Este domingo, curso intensivo de migraña en Madrid

Este finde daré el curso intensivo de migraña en Madrid, en la Clínica de Fisioterapia Onelife (información en el tfno 661882208). El curso del sábado está completo pero queda alguna plaza para el curso del Domingo, 25 de Noviembre.

A lo largo de 8 horas explicaré la trama de la migraña desde los nuevos conocimientos de Biología Neuroinmune.

La migraña es la expresión de un estado evaluativo de amenaza por parte de la red defensiva neuroinmune. No sucede nada pero el organismo está en alerta, sensibilizado, con todos los recursos de protección dispuestos por si hubiera que proteger y reparar una zona que pudiera resultar dañada.

La activación del estado de alerta no emerge de una condición patológica, hiperexcitable, de supuestos circuitos neuronales (“generadores de migraña”) sino de una evaluación de amenaza apoyada en la información que opera en la red, en las expectativas y creencias que el cerebro ha ido construyendo a lo largo del aprendizaje, guiado por la instrucción experta.

La migraña se aprende. No es difícil. El Sistema de defensa Neuroinmune protege la integridad física del organismo frente a todo aquello que considera amenazante. Parte de un modo sesgado hacia el falso positivo. Mejor es desconfiar de todo hasta que no quede catalogado como inofensivo.

La conectividad de los circuitos defensivos está poderosamente influida por la cultura en nuestra especie y la que hay sobre la migraña, la que todos, consciente o inconscientemente, hemos mamado (especialmente en hogares con pacientes migrañosos) favorece los errores de valoración, atribuyendo a cualquier minucia inofensiva la posibilidad de alterar el equilibrio de la actividad neuronal.

La migraña se aprende y se puede desaprender. El objetivo del curso es potenciar el proceso de “desenmigrañamiento”. En el cerebro no se tira nada pero se puede llevar al camarote.

Las creencias y expectativas sensibilizantes, la dependencia de terapias, el miedo a llevar una vida normal, el miedo al dolor, la sensación de indefensión… Todo ello puede perder fuerza y dejar sitio a las creencias opuestas. Con la información sobre Biología Neuroinmune. Sustituimos la irracionalidad fóbica por la gestión sensata, razonable, apoyada en conocimiento contrastado.

Este domingo hay una oportunidad. No hay nada que perder. Sólo el dolor.

 

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Curso de dolor y movimiento, en Vitoria

Convocamos, en Vitoria, una nueva edición del Curso Dolor y Movimiento. Será los días 22 y 23 de Febrero. Constará de una parte teórica (8 horas) que impartiré yo y otra práctica, a cargo de Maite Goicoechea y María Jiménez, Fisioterapeutas.

En la parte teórica se exponen las bases biológicas del dolor y el movimiento, en el marco de un nuevo modelo de organismo, que incorpora los nuevos conceptos de la actividad del Sistema Neuroinmune:

Sentido evolutivo del dolor. Necrosis e inflamación. Reparación tisular.

Necrocepción y nocicepción. Generación y tráfico de señales nociceptivas.

Acceso a la conciencia. Percepción somática. Percepción de dolor. Componentes sensoriales, cognitivos, emocionales y sociales.

Modulación de la generación y tráfico de señal de nociceptores.

Teoría del código común. Affordance. Copia eferente. Principio ideomotor.

Sentido evolutivo del movimiento.

Asta anterior. Neuronas motoras alfa y gamma. Unidad motora. Reflejos de elongación y tensión muscular. Reclutamiento motor.

Imaginación. Cerebro predictivo. Alucinación de daño. Estructura fóbica.

Sistema motivacional. El YO como función de navegación. Atención. Adicción.

Aprendizaje nociceptivo. El papel de la cultura. Nocebo y placebo.

La función evaluativa. Detección y corrección de error. Sesgo de confirmación. 

Errores evaluativos.

Pedagogía versus terapia.

Como se puede ver hay muchas cuestiones a contemplar en el problema de padecer dolor y limitación funcional en ausencia de una lesión que explique y justifique ese dolor.

No se trata de calmar el dolor con un fármaco, un masaje, un ejercicio, una sesión de relajación o meditación o una dieta.

Hay que entrar en la caja negra de los procesos evaluativos, en la historia que el organismo va construyendo, en la que vive o malvive el individuo consciente.

Estamos ante una cuestión ética.

Se saben, a Ciencia cierta, muchas cosas sobre los trazos gruesos del proceder del Sistema Neuroinmune. Los paradigmas reduccionistas del dolor deben desecharse pues no sólo  no solucionan el problema sino que lo complican.

El cerebro es complejo. Una sola célula o cualquiera de sus organelas es compleja. Un átomo es complejo. Las dinámicas sociales tambien. En los procesos biológicos que dan lugar a la proyección del sentimiento doloroso en la conciencia, se integra toda la complejidad de la materia, organizada como sociedad de células y como sociedad de individuos.

La respuesta al origen del dolor no siempre está en una Resonancia o una Ecografía y, menos aún, en una etiqueta pseudodiagnóstica.

Hay que tratar de aproximarse a la narrativa que cada organismo construye para cada uno de los escenarios. Esa narrativa puede ser disfuncional, pues contempla un organismo imaginario, frágil y vulnerable cuando, realmente, podría y debiera soportar y pro-mover al individuo.

Esperamos una vez más reunirnos con un grupo de profesionales que acepta el reto étito de conocer la Biología para explicarla y aplicarla a sus pacientes.

En la parte práctica se analizará el proceso de explicar la Biología a los pacientes y la ayuda que el profesional puede dar para salir del atolladero, a través de la recuperación de la actividad perdida.

Los interesados pueden llamar al teléfono 696541479.

El saber ocupa lugar.

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Síndromes de hipohabituación central

El organismo interactúa continuamente con infinidad de agentes y estados, externos e internos. A lo largo del aprendizaje, consciente e inconscientemente, responde a cada escenario en función de la relevancia, positiva o negativa, que ha aprendido a atribuirle.

No hay ninguna garantía de que la relevancia atribuida esté justificada. Puede que haya escenarios irrelevantes, inofensivos, que queden catalogados como amenazantes. Si el aprendizaje ha llevado a ese error, cada vez que se dé ese escenario, el organismo entrará en modo alerta-protección.

Otras veces, estímulos ofensivos, como el humo del tabaco, son catalogados como apetitivos y el organismo presionará al individuo a que le procure ese humo tóxico, simplemente porque por imperativo cultural ha quedado grabado como algo positivo. El árbol bronquial se habituará al humo para permitir su entrada hasta los alvéolos pulmonares, sin activar la tos.

En la migraña, estímulos irrelevantes, como los famosos desencadenantes, alimentos, cambios meteorológicos u hormonales, el bendito estrés, los fines de semana…etc, debieran catalogarse como irrelevantes a efectos de nocividad y, por tanto, el organismo debiera habituarse a ellos, tolerarlos, sin activar la alerta-protección.

No es así. Ni siquiera hace falta que haya desencadenantes. El organismo activa espontánea y periódicamente la alarma y se mete en el charco de la espiral migrañosa. La conectividad neuronal construye circuitos sensibles que, sin motivo justificado encienden el despropósito sensible.

¿Cómo se llega a esta situación?

Dicen los neurólogos que no se llega. Se nace con la condición neuronal hipersensible. No hay, al parecer, aprendizaje, habituación, sensibilización, condicionamientos, instrucción experta, imitación, bucles de retroalimentación ni otras cuestiones de gran calado neuronal, debidamente fundamentadas.

En el dolor crónico el organismo se sensibiliza respecto a la actividad. Acciones inofensivas generan la alerta-protección, duelen, por defecto de tolerancia, de habituación y exceso de lo contrario: sensibilización.

Al final, la estructura fóbica domina el quehacer neuronal. Se predican conductas de evitación en vez de promover la exposición gradual, confiada, a lo inofensivo. Se potencia el consumo de terapias focalizando en la acción externa el proceso.

– Está usted enfermo. Acéptelo. Evite esto y lo otro. Tome estos fármacos. No se deje engañar si alguien le dice que lo suyo tiene cura. Fíese de nosotros. Somos científicos. Hay mucho charlatán suelto.

Bastantes alumnos de los cursos han pasado por el calvario de las evidencias y han optado por aprender cosas básicas del organismo. Atienden, reflexionan, le ven la lógica biológica y se aplican en aplicarla, con resultados variables, en general positivos.

El conocimiento guía el proceso del aprendizaje. Inclina la balanza de lo que debe sensibilizarse o habituarse, hacia el lado sensato.

En este caso el hábito sí hace al monje.

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¿Ahí le duele?

A mediados del pasado siglo el neurocirujano Wilder Penfield extirpaba lesiones cerebrales con el paciente despierto. Aplicando anestesia local al cráneo para poder abrir la cabeza podía trabajar en el cerebro sin que el paciente sintiera dolor. Estimulaba diversos puntos con una pequeña corriente eléctrica y preguntaba: ¿le duele? La respuesta era, invariablemente, no.

El cerebro no duele. Era evidente.

Sin embargo había que aplicar anestesia local para llegar al cerebro porque sí aparecía el dolor al estimular el hueso, las meninges o los grandes troncos arteriales y venosos.

Conclusión evidente. Si duele la cabeza ese dolor tiene que provenir de tejidos capaces de generarlo, no del cerebro. Si el cerebro tiene algún papel en el dolor, necesariamente tiene que generar un estado que estimule los tejidos que sí duelen. Al principio se pensó que esos tejidos dolientes eran los vasos y se definía la migraña como un dolor “vascular”. Más adelante se modificó la ubicación del dolor, situándolo en las terminaciones nerviosas perivasculares del trigémino. El dolor de la migraña pasó de ser “vascular” a “trigéminovascular” y ahí sigue.

La evidencia basada en la eminencia así lo sigue sosteniendo, aunque la realidad es otra.

Penfield no estimuló un área cerebral que recibe la información de los nociceptores (neuronas que detectan el daño consumado o inminente), distribuidos por todo el organismo. Si hubiera aplicado en esa área el estímulo eléctrico, el paciente habría informado: “ahí sí duele”.

Desde esa zona de recepción de señales de daño consumado o inminente, que sí duele al ser estimulada, se distribuye la información por una extensa red de áreas, conocida como “neuromatriz del dolor”. Si Penfield hubiera estimulado conjuntamente dicha red el paciente se habría quejado: “ahí sí duele”.

Realmente el área de recepción de señal de los nociceptores no genera el sentimiento doloroso por sí misma. Se limita a distribuir la información, y es la activación del conjunto de la neuromatriz lo que crea la percepción “dolor”.

No hay tejidos que duelen. Ni siquiera los vasos cerebrales, ni el trigémino ni ningún otro nervio. Las neuronas vigilantes de daño (consumado o inminente) se limitan a informar que en la zona de su competencia (campo receptor) se ha producido daño o existe una condición capaz de generarlo si no se hace algo para evitarlo. La información de peligro llega al área de recepción y de allí se distribuye al resto de la neuromatriz. En función de diversas variables aparecerá o no el sentimiento doloroso en la conciencia.

Hay evidencia basada en la Ciencia de que esto es así.

La eminencia sostiene lo contrario, que el cerebro no duele y que el dolor surge, necesariamente, de las terminales trigéminovasculares. También sostienen que el dolor pulsa porque el estímulo mecánico del latido estimula esas terminales sensibles. Lo dice la eminencia pero lo evidente es que el ritmo del dolor no tiene nada que ver con el del latido. Corresponde, en realidad, a un ritmo eléctrico central, a un oscilador.

No hace falta que algo se dañe para que se active la neuromatriz. Basta con que la función imaginativa, predictiva, genere un estado de alerta al daño. Habitualmente lo imaginado no consigue crear suficiente convicción en la red como para generar una percepción consciente. Se limita a producir un ronroneo mental, identificado perfectamente como un producto de la función imaginativa. Sólo si lo imaginado (y temido) adquiere suficiente fuerza, consigue activar las neuromatrices correspondientes. No sólo la que genera dolor sino las del estado de vigilancia-alerta, las de las náuseas, la intolerancia sensorial…

– Parece que voy a tener una crisis…

El desasosiego creciente en la red defensiva implica a las terminales vigilantes del trigémino, que se sensibilizan. El mensajero CGRP (péptido relacionado con el gen de la calcitonina) prepara la zona supuestamente amenazada (sin ninguna evidencia de que así vaya a ser) para la reparación inmediata, caso de que se produzca el daño.

Todos los tejidos implicados en la vigilancia, interpretación, protección y reparación del daño entran en danza y se retroalimentan en un bucle en espiral hasta llegar a la saturación, al límite.

La crisis está servida. Hay que apagar el foco trigeminal, dicen. Hay que silenciar la inflamación. ¡Ibuprofeno, rápido!

Un placebo puede bastar. Ha entrado la terapia. Se puede desactivar el despliegue. Ya no hay peligro. La neuromatriz invierte la espiral. El sentimiento de dolor desaparece de la conciencia. El miedo neuronal se ha calmado.

El proceso es una cadena de errores evaluativos:

1) ¡Peligro!

2) Despliéguense los dispositivos de alerta-protección.

3) Incítese al individuo a la conducta de alerta. Prioridad absoluta de la seguridad de los tejidos de la cabeza.

4) Hasta que el individuo no ejecute la acción terapéutica protectora, manténgase activo el despliegue.

5) Una vez cumplida la acción terapéutica validada, iníciese la retirada de los estados de alerta-protección.

La única evidencia de todo esto es que se trata de un despropósito. La imaginación ha superado el umbral del sentido común y ha impuesto su ley, a pesar de que las terminales del trigémino no habían constatado ninguna amenaza en los tejidos de la cabeza.

Una vez finalizado el dislate las áreas evaluativas toman nota del suceso y, previsiblemente, volverán a tropezar en la misma piedra, puede que cada vez con más frecuencia e intensidad.

Evidentemente, el cerebro duele. Sólo el cerebro puede doler, generar el sentimiento doloroso.

Las eminencias dicen que no duele.

Ellos sabrán por qué lo dicen. La Ciencia dice lo contrario.

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El poder de la mente

No existe la mente. Sólo hay moléculas. La Ciencia lo dice. Dejémonos de mentes y espíritus. Lo de la mente es lamentable.

En los cursos no damos moléculas. Nos limitamos a explicar a las mentes lo que sabemos sobre Biología del dolor. El alumnado, una vez comprendido y aceptado lo explicado, decide mayoritariamente cambiar su estrategia de afrontamiento.

Hartos de la ortodoxia molecular y otras ortodoxias, aceptan nuestra heterodoxia, la propuesta políticamente incorrecta. Abren sus mentes al conocimiento.

Recomiendan los neurólogos, desde sus evidencias científicas, atajar las crisis tomando precozmente el calmante que ellos prescriben. También recomiendan identificar y evitar los “desencadenantes”.

Los nuestros hacen justa-mente lo contrario:

Cuando asoma la crisis interiorizan lo aprendido (“hablan mentalmente con su cerebro”), no toman el calmante y tratan de desviar la atención a la actividad en curso. Se olvidan de identificar sus desencadenantes y si ya los tenían identificados, en vez de evitarlos se acercan a ellos.

– Cuando comienza el dolor recuerdo lo aprendido. Sé que no hay daño ni va a haberlo. No hago caso y me centro en lo que voy a hacer. Antes evitaba el vinito. Ahora lo tomo y lo disfruto. No sucede nada. Antes me costaba una crisis.

Las nuevas tecnologías de la ortodoxia permiten a los pacientes saber con antelación que en unos minutos comenzará el festejo. El dispositivo de monitorización, conectado al móvil, activará el aviso: “en 30 minutos, crisis. Tómate el ibuprofeno”. El tiempo es vida.

En otra prestación avanzada el paciente ortodoxo anotará meticulosamente todos los datos solicitados, potencialmente relacionados con la aparición de la crisis. Hay que identificar el o lo desencadenante.

Nuestro alumnado heterodoxo utiliza la mente y parece que les va a bien, aunque no tengamos las evidencias exigidas por la Ortodoxia. Antes han utilizado las moléculas prescritas por las eminencias y ha sido un desastre, quizás porque su mente no colaboraba, con tanto estrés incontrolado, con un dormir desordenado y desmedido, en exceso o defecto.

Nunca he comprendido el significado de “el poder de la mente”. Soy un estricto seguidor de la teoría celular. Para mí no hay más que células y espacio extracelular y en las células y el espacio extracelular no hay mas que moléculas

Desde esta exigencia celular, la mente es un proceso celular-extracelular, es decir, molecular.

Nuestro alumnado ha modificado su estado celular-extracelular y ese nuevo estado disuelve el amago, evidentemente porque se desactiva el estado celular-extracelular, es decir, molecular, que generó la salida a la conciencia (otro estado celular-extracelular, es decir molecular) del dolor, las nauseas y la intolerancia sensorial.

Las células no tienen poderes, sino capacidades. Los riñones no tienen el poder filtrador ni los alvéolos pulmonares el poder aireador. Se limitan a activar estados moleculares que generan su función filtradora o aireadora, obedeciendo a condiciones químicas locales o a mensajeros (moléculas) que les “dicen” lo que tienen que filtrar o airear.

Las células de la mente son neuronas con poderes (capacidades) específicos: memorizan, integran lo memorizado y construyen una narrativa, una idea de organismo y su interacción con el entorno. Este entorno contiene, además de moléculas, información. Esa información se acopla a todo, incluso a las moléculas, y cada escenario molecular no puede evitar su sombra informativa. Cada escenario contiene un estado evaluativo, con su correspondiente sustrato celular-extracelular-molecular

El paciente ortodoxo, recibirá la notificación del inicio de la crisis a través de la app del móvil o por la presencia de los pródromos e introducirá un chute de moléculas de ibuprofeno. Puede que la crisis se contenga, “evidentemente”, porque la molécula sanadora ha bloqueado el guirigay molecular que activaba la crisis. No ha habido mente de por medio. Sólo una simple molécula. Ciencia en estado puro.

Nuestro heterodoxo alumnado se pegará un chute mental y, en muchos casos, la crisis se desvanecerá. “Evidentemente” era una crisis mental, no molecular. De otro modo la crisis molecular seguiría como estaba.

Las creencias y expectativas, la narrativa en la que cada uno vive, construida al calor del aprendizaje tutelado por la cultura experta, es Biología, células-espacio extracelular-moléculas… pero con Historia, con memoria predictiva.

El ibuprofeno contiene también una narrativa, la que se ha construido a lo largo de los años. La toma de la molécula activa esa narrativa, su sombra evaluativa.

El cianuro, el arsénico, actúan por su poder molecular. Matan por ese poder. No valen los placebos. Uno no se muere porque cree que el arsénico es venenoso ni deja de morirse por pensar lo contrario.

En el organismo hay estados mentales, estados evaluativos. A veces tienen que ver con lo que realmente está pasando y otras con lo que se está pensando. La función pensante corresponde al organismo, a lo inconsciente celular-extracelular-molecular, a la red neuronal.

 Uno puede ignorar esa función “mental” y ceder el espacio de sus creencias y expectativas a lo que los ortodoxos predican desde sus evidencias. Puede que le vaya bien siendo obediente a sus credos. El ibuprofeno o el triptán obrará maravillas, “evidentemente” por el poder de la molécula.

Puede que las moléculas no puedan amainar la tormenta migrañosa y que a través de la mente el alumnado heterodoxo encuentre el sosiego.

Evidentemente a nuestro alumnado le va bien en muchos casos. Dicen los invidentes que eso es efecto placebo.

Lo sabemos pues el susodicho placebo no es mas que el efecto de las creencias, es decir, de la mente.

De acuerdo. Sólo células-espacio extracelular. Sólo moléculas… pero esas moléculas generan productos mentales: memoria, predicción, aprendizaje, estados evaluativos.

No existen poderes mentales. Basta con pensar en lo que (sabemos a Ciencia cierta) hacen las neuronas.

Hay mentes instruidas en un marco teórico y hay otras instruidas en el contrario. Los dos marcos son procesos con un sustrato molecular que explica el mundo mental.

Mentar a la mente parece que va ser cosa de retrógrados acientíficos…

Algo lamentable.

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El dolor crónico es algo alucinante

Dicen los neurocientíficos, no sé si con evidencia científica o sin ella, que la percepción es un proceso alucinatorio regulado por los sentidos.

El cerebro imagina la realidad, la sueña. Construye hipótesis sobre la relevancia de la interacción del organismo (en profundidad y superficie) con el entorno y actualiza continuamente ese sueño en función de lo que va sucediendo.

Habitualmente la información sensorial y los significados que el organismo va construyendo de modo predictivo, generan contenidos de conciencia perceptivos, cognitivos, emocionales y conductuales funcionales, adaptativos. Vemos árboles, casas y personas allá donde hay materia coherente con lo que entendemos como árboles, casas o personas. En base a esa percepción, interactuamos de modo coherente, productivo, con esa materia organizada como árbol, casa o persona. Si hacemos una fotografía a ese espacio tiempo perceptivo saldrán dichos objetos.

La matriz de sensores de luz se estimulará con la luz que les llega en tiempo y espacio, generando un flujo de señales que son procesadas en diversas áreas cerebrales, dando lugar a la percepción,  coherente con la fuente de emisión de luz reflejada y absorbida, por ejemplo, un árbol.

Podemos cerrar los ojos e imaginar árboles, personas o caras. Lo conseguimos activando las mismas áreas que han procesado a lo largo de los años las señales retinianas que genera la luz reflejada y absorbida por los árboles, las casas y las personas. Sin embargo la intensidad de la activación de esas áreas cerebrales que imaginan, es baja y fugaz. Los árboles, casas y personas imaginadas se desvanecen al instante.

Durante el sueño se elimina la contención de la información sensorial. Los párpados impiden la información retiniana y el entorno del cobijo crea un espacio son poca actividad del resto de los sentidos (oído, gusto, olfato, tacto). La actividad imaginativa se libera y aparecen en la conciencia los sueños, con sus percepciones visuales, auditivas o de otro tipo, cargadas de emoción y pulsión conductual, aun cuando no podamos movernos.

La percepción de dolor en un dedo puede ser coherente con una herida reciente. El dedo herido genera moléculas que activan los sensores correspondientes. Son sensores de muerte celular consumada, distribuidos por la membrana de las neuronas que vigilan ese dedo. A lo largo de los años el organismo ha construido una interpretación de ese tipo de señales, que ha dado lugar a la percepción de dolor, proyectada en la conciencia allá donde en tiempo y espacio se ha producido la herida, la muerte celular consumada.

Estaríamos ante un proceso alucinatorio (la función imaginativa, predictiva, continua) corroborado por la información de los nociceptores (neuronas que contienen los sensores de daño consumado).

¿Qué sucede si notáramos dolor en ese dedo pero no hubiera ningún daño que estimulara los sensores de daño consumado? Sencillamente, se trataría de una alucinación que se ha desvinculado de la información sensorial nociceptiva.

– Veo una persona.

– No hay nadie. Hacemos una foto

– No me crees…

– Mira la foto. No hay nadie.

– Pues la estoy viendo.

– Es una alucinación…

Sucedería lo mismo con el dolor.

– Me duele la pierna. Tiene que haber algo que daña la pierna.

– No tienes ningún daño en la RNM.

– Pues a mí me duele.

– Es una alucinación de daño- Son muy comunes.

Las alucinaciones se disuelven cuando llega información contraria, incoherente… pero en ocasiones el poder del ámbito imaginado, cuando es relevante, puede dominar y funcionar como si en ese momento estuviéramos soñando, aun cuando estemos despiertos.

Habitualmente la integración de lo soñado y la información sensorial genera contenidos de conciencia adaptativos, productivos.

Si lo imaginado adquiere suficiente relevancia, la información de los nociceptores (no hay moléculas de daño consumado que los activen) puede ser incapaz de impedir que el sueño cerebral vaya autoalimentándose, con la carga emocional, cognitiva y conductual correspondiente.

– Me duele. Me dicen que no tengo nada donde me duele.

Desde el punto de vista de la Neurofisiología, eso es una alucinación de daño, con o sin evidencia científica.

El dolor puede ser algo alucinante.

El organismo “habla” con el YO consciente a través de su sueño continuo, la narrativa que construye. A veces con coherencia con lo que sucede y otras, sin ella, liberado de ella.

– Alucino con lo que usted dice…

 

 

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La información no es una terapia

El paciente de dolor crónico plantea dos cuestiones: 1) por qué me duele? y 2) qué puedo hacer para que no me duela?

Nos centraremos sólo en la primera cuestión.

Cada profesional responde de un modo distinto.

Algunos señalarán una patología allá donde duele y si no la hay echarán mano de factores psicológicos o darán por patológico lo que no es sino un cambio adaptativo (por ejemplo, la artrosis).

Otros sostendrán que el tema del dolor es complejo, dado que incluye componentes sensoriales, cognitivos y emocionales y todos deben ser analizados y evaluados.

En ambos casos fluirá la información entre paciente y profesional, aunque no haya intención de informar. En el primer caso, se reforzará la idea de daño-degeneración allá donde duele o  el manido origen psicológico, y en el segundo se propondrá dedicar un tiempo a la exposición del complejo problema del dolor.

En el segundo caso se ofrecerá la “Educación en dolor”, una propuesta emergente que va sustituyendo a las terapias clásicas y que se fundamenta en el principio: conocer la trama del dolor ayuda a mitigarlo.

La Educación en dolor para algunos es una estrategia terapéutica: Educación terapéutica en Neurociencia del dolor. Se aplica y se comprueba si el dolor se mitiga. Se harán estudios para obtener las evidencias exigidas. La Educación funciona. Hay estudios que lo confirman.Otros la cuestionan como terapia eficiente.

En mi opinión, no se trata de ver si la Educación es terapéutica o no, sino si el contenido de lo que se explica se ajusta a lo que es válido en Ciencia.

No todos los educadores explicarán lo mismo. Habrá diversos planes de estudio, diversas materias.

Unos dirán que la Educación en dolor funciona y otros objetarán desde la falta de evidencias del efecto terapéutico.

Lo que importa, a mi modo de entender la cuestión, es si lo que se explica, la información, es científicamente correcta y si, además, contiene todos los factores que deben ser considerados, en el temario a explicar.

Puede que haya puntos, conceptos comunes a todos los programas, que conforman el núcleo básico de la propuesta educativa pero puede que haya otros que sean específicos de cada modelo. Si se juzga el totum revolutum educativo puede que estemos equivocándonos, mezclando churras y merinas.

La información es sólo información. Pretende actuar sobre un error evaluativo y lo que procede, teóricamente, es optimizar la capacidad de disolver el error, con explicaciones, metáforas, etcétera.

¿Qué sabemos sobre la conciencia del sentimiento doloroso?

¿Qué sabemos sobre la función evaluativa continua?

¿Qué sabemos sobre la génesis de los errores evaluativos?

Los ciudadanos tienen el derecho a exigir que los profesionales conozcan todo lo conocido sobre dolor y también tienen el derecho a recibir información sobre ello, especialmente si lo que se les ha informado previamente no se ajusta a lo que ahora, a Ciencia cierta, se sabe.

Ir a clase no es seguir una terapia.

Sólo información.

Queda la segunda cuestión: ¿cómo hacemos para mitigar el dolor?

Esa es otra cuestión.

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Náufragos

En cuestiones de dolor crónico, no asociado a daño relevante, hay dos tipos de pacientes: los que aceptan el diagnóstico y la terapia prescrita y no buscan otras explicaciones ni remedios y los disconformes con la etiqueta y remedios propuestos.

Los inconformes buscan y buscan. A veces encuentran algo que les procura alivio y otras acaban tirando la toalla, hartos de gastar energías y dinero en el empeño.

A los cursos acuden los pacientes que lo han oído y probado todo sin quedar satisfechos. Necesitan algo realmente distinto y cuando tienen noticia de la propuesta educativa deciden probar, a ver.

Nuestros alumnos son náufragos.

Parece que ello suponga un problema. Dolor ya viejo, crónico, resistente a todas las terapias. Desencanto, escepticismo.

Paradójicamente, los desencantados de lo conocido responden mejor. Les interesa comprender lo que, realmente, sucede en el organismo, la trama biológica del dolor y el poderoso impacto de la cultura experta.

En mis primeros años como neurólogo temía a los náufragos. No comprendía tanto dolor, en tantas partes y en tantos años, resistente a todos los calmantes.

– Lo siento. Yo más no puedo hacer. Lo hemos probado todo. Quizás una consulta con Psiquiatría pudiera ayudarle…

Los náufragos me generaban recelo y rechazo. Desconfiaba de la veracidad de su relato. Sospechaba que sacaban partido del rol fingido o exagerado de enfermedad.

Cuando cambié el marco teórico del dolor y comencé a aplicar los nuevos paradigmas los náufragos dejaron de generarme recelo y rechazo. Al contrario, los recibía con interés. Escuchaba y aceptaba el relato y ponía toda la carne en el asador, con resultado variable, gratificante en muchos casos.

Creo que la propuesta de la Pedagogía en Biología del Sistema Neuroinmune para resolver errores evaluativos, alimentados por la cultura experta, encuentra en los náufragos un medio de cultivo adecuado.

Puede que ese sea el lugar que podemos empezar a ocupar. Puede que algunos colegas, incluso, soliciten la prestación pedagógica cuando tienen en la consulta a un náufrago y no saben qué más hacer…

– Le aconsejo que haga un curso sobre Biología del dolor. Llame a este teléfono. Puede que le ayude…

A los náufragos los considerábamos “un marrón”, una patata caliente, que uno pasa a quien tenga a mano y quiera cogerla.

Eso era antes, hace ya unos cuantos años. Ahora critico lo que hacía, mi desprecio hacia los “marrones”.

– Me duele todo, hasta el pelo, las uñas, desde hace muchos años. Nada me hace nada. Nadie me da una explicación y, menos, una solución. Nadie me cree.

– No se preocupe. Cuénteme con detalle lo que le pasa, desde el principio. Nos tomaremos el tiempo necesario para solucionar el problema. Es fundamental que comprenda lo que sucede en su organismo.

Know pain, no pain.

No hay nada que temer, hay situaciones que deben comprenderse.

No hay que temer a los náufragos. Hay que comprenderlos.

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