Sobre mí

De niño tengo recuerdos muy borrosos, pero yo creo que me podría definir como un niño obediente, formal, buen chico, temeroso de no cumplir con las normas.

Aquel entonces, en el colegio, el imperativo era ser formal y eso incluía estudiar, aprenderlo todo, sacar buenas notas, estar callado en clase. Y yo cumplía.

La formación era muy memorística, desarrollé una buena memoria. Afortunadamente para mí, fui al instituto a los 13 años y el primer día de clase ya me hicieron ver que, aunque la memoria podía ser importante, no era lo fundamental, sino que lo fundamental era asimilar los conceptos, meterse en las historias, comprender lo que se decía

En matemáticas, sobre todo, tuve la suerte de tener un profesor muy riguroso, el Parra. Parra de apellido. Y que no nos permitía ningún paso sin hacer una exposición correcta, rigurosa, estricta, impecable.

¿Y por qué? ¿Y por qué? ¿Y por qué?

Aprendí a ser exigente con las inferencias, con las conclusiones, desde el conocimiento.

También recuerdo que me gustaba la biología. Me llamaban la atención las células y todas esas historias. Recuerdo también cuando dieron el Premio Nobel sobre el ADN, todas esas cosas, y me sorprendió mucho. Me maravilló.

Bueno, el caso es que yo lo que quería era ser músico porque también tocaba el piano. Pero a mi madre le parecía que aquello no daba para comer. Me motivó para seguir tocando el piano y cantar en el coro de la parroquia y todas esas historias, pero me exigía que hiciera una carrera «decente».

Empecé para Ingeniero de Caminos por circunstancias familiares y gracias a la tuberculosis (o por desgracia) cambié de intención. Estuve ingresado en un sanatorio antituberculoso un año y medio.

Por aquel entonces, te podían tener un año y medio secuestrado, respirando «aire puro», porque decían que eso era lo que había que hacer con la tuberculosis. Desde luego fue un buen año de mi vida, porque me lo pasé muy bien y me sirvió para reflexionar, como un año sabático.

Allí decidí que quería ser médico

Me parecía que eso de ayudar a los demás, de escuchar a los demás, de meterme en el pellejo de lo que les pasa a otros… era interesante.

Me gustaba mucho también leer libros de ensayo, de filosofía, Ortega y Gasset. Bueno, no sé, me daba por pensar en las cosas y luego ya me hice médico y, sin tenerlo en la mente, pues me hice neurólogo por dirección del hospital. Como no había ningún neurólogo, se me sugirió que podía hacer neurología.

Me fui a Barcelona, estuve en San Pablo y Bellvitge cinco años y me volví ya como neurólogo. Para entonces seguía siendo obediente, ortodoxo, tratando de aprender todo lo que decían y hacían los mejores de la neurología.

Y esa afición mía a conocer las historias de los demás, a meterme en la historia… yo creo que me hizo disponer de muchos datos que no encajaban con lo que se decía.

La migraña en aquella época era algo genético, nadie lo cuestionaba, yo tampoco.

Y que era un proceso vascular. Nadie lo cuestionaba, yo tampoco.

Era muy aficionado a los libros. Me gustaba ir a Barcelona y a Madrid de cuando en cuando, a las librerías médicas. Miraba los titulares de los libros, le echaba un vistazo y si me parecía, pues lo compraba y trataba de estudiarlo.

Esto hizo que cayera en mis manos algún artículo, algún libro que hablaba de cosas que nunca me había hablado nadie y que tenían mucho que ver con la biología. Cómo funcionan los seres vivos.

Todavía no tenía ni idea de lo que era la evolución y Darwin. Pensaba, como piensan muchos, que el hombre descendía del mono y no daba más, no me daba más.

Tuve suerte con algunos amigos, en el sentido de que ellos sí que sabían cosas que yo desconocía y uno de ellos, Manuel, conocía bien la teoría de la evolución y me presentó algunos libros y dijo «léete esto», después de oírme mis primeras indagaciones, mis primeras inquietudes desde la heterodoxia.

Y eso también supuso un cambio fundamental. Y entonces no sé, entre que leía, entre que hacía muchas preguntas a los pacientes y entre que me dejaba llevar de la curiosidad…

Por ejemplo, por el efecto placebo. Era sorprendente. Había gente que con el placebo les desaparecían sus sufrimientos. Y dije oye, que aquí hay algo.

Pero todavía no se escribía mucho sobre esas cuestiones.

Tuve la intención de crear una unidad del dolor en neurología en el hospital y traje al doctor Madrid, que era uno de los pocos que en aquella época se dedicaba a las unidades del dolor. Y nada. El objetivo era utilizar del mejor modo la escala de los fármacos, no tener miedo a los opiáceos y quitar el dolor a golpe de fármacos.

Que si alguien no era capaz de quitarle el dolor era porque yo era incompetente para el manejo de los fármacos y que nada se resistía a la farmacología.

Pues esa confianza en la ortodoxia, esa obediencia, poco a poco se fue erosionando, porque pesaba más la realidad de los pacientes.

¿Qué es lo que yo leía?

Me acuerdo de un artículo que hablaba de la terapia cognitiva. No tenía ni idea de lo que era la cognición. Esto era cosa de psicólogos y psiquiatras. Y yo era un neurólogo, «alguien serio». Hablaba de moléculas, células. Eso de la cognición y otros productos psicológicos no era para mí.

Pero me di cuenta de que sí, que era para mí y para todo el mundo.

Lo que iba leyendo, lo que iba aprendiendo, yo se lo contaba a todos los pacientes, porque no podía evitarlo. No sé, soy cotilla en la consulta. Tengo que contar lo que sé:

«Oye, ¿te has enterado que el dolor, esto y lo otro?»

Yo se lo contaba al primero que viniera por ahí.

Y entonces, para mi sorpresa relativa, descubrí que a los que había informado de cómo funcionaba todo esto y qué significado tenía el dolor…

«Pues ¿sabe, doctor? ¡Que no me ha dolido la cabeza!»

Al principio me sorprendía un poco, pero cada vez menos, porque me di cuenta de que el cerebro funcionaba desde la información.

Y también hice mis pinitos en leer cosas de inteligencia artificial, de redes neuronales y entonces eso me hizo ver las cosas desde otra perspectiva. No solo había cuestiones de médicos, de moléculas, de fármacos, diagnósticos, sino que había una cuestión de aprendizaje.

Y bueno, pues eso, el organismo tiene muchas caras, muchas facetas, y no todas se abordan desde la medicina digamos tradicional, clásica, ortodoxa.

Yo creo que es fundamental salirse de la zona de confort intelectual de uno, salirse de la batalla por ser el más listo, el más majo, el más famoso y simplemente dejarse llevar por la curiosidad en otras ramas del conocimiento.

Yo hice eso, me leí todo lo que pillaba, y sabía que no sabía. Y poco a poco se fue tejiendo un cuerpo de conocimiento. Yo lo contaba con mi naturaleza chismosa y cotilla al primero que se presentaba por la consulta.

Y luego ya me liaron, otros quisieron ponerse al día en lo que yo contaba…

Pero esto lo hice en la más absoluta soledad. Sí, mis compañeros decían:

«Yo creo que tienes razón, esto es así, pero luego es muy complicado de aplicar»

«La gente lo que quiere es que le quites el dolor y no rollos de estos»

Se veía como una cosa que podía tener fundamento teórico, pero poca aplicabilidad práctica. No me dejé llevar por esas objeciones y seguí haciendo lo que hacía, que era leer, estudiar y contar en la consulta lo que yo había aprendido.

Compartir con cualquiera que viniera por la consulta, sin límite. A veces pensaba:

«Hombre, este es un alumno ideal, este me va a entender y este va a ir bien» e iba fatal.

Y otras veces lo contrario:

«Este no se ha enterado de nada, no tiene capacidad para comprender todo esto…» y resulta que sí que había ido bien.

Bueno, pues esa es la historia. ¿Que por qué yo hago esto? Tampoco lo sé.

Solo que era muy curioso y me gustaba conocer lo que desconocía dentro de mis limitaciones. Me gustaba conocer y me gustaba también contar lo que conocía a los demás.

Con los pacientes era posible.

Con los amigos yo creo que absolutamente imposible.

«Jajaja. O sea que dices que el dolor no existe? Jajaja. Bueno, bueno».

No sé, igual alguna vez que tenía un dolor me decían:

«¿Pero tú también tienes dolor? Pues piensa que no duele. Si el dolor no existe. Jajaja».

Afortunadamente los pacientes sí me hacían caso, entre otras cosas porque estaban cansados, hartos, desesperados de que se les ofreciera siempre lo mismo y se les dijera siempre lo mismo.

Y sigo así, sigo leyendo y sigo escribiendo. Ya no veo pacientes. Escribo en el blog, escribo algún tuit, escribo algún libro, participo en algún curso.

Y eso es lo que seguiré haciendo. Leer, estudiar y contar.

Chismorrear.

¿Y por qué sigo haciéndolo, aún estando jubilado?

En realidad no me considero un jubilado en el sentido de que haya acabado mi actividad laboral o como profesional, sino que me considero más bien alguien que sigue haciendo lo que estaba haciendo, pero está desinstitucionalizado.

Ya no en el marco de una organización como es Osakidetza (Servicio Vasco de Salud), sino por libre.

Y además, como una hija mía se hizo fisio (Maite Goicoechea) y se casó con otro fisio (Asier Merino), luego la hija pequeña, Inés, maneja este tema en las redes sociales y tal, pues en vez de estar incluido en Osakidetza, estoy en un grupito mucho más amable, mucho más activo y con mucha más creatividad, sin tanto lastre como es el sistema público. Con GoiGroup.

Y ¿por qué lo sigo haciendo?

Pues primero por inercia. Porque es lo que he estado haciendo durante toda mi vida. Y luego porque me encanta. Me encanta.

Yo hago preguntas, busco respuestas. Y me encanta cada vez que veo que había alguna cosa que desconocía o un enfoque, o que yo estaba equivocado en alguna cuestión. Hay algunas cosas que se mantienen, como conceptos básicos, pero hay otros que van cambiando. Y me encanta eso de cambiar, de explorar, de descubrir cosas que ignoraba.

Todo eso está en los libros y en otra gente que también piensa y escribe.

Y luego porque realmente es un compromiso que tengo con los pacientes. Yo estoy muy convencido de lo que propongo.

Creo que los expertos en el ámbito este de los síntomas sin explicación médica (o sin justificación biológica, como prefiero decir) no están prestando los servicios que deberían prestar y alguien tiene que ponerse del lado de esa multitud de pacientes que ya están hartos, cansados, desesperados de probar todo lo que se ofrece en la medicina oficial y en las alternativas.

Entonces tengo que seguir. Ya no estoy solo. Tengo a GoiGroup y sobre todo tenemos a los pacientes, la goicotribu. Consideran también ellos que deben contribuir a divulgar todo esto.

O sea que no es una vocación exactamente. Es un compromiso adquirido que luego uno no puede soltar.

Y no lo puedo soltar y esto a veces es decepcionante y otras veces muy, muy, muy profundo, muy, muy bonito, porque se consigue desde esta propuesta sacar del pozo a muchos pacientes que habían perdido cualquier esperanza de salir de esta situación.

No sé porque lo sigo haciendo, pero lo sigo haciendo.

Supongo que todavía tengo curiosidad por aprender. Disfruto leyendo artículos que me aportan algo o comprobando que hay otras personas que también piensan como yo y que no estoy solo.

Y para eso necesito estar en este mundito de los pacientes, de los conceptos, de la biología del organismo, de los síntomas, los libros, el blog, etc.

Eso me da vidilla y creo que tengo que seguir haciéndolo.


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Arturo Goicoechea Uriarte, neurólogo

Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946.

Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado.

Permanezco activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde 2008, a través del blog.

Libros publicados: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático), 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009. Desaprender la migraña, 2019. Sapiens, ma non troppo. Síntomas sin explicación médica, 2020.

Cursos online: en GoiGroup.

Documental «El dolor se aprende»: en este enlace.

arturo goicoechea neurologo