Una percepción aversiva y protectora

 

El dolor es una percepción aversiva y protectora...

Una percepción es una construcción cerebral compleja que integra en cada momento toda la información disponible para atribuir un significado a la realidad y ofrecer un conjunto de opciones de interacción.

Aprendemos a percibir, a construir contenidos de conciencia.

Los ojos no bastan para ver. Contienen una matriz de sensores que se limitan a convertir la radiación electromagnética que les llega, procedente de la luz absorbida y reflejada por los objetos, en señales eléctricas (potenciales de acción) que se conducen a los centros de procesamiento (aprendizaje). A través de la interacción del organismo con el universo real, la red neuronal va construyendo patrones que permiten interpretar lo que sucede ahí fuera , atribuir significados, hacer predicciones, preparar programas motores.

Los ojos no ven. Facilitan material para habilitar el aprendizaje visual.

Hay estados de energía térmica, mecánica y química que son nocivos. Pueden destruir tejido. Una red de neuronas especializadas en detectar estos estados, la red nociceptiva, los convierte en señales eléctricas (potenciales de acción)

Esta red nociceptiva es el equivalente al ojo.

El ojo detecta luz (radiación electromagnética). La red nociceptiva, energía mecánica, térmica y química, nociva.

Tanto la luz como la energía nociva se convierten en las neuronas sensoras en señales eléctricas. Es lo que llega a los centros de procesamiento: electricidad.

Con ese material la red neuronal va aprendiendo a construir significados. Esos significados se convierten, de modo misterioso y desconocido, en contenidos de conciencia, percepciones.

La red nociceptiva no detecta peligro. Sólo estados de energía nocivos. Es la red de procesamiento la que aprende a atribuir peligrosidad a esas señales que le llegan de unas neuronas determinadas.

Los objetos no ven y los tejidos no duelen. Los objetos se limitan a reflejar la parte del espectro de luz que no ha sido absorbida. Los tejidos se limitan a liberar moléculas señal cuando son destruídos o están en peligro de destrucción inmediata, y las neuronas vigilantes (nociceptores) detectan los estados de energía nociva presentes en su campo receptor.

Los tejidos se mueren o estresan. Los nociceptores detectan la amenaza consumada o inminente y generan un tren de señales informativas.

El dolor expresa un estado indeseable. Por ello contiene un afecto negativo, aversivo, que obliga a considerar amenaza en la zona objeto de la atención de la red defensiva, .

En los tejidos, sólo muerte consumada o inminente. En las neuronas vigilantes de cada rincón, sensores de peligro para evitar que se consume la muerte celular (incluida la de las propias terminales neuronales vigilantes). Si no se evita, las terminales sanas de las neuronas vecinas detectan la incidencia letal, a través de moléculas señal (DAMPs), y generan un tren de señales eléctricas (potenciales de acción) que se conducen a los centros de procesamiento-evaluación respuesta.

En función de ese procesamiento, del contexto, de lo que se haya aprendido, aparecerá o no la percepción de dolor en la conciencia. Esa percepción contiene en su cualidad la propuesta de una acción de protección.

“El dolor es una percepción aversiva y protectora…”

Surge del aprendizaje de cada cual, de la narrativa de cada escenario.

Los músculos, el estómago no duele. Pueden dañarse o estar en peligro.

No hace falta que haya peligro real en ese momento, lugar y circunstancia.

Basta con que la red neuronal defensiva haga una predicción de peligrosidad. En la conciencia aparecerá la percepción aversiva y protectora específica del dolor.

La información sensorial es parcial, ambigua, insuficiente. No facilita señales de peligro futuro. Hay que aprender a predecir, a rellenar los huecos que dejan los sensores de lo real.

El dolor es siempre real, el producto de un patrón de actividad electroquímica en un mapa cambiante de conectividad. No surge de algo inmaterial. Es siempre consecuencia de un soporte físicoquímico.

No podemos equiparar dolor y daño.

Primero evaluemos posibles daños que explican y justifican la evaluación de amenaza.

Si no hay daño que explique y justifique esa evaluación, analicemos el porqué de ese error evaluativo que no aporta mas que sufrimiento e invalidez improductiva.

– Me duele

– No tiene usted nada dañado.

– Qué bien. Proyectaré esa información a la red y trataré de enfriar el miedo aprendido.

Hay que cuidar la función evaluativa. Nos puede convertir la vida en un infierno.

No basta con el ejercicio, la alimentación, la relajación.

Hay que implicarse conscientemente en la función evaluativa, en esa historia que se va construyendo sin descanso sobre el organismo que habitamos.

Puede que, en muchos casos, esté más sano de lo que parece.

La conciencia no es fiable.

La percepción dolor, tampoco.

No siempre que duele hay una zona que necesita protección.

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El dolor es…

 

El dolor, para el paciente, es… dolor, esa experiencia sensorial y emocional desagradable (IASP) que todos conocemos y no necesitamos que nos la describan para saber de qué estamos hablando.

Sucede lo mismo con la consciencia, esa percatación que tenemos de nosotros mismos, que todos conocemos y no necesitamos que nos la describan para hacernos una idea de qué va.

Otra cosa es relacionar el dolor con los procesos biológicos que lo sustentan, que lo hacen aflorar en la conciencia.

Para el paciente está claro: algo no va bien.

– Voy al médico para que me diga por qué me duele y me dé algo para que se me quite.

Nadie va al médico a preguntar ¿Qué es el dolor?

¿Por qué? y ¿cómo lo evito? Esas son las preguntas.

Sin embargo es fundamental que el paciente conozca el entramado neuronal del dolor.

Aunque no lo pregunte ni requiera, debemos hacer una mínima pedagogía sobre el sustrato físico de esa experiencia sensorial y emocional desagradable…

El ciudadano debiera conocer ya ese mínimo ABC biológico del dolor.

Por supuesto, todo profesional debiera conocer también ese ABC, en este caso a un nivel más avanzado.

No es así.

Peor. La ciudadanía y un alto porcentaje de profesionales manejan un ABC incorrecto.

– Me duele la columna… Me duele el estómago…

– El cerebro no duele…

Yo tengo condensado mi ABC particular:

“El dolor es una percepción aversiva que emerge en la conciencia como resultado de una evaluación cerebral implícita, aprendida, de daño necrótico consumado, inminente, o imaginado y que incita al individuo a la indagación causal y la minimización de dicho daño”

– Ya lo sé, pero usted es el médico. ¿Tengo algo dañado?

– En mi opinión, no. Estaríamos ante un daño imaginado, virtual. Puede y debe hacer una vida normal, sin miedo.

– Gracias, doctor.

¡Ja!

No caerá esa breva. Caerán otras.

Como la definición se las trae, iré desglosando cada término en entradas sucesivas para explicarme.

Sherrington lo definió de modo más simple:

“El dolor es el correlato psíquico (consciente) de un reflejo defensivo”

Correcto. El dolor es una respuesta defensiva, no un estímulo.

El problema reside en los casos en los que esa respuesta aparece en la conciencia sin ningún estímulo nocivo que lo explique y justifique.

De momento ahí dejo mi enrevesada definición e iré desbrozándola en los días siguientes, justificando cada palabra.

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El cerebro engañado

 

Se suele decir que “el cerebro nos engaña”. Para demostrarlo proyectamos imágenes de ilusiones ópticas. Parece como si el cerebro disfrutara tomándonos el pelo, tal como hacen los magos.

Los magos nos engañan con sus trucos y nos hacen ver una realidad inexistente.

El cerebro no engaña ni es aficionado a los trucos. Simplemente actúa en función de lo que cree y teme. No siempre lo que percibimos, especialmente si se refiere a universos opacos a nuestros sentidos (externos e internos), refleja la realidad.

No siempre que duele, hay daño consumado o inminente. Generalmente no hay una mínima probabilidad de que suceda, a corto plazo, algo que ponga en peligro la integridad física del organismo. Sin embargo en la conciencia aparece dolor, como si realmente estuviera sucediendo lo que se teme.

¿Qué hace que el cerebro nos presente una realidad inexistente?

No hay intención de engaño ni de asustar para conseguir una conducta segura.

Simplemente la conciencia recoge un flujo continuo integrado de realidad e imaginación.

Las expectativas y creencias tienen un peso variable en cada escenario. Aprendemos a evaluar cada situación, en función de experiencias e instrucción experta. La cultura experta de organismo opaco es la que puede imponer su ley, el temor, por encima de la realidad.

El cerebro es asustadizo y construye su idea de peligro al calor de los relatos de temor que contiene la cultura de organismo.

Un cerebro sensibilizado es un cerebro asustado, engañado. Lo que sintamos, pensemos y hagamos, tendrá coherencia con esos estados de temor de la red defensiva.

Un cerebro asustado no se equivoca. Si a cualquiera de nosotros nos dicen que existe un peligro que no podemos controlar, sufriremos las consecuencias. Actuaremos como si el peligro pudiera consumarse. No estaremos equivocados. Sólo asustados e indefensos. No sabemos qué es verdad o no; cuándo puede suceder lo temido.

En los cursos tratamos de explicar estos conceptos para ver si disolvemos el miedo irracional a lo cotidiano e inevitable.

Vivir es razonablemente seguro.

El dolor debiera ser excepcional y pasajero: justo lo que dura la reparación de un tejido dañado.

Un cerebro que protege sin temor ni falsas expectativas no activaría sin motivo estados de conectividad que proyectan dolor en la conciencia, o, si estos aparecieran, podría detectar el error e ir corrigiendo ese miedo injustificado, mortificador e invalidante.

Frente al cerebro asustado y engañado no cabe otra que des-asustarlo y contarle verdades biológicas: la fundamental: el dolor no indica necesariamente lo que está pasando en términos de daño real. Muchas veces refleja creencias y expectativas erróneas. No porque se equivoque, sino porque está informado en esa dirección.

Puede que el engaño sea bienintencionado. Los padres también engañan para proteger a sus hijos. Ellos lo saben.

El cerebro no nos engaña. No sabe que lo está haciendo. Está equivocado porque le han contado historias falsas. Temores teóricamente posibles pero altamente improbables.

Hay que contarle verdades, en la medida que disponemos de ellas.

Sobre todo, debemos desvelar falsedades, en la medida, también, que sabemos que son falsas.

Cada experto dice lo que cree que es cierto y falso.

¿A quién creer?

Nosotros dedicamos, en los cursos de pacientes, unas cuantas horas a exponer argumentos y conocimientos de Biología para disolver el miedo que anida en la conectividad de la red neuronal.

Al menos hay que intentarlo.

Mañana tenemos otro grupo intensivo.

Siempre resulta emocionante la aventura pedagógica.

¡Mucha mierda para todos!

Es lo que se desean los músicos antes de salir a escena.

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Certificado de fin de obra

 

Cuando se produce un siniestro celular (necrosis), una quemadura, desgarro, contusión, infección… se reclutan ràpidamente en la zona, efectivos celulares de protección de la vecindad de células sanas y reparación de los daños.

Cada tipo celular hace su trabajo y se retira o desactiva al finalizarlo. La zona siniestrada queda habilitada para su uso, a veces con un aspecto similar al previo al incidente de necrosis y otras con una peor calidad (tejido fibroso en vez de células nuevas) pero con aptitud para ser utilizada.

El destrozo se ha reparado. Fin de obra. Se puede retirar todo el material y autorizar el uso.

La inflamación es la primera fase defensiva y reparadora. Se activa y debe desactivarse cuando finaliza su cometido.

Hay unas moléculas, denominadas “resolvinas”, que son los mensajeros que indican a los efectivos celulares activados en la inflamación, que deben desactivarse. Ya no son necesarios. Sólo estorban. Hay que iniciar la regeneración del lugar, la habilitación para el uso.

Generalmente la reparación se completa. Ya sólo queda remodelarla, adaptarla al uso. El individuo debe utilizar la zona reparada para que los tejidos recuperen su estado funcional y robustez.

Para reutilizar con normalidad se necesita la autorización, el visto bueno. Ya no hay riesgo. Puede y debe (remodelación) utilizarse.

El certificado de fin de obra y garantía de uso se concede en las altas esferas de la red neuronal.

El dolor certifica que no se da el certificado, a pesar de que no haya nada que impida o desaconseje el uso.

El tejido reparado ya no está inflamado. Se ha completado la regeneración y sólo necesita el permiso para poder remodelarse.

Dicen que los ácidos grasos omega 3 producen resolvinas que resuelven la inflamación y así evitan muchos percances inflamatorios.

Realmente la inflamación debe resolverse en su debido momento, cuando se haya completado su cometido. Hay una complejísima sucesión de mensajeros celulares que intercambian información y determinan el fin de la fase inflamatoria. No tiene sentido que administremos resolvinas externas para decir a los tejidos cuándo debe finalizar la fase inflamatoria.

 Menos sentido tiene aún atosigar al organismo para que resuelva algo que ya está resuelto.

En el fondo, subyace la idea errónea de que la inflamación es algo malo que debe resolverse cuanto antes, independientemente de cómo vaya el proceso de reparación.

Las terapias anti-inflamatorias tienen sentido cuando la respuesta defensiva inflamatoria no debiera haberse activado (patología autoinmune) o cuando dicha respuesta, aunque justificada, es excesiva y genera más destrozo que reparación.

En la mayoría de los casos, habría que respetar el delicado proceso inflamatorio y dejar que la información a pie de obra determine el fin de las tareas.

– No quiero que se me hinche ni me duela.

– Tome el ibuprofeno. Póngase hielo.

Usted y el profesional resuelven resolver cuanto antes las molestias de la obra y precipitan la resolución de la primera fase (protección y reparación).

Uno es libre de decidir lo que se le antoje, pero con conocimiento de causa.

A mí la inflamación no me preocupa. Me da confianza. Ya resolverá cuándo darse por finalizada. Las resolvinas internas informarán del momento oportuno.

Las resolvinas externas, los omega 3, no saben de qué va el asunto.

Si el siniestro se ha reparado habrá que convencer a las áreas de toma de decisión que faciliten el certificado de fin de obra.

– Ya no hay nada inflamado. La herida está cicatrizada. Puede y debe reincorporarse a la actividad normal. Sin miedo.

Asunto resuelto.

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Evitar el dolor

 

No hay mayor placer que el de poner fin al sufrimiento.

A veces está a nuestro alcance. Basta con identificar la causa y eliminarla. Quitarnos un zapato prieto, una espina clavada en la piel.

El problema surge cuando duele sin una causa aparente sobre la que actuar. El dolor ya no es el efecto de una causa sino algo en sí mismo.

– No tiene usted nada. Es todo normal.

– Me alegro, pero me dará algo que me quite este dolor. Es insoportable.

El calmante es a veces eficaz. “Funciona”.

La función evolutiva del dolor no es la de buscar algo que lo calme sino dar con la causa para evitarla.

Si aparece el dolor en la conciencia podemos y debemos concluir que el organismo evalúa amenaza de destrucción física de los tejidos de la zona doliente y que incita al individuo a explorar conductas que lo hagan desaparecer.

Si el dolor se va, coincidiendo con una acción, que puede ser la de tomar un calmante, esa conducta quedará memorizada como eficaz.

Duele, luego hay una amenaza.

Tras una acción, el dolor se va. La amenaza parece que se ha disuelto.

La acción calmante queda valorada como necesaria por el organismo. La solicitará en el futuro, cuando vuelva a aparecer el dolor en la conciencia.

– Intenté no tomar nada, seguir con lo que estaba haciendo, sin prestar atención al dolor. Al final el dolor se hizo insoportable y tuve que ir a casa, meterme en la cama y tomar el calmante.

No es que el calmante haya disuelto el dolor. El cumplimiento de la acción exigida ha puesto fin a la valoración de amenaza. Superstición, placebo.

Se consolida así una estructura fóbico-adictiva. El organismo valora amenaza sin haberla. El miedo se retroalimenta en espiral hasta que aparece su expresión en la conciencia, en forma de dolor. Hay que disolver el embrollo, cumpliendo con el ritual establecido: la acción calmante.

El paciente sólo piensa en el dolor. Si se va, se conforma.

Para el organismo el dolor es un signo de confirmación del estado evaluativo de amenaza (sesgo de confirmación). Si tras la acción calmante el dolor se va, se confirma también la necesidad de esa acción calmante para que desaparezca la amenaza. Otro sesgo de confirmación.

El dolor, en estos casos, en los que no existe una causa que lo explique y justifique biológicamente, es el exponente de una disfunción evaluativa. No son los genes, los alimentos, los estreses, las hormonas, ni cualquier otro componente inofensivo de lo cotidiano.

Sólo hay errores de valoración de amenaza. Sesgos de confirmación.

En teoría, está claro lo que debemos hacer. Justo lo contrario a lo que el organismo solicita. Proyectar la convicción de que todo está en orden en la zona doliente y tratar de centrarnos en la actividad importunada por el dolor.

El objetivo no es dar con la clave analgésica sino disolver el error evaluativo.

Hay que centrarse en la causa, en el meollo. De otro modo mantendremos viva la dinámica de los sesgos de confirmación.

– Tómese el calmante tan pronto como note el dolor…

No estoy de acuerdo. Al menos es discutible el consejo.

No sólo existe el corto plazo. Lo que hacemos impulsados por la urgencia del momento condiciona el futuro.

Si no hay otra cosa que un error hay que tratar de eliminarlo, desde la realidad (no sucede nada amenazante) y el control desde esa convicción.

No siempre se consigue pero hay que intentarlo.

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El dolor no es un signo inflamatorio

 

En el siglo I antes de Cristo, el médico romano Celso, describió los cuatro “signos” inflamatorios: rubor, tumor calor… y dolor.

Evidentemente la inflamación genera calor, tumor y rubor en la zona inflamada, siempre objetivables , pero el dolor no es una cuestión de los tejidos inflamados sino del cerebro. Las neuronas sanas e hipersensibilizadas que rodean la zona inflamada generan señales informativas del proceso. Esa información llega al cerebro y, en función de muchos factores, aparecerá (o no) en la conciencia el sentimiento de dolor. Lo percibiremos en la zona inflamada pero no se genera allí, sino en el cerebro… cuando se genera.

No siempre que hay inflamación hay dolor, aunque generalmente es así, pues la zona dañada e inflamada es vulnerable y debe protegerse. El dolor se encarga de garantizar la conducta de protección del individuo, solicitada por el cerebro. Si el individuo se encuentra en una situación de riesgo que activa la conducta de lucha-huída, es posible que haya heridas con inflamación que, sin embargo, no se acompañan de dolor, mientras persista la situación de peligro.

Menos aún debemos decir que si sentimos dolor en una zona, está inflamada. En la mayoría de las zonas doloridas, una vez descartada una lesión reciente, activa, no existe rastro de inflamación.

¿No hay rubor, calor e hinchazón en la zona doliente? pues no hay signos, evidencia de inflamación.

¿Hay dolor? Hay que objetivar los signos inflamatorios. Si no están, no podemos ni debemos mentar a la inflamación.

A la inflamación y al dolor lo que corresponde a cada uno de ellos.

La inflamación es una respuesta local protectora y reparadora de los tejidos dañados.

El dolor es la expresión en la conciencia de un estado evaluativo de amenaza, influido por múltiples factores, no sólo la información sensorial de la zona dañada.

Hay inflamaciones buenas y malas, comedidas y desmedidas.

La respuesta inflamatoria local se enciende y se autoapaga, según va reparándose la zona.

Hay una tendencia actual a equiparar dolor crónico con inflamación (de bajo grado) crónica.

Si queremos llamar inflamación a un proceso definido por el estado de alerta neuroinmune, no acompañado de los cambios vasculares y celulares que definen a la inflamación clásica y que producen los tres signos tradicionales: rubor, tumor y calor, sólo generamos confusión.

Los ciudadanos tienden a dar por sentado que lo que duele es porque está inflamado y aceptan de buen grado el ibuprofeno.

No estaría de más un poco de rigor con los términos.

Necesitamos clarificar muchas cuestiones. Una de ellas es la inflamación. Qué es y no es.

El dolor no es discutible. Si el paciente lo relata es porque lo siente. No sucede lo mismo con la presunción de inflamación.

Probablemente no haya tal inflamación y, si la hay, habría que valorar si debe respetarse (si es comedida) o neutralizarse, si es desmedida.

¿Cómo saberlo?

No lo sé.  La Biología es muy compleja.

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2018. Año de la excelencia en educación del dolor

 

La IASP (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor) ha declarado este año 2018 como el año de la “excelencia en la educación del dolor”.

La proclamación expresa la necesidad de señalar y corregir las flagrantes carencias en la instrucción experta. No hay programas de calidad en la formación de expertos. Parece que el dolor sea algo que se puede afrontar sin demasiadas complicaciones ni adiestramiento. Se descarta una lesión-enfermedad y se procede a combatirlo con una escala de analgésicos de potencia creciente. Si no se consigue la analgesia se consideran factores psicológicos y se deriva al Psicólogo, o músculoesqueléticos y se deriva al Fisioterapeuta. Si tampoco se consigue nada acaba el paciente en la Unidad del dolor y si tampoco eso basta, en brazos de las propuestas “alternativas”.

El paciente con dolor pero sin daño recibe en todo este peregrinaje todo tipo de terapias, pero, en pocos casos una explicación del por qué de su dolor. No hay asomo de Educación en dolor” pero sí adoctrinamiento en alarmismo e indefensión.

Dicen ahora que el dolor es un output cerebral, algo que sale del cerebro, no algo que entra (input).

Algo tan cierto y perogrullesco como eso (similar a la afirmación de que la orina es un output del riñón) no ha calado en el kit de creencias básicas sobre dolor. La propuesta genera rechazo.

– Ja, ja, o sea que el dolor no existe…

“El dolor es algo que sale de los músculos”. Se acepta por legos y muchos expertos músculoesqueléticos.

El dolor es algo que puede ser explicado por las emociones, el estrés… proclaman legos y expertos en emociones.

“Podemos controlar eficazmente el dolor con los recursos actuales en la mayoría de los casos”, aseguran los creyentes en el poder de las moléculas, ablaciones y modulaciones electromagnéticas. Si no es así en algunos casos es porque el paciente ofrece resistencia desde sus condiciones psicológicas desfavorables.

No hemos avanzado nada en el control del dolor huérfano de un daño que lo legitime biológicamente.

Realmente el panorama del dolor (sin daño relevante) es pavoroso. Más frecuente y más invalidante cada vez.

Medra el dolor pero no la formación de expertos. No se hace nada para combatir la red de creencias y expectativas negativas y falsas que crecen al calor de la desidia académica.

Los expertos dedican sus afanes a complicar el etiquetado en tipos, subtipos y sub-subtipos en congresos esponsorizados por fondos privados, con el consentimiento de los responsables públicos, ya que así evitan tener que ocuparse ellos de los costos de la formación continuada y la investigación.

No espero gran cosa de este año. Puede que se difunda aún más la información oficial mayoritaria, que se soliciten más fondos para lo que ya se ofrece, más dinero para lo multidisciplinar, para estructuras complejas y caras de atención al dolorido.

Pienso, como botón de muestra, en la migraña.

2018. ¡Año de la excelencia en Educación en la migraña!

Se designa un comité de expertos que diseñan un plan de formación intensiva a médicos de atención primaria y pacientes:

“La migraña es una enfermedad cerebral genética, misteriosa e irreversible. Vida ordenada, fármacos. Exija una consulta con el neurólogo.

Gracias a la IASP sabemos ahora que si no hay asomo de daño que legitime biológicamente el dolor, este puede ser “nociplástico”, es decir, originado en una red neuronal que procesa inadecuadamente las señales sensoriales, vaya usted a saber por qué, puede que tras un evento de daño físico ya resuelto o un revés biográfico o un conjunto de factores en el que todo cabe si es negativo.

La red neuronal es plástica lo cual no quiere decir que sea estúpida y vulnerable sino que responde a lo que la realidad ofrece. El problema reside en que existe una realidad real y otra imaginada y ambas mueven esa plasticidad. La adaptación al mundo real (principio de realidad) va de la mano del error-ensayo-error. La adaptación al mundo imaginado va de la mano de lo que los expertos dan por cierto.

2018 debiera ser un buen año, como otro cualquiera, para resolver el drama del dolor innecesario e improductivo.

¿Quiénes van a gestionar el reto educativo? Qué nos van a contar de nuevo, o de viejo?

 Pienso que ya existe un colectivo de profesionales que lleva años no proclamados dedicándose a educarse y educar en los nuevos paradigmas del dolor. Son los Fisioterapeutas.

Lamentablemente no se les reconoce la capacidad para aplicar su conocimiento y disposición para colaborar en la resolución del problema.

2018 será un buen año para dar impulso a la excelencia en educación en dolor si se da a los Fisioterapeutas la oportunidad de formar parte importante en los programas.

Si no es así, se habrá desperdiciado un potencial humano que ya se ha puesto las pilas hace años, sin necesidad de proclamaciones solemnes.

¿Tiene dolor? ¿Nadie le comprende? ¿No le encuentran nada?

Consulte a un Fisio capacitado para explicarle de modo excelente el por qué de su infierno.

Merece la pena.

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Ya es oficial (IASP). Su dolor es nociplástico

 

Teníamos un problema con la definición oficial de dolor de la IASP (International Association for the Study of Pain): el dolor es una experiencia sensorial y emocional desagradable debida a un daño de los tejidos real o potencial… o vivido como tal daño

Lo de “vivido como tal daño” era confuso y dejaba abierta la puerta a las propuestas de origen “psicológico”.

La IASP se quitó el muerto de en medio estableciendo una clasificación del dolor con criterio restrictivo: sin daño no existe dolor o … se vive como si no existiera…: el dolor nociceptivo es aquel que aparece en el contexto de daño real o potencial a tejidos no nerviosos y el neuropático el que lo hace por daño real o potencial a tejido nervioso.

Es decir, sólo hay un dolor: el nociceptivo, el secundario a daño real o potencial. Si ese tejido es nervioso, lo llamaremos neuropático. 

Hasta hace unos pocos años el dolor neuropático admitía la inclusión de una “disfunción” neuronal, acogiendo así a cualquier dolor que no sea secundario a daño real o potencial, al “vivido como tal daño”

Lo de “disfunción” incomodaba y se suprimió, quedando muchos dolores, los más frecuentes, mortificadores e invalidantes, fuera de la etiqueta “dolor”. No eran ni nociceptivos ni neuropáticos. Simplemente era como “si no existieran.

Tras sesudas reuniones han acordado los expertos crear un nuevo apartado, un término que dignifique esos dolores desterrados. Han vuelto al redil de los dolores dignos con el label de la nociplasticidad. El tejido nervioso no está lesionado. El dolor no es nociceptivo-neuropático, pero los circuitos neuronales no hacen lo que debieran. Por culpa de calentones previos de sucesos nociceptivos-neuropáticos, quedan trastornados, hipersensibles, y cualquier estímulo banal es procesado como si hubiera una condición de daño real o potencial. La consecuencia: dolor… nociplástico.

La condición patológica anida en la excitabilidad de los circuitos nociceptivos. Daños previos y/o una pléyade de factores psicosociales inconvenientes, generan cambios plásticos en las neuronas que, a la postre, inducen señales falsas de daño que encuentran el tráfico abierto hacia el cerebro. El cerebro se cree lo de las falsas señales y mantiene activado el estado de alerta: amplifica las señales y las conduce a todas las áreas de procesamiento, especialmente a las áreas emocionales, que son las que nos hacen sufrir.

Dicen que esta propuesta devolverá la dignidad perdida a los pacientes huérfanos de daño real o potencial (dolor nociceptivo-neuropático). Ya tienen etiqueta. La investigación de nuevos fármacos se beneficiará de esta precisión conceptual. Se acaba la era del dolor “psicógeno”

– Buenas noticias. Ya sabemos cómo es su dolor: nociplástico.

– ¿O sea que no es psicológico?

– En absoluto. Son las neuronas. No hacen lo que deben. No están enfermas ni dañadas pero actúan como si lo estuvieran. Los circuitos que generan dolor están sensibilizados y crean un error en la red: daño imaginado… vivido como tal daño.

– ¿Qué tratamiento tiene?

– No hay nada nuevo.

– ¿Entonces ya no tengo que ir al psicólogo? ¿Soy normal?

– Creo que debiera continuar con la psicoterapia, el mindfulness y los ejercicios. En el futuro puede que salgan fármacos para la nociplasticidad. No pierda la esperanza.

No estoy seguro de que el saberse una víctima de la nociplasticidad aporte algún atisbo de consuelo y esperanza al paciente.

Una de dos: es una condición patológica física (conectividad sensible inducida por daños previos) o hay factores psicológicos que la mantienen activa o la han generado por sí mismos.

En el primer caso, es como si la red estuviera enferma.

– El dolor es en sí una enfermedad.

– No me paree una buena noticia.

– Ese es un pensamiento catastrofista.

Estamos donde estábamos.

Dicen que puede que no sean las neuronas las causantes de la nociplasticidad. Corren voces que señalan a la glia (células de estirpe nerviosa que cumplen funciones auxiliares para que la generación y tráfico de señales neuronales sea correcta).

Otros aseguran que la red opera en un estado de “inflamación de bajo grado”. Citoquinas (mensajeros celulares).

En definitiva la red nociceptiva trabaja en estado equivocado: como si hubiera daño real o potencial… sin haberlo.

¿Por qué?

Esa es la cuestión.

Algunos pensamos que esa red actúa en función de sus creencias y expectativas, de lo que ha aprendido y le han enseñado.

La plasticidad es sensible a la información.

Si la información es errónea, esa plasticidad adoptará el modo funcional erróneo.

Puede que lo nociplástico sea, en gran parte, infonociplástico.

Por etiquetas que no quede.

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