De ilusión también se malvive

Residimos en un universo virtual servido por el organismo, un híbrido en el que cohabitan realidad e imaginación en una proporción variable, en cada momento, lugar y circunstancia.

El pasado, presente y futuro se funden en lo que percibimos, pensamos, sentimos y hacemos.

Nuestra biología nos impulsa a ser ilusos, anclándonos en lo que pudiera ser, en perjuicio de lo que, “realmente”, es.

Por fin se acaba la Navidad, con el epílogo majestuoso de la Noche de Reyes, la noche de la Ilusión.

No me gusta la Navidad. Instala la ilusión como estilo de vida, los buenos y evanescentes propósitos, el gordo y el niño, los regalos, la nieve.

La mente, que ya es de por sí ilusa, se deja arrastrar por ese circo mediático navideño, que promete el oro y el moro, año tras año, a pesar del batacazo de la cuesta de Enero.

Dicen que los Reyes traen todo lo que se les pide… si uno es bueno. Si no hay nada de lo pedido, se deduce que hemos sido malos, algo que siempre está al alcance de cualquiera.

Algo similar sucede con el dolor.

El Organismo no duele si está todo correcto, si uno es bueno.

Si duele, es que algo está mal o hemos hecho mal.

Los expertos en detectar incorrecciones de uso del organismo se multiplican. El catálogo de transgresiones posibles que justifica que el organismo nos ponga el carbón del dolor es infinito.

– Este año voy a ser bueno, a ver si consigo que no me duela.

Nos rascamos los malos hábitos: nos apuntamos a natación; consultamos con el nutricionista; probamos el yoga y el mindfulness; dejamos el pitillo y el chupito; nos tomamos la vida con “otra filosofía”; somos positivos…

Carbón.

El esfuerzo ilusionante se viene abajo y deja la secuela de una frustración crecida, engordada con las privaciones.

– No soy yo. Algo tengo que tener…

El camino hacia la etiqueta de enfermedad está abierto.

Los predicadores del saber vivir, los expertos en la vida privada, rebosante de privaciones, hacen otra vez el Agosto proponiendo excesos y defectos del organismo.

Son los genes o errores del pasado que dejan huella indeleble en las células del Sistema psiconeuroinmunoendocrinosteoartromiológico. Ya nada volverá a ser normal. El organismo (el “sistema”) ha quedado desquiciado.

¿Puede ser real ese desquiciamiento celular o ser, simplemente, una ilusión? ¿Quién lo puede saber?

El chequeo experto detecta marcadores biológicos múltiples de ese fallo sistémico. Las células vuelcan mensajes alarmistas en la vecindad y en la red general. Las citoquinas malas, la “inflamación de bajo grado” se impone.

El dolor crónico es secundario a la activación glial. Toda la red neuronal está “inflamada”. La corteza cerebral ha adelgazado; la amígdala ha engordado…

Se propone un régimen para la obesidad amigdalar; ejercicios contra el miedo. Puede que en el futuro se proponga cirugía.

.La hipertrofia amigdalar no deja que fluya con normalidad, sin la marca del miedo aprendido, condicionado, la información sensorial.

– Hay que operar

En fin. Es Navidad, por poco tiempo.

Yo a los Reyes les he pedido racionalidad, menos ilusión.

Me temo que, una vez más, me pongan carbón y siga dando tumbos ilusorios.

Voy a ser positivo. Lo de colgar los hábitos lo veo más complicado.

¡Feliz post-Navidad!

 

 

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2018. Sin miedo y con conocimiento de causa.

 

2017 se nos va. No sé si ha dejado más o menos dolor injustificado que su precedente 2016 y si el ya nervioso e inquieto 2018 va a traernos más o menos de lo mismo.

Parece inevitable aprovechar el último día para hacer propósitos y formular deseos, aunque lo hagamos por pura inercia, sin excesiva confianza en que tengamos éxito.

2017, con toda seguridad, nos ha aportado más conocimiento sobre organismo y sus cuitas. Los nuevos datos sobre dolor son inabarcables. No da tiempo para acabar todos los platos servidos y, mucho menos, para degustarlos, masticarlos y digerirlos con el obligado sosiego.

Tengo la sensación (quizás sea sólo wishful thinking) de que el año que fenece ha dado otro empujoncito al cambio de paradigma: cada vez más profesionales aceptan la propuesta de que el dolor es una cuestión de tejidos y cerebro.

Los tejidos tienen su propia historia, sus peripecias de daño consumado y/o inminente, y esa historia condiciona su estado de vulnerabilidad. El cerebro toma nota de todas ellas y actualiza la historia que teje y desteje sobre lo que supone una amenaza para la integridad física de cada rincón corporal.

El individuo va de aquí para allá, estresando mecánicamente su aparato locomotor, poniéndolo a prueba, arriesgando su integridad física.

El cerebro debe proteger esa integridad, anticipando, imaginando posibles riesgos y actuando antes que demasiado tarde.

El dolor es todo lo que el individuo conoce de ese continuo proceso evaluativo.

¿Duele aquí y ahora? Luego aquí y ahora sucede algo inconveniente, peligroso. El dolor obliga al individuo a acoplar su conducta a la aparente condición vulnerable de los tejidos doloridos, expuestos.

Ese es el viejo pero vigente paradigma. Demasiados pesos, demasiadas contracturas, demasiadas malas posturas, insuficiente músculo para esa carga. Demasiado tarde para encontrar remedio. Escuela de espalda para ralentizar lo irremediable.

¿Duele aquí y ahora? Luego para ese aquí y ahora el cerebro olfatea peligro, con más o menos fundamento, con más o menos racionalidad, con más o menos miedo paralizante.

Es el nuevo paradigma. El cerebro evalúa sobre la base de lo que sucedió, sucede y pudiera suceder y el dolor aparece o se desvanece en la conciencia como resultado de la función evaluativa continua.

Desde este nuevo paradigma pensamos quienes lo aceptamos que, una vez plegadas las banderas rojas, las alarmas justificadas, el dolor brota fácilmente en el caldo de cultivo enriquecido con miedo y desconocimiento y que lo que debiera hacerse es sanear ese caldo: quitar miedo, animar a la actividad, y concienciar al paciente sobre la presencia continua y relevante de esa historia que el cerebro construye en base no sólo a hechos sino también, aceptando lo que la cultura experta proclama, desde el paradigma habitual de lo “músculoesquelético”.

Una amiga, doliente crónica articular, ha contactado con varios fisios locales. Me encontré uno de estos días con ella:

– ¿Sabes? Todos los fisios que me han tratado últimamente me han hablado del cerebro…

Definitivamente, creo que el 2017 ha sido mejor que el 2016 y será peor, a su vez, que el ya salido de cuentas del 2018.

Hoy es una buena oportunidad para brindar por el 2017 y el 2018.

El nuevo paradigma está vivo.

Menos miedo y más conocimiento de causa.

Más actividad confiada.

Más buena vida.

 

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Migraña. Perder la inocencia

 

Dicen los expertos que la migraña es una enfermedad genética, que condena a quien la hereda a padecer de por vida crisis de dolor de cabeza, nauseas-vómitos e intolerancia sensorial, cuando así determine un estado anómalo de hiperexcitabilidad de grupos neuronales del cerebro, aún no bien identificados.

Recomiendan aceptar la condición congénita y protegerse con el escudo de una vida ordenada y frugal, física y psicológicamente. Nada de excesos ni defectos. Lo justo, y con moderación.

Los pacientes de migraña no han hecho nada malo para merecer su condición. Les han traído al mundo con los genes puestos y ese mundo es lo que es, un universo desordenado en el que todo cambia, de modo impredecible.

La hiperexcitabilidad migrañosa, dicen los expertos, vuelve sensibles a sus víctimas a lo que para los normales es vida normal. El viento (Sur), la niebla, el chocolate, los chupitos, las hormonas, los viajes, el ayuno de media mañana, los findes…

La vida del paciente de migraña no es vida. Su organismo no la tolera. A esas neuronas hiperexcitables, organizadas en un supuesto centro “generador de migraña”, les resulta intolerable un día cualquiera y entran en un paroxismo de escándalo ante la simple idea de que el paciente quiera salir de su habitación oscura a iniciar la jornada.

Los expertos que proclaman la maldición genética migrañosa ofrecen con el palo la zanahoria: consejos y fármacos supervisados.

Si el paciente acepta y sigue los consejos y recurre precozmente a tomar los calmantes, ¡ojo!, sólo cuando han sido prescritos por un cualificado experto, echa mano de preventivos y no recurre a la automedicación, seguirá siendo un migrañoso pero su mal-dita vida será más llevadera.

El paciente migrañoso es inocente… en dos sentidos.

1) no ha hecho nada para merecer esa maldición (Inocencia tipo I)

2) se cree todo lo que le van diciendo (Inocencia tipo II)

Hoy es el día de los Santos Inocentes. Es una buena ocasión para perder la Inocencia del tipo II.

No hay por qué creerse lo que los expertos proclaman como verdad. Puede que no lo sea.

Puede que no exista esa supuesta condición genética que condena, sin remedio, al infierno, aun siendo inocente (tipo I).

Puede que lo que se atribuye a los genes corresponda, en realidad, al aprendizaje.

Puede que la migraña no se tenga sino que se coja por contagio, en el revuelto y promiscuo mundo de lo que se cuenta del organismo.

Puede que si uno pierde la inocencia (tipo II), descubre el fiasco de la condena genética y los hábitos insalubres, y decide (desde la convicción y orgullo de disfrutar la residencia en un organismo sano pero gestionado por un cerebro adoctrinado) afrontar la vida normalita sin miedo, las crisis se espacíen e, incluso, desaparezcan.

No es una inocentada. Es la verdad. Puede suceder. Así ha sido para muchos que perdieron la Inocencia (tipo II) y se echaron a la calle, a tomarse un chupito, un sábado con viento Sur, cargado de problemas de todo tipo. Lo hicieron y no sucedió nada.

Eran Inocentes (tipo I) que, por fin, habían perdido la Inocencia (tipo II).

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“La información”

La alimentación, la digestión, el metabolismo, la respiración, la circulación… son funciones importantes, vitales.

El ciudadano hace cábalas sobre ellas. A veces la digestión es lenta o mala, la sangre no circula, no respira lo suficiente… Eso piensa y parece.

La información es otra función importante. No sólo de glucosa viven las células sino también de la información que les afecta en el día a día.

Por el árbol circulatorio no sólo fluyen nutrientes y oxígeno. La sangre está cargada de mensajes que indican a los órganos cómo deben funcionar. Cada latido cardíaco está influido por esos mensajes. Hacen que el latido sea más o menos vigoroso, más o menos rápido.

La mensajería circulatoria (endocrina) no es nada comparada con la mensajería neuronal. Por los nervios (haces de neuronas) fluye información sensorial de lo que sucede fuera y dentro del organismo y mensajes que expresan el resultado del continuo proceso evaluativo de diversas capas de procesamiento.

No es probable que los ciudadanos o profesionales utilicen el concepto de “mala información” para explicar síntomas.

Mala digestión, mala circulación… Vale. Se entiende.

¿Mala información? Suena extraño.

Tampoco parece plausible un medicamento para “la información”.

Sin embargo los neurofármacos (todos aquellos que actúan sobre las neuronas) actúan sobre la información, sobre la mensajería neuronal. Lo hacen de un modo global, burdo, sin precisión, sin matices, sin inteligencia.

¡Más serotonina! ¡Menos dopamina!

Los nervios no son tubos huecos y no podemos introducir artilugios ópticos (escopias) para ver lo que sucede en su interior, lo que hacen.

Parece que las nuevas tecnologías permitirán adivinar el pensamiento.

La resonancia magnética funcional, la magnetoencefalografía… nos indican qué áreas del cerebro se activan o inactivan en cada tarea.

La imaginación es la antesala de la acción. Es una acción simulada, emulada. Sólo necesita un empujoncillo para pasar de lo pensado a lo ejecutado.

Puede que, en el futuro, existan chequeos de lo que el cerebro imagina. Más vale prevenir que curar.

Habrá una imaginación más saludable que otra.

Mientras llega esa tecnología nos resignamos a saber lo que imagina cada ciudadano a través de preguntas.

– ¿Por qué cree que le duele? ¿Cómo imagina su columna?

Tiene sentido. Interesarse por la información que circula por el organismo e influye poderosamente en el funcionamiento de todos sus órganos.

Realmente, en el tema del dolor crónico, en ausencia de una causa que lo explique y justifique, hay que mirarse “la información”. Puede que sea mala, alarmista, improductiva, restrictiva, invalidante, mortificadora, absurda, kafkiana…

– ¿No me da nada para “la información”?

– Uno de estos cada 8 horas…

Antidepresivos, tranquilizantes, euforizantes, neuromoduladores…

– Sigo igual

– Le envío al psicólogo…

Dicen que el dolor crónico es una enfermedad en sí. Unos tienen diabetes, Parkinson, Alzheimer, cáncer. Otros tienen dolor crónico.

– Tiene que aceptar que está enfermo. Sobrellevarlo. Le vendrá bien la natación, el mindfulness…

La “mala información”. Una pandemia continua que acompaña a Homo sapiens (ma non troppo) desde que su cerebro se pasó varios pueblos a la hora de imaginar.

Una imaginación es saludable si nos liga a la realidad, nos permite llevar una actividad normal.

No lo es si imagina enfermedad o peligro donde no lo hay.

Consulte a su médico.

Chequee “la información”.

Ande con cuidado.

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Receptores de dolor

 

Lamentablemente, muchos textos de acreditada alcurnia y prestigio nos hablan de “receptores de dolor”, unos supuestos artilugios moleculares, ubicados en la membrana de las neuronas que detectan el daño consumado o inminente de los tejidos que vigilan, así como estados físicos (térmicos, mecánicos) y químicos, potencialmente letales.

Parece como si los tejidos dañados rezumaran un ¡ay! molecular o un SOS, también molecular, cuando están en peligro inminente de daño. Las células generarían dolor cuando están en apuros. Ese dolor sería detectado por neuronas vigilantes del lugar y codificado en un tren de “señales de dolor” que llegaría a diversos centros defensivos, desde los que se evacuarían las respuestas de protección oportunas.

No es así.

Las células no liberan sentimientos. No existen moléculas doloridas.

Lo que se libera en  el daño consumado son moléculas-señal, que debieran permanecer en el recinto celular y, a causa del daño, aparecen en el espacio extracelular. Su presencia es detectada por las neuronas vigilantes y codificada en el correspondiente tren de “señales de daño”.

Si el daño es inminente, por la presencia de estados físico-químicos potencialmente letales, las neuronas vigilantes notifican la circunstancia. Peligro.

Los centros de recursos de protección reciben el informe de daño y activan, de modo integrado, las repuestas oportunas, según los contextos.

No hay sentimientos. No hay conciencia. No hay dolor. Sólo información y evaluación.

Podemos interrumpir el tráfico de información sobre daño, con anestesia local en el lugar dañado, o con anestesia general en el pórtico de acceso a la conciencia. Los anestésicos no han bloqueado las “señales de dolor” sino las de daño consumado o inminente.

La información de daño fluye por las diversas capas de procesamiento-evaluación, de modo integrado y bidireccional. No todo el contenido genera conciencia, un estado que exige la activación del más alto nivel e integración. La conciencia es el ámbito de lo relevante, en cada momento, lugar y circunstancia.

El dolor es un contenido consciente que exige la activación integrada de múltiples áreas neuronales que conforman el sustrato del acceso a la consciencia. Sólo esa activación integrada de alto nivel puede hacer que aparezca en la conciencia el estado “dolor”.

Por debajo de la conciencia no hay dolor. Sólo procesamiento de información, inconsciente. Moléculas, señales, mensajeros, circuitos…

El “receptor de dolor” es el individuo, el usuario de la conciencia.

El papel del individuo como receptor del mensaje “dolor” es fundamental para el devenir de ese contenido consciente. Puede desvanecerse o consolidarse, en función de lo que el individuo aporte, cognitiva, emocional y conductualmente, una vez recibe en la pantalla consciente el informe “dolor”.

En ocasiones, el informe “dolor” está justificado. El individuo deberá ajustar su reflexión, impacto afectivo y conducta a lo que la lesión imponga.

En muchas ocasiones el informe “dolor” procede de un sustrato neuronal de cogniciones, emociones y propuestas, absolutamente injustificado, fóbico, irracional.

El “receptor de dolor”, el individuo, podrá y deberá des-apreciar el informe y tratar de que se desvanezca, según va perdiendo potencia conectiva en las áreas evaluativas, la consideración de amenaza.

No imponemos pero podemos exponer, generar inputs de racionalidad al sistema.

No va a poder evitar ser el único receptor de su dolor.

Aproveche la oportunidad.

No pida terapias si no hay motivo.

Pida información. Quite miedo.

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Fisios. ¿Se ha despertado el gigante?

 

Hace ya unas cuantas lluvias sugirió Patrick Wall que la Fisioterapia era el “gigante dormido del tratamiento del dolor”.

Vivimos tiempos de cambio de paradigmas que exigen que despertemos:

El dolor no informa, necesariamente, del estado de salud de los tejidos. En muchas ocasiones desvela lo que el organismo se imagina de ese estado, desde un desvarío catastrofista, alimentado por la instrucción de múltiples expertos alarmistas.

Un porcentaje sustancial de ciudadanos reside en un organismo razonablemente normal, útil para la movida cotidiana, pero el dolor y el cansancio impiden el ejercicio del derecho a la actividad. Moverse está penalizado.

Para unos, el dolor  pone en evidencia a un aparato locomotor degradado, degenerado, vulnerable.

Para otros es el propio individuo el responsable. Su mal rollo psicosocial agarrota desde el alma un cuerpo bastante decente, a golpe de somatización.

Las nuevas técnicas de imagen y el estudio de las correlaciones estadísticas ha puesto en evidencia la falta de evidencia de las tesis del desgaste. La artrosis y el dolor no van de la mano. Puede que lo psicosocial tenga más peso de lo que se pensaba.

Como siempre entre dos vías viciosas reside el espacio aparentemente razonable de la tercera vía, la de la equidistancia, el término medio. Cada extremo tiene su parte de verdad.

Urge la multidisciplinaridad. Hay que sumar competencias y no competiciones por quitarse de en medio los marrones.

– No tiene nada. Le mando al psicólogo.

o…

– No me sorprende que le duela. Tiene una artrosis impropia de su edad.

Uno deja de lado el dualismo y atiende a la persona, una síntesis inevitable de lana física y psicológica.

¿A qué se refería Patrick Wall cuando anunció la buena nueva del Fisio que aportaría algo distinto y eficiente al drama del dolor irresuelto, pero no necesariamente irresoluble?

No lo sé. Pienso que estaba pensando en la red neuronal, la gran ausente del reparto del pastel de competencias.

El Sistema Neuroinmune vigila y evalúa peligros. Actúa en función de sus valoraciones y protege cuando así lo dictan sus complejas operaciones, sin preguntar al señorito-individuo si concede la venia.

El dolor se correlaciona con esas evaluaciones, para bien y para mal. El Sistema a veces acierta y otras muchas, falla, por acción u omisión.

Ya no se trata de cuerpos y/o psiques sino de la narrativa que el Sistema Neuroinmune va construyendo sobre el organismo que debe proteger. Esa narrativa está poderosamente influida por la cultura de expertos y esa cultura puede y debe ser auditada.

Cada colectivo profesional debe registrarse y liquidar todo aquello que las nuevas evidencias aconsejan debe liquidarse, y considerar los nuevos marcos teóricos desde los que debe construir su praxis clínica.

Mi impresión es que el único colectivo que está haciendo los deberes que el cambio de paradigmas impone, es la Fisioterapia, si no desde una mayoría abrumadora sí desde un porcentaje ilusionante.

Lamentablemente las instituciones no parecen ser conscientes del potencial humano de esta Fisioterapia emergente y siguen aferradas a la inercia de “lo malo conocido” negando la oportunidad a “lo bueno por conocer”.

Puede que el gigante no esté dormido sino amordazado…

Creo que el gigante ya ha despertado. Urge que también lo haga quien puede y debe conceder terreno a ese colectivo ilusionado, reconociendo su competencia.

Ganaríamos todos, en muchos y saludables aspectos.

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Daño muscular

 

Todos los tejidos (células y espacio extracelular) pueden morir por impacto de un agente o estado incompatible con la supervivencia. Temperatura extrema, compresión-estiramiento, ácidos, infección… pueden acabar con la vida de una célula competente, sana. Esa muerte inopinada e improductiva libera al espacio extracelular una peligrosa química que puede extender el peligro a toda la vecindad celular. El sistema neuroinmune detecta el evento y reacciona con la respuesta inflamatoria.

El músculo no es una excepción. Puede quemarse, desgarrarse, machacarse… o no recibir el aporte de energía necesario para cumplir con la compleja tarea de la contracción-relajación, entrando en este caso en un estado de estrés metabólico potencialmente letal (infarto).

El músculo hace lo que le dicen y puede. Las neuronas que proceden de las altas esferas neuronales dictan cuándo debe contraerse.

Si se produce un evento nocivo el músculo se limita a padecer las consecuencias. Las neuronas vigilantes extienden sus ramas a todos los rincones musculares y detectan las señales de muerte consumada o inminente, en los tejidos de su campo receptor.

Las neuronas nociceptoras (detectoras de nocividad consumada o inminente) transforman las señales de peligro-daño en potenciales eléctricos que informan a los centros de procesamiento-respuesta, desde la médula a la corteza cerebral, del suceso de daño o de su inminencia.

La contracción muscular, en condiciones de aporte sanguíneo suficiente, no pone en peligro la integridad de las fibras musculares, si no se supera el umbral de seguridad por un trabajo excesivo. Las fibras se contraen y relajan consumiendo su cuota de energía correspondiente dentro de una generosa banda de seguridad metabólica.

No tiene sentido hablar de dolor muscular, pero sí de daño consumado o inminente de fibras musculares.

Si la actividad estática (postural) o dinámica genera dolor ( en condiciones de aporte arterial normal), es poco probable que ese dolor indique que el músculo está en peligro.

Tampoco es habitual que las fibras musculares queden contraídas por fallo del mecanismo de relajación.

Pocas actividades del organismo están tan controladas por la red neuronal, como la del trabajo muscular. Al fin y al cabo dependemos de los músculos para salvar el pellejo y conseguir objetivos de todo tipo.

Los músculos, sin embargo, están sometidos al dictado de la función evaluativa. Si la actividad está considerada como amenazante o improductiva, aparecerá en la conciencia la percepción de dolorimiento-fatiga, haya o no motivo para ese temor cerebral.

Al músculo se le imputan incompetencias que no le corresponden.

El cerebro se va de rositas. Al parecer no alberga creencias ni expectativas. No existe aprendizaje tutelado por la cultura. El miedo es cosa del individuo catastrofista e hipocondríaco o de su lamentable musculación.

L leyenda negra dice que el músculo se encoje, acorta y achata. Entra en un ¡ay! a las primeras de cambio, aun después del descanso nocturno, ante el primer requerimiento de actividad.

– Me levanto molido.

Parece que el sueño “poco reparador” haya almacenado miasmas y toxinas que acogotan las fibras musculares.

Los músculos no se merecen este trato y esa nula consideración.

Son chivos expiatorios de la irracionalidad kafkiana del cerebro.

No es justo.

Urge una reparación. Una puesta en libertad.

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Dolor músculo-esquelético

Gran parte del dolor que aflige, sin motivo justificado, a la ciudadanía, se dice que es “músculo-esquelético”.

Y eso, ¿qué es?

Pues no lo sé bien. Previsiblemente, quien utiliza ese término, da a entender que el dolor surge de un aparato locomotor que sufre, por una mezcla de sobre-esfuerzo estático y dinámico y una condición degradada a consecuencia de ese esfuerzo, mantenido a lo largo del tiempo.

Algunos complementan el estrés de la carga física, con el de la carga psicológica. Ese estrés psicológico se expresa a través de una contracción muscular, “tensional”, y esa tensión muscular sobrecarga, más aún, unos tejidos músculo-esqueléticos vulnerables.

La sobrecarga física y psicológica sería el caldo de cultivo que explica el origen del dolor.

Una vez que aparece, ya es tarde. Sólo cabe minimizar el esfuerzo, potenciar la protección muscular y relajar el patio psicológico. Con los años sólo se puede esperar que todo empeore.

Por si fuera poco, aparecen enfermedades sobreañadidas, misteriosas, que vuelven hipersensible la red neuronal, haciendo que las señales que llegan de tejidos degradados y sobrecargados, se amplifiquen en las diversas capas neuronales de procesamiento. Los estímulos banales, inofensivos, resultan intolerables.

Al final al perro flaco todo se le vuelven pulgas. No hay nada que funcione razonablemente bien.

¿Y las terapias?

Variopintas y abundantes. Fármacos, masajes, estiramientos, musculaciones , ejercicios, métodos, relajaciones, psicoterapias, dietas, meditaciones, reprogramaciones…

Equipo multidisciplinar.

A veces el ciudadano se siente reconfortado con tanta atención y se resigna, agradecido a la atención recibida, esperando tiempos mejores, nuevas terapias.

No siempre es así.

– No tiene nada. Es todo normal. Yo ya he hecho todo lo que está en mi mano. Le doy el alta…

Los profesionales desacreditan al paciente y su relato del dolor.

– No le tendría que doler…

¿Y el cerebro?

Dicen que es donde se generan todos los dolores, con y sin fundamento biológico.

Dicen los que así lo predican, que es bueno para el paciente saber que es así.

Educación en Biología del dolor…

– ¿Qué tiene para mi dolor?

– Explicaciones sobre su origen. El dolor músculoesquelético no existe. Lo que hace que le duela no son los músculos ni articulaciones sino la película que cada cerebro se monta sobre la amenaza que usted crea con la actividad que pretende tener.

El dolor músculoesquelético, en base a la definición de la IASP (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor), sería aquél que aparece, en ausencia de daño real o potencial, porque es “vivido como tal daño”.

Por el organismo y por quien lo habita en la conciencia, el individuo.

– No se preocupe. Le ayudaré a entenderlo y a recuperar esa actividad que su cerebro teme, sin motivo.

– Bueno. Si me funciona…

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