justifica.

Mi amiga cojea por la limitación articular pero sin dolor.

Ya ha renunciado a discutir.

– Es imposible que no te duela…

¿Será posible?

Increíble, pero cierto. No hay manera de que se acepten los nuevos paradigmas. Los actuales, aun equivocados, prestan buenos servicios.

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Xenofobia intelectual

Cuando alguien tiene noticia de algo contrario a sus convicciones, pone en marcha, con más o menos consciencia e intención, mecanismos mentales dirigidos a preservarlas frente a la amenaza del ataque que implica lo que se dice o dicen que se dice.

Las creencias funcionan como una propiedad, una residencia en la que se cobija el YO. En ocasiones lo que se dice es contrario a lo que se cree y el YO reacciona de inmediato, protegiendo sus bienes mentales. Esas ideas no son “de las nuestras”.

Una estrategia defensiva es la de ignorar las propuestas novedosas.

– No sé lo que dice ni me interesa.

Si a uno le va bien, para qué arriesgarse. Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Ni qué decir si lo conocido genera beneficio, al menos, aparente.

No se comprende bien, sin embargo, la negativa a considerar un marco nuevo de interpretación cuando uno está invalidado por un dolor huérfano de explicaciones y alivio y hay una propuesta que contiene un potencial para comprender y solucionar lo que está sucediendo.

El cerebro tiende a la cabezonería y al gregarismo. Aceptará y probará cualquier propuesta que cuenta con aceptación social sin importarle si lo propuesto contiene o no un mínimo de sensatez biológica y rechazará lo extraño y contrario mientras quede algo conocido por probar.

– Por probar no pasa nada. No me importa en qué consiste. El caso es que funcione.

Otra estrategia consiste en recibir la información novedosa con pre-juicios y atención sesgada que modifican el sentido de lo que se dice.

– O sea que soy YO el que se produce el dolor. Pienso que me va a doler y duele…

El pre-juicio ha generado un mal-entendido. Bastaría una recepción mejor del mensaje para modificarlo.

– Estaba equivocado. Ahora lo entiendo. Es algo complicado ¿no?

La estrategia de rechazo extrema es la tergiversación.

– O sea que el dolor no existe. Me lo imagino. Lo manipulo. Ja, ja, ja.

Estos días, a raíz de la entrevista en la radio, he recibido comentarios de resistencia de todos los tipos. El mensaje está contaminado por malentendidos y tergiversaciones. Antes entraba al trapo de las aclaraciones. Ya no lo hago. Respondo a las sonrisas con otra sonrisa.

Una vez hecha la gracia casi nadie pide aclaraciones. Quien quiera recibirlas tiene a su disposición libros y blogs. Me tiene también a su disposición.

Los alumnos de los cursos tienen muchas dificultades para relatar lo que han aprendido y para que sus allegados bendigan el cambio. El boca a boca no funciona, como lo hacen los éxitos de las propuestas conocidas, familiares, “de las nuestras”.

La xenofobia contiene una raíz biológica poderosa.

Lo extraño se repele. El YO y el no YO no sólo se aplica al rechazo de tejidos ajenos.

El YO narrativo, socializado, instruido en un abanico de propuestas conductuales aceptadas, segrega los anticuerpos necesarios para neutralizar las ideas extrañas, novedosas, desconocidas.

– ¿Por qué no te tomas el ibuprofeno y te dejas de tonterías?

Estoy rodeado de amigos con lumbalgia, cervicalgia, cefalea… y de profesionales que saben que tengo una propuesta extraña. La conversación sobre la cuestión se limita al silencio activo o a la gracieta tergiversada.

¡Ay, señor! ¡Qué cruz!

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¿Son indisolubles las creencias?

¿Se puede curar el dolor crónico, la migraña, la fibromialgia?

Hay quienes afirman que no, de modo rotundo.

Si alguien afirma que se ha curado se podría deducir que el diagnóstico no era correcto.

– Llevo ya varios años sin una sola migraña.

– Ya no tengo fibromialgia.

– Eso es imposible. No tienen cura.

El dolor es una opinión (Ramachandran). ¿Se curan las opiniones?

El organismo necesita convicciones, creencias. De otro modo no podría actuar, predecir la realidad, protegerse cuando cree estar amenazado.

Necesita además que lo que cree tenga un mínimo de estabilidad, de firmeza. Un cerebro veleta, chaquetero, no tiene sentido.

Las creencias son liposolubles, se fijan a la grasilla cerebral y cuesta arrancarlas pero no es imposible.

Realmente seguirán ahí de por vida pero en un estado de activación, de vigencia, variable. Lo que ha sido creído no se olvida pero puede dejar de ser operativo, determinante, y ser relegado al camarote por otro conjunto de convicciones de signo contrario.

– Es increíble. Tenía todos los días dolor. Desde que he empezado con el curso, no me ha dolido.

Hay mucho incrédulo. No les entra en la cabeza que cambiando las convicciones que nutren el dolor, pueda disolverse, como por arte de magia.

Los incrédulos creen en realidad en cosas increíbles: en el viento Sur, los alimentos, memorias del agua, meridianos energéticos, ibuprofeno…

En la red neuronal no se tira ni disuelve nada.Todo sirve, pero los significados pueden cambiar. La creencia en los genes será operativa en los pacientes con antecedentes familiares de migraña, pues la evidencia parecerá abrumadora y estará corroborada por los expertos… pero puede bastar una explicación sobre los mecanismos poderosos de imitación en el seno de la familia para desactivar la convicción.

– Ahora sé que no son los genes sino el aprendizaje facilitado por el modelo familiar.

– Sé que la menstruación es un proceso de despegamiento delicado de la mucosa uterina, una apoptosis, como la caída de las hojas en otoño. No hay inflamación. Ya no tengo migraña ni dolor pélvico.

Increíble.

La imagen interior del evento menstrual seguirá en la conectividad de los recuerdos pero estará inactivada, como las creencias en los reyes magos o las cigüeñas de París y los niños.

El dolor muscular no nace en los músculos, sino en el cerebro.

¡Anda ya!

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Ortodoxia y dolor

Ayer tuve el honor de ser entrevistado por Almudena Cacho en el programa de Radio Euskadi “Más que palabras”.

La primera cuestión suscitada se refería a la evidente falta de ortodoxia de la propuesta pedagógica.

Algo es ortodoxo si es conforme a un conjunto de creencias o prácticas proclamado por la autoridad en la materia. La ortodoxia no garantiza ninguna virtud. Sólo obediencia, aceptación. Inclusión en una mayoría.

Desde la ortodoxia en dolor crónico se sostiene que este es irreversible y que sólo cabe avanzar en su alivio con terapias novedosas, dado que el dolor es en sí una enfermedad, caracterizada por un vicio de procesamiento central de las señales de los tejidos o por un proceso degenerativo (“los años”) que sólo puede empeorar.

Desde nuestra heterodoxia proponemos que el dolor (en ausencia de un daño que lo explique y justifique) es el producto de un estado evaluativo de amenaza erróneo, nutrido por una cultura sensibilizadora que lo genera y cronifica.

Las creencias y expectativas pueden ser agudas o crónicas, reversibles o irreversibles.

Un paciente con lumbalgia crónica creerá que el origen del dolor está en una columna degenerada, “vieja” y que eso no tiene remedio.

Si alguien padece fibromialgia creerá ortodoxamente que su organismo está afectado por una misteriosa enfermedad y que su dolor seguirá ahí hasta que se descubra el origen y, por tanto, el remedio.

La etiqueta “migraña” condenará de por vida a la reclusión recurrente en el infierno. Lo dicen los ortodoxos. Los genes mandan.

Desde la heterodoxia de nuestros cursos a pacientes, cambiamos creencias por conocimiento. Ese conocimiento es absolutamente ortodoxo respecto a lo que en este momento la Ciencia defiende como verdad más probable. Los alumnos aprenden conceptos ortodoxos con la Biología y heterodoxos, contrarios a la ortodoxia médica.

Lo que en una época fue una creencia ortodoxa puede pasar con el tiempo y por efecto del nuevo conocimiento a ser un error y la heterodoxia de quienes iban contra-corriente, mutarse en ortodoxia.

Las diatribas sobre la titularidad de la ortodoxia son estériles. Se fundamentan en argumentos de autoridad: “la comunidad científica internacional”, “los expertos” dicen… No se entra en contrastar conceptos, ver cuáles son falsos o ciertos.

Sostener hoy en día que le migraña es un dolor trigémino-vascular, iniciado en supuestos generadores centrales hiperexcitables, porque así lo determina una supuesta genética de excitabilidad, sin considerar el poderoso influjo del aprendizaje tutelado por la cultura y facilitado por la imitación, es ortodoxo, pero no se ajusta al conocimiento que hoy en día tenemos sobre la actividad neuronal.

Gran parte de nuestro alumnado aprende cosas y desaprende las contrarias. Desde ese nuevo conocimiento heterodoxo (minoritario), ignorado y des-apreciado por la comunidad mayoritaria ortodoxa, profesional y lega, los alumnos afrontan el día a día de un modo también heterodoxo, haciendo lo contrario de lo que les han sugerido en la ortodoxia.

A muchos les va bien. Menos dolor, menos terapias, menos gasto superfluo (ortodoxo) y más vidilla (heterodoxa).

El sábado tuvimos en la Clínica de Fisioterapia Asier Merino un nuevo curso intensivo con pacientes de migraña. Once padecientes-alumnos y un oyente (heterodoxo) fisio.

Una alumna nos regaló con una perla soltada por su neurólogo ortodoxo:

– No te morirás de esto pero te morirás con esto.

¡Jo!

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El gallinero neuronal

La red neuronal es de una complejidad inimaginable. Miles de millones de neuronas. Cada una recibe un número continuamente cambiante de señales y a su vez transmite su señal a un número cambiante de receptoras. Los puntos de conexión (sinapsis) alcanzan cifras estratosféricas, así como las posibilidades de activarse simultáneamente en un chispazo de unos pocos milisegundos.

De todo ese berenjenal de conectividad surge el espacio de la conciencia con apariencia de algo fluido, natural, que no trasluce el guirigay que lo origina.

Cada punto de conexión está competido. Las opciones son infinitas y sólo una gana, en cada milisegundo.

La red no espera a que suceda algo significativo para agitarse. Continuamente está en actividad, tejiendo y destejiendo una teoría, una predicción sobre la realidad externa e interna.

Los sentidos aportan información en tiempo real que ratifica o contradice lo que en el gallinero se disputa.

Las expectativas y creencias ponen un poco de orden. Son estados privilegiados de conectividad, que imponen su criterio, su predicción, bien por la información sensorial acumulada en el aprendizaje o por la credibilidad asignada a la información más o menos experta, por encima de lo que los sentidos informen.

Si duele es porque la red ha estabilizado una predicción de amenaza de daño.

A su vez la aparición de dolor en el espacio consciente certifica que existe esa amenaza. Retroalimenta positivamente. Ya tenemos el lío formado… si realmente no está pasando nada. Mucho ruido sin ninguna nuez.

No hay una fórmula mágica para calmar el gallinero. Sólo si se cumplen los ritos de conducta que la red exige (calmantes o lo que sea) se recupera el estado de normalidad.

– El ibuprofeno me quita el dolor. Si no lo tomo pronto, lo paso fatal.

Hay otra estrategia. En vez de ceder a lo exigido por la red agitada, podemos aportar información que inclina la balanza de los debates hacia una idea de la realidad más sensata. No hay amenaza. Sólo miedo. Insensatez. Adoctrinamiento. Dependencia.

– Comprendí lo que estaba pasando y comencé a actuar de un modo radicalmente distinto. Me va bien. Apenas recurro a los calmantes…Me tomo el chupito sin problemas, algo impensable hace unos meses.

Mañana tenemos otra edición del curso intensivo de pacientes con migraña. Hace el número 23, creo.

Habrá agitación en todos los gallineros neuronales, incluido el mío.

Espero que ganen las opciones de la racionalidad frente a los miedos.

La Biología actúa emocionalmente y cuesta, a veces, contener el miedo.

Espero que, como en otras ocasiones, el alumnado cumpla y recupere la autorización de sus asambleas neuronales para llevar una vida normal.

El domingo me harán una entrevista en Radio Euskadi, a las 10, en el programa de Almudena Cacho. Espero transmitir alguna agitación productiva a los oyentes.

Buen finde.

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El acceso a la conciencia

La conciencia es un ámbito, un espacio-tiempo en el que el organismo se hace individuo.

En la conciencia se proyecta todo aquello que el organismo considera relevante para cada escenario.

No hace falta que suceda nada. Basta con que el organismo valore la posibilidad de que pudiera suceder algo, desde las expectativas que genera el conocimiento, las creencias, temores y deseos.

El organismo genera un flujo continuo de estímulos, procedentes del exterior e interior. No todos generan su correspondiente percepción, es decir, el acceso a la conciencia, tras ser sometidos a un complicado procesamiento de múltiples áreas cerebrales.

Se hace consciente aquello que pueda generar relevancia, atención, significado potencial.

Cada organismo teje una idea particular de lo que tiene o no relevancia.

El dolor emerge en la conciencia como consecuencia de un estado emocional del organismo al que podemos llamar “miedo”.

¿Miedo a qué?

Desde el punto de vista evolutivo, a que algo se dañe en ese preciso instante en el que aparece el dolor.

Si sentimos dolor en una zona podemos estar seguros de que el organismo está funcionando sobre la base de una amenaza consumada, inminente… o imaginada, de daño.

Los contenidos de la conciencia se nutren de realidad e imaginación. Si lo que sucede es relevante, basta el estímulo nocivo (un pinchazo, el contacto con algo caliente, falta de aporte sanguíneo…) para encender toda la red global del cerebro que abre el portón al mundo consciente:

¡Pase, pase!

Si las señales sensoriales son irrelevantes en sí mismas (hace viento sur, me voy a levantar, he comido queso curado) el acceso a la conciencia no viene determinado por esas señales sino por las expectativas y creencias que activan. Es el mundo imaginario el que abre el acceso.

– Me duele “la columna”

No son las señales de la columna las que activan toda la maraña neuronal que genera conciencia, hecha dolor, sino la conectividad que atribuye amenaza a una acción solicitada por el individuo. Antes de que lleguen las señales de la columna ya se ha activado el estado de conectividad responsable de la generación de valoración de amenaza, es decir, dolor.

– A su columna no le va a suceder nada. Levántese sin miedo.

– Pues me ha dolido.

No es esa hernia discal, ese disco “degenerado”, esa artrosis, esos músculos, esos nervios “pinzados”. Nada sucede en ellos capaz de activar el acceso a la conciencia. Si trasladáramos esas señales a otro cerebro, uno que no contuviera la conectividad del miedo a esa misma acción, no habría dolor.

– Tiene usted una columna razonablemente normal. Si quiere se la cambio. Lo que no le cambiaría es la idea que su cerebro se hace de ella.

El acceso a la conciencia se consigue con hechos o con hipótesis.

Lo deseable es que las hipótesis (temores) se muevan en el universo de lo razonable y que no haya eventos de daño.

– Tengo miedo a moverme. Me duele.

Los matices del lenguaje son importantes.

– El organismo teme que usted se mueva. Ese miedo genera conciencia de amenaza de daño, es decir, dolor.

– ¿Y qué hago?

– Elimine el miedo en su organismo. Recupere la actividad, aquello que dejó de hacer por el dolor. No sólo no es peligroso sino que es saludable.

– ¿No hay pastillas para los nervios… del organismo?

– Hay pastillas para inhibir globalmente la actividad de las neuronas, para hacer su luz más tenue. No hay que reducir la iluminación de todo el escenario de la conciencia. Hay que seleccionar lo que en cada momento y lugar tiene relevancia y enfocarlo selectivamente, apagando el resto. La acción de levantarse es irrelevante. El escenario de la conciencia no debe prestar atención a lo que allí sucede. Es puro ruido cotidiano, irrelevante.

– ¿Y ejercicios?

– Actividad, la que usted guste. Sin miedo.

El problema del dolor es un problema de conciencia, de selección de lo que accede a ella.

No tenemos la llave del acceso pero podemos hacer algo para que el organismo abra o cierre el acceso a la pantalla consciente. Podemos hacer algo para gestionar sus miedos.

– ¿Y qué me dice de la operación? Me han dicho que si no me opero puedo acabar en una silla de ruedas…

– Todo es posible, pero lo posible puede ser altamente improbable. También es posible que si se deja operar pudiera acabar en una silla de ruedas…

¿Dónde están las llaves? matarile-rile-rile…

Debieran estar en el departamento de la sensatez pero en ocasiones están en el del miedo, aunque ese miedo sea irracional.

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8 de Marzo

La mujer es una diana más fácil del dolor, en ausencia de daño relevante.

Dicen los expertos que son los “cambios hormonales” y los factores psicológicos (ansiedad, depresión) los que explican el dolor facilitado y se deja entrever con frecuencia, aunque no se diga, que, quizás, no haya tanto dolor como se confiesa.

Una padeciente del último curso de migraña contó a su neuróloga que se encontraba mucho mejor aun habiendo abandonado la medicación.

–  No sé si conoce al Dr Goicoechea…

– Sí.

– He hecho un curso…

– Ah…

Eso es todo.

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Marisol Perez de San Román es una compañera, médico de atención primaria, que colabora desde el principio en el trabajo con los grupos de pacientes de migraña.

Me ha enviado sus reflexiones para este día:

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8 de marzo

Dicen las estadísticas que las mujeres tenemos peor salud percibida que los hombres, aunque somos más longevas.

Consultamos más, se nos diagnostica con mayor frecuencia en los grupos de “síntomas mal definidos” y  en los llamados síndromes de sensibilización central (migraña, fibromialgia…),  tomamos más ansiolíticos y antidepresivos, y por supuesto muchos más analgésicos.

Probablemente son muchos los factores que influyen para que esto sea así  desde el rol de “supuestas perdedoras” en la escala social: las desigualdades salariales y de condiciones laborales, la doble jornada de muchas, la sobrecarga de los cuidados… Todo ello reconocido  y para lo que existe afortunadamente cierta sensibilidad en el sistema social y sanitario.

Paradójicamente en un medio cada vez más feminizado como es la sanidad seguimos manteniendo actitudes  paternalistas, y en muchas ocasiones fatalistas,  para todos los pacientes en general, y especialmente para las mujeres con dolor crónico.

La experiencia de intervención grupal en pacientes de migraña, basándonos en  el constructo teórico del Dr. Goicoechea, de más de 5 años de andadura, nos está dando la oportunidad de comprobar, grupo tras grupo, cómo hay otra forma de hacer las cosas en el campo del dolor crónico sin daño, cómo el conocimiento y la comprensión de lo que ocurre en el organismo tiene un efecto francamente  ” liberador”  para las personas: no sólo dejan de padecer síntomas molestos e invalidantes, sino que recuperan la normalidad, sin etiquetas de cronicidad, o de “hipersensibilidad” cerebral, donde no debería haberlas.

La experiencia de nuestros compañeros de Bizkaia en intervención pedagógica grupal para pacientes  de fibromialgia, también mujeres en su mayoría, me atrevo a asegurar que está siendo igual de ilusionante y positiva para los pacientes y los profesionales implicados.

Ya lo dijo M. Curie: dejamos de temer aquello que hemos aprendido a entender. Y  en muchos casos vale con eso, con dejar de temer, seas hombre o mujer, da igual.

Creo que tenemos la obligación moral de avanzar todos en este campo.

Gracias, Arturo, por explicarnos.

 

 

 

 

 

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