>Atención

>


Ponemos atención a lo que nos importa, a lo que concedemos relevancia.

Miramos, escuchamos y palpamos… aquello que nos interesa a la vez que vemos, oímos y tocamos el fondo confuso de lo irrelevante.

Activamos el foco atencional donde y cuando detectamos o anticipamos algo significativo.

A veces nos sentimos agentes, gestores de la selección atencional y otras somos más bien pasivos, vamos a remolque de lo que sucede.

Los síntomas: el dolor, el hambre, el mareo, la sed, el picor, el frío, el cansancio… son estados atencionales. Toda percepción es un estado atencional. Contiene una selección de un aspecto de la realidad, un atribución de relevancia a un momento y lugar.

El hambre dirige la atención a los alimentos, la sed al agua, el picor a los parásitos y tóxicos cutáneos, el cansancio al reposo, el frío al abrigo…

Los síntomas solicitan una conducta, con apremio variable.

El dolor incita a la evitación de daño necrótico, a alejarnos de pinchos, cazuelas calientes y objetos móviles en nuestro espacio peripersonal o a quedarnos inactivos frente al daño interno consumado, inminente o imaginado.

No todo lo seleccionado merece ser atendido. No todos los síntomas contienen justificación.

No hay que comer, beber, rascarse, abrigarse o inmovilizarse siempre que aparece la incitación a hacerlo.

La demanda cerebral de que atendamos lo que, desde su punto de vista, tiene trascendencia aquí y ahora se apoya en la propiedad de los síntomas de forzar a que el individuo atienda también lo reclamado, que comparta el interés, que sea cómplice.

Si la selección cerebral está justificada, lo sensato es acoplarse voluntariamente a lo solicitado y buscar comida, agua, abrigo o reposo.

Si el cerebro plantea una hipótesis injustificada, si selecciona una posibilidad-probabilidad absurda, hipocondríaca… el individuo no debe dejarse arrastrar por la presión del síntoma sino despreciar la invitación atencional de su cerebro y centrarse en lo que él previamente tenía seleccionado y su cerebro trata de interrumpir.

El conflicto atencional estalla en numerosas ocasiones entre el cerebro y el individuo. Cualquiera de los dos puede tener razón. El equivocado debiera dar su brazo a torcer.

El dolor, en ausencia de daño necrótico (consumado o inminente), consigue que el individuo ponga su atención en una conducta de evitación, se inmovilice, rechace estímulos representativos del mundo y se tome el «calmante» exigido por el guión. No hay ninguna justificación para atender la demanda irracional cerebral. Lo sensato sería despreciar el requerimiento, continuar con lo seleccionado por el individuo.

Desviar la atención del dolor a nuestras tareas puede tener un resultado variable, a corto y medio plazo.

Para desatender al cerebro con éxito debemos argumentar.

El conflicto atencional entre cerebro e individuo exige racionalidad, justificaciones. Si se limita a una pelea entre intereses, generalmente gana el cerebro y el individuo acaba en el cuarto oscuro después de tomarse el calmante y dejar el ordenador.

Cuando el cerebro está equivocado debemos hacernos con el mando a distancia de los recursos atencionales. Si no nos dotamos primero de razones biológicas, perderemos. Al cerebro le traen sin cuidado los argumentos «personales», la necesidad de preparar un examen…

– No salgas a la calle que puedes coger frío y enfermar…

– Es que… he quedado con los amigos para jugar al fútbol…

– Ni hablar. Vas a sudar y enfriarte…

2019-07-25 11.12.31

Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

5 comentarios sobre “>Atención

  1. >Una cosita que veo muchísimo y con la que me genera un tedio tremendo tratar, son los temas estos de atención, pero para variar, fomentado por las manos expertas del vendedor de enfermedad y el miedo a lo que sea. "Es que tengo problemas de memoria" o "es que el niño tiene problemas de atención". Contestación después de "estudiar" un poquito el asunto: "no mire usted, lo que es problemas de eso no hay…". Es que nos olvidamos siempre de la motivación, del interés, y hay veces que mal que nos pese, no nos interesa eso de lo que queremos o nos gustaría acordarnos….A los niños se les somete a horarios de ejecutivos agresivos, con, a veces, media hora de recreo, largándoles unos rollos impresionantes, con profesores en muchos casos desmotivados y solo interesados en el sueldo, y encima, si "no se les queda" o "no atienden" es que tienen problemas de atención y/o de concentración. Posiblemente es de todo un poco..Saludos.

  2. >Jesús: esa es la clave: "motivación". Una vez conseguida todo fluye por sus cauces. La atención no es algo que está ahí per se. Es una consecuencia de la motivación. Dirijo un coro. Los coralistas son hiperactivos (no callan) e hipoatentos cuando he interrumpido y hago un comentario. Mi objetivo para hacerme con una mínima disciplina es que se motiven respecto a las indicaciones comprobando que tras la corrección aquello empieza a sonar mejor…Saludos

  3. >Anónimo: pues sí, hay que estar atentos para dar una puntada a tiempo y evitar así males mayores. El problema es seleccionar nuestras intervenciones. No pasarnos el día en un sermón continuo.Saludos

  4. >Me pregunto, al margen de nuestros esfuerzos al respecto, que es lo que hace que ciertos niños muestren tan poco interés general y sí uno muy en particular. Resulta muy difícil que entren en una dinámica que aparentemente les es ajena. Un saludo.

Puedes escribir un comentario aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.