PES y PAS

Entre la ciudadanía hay PES (personas escasamente sensibles) y PAS (Personas altamente sensibles).

Le sugiero leer este interesante artículo recomendado por la Semfyc (Sociedad española de Medicina familiar y comunitaria)

Las PES tienden a la indiferencia. Los estímulos resbalan por los sentidos. Aceptan la realidad. Se adaptan y ni sienten ni padecen.

– Ha bajado la temperatura.

Las PAS atribuyen relevancia potencial a casi todo. Siempre puede haber algo significativo en lo que las PES no encuentran significación.

– Me muero de frío.

Puede que nazcamos ya con un estilo PES o PAS, por imperativo genético.

Ser Pes o PAS no es mejor ni peor. Depende de los contextos, de la propia realidad. Lo ideal sería ser PES y PAS según convenga. Ante lo novedoso vendría bien una lupa sensible para ver todos los recovecos de cuanto sucede, ser una PAS, pero convendría poder virar al estilo PES cuando realmente no hay nada que ganar y mucho que perder en el empeño de buscar tres pies al gato.

La evitación de daño es una propiedad fundamental de los seres vivos. La evolución nos ha hecho así en aras de la supervivencia física y social. A todos nos importa estar sanos. El organismo es vulnerable y el entorno incierto, potencialmente nocivo.

A las PES extremas les trae sin cuidado el medio ambiente interno y externo. Aceptan lo que hay. Al menos eso parece. Puede que reconozcan la toxicidad potencial pero actúan como si no existieran amenazas.

Las PAS están sensibilizadas respecto a lo que pudiera suceder en la interacción de un entorno externo potencialmente nocivo y un interior altamente vulnerable o excesivamente reactivo.

Las PES no toman precauciones ni persiguen un estilo de vida aséptico. Se mueven por la banda ancha del más o menos.

Las PES están menos expuestas a las reacciones hipersensibles. La vida no les produce ampollas. Han echado callos, corazas.

Las PAS son proclives a las ampollas, las alergias, las intolerancias.

Las PES tienen más riesgo de padecer enfermedades clásicas por acumular excesos y defectos asintomáticos.

Las PAS probablemente dispongan de más años, pero en muchos casos sienten y padecen en exceso, derivando la vida a un sin-vivir rebosante de síntomas.

A los PES el cuidado de la salud les trae sin cuidado.

Las PAS se informan. Leen, consultan. Se cuidan cuidadosamente.

Hoy en día ser una PAS se ha convertido en una maldición. Puede que hayamos convertido la Naturaleza en un estercolero. Los alimentos, el aire, la tierra. Todo está contaminado. Ha perdido la condición ecológica. La residencia de un organismo PAS en ese entorno degradado y tóxico se vuelve insufrible. No cabe otra que procurarse un hábitat-burbuja.

Las PAS están más expuestas a los denominados “Síndromes de Sensibilización Central”: agrupaciones variables de síntomas que sugieren un organismo afectado por una enfermedad misteriosa a la que los expertos no encuentran explicación ni solución.

Hay un aspecto del estilo PAS que puede pasar desapercibido y es el de la sensibilidad a la información sensibilizante.

Puede que existan organismos altamente sensibles a las condiciones reales del entorno actual y que eso les condene a la mortificación, la invalidez y la incomprensión social.

Pero (es sólo una hipótesis a considerar) también puede suceder que la información sensibilizante haga su Agosto con los cerebros de las PAS.

En los cursos tratamos de desensibilizar a los alumnos, sean PES o PAS. Explicamos conceptos sobre Biología Neuroinmune e intentamos que su organismo se proteja en la banda ancha de la tolerancia razonable y no asfixie al individuo en un habitáculo cada vez más estrecho de restricciones.

Seamos PES o PAS, tenemos derecho a que la información se ajuste a criterios de evidencia y no abuse de la sensibilización alarmista.

Los expertos con sus etiquetas de nuevos “Síndromes” cierran el bucle de los peores augurios. Lo que se teme parece estar sucediendo.

Al igual que hay PAS también hay CAS: cultura altamente sensibilizadora.

No es fácil dar con el grado de confianza que debemos prestar a toda esa torre de Babel de augurios y consejos en la que se ha convertido la información sobre el organismo y el entorno.

Yo he sido y sigo siendo un hipocondríaco irredento. Soy PES para unas cosas y PAS para otras.

La tendencia PAS me ha llevado a desconfiar de la información y prestarle toda la atención al alarmismo infundado.

Mi obligación es alertar a la ciudadanía de los peligros de la convivencia entre organismos hipersensibles y culturas hipersensibilizantes.

Si es usted una PAS, quédese con las ventajas y líbrese de los inconvenientes.

Se dice fácil.

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Inflamados

 

Últimamente se habla mucho de la inflamación.

Cuando algo no funciona, se sugiere o sostiene que es porque está “inflamado”.

El dolor crónico, la migraña, el Alzheimer, el cáncer, la diabetes… todo puede explicarse a través de un supuesto estado inflamatorio… “de bajo grado”.

Dolor, calor, rubor, tumor e impotencia funcional. Yo pensaba que la inflamación se expresaba por esos indicadores clínicos. Ya no es así.

Basta con encontrar en un tejido “mediadores proinflamatorios” para concluir que hay inflamación y que eso lo explica todo.

Los “mediadores” son mensajeros que activan o inhiben una función en las células receptoras de los mensajes.

La presencia de mensajeros cuya función es la de alertar sobre un posible suceso no indica, necesariamente, que éste se haya consumado o sea inminente. Simplemente certifica que el Sistema Neuroinmune de defensa está sensibilizado como resultado de sus evaluaciones, más o menos acertadas.

En una crisis de migraña se dice que la inflamación se va extendiendo desde las terminales perivasculares del nervio trigémino hasta el mismo cerebro. Toda la red neuronal acaba “inflamada”. De ahí el dolor insoportable.

En el dolor crónico la inflamación se instala en el asta posterior de la médula espinal y de allí acaba propagándose hasta el rincón más elevado y complejo del cerebro.

Los años traen consigo “la inflamación”, el “inflamaging”.

Vivir inflama.

El estrés inflama. Los alimentos inflaman o desinflaman.

Ya no hace falta que haya dolor, rubor, calor, tumor ni impotencia funcional. Basta investigar y ver si los “mediadores proinflamatorios” andan por ahí.

Ya no hay ningún rubor para proclamar que el dolor se hace crónico porque el bombardeo de mensajes de los tejidos ha inflamado las zonas de recepción, de abajo-arriba. El teletipo echa chispas, se inflama, con las noticias que recibe.

Habrá que redefinir lo que entendemos por inflamación. Lo que es y no es estar inflamado.

Los sucesos despliegan mensajeros pero la presencia de mensajeros no certifica, necesariamente, que haya pasado algo. Existen las falsas alarmas, los estados preventivos de vigilancia sensible, los miedos…

Los policías no son mediadores pro-atentados o pro-desplazamiento de máquinas para eliminar escombros. Pueden estar allí porque se evalúa una amenaza, que puede cumplirse o no.

Necesitamos más rigor en los términos.

Podría utilizarse el término “alerta Neuroinmune” para los casos en los que sólo existe una previsión o evaluación de daño potencial.

La alerta Neuroinmune afecta a todos los componentes locales, regionales o sistémicos, implicados en la vigilancia. Las terminales de las neuronas (nociceptores) y todos los centros de respuesta de protección, medulares, de troncoencéfalo y encéfalo estarán abiertos y atentos a las señales que puedan llegar de los tejidos vigilados.

La inflamación real, fetén, lleva consigo la anti-inflamación. Se autocontrola. El daño puede haberse reparado. Las máquinas de retirar escombros (macrófagos) se han retirado. Debiera levantarse el estado restrictivo de excepción pero no siempre sucede.

Se mantienen los efectivos de la alerta. No se retiran las vallas ni los controles estrictos. Los vecinos no pueden volver a sus casas, porque la evaluación de amenaza sigue vigente. Hay mediadores “pro-inflamatorios”, activadores del estado sensible.

Dolor.

Sin ningún rubor, se dice que lo que duele está “inflamado”.

“Inflamage”.

Parece que es lo que toca.

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Nuevos cursos

 

Convocamos para el mes de Septiembre dos nuevas ediciones (16 y 30 de Septiembre) del curso intensivo de migraña para pacientes.

Así mismo daremos un nuevo curso de Dolor y Movimiento para profesionales en Vitoria los días 20 y 21 de Octubre.

Los interesados pueden informarse llamando al teléfono 696541479.

Los nuevos paradigmas del dolor se van abriendo paso, despacito y con buena letra. Hay interés en las nuevas generaciones de fisioterapeutas por adaptarse a las nuevas propuestas. Existe también un goteo de médicos de atención primaria ya curtidos que han visto claro el compromiso ético con el cambio de paradigmas. Echamos en falta en este colectivo la presencia de savia joven.

Lamentablemente seguimos con el desaprecio de neurólogos, jóvenes o curtidos y el de los medios e instituciones.

Mientras tanto, la epidemia dramática de dolor no justificado ni explicado sigue ahí, nutriéndose de conceptos trasnochados que no soportan un mínimo análisis crítico.

Pacientes y profesionales dan por bueno lo que la mayoría o la excelencia proclama y no quieren saber nada de estas nuevas propuestas extrañas, aparentemente exóticas.

– Te curan sólo hablando…

Mentar al cerebro en cuestiones de dolor es arriesgado. Es más fácil creer en efectos benéficos de moléculas, masajes, energías  y alimentos. Resulta complicado relacionar algo tan físico como el dolor con el aprendizaje, un proceso mental.

Intuitivamente pensamos que si algo duele cuando nos movemos tiene que ser obligatoriamente, de cajón, un músculo agarrotado, un nervio pinzado o un hueso que roza.

Si algún experto de alcurnia proclama en una entrevista que el dolor crónico no se cura o que es normal que duelan los huesos cuando sobrepasamos los 40, se acepta como ley de vida que debemos aceptar y contentarnos en el mejor de los casos con el alivio parcial de fármacos, masajes, relajaciones, meditaciones y abrazos solidarios.

Está de moda inculpar a las emociones de todo cuanto nos conturba y lo racional es vivido como algo ajeno al sufrimiento.

– Doctor: necesito que me explique el proceso del dolor.

Es una demanda extraña

– Lo fundamental es que usted comprenda la Biología del dolor.

Es también una propuesta impensable.

Sin embargo urge que la ciudadanía lega y profesional se alfabetice en los nuevos paradigmas.

Necesitamos cursos, conferencias, programas de divulgación.

Estamos ante una emergencia de salud pública.

La solución no está de dotar de más medios a lo que ya existe sino en ir a la raíz: revolucionar los conceptos que se explican en las Escuelas y las pautas de afrontamiento que se predican en las consultas y medios de comunicación.

Nuevos cursos. Una oportunidad para conocer el nuevo marco, el de la Biología.

Es una oportunidad.

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Fibromialgia. Terapias

La opinión mayoritaria sobre la fibromialgia es que estamos ante una enfermedad misteriosa e irreversible. No conocemos su origen ni disponemos de tratamientos que alimenten actualmente la expectativa de librarse de ella.

Algunos no compartimos esta opinión mayoritaria.

Opinamos que podemos construir una hipótesis alternativa:

1) El organismo está sano pero el cerebro comete un error evaluativo. Gestiona los recursos de protección como si hubiera una enfermedad. El individuo padecerá la mortificación e invalidez que implica residir en un organismo que tiene activados dichos recursos por la convicción de que está enfermo (sesgo de confirmación).

2) Los errores evaluativos de la red neuronal están poderosamente influidos por el aprendizaje tutelado por expertos. Al igual que se construyen, los errores podrían deconstruirse a través de la información sobre el proceso evaluativo (“Pedagogía en Biología neuroinmune”) y la reexposición a la actividad normal desde ese nuevo marco teórico.

Desde la perspectiva de enfermedad misteriosa-irreversible no cabe hacerse ilusiones de librarse de los síntomas pero sí es plausible encontrar alivio del sufrimiento físico y psicológico con diversas terapias. Fármacos, psicoterapia, higiene del sueño, fisioterapia…

La terapia multidisciplinar sugiere integrar todas las posibles ayudas y minimizar la carga de padecer la enfermedad.

Evidentemente, el hecho de sufrir dolor, cansancio, dificultad para obtener un sueño reparador y concentrarse en tareas mentales; el fracaso reiterado en los intentos de librarse de la enfermedad; la incomprensión social… generan ansiedad, catastrofismo, miedo, desánimo y desmotivación (indefensión), que amplifican la carga de sufrimiento e invalidez.

El padecimiento acumulado a lo largo de los años acaba haciendo mella en los centros y circuitos cerebrales y se consolidan estados de conectividad que amplifican los síntomas y disfunciones.

La conectividad del cerebro fibromiálgico tiene un sello objetivable con diversas tecnologías avanzadas de neuroimagen.

Últimamente se ha puesto el acento en la amígdala, un nódulo neuronal en forma de almendra (amígdala) situado en la profundidad del lóbulo temporal.

La información sensorial llega a todas las áreas cerebrales que la evalúan y deciden la respuesta correspondiente, con  más o menos sensatez racional y emocional. Hay mensajes más urgentes que otros. Procesar esos mensajes urgentes, evaluarlos y organizar las respuestas lleva tiempo: centésimas de segundo: parece poco, pero en supervivencia un milisegundo puede ser decisivo.

La amígdala funciona como una oficina de atención a mensajes urgentes, potencialmente amenazantes o gratificantes. Los mensajes llegan pero una ventanilla-filtro inhibitoria, selecciona aquellos que finalmente activarán las respuestas inmediatas. El resto se desvanece.

Como todo en Biología, está sometido al aprendizaje. La amígdala también aprende. Se sensibiliza o habitúa, crea respuestas condicionadas. No sólo los estímulos intensos sino cualquiera al que se atribuya capacidad predictiva, encontrará el camino expedito para activar rápidamente las respuestas oportunas. El filtro inhibitorio pierde su función.

En un cerebro normal la amígdala se mantiene en su sitio, en su función. No manda. El cortocircuito amígdalar está regulado por las capas de procesamiento de alto nivel. Lo racional enfría o calienta la etiqueta de urgente y controla, por tanto, el paso a las respuestas rápidas, emocionales, amigdalares.

En la fibromialgia las áreas evaluativas corticales, “lo racional”, las expectativas y creencias, están instruidas en el dogma de “enfermedad misteriosa e irreversible”. Lógicamente, esas áreas racionales no enfrían el cortocircuito amigdalar sino que lo facilitan. La amigdala impone su ley del miedo a todo (“secuestro amigdalar”).

¿Podemos conseguir que el circuito amigdalar se enfríe? Evidentemente, sí. Todo admite el reaprendizaje. Podemos “entrenar” la amigdala con ejercicios diversos. Podemos silenciar la agitación somática que crea el “modo amigdalar” con técnicas de respiración, meditación, etc. Podemos también potenciar influencias cerebrales positivas pero las respuestas amigdalares imponen su ley y si no las debilitamos con un programa de entrenamiento previo tendremos dificultades para modificar creencias catastrofistas y conductas disfuncionales. No podremos suavizar el miedo si no aprendemos a controlar ese organismo desbocado por el poder amigdalar.

Nada que oponer a la indicación de técnicas que suavizen las respuestas de miedo descontrolado, pero cabe una objección a la premisa inicial: “enfermedad misteriosa e irreversible”.

Pensamos algunos que es plausible trabajar desde la hipótesis del error evaluativo aprendido y que lo fundamental es recuperar la convicción de organismo sano por parte del propio organismo. De ese modo el cerebro “racional” podrá recuperar el poder que le corresponde y poner a la amigdala en su sitio: la atención inmediata a situaciones realmente urgentes con medidas de seguridad necesarias, eficaces en primera instancia mientras el cerebro racional se toma su tiempo para evaluar si hay o no peligro.

Aplicando este modelo muchos pacientes dejan de tener criterios de padecer fibromialgia; desaparecen los síntomas. Otros mejoran y otros siguen igual.

Entrene la amígdala. Me parece bien, pero entrene también las áreas evaluativas informando desde otra perspectiva. Es otra hipótesis, también plausible.

Tranquilizar la amígdala manteniendo el miedo en las áreas que la regulan es un contrasentido.

Puede que estemos equivocados.

Puede que no lo estemos.

La amígdala sólo es la amígdala, una pequeña parte de un sistema complejo en el que todo influye en todo.

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Con los fisios

Este fin de semana pasado hemos dado en Vitoria, los fisios Asier Merino y Maite Goikoetxea y yo, otra edición del curso de “Dolor y movimiento”. Treinta alumnos, en su mayoría fisios. El curso ha constado de 12 horas de teoría, en las que expuse los nuevos paradigmas de la Neurociencia sobre ambas cuestiones, y otras cuatro de aplicación práctica en la clínica.

La evaluación ha sido buena-excelente.

Una objeción: demasiada teoría para tan poca práctica.

Una recomendación: menos teoría y más práctica. Aceptamos la propuesta y para próximas ediciones habrá menos complejidad teórica y más aplicación de los nuevos conceptos.

Este “finde” me recluyo con nueve fisios en una casa rural.

Contenidos: 1) actualización teórica en aspectos neurológicos del dolor y movimiento (nocicepción; teoría del código común; reclutamiento de unidades motoras; evaluación neurológica; conceptos básicos de electromiografía) 2) intercambio de experiencias en la aplicación de la Pedagogía en Biología Neuroinmune.

Los nuevos paradigmas van calando con fuerza entre los fisios jóvenes. No hay retorno posible a la Fisio tradicional. No tiene sentido ignorar o desapreciar esta marea de nuevo conocimiento biológico. La red neuronal está ahí, gestionando en un universo integrado datos sensoriales de los tejidos, cogniciones, estados emocionales, patrones motores y evaluaciones de coste-beneficio.

El cerebro no se limita a hacer un fotoshop psico-emocional a la información sensorial, sino que predice el estado del organismo y genera estados conectivos, que a veces sólo contienen miedo irracional, es decir: dolor, cansancio, desgana y patrones disfuncionales (protectores) de movimiento.

El dolor forma parte de una acción protectora. Esa acción emerge de un estado evaluativo y no siempre ese estado contiene sensatez, inteligencia.

La función más complicada del organismo es la gestión de su seguridad física y social. Lo fácil para el cerebro es abusar del miedo. No tiene más que dejarse llevar de sus instintos protectores y del alarmismo cultural.

La estrategia del miedo y la domesticación cultural lleva a la medicalización de la vida, es decir, del aprendizaje; al consumo de etiquetas diagnósticas y terapias.

Asier Merino mostró a los alumnos, con dos casos in vivo (dos alumnos), cómo se aplica con sorprendente y brillante sencillez la complejidad de los conceptos previamente expuestos a la corrección de patrones motores protectores, innecesarios y profundamente perturbadores.

Por supuesto; “hands on” y “brain on”. El off no tiene sentido.

Afortunadamente hubo 3 médicos y una psicóloga.

El lunes nos reuniremos varios médicos de Atención Primaria para poner en marcha en Pasajes de San Pedro, cursos para pacientes.

La integración de Médicos de Atención Primaria y Fisios contiene un potencial enorme. Las autoridades sanitarias debieran ser conscientes de ese potencial y apostar firmemente por esa pareja (fisios y médicos).

Sólo hace falta proteger y apoyar el activo humano, dispuesto a aplicar con pasión y competencia profesional, el nuevo modelo.

Anuncian “mal tiempo” (¿?) para Ea (casa rural). Lluvia para paliar la sequía.

No importa.

Buen tiempo para emplearlo en charlas con los fisios.

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Padecer dolor

Un padecimiento es algo que nos hace sufrir, sentirnos mal. Podemos padecer por muchos motivos, físicos y psicológicos.

El estado de padecimiento, como todo contenido consciente, contiene un proceso dinámico de conectividad neuronal que lo hace posible.

Podemos padecer estando despiertos o dormidos (pesadillas). El sueño y la vigilia son dos estados de la conciencia, entre varios posibles.

En el sueño los sentidos están desconectados y el imaginario cerebral impone su extraña dinámica, libre de las ataduras de los datos sensoriales del mundo real. Padecemos la realidad virtual amenazante que el cerebro procesa, aun cuando no esté sucediendo nada. Sólo es cine cerebral.

Estando despiertos el imaginario cerebral sigue construyendo una teoría anticipada de lo que sucede y pudiera suceder, pero esta vez con el concurso y contención de los sentidos y la colaboración del individuo (voluntad, atención).

La imaginación es una función cerebral, inevitable, continua. La gestión de órganos y sistemas del organismo está modulada por el contenido de lo que el cerebro contempla como realidad potencial.

El corazón se acelera, la respiración se vuelve suspirosa, la piel palidece o se sonroja, en función de las necesidades reales del organismo, enfrentado a un escenario real, o a su representación imaginada.

Podemos padecer hambre, sed, angustia, miedo, cansancio, desgana, frío, calor, picor, hormigueos, mareo, vértigo, toda la parafernalia de síntomas que los expertos organizan como “síndromes”, enfermedades o “trastornos”. Todos ellos pueden irrumpir en la conciencia por el empuje de la realidad, por el de la imaginación cerebral o por una mezcla variable de ambos.

El estado subjetivo de padecimiento no informa con garantía de lo que sucede al organismo. Sólo nos permite conocer cómo y qué está siendo evaluado en ese momento, lugar y circunstancia por el cerebro.

Para padecer necesitamos que se active la conectividad de una red extensa de áreas cerebrales, que podríamos denominar: “neuromatriz del sufrimiento”. El encendido generaría ese sentimiento emocional desagradable de “estar sufriendo por algo”.

Sobre ese estado de sufrimiento se proyectaría el componente específico, la cualidad perceptiva de cada apartado concreto de relevancia, que incitaría al individuo con más o menos apremio a actuar en la dirección correspondiente: hambre para inducir la búsqueda de comida, sed la de bebida, miedo para salir huyendo, picor para rascarse, mareo para sujetarse…

El componente específico que cualifica lo que percibimos se genera en un núcleo de activación neuronal que concreta el tema al que se refiere el sufrimiento.

El dolor es un padecimiento. Aparece en la pantalla de la conciencia cuando el organismo, a través del cerebro, imagina (evalúa) daño consumado o inminente, con una cuota variable de realidad, en cada caso.

Las ganas de comer no certifican desnutrición ni las de beber deshidratación. Sólo sabemos que en ese momento, lugar y circunstancia el organismo nos invita-incita a comer o beber, a través de la poderosa herramienta de las “ganas” (“wanting“).

El dolor tampoco certifica nada: sólo lo que en ese momento el organismo evalúa y propone al individuo.

El dolor es un padecimiento referido al ámbito del daño físico consumado o potencial.

Integra, como todos los contenidos de la conciencia, componentes sensoriales, cognitivos, emocionales y conductuales, en proporción variable. En ocasiones mandan los hechos: el daño consumado. Otras manda el imaginario.

Por imaginar que duele no duele, ni por imaginar que el dolor se va, lo hace.

Es en el cerebro donde se teje y desteje la conectividad de la imaginación. De esa actividad emerge o no en la conciencia el padecimiento de dolor, con más o menos motivo.

El sistema neuroinmune humano, que es el que nos defiende, es el responsable de imaginar y evaluar peligro en todo momento.

Una reacción alérgica es la expresión de un estado imaginado erróneo y no corregido por el Sistema Inmune.

El dolor, en ausencia de daño consumado o inminente que lo explique y justifique biológicamente, expresa también un estado imaginativo que evalúa amenaza aun cuando esta no exista.

La función imaginativa neuroinmune es peligrosa, tanto por defecto como por exceso.

No pasa nada, puede imaginar el Sistema Inmune: cáncer.

Puede pasar (imagina) aunque no pase: alergia, enfermedades autoinmunes.

No pasa nada (cerebro): infarto de miocardio indoloro.

Puede estar pasando: dolor sin daño que lo justifique.

Podemos intervenir en el proceso imaginativo-evaluativo de nuestro cerebro.

Podemos alimentar los errores por exceso o disolverlos.

Dicen que el dolor crónico es una enfermedad en sí, irreversible.

Los errores evaluativos son enfermedades. Mortifican e invalidan tanto o más que las enfermedades en sentido clásico.

El error puede cronificarse y ser irreversible, especialmente si se le niega la condición que lo define: es un error.

 

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Un gen de quita y pon

Existen dos tipos de enfermedades genéticas raras, extremadamente raras, relacionadas con el dolor. La primera por defecto y la segunda por exceso:

1) Insensibilidad congénita al dolor. Exigiendo rigor léxico debiera denominarse: Insensibilidad congénita a sentir dolor o, mejor aún; Insensibilidad congénita al daño.

Dolor y daño son cuestiones radicalmente distintas. Lo que no funciona en esta enfermedad es la detección de daño, no la de dolor. Quienes la padecen sufren daños que no pueden ser detectados. El cerebro no puede aprender a producir dolor y proyectarlo a la conciencia pues no tiene noticia de lo que es un daño. No es que los pacientes no puedan “sentir dolor” sino que el cerebro no lo produce, aunque haya daños, porque no recibe señales, información sobre daño.

Imagine un sistema de alarma que, por defecto de fábrica, es incapaz de detectar los efectos de un robo o la presencia evidente de ladrones. El propietario padecería: “Insensibilidad congénita al sonido de la alarma“. Otros sugerirían el término “Insensibilidad congénita a sentir la alarma” . Lo correcto sería denominar: “Insensibilidad congénita al robo”. De otro modo se pensaría que el propietario es sordo y habría que llevarlo al Otorrino.

2) Eritromelalgia. Dolor paroxístico extremo. Migraña hemiplejica familiar. En ausencia de daño consumado o inminente, los pacientes padecen dolores terribles.

Utilizando el símil de la alarma: en ausencia de robo consumado o de ladrones en el edificio, salta la alarma con un ruido ensordecedor insoportable. Bastaría que los usuarios del edificio hicieran su vida normal, inofensiva para la integridad del edificio, para que el sistema de seguridad activara la sirena a un volumen estruendoso. El usuario podría ponerse unos tapones pero sólo se libraría del sonido convirtiéndose en un sordo. Otra alternativa sería quedarse quieto en casa y no generar ninguna actividad, o, por supuesto, desactivar los sensores, quitar la corriente eléctrica…

Por supuesto el defecto (por exceso) de fábrica (congénito) del sistema de alarma es la extrema sensibilidad a cualquier estímulo, la imposibilidad de diferenciar lo inofensivo de lo ofensivo.

En ambos casos lo que falla es la detección sensata del robo (daño) consumado o inminente: por defecto o exceso.

El organismo está vigilado por una extensa y omnipresente red de neuronas cuya función es la de detectar señales (alarminas, DAMPs) de daño consumado o la presencia de estados físicoquímicos (temperaturas extremas, ácidos, estímulos mecánicos de compresión-estiramiento) capaces de consumar el daño si no se evitan inmediatamente. Estas neuronas se denominan nociceptores (receptores de nocividad). Para poder detectar señales de daño consumado o estados nocivos, los nociceptores contienen en la membrana unos sensores específicos, capaces de generar una señal eléctrica cuando son excitados por esas señales de daño consumado o por los estados físicoquímicos nocivos.

En el caso 1 (Insensibilidad congénita al daño) o bien no se han desarrollado las neuronas, o el sensor (por una variante genética) es defectuoso, insensible. Las señales de daño consumado están ahí, el tejido está siendo comprimido o desgarrado, está en contacto con algo que quema o congela pero no se genera la necesaria señal eléctrica que se necesita para activar en la conciencia el sentimiento de dolor y el resto de componentes protectores. El niño puede rascarse la córnea o juguetear con unas brasas, sin dolor pero con daños evidentes, que no son detectados.

En el caso 2 esos mismos sensores, por un defecto genético, generan la señal eléctrica con un umbral muy bajo. Normalmente un sensor de temperatura nociva no se activa por debajo de 45º. En estos casos lo hace muy por debajo. Si el día ha salido calentito (25º-30º), al hacer ejercicio, llevar zapatos o, simplemente, apoyar los pies en el suelo (estímulo mecánico), salta el sensor neuronal, se genera la señal que al llegar al cerebro activa la red de centros de procesamiento-respuesta de señales de nocividad, que, por imperativo evolutivo no pueden hacer otra cosa que proyectar en la conciencia dolor y otros componentes protectores como la conducta-hábito de buscar el frío aun a riesgo de congelación.

Los sensores de nocividad están insertos en la membrana de todos los ramitos terminales de la neurona (nociceptor). Son proteínas capaces de generar una pequeña señal eléctrica en su zona de competencia. Esas señales son pequeñas, efímeras. Se desvanecen rápidamente en tiempo y espacio. No generan por sí mismas ninguna señal en el nervio. Sólo la suma de estas múltiples miniseñales en tiempo y espacio puede generar una corriente eléctrica que supera el voltaje exigido (umbral) en el tronco del nervio (unión del palo con la escobilla).

En la zona de confluencia de los ramitos existen unos sensores especiales. No detectan daño consumado ni inminente. Sólo electricidad, voltios. Son sensores activados por voltaje.

El sensor de voltaje lo que hace es detectar milivoltios (calderilla) y generar un voltaje mayor (potencial de acción) si detecta el voltaje (umbral-precio) estipulado.

Las minicorrientes de las minipilas de las terminales (activadas por señales de nocividad) pueden sumarse y activar el complejo de pilas del inicio del palo de la escoba (axon). Los minipotenciales analógicos (céntimos) se transforman en potenciales digitales (todo o nada. Sí o no. Un euro). La calderilla se devuelve o se la queda la máquina.

Estos sensores de voltaje son también proteínas con un canal que, si llega el voltaje suficiente (umbral-precio), genera potenciales de acción (un euro). A más frecuencia cuanto más intenso y persistente sea el flujo de calderilla.

Los potenciales de acción (euros) se conducen hasta el cerebro y allí encienden la red de áreas que proyectan el sentimiento de dolor.

Estos sensores activados por voltaje y que abren canales de sodio en la zona de confluencia de los ramitos se denominan canales de sodio (Na) activados por voltaje (v),  es decir: Nav, como no podría ser de otro modo. Se han descrito varios tipos. Creo que 9. Uno de ellos, el 7 (Nav7) parece que es el responsable de las enfermedades descritas, por defecto o por exceso.

De ello se ha hecho eco el suplemento semanal de El Correo y como viene siendo habitual en la prensa, como si lo que se escribe formara parte de una campaña de publicidad dirigida a alimentar todos los errores y horrores del dolor, se asegura que este hallazgo permitirá aportar nuevos fármacos que pongan y quiten el dolor cuando sea necesario.

Volviendo al símil del sonido de la alarma no creo que podamos disponer de la posibilidad de actuar sobre el artilugio que origina el sonido para modificar su volumen sin afectar profundamente el sentido de su existencia: detectar peligro y avisar cuando exista tal peligro.

El dolor no se genera en la zona que duele. Tampoco se genera en los sensores. Sólo y siempre en el cerebro.

Podemos manipular los sensores y volverlos sensatos, con un umbral razonable que permita diferenciar lo ofensivo de lo inofensivo.

La epidemia de dolor crónico no es debida a que los Nav7 de la ciudadanía se hayan vuelto hipersensibles por arte de magia o por la acción de alimentos, tóxicos ambientales o malos rollos psicosociales. El problema está en el cerebro, en la gestión de la conciencia, en lo que emerge en ella como consecuencia de muchos factores que difícilmente podrán reducirse a unos canales iónicos.

Podemos probar a anestesiar con anestesia local todo lo que duele. Estaríamos intentando bloquear esos Nav7. El intento es exitoso en la anestesia local o regional, un contexto concreto en el que existe daño agudo en un contexto controlado. Con la anestesia local inducimos Insensibilidad congénita al daño mientras dura la acción del anestésico.

Podríamos aplicar un Nav7 normal a los niños con Insensibilidad congénita al daño para que puedan acceder al sentimiento doloroso cuando se rascan la córnea.

Podríamos modular el dolor de las lesiones en el deporte dando bloqueantes de los Nav7 que incomoden, por defecto o por exceso, para que duela o deje de doler según convenga.

Podríamos, claro está, detectar el gen de cada uno y modificarlo para hacer Nav7 más o menos sensibles.

Todo es posible. El futuro es impredecible.

Lo que no es de recibo es convertir la cuestión del dolor en un titular reduccionista que sólo genera cabreo y desesperanza; rabia e impotencia.

¿Quién protege al ciudadano de la información sesgada, disfrazada de Ciencia?

Debieran hacerlo todos aquellos que colaboran, consciente o inconscientemente, a hacer justamente lo contrario.

 

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Contrastar hipótesis

 

“Cada maestrillo tiene su librillo”.

Cada profesional explica a su modo el origen y pronóstico del dolor a un paciente concreto, instalado, a su vez, en un credo y una expectativa concretas.

El “librillo profesional” debiera referirse sólo al arte de explicar un contenido consensuado único entre los profesionales.

El marco teórico del dolor sobre el que pivotará todo el trabajo del profesional y el paciente, debiera ser único y contener todo el conocimiento verificado disponible.

No es así. Cada “maestrillo” explica su idea privada, con más o menos arte. Seguir leyendo

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