Lavar el estómago

 

A veces el organismo hace cosas incomprensibles. Una de ellas es generar náuseas, ganas de vomitar, sin que haya ningún motivo razonable para ello.

Nos subimos al coche. Hay curvas, quizás el conductor debiera ir más despacio… pero no tiene sentido que aparezca la sugerencia de eliminar el desayuno.

El vómito adquiere sentido evolutivo si nos protege de peligro ingerido, de tóxicos.

El viaje no añade toxicidad a las tostadas y al café con leche. El vómito no tiene sentido.

La misma objeción aparece con una crisis de migraña.

¿Por qué sinrazón va a resultar peligroso lo comido el día de la crisis si es lo habitual y al resto de comensales parece sentarles bien?

Un organismo que aprecia peligro alimenticio sin haberlo, actúa en modo hipocondríaco, intolerante.

Imagine que un servicio de la comunidad en la que vive, vela por la seguridad alimenticia y tiene la potestad de decidir si puede comer lo que ha comprado para ese día, en el mismo super que el resto.

En el momento más inoportuno e inesperado entraría en su casa y le apremiaría a que usted “decida” echarla a la basura…

– ¿Por qué tiras la compra a la basura?

– Porque me da la gana. No puedo evitarlo. Ya sé que la compra no contiene peligro pero hay algo interior que me obliga a librarme de ella.

Las metáforas de los absurdos del organismo resultan surrealistas porque, realmente, lo que hace nuestro mal pensado organismo es surrealista en muchos casos.

El Sistema Neuroinmune vela por la seguridad de lo que hemos decidido comer. Desplegado a lo largo del tubo digestivo, está habilitado evolutivamente para detectar peligro real en la comida ingresada. Si la mayonesa tiene estafilococos lo detectará y faltará tiempo para que recibamos las ganas de vomitar y defecar.

El problema reside en la azotea, en las altas esferas, en la sede de la supuesta inteligencia. El cerebro imaginativo, la joya de nuestra especie, en la que depositamos todas nuestras esperanzas de supervivencia, nace incompetente y debe aprender el oficio de protegernos, sin más recursos que los recibidos en los genes, los de la inteligencia evolutiva.

Un recién nacido debe interpretar todos los mensajes sensoriales que genera la interacción con el entorno. Debe aprender a ver, oir, palpar, degustar, olfatear, guardar el equilibrio, pensar, decidir, controlar las emociones, predecir…

La cosa se complica en un entorno modificado por su especie y que la evolución no ha tenido tiempo de evaluar.

No hay nada previsto para interpretar correctamente los mensajes sensoriales generados en un coche, un objeto artificial que se mueve por su cuenta. Los sensores de aceleración angular del oído interno, el flujo óptico de la retina, todas las señales de articulaciones que genera el movimiento… todo ello bombardea al cerebro sin que tenga codificado nada aprendido.

Un cerebro que no sabe lo que sucede, tiende a interpretar que uno ha comido algo que no debía. Lo que procede es eliminar la incertidumbre, lavar el estómago, purificar el contenido, recuperar la fiabilidad.

¿Por qué el vómito de la migraña?

¿Por qué el de los viajes?

Porque el cerebro desconfía de lo que desconoce.

¿Por qué el vómito de la intoxicación alimentaria?

Porque el Sistema Neuroinmune congénito del tubo digestivo confía en lo que conoce.

El Sistema Neuroinmune adquirido debe aprender de los errores pero no siempre detecta y corrige esos errores.

Puede, incluso, que la cultura experta los facilite.

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En busca de la analgesia

 

El dolor es una percepción aversiva y protectora, que contiene implícitamente una evaluación aprendida de daño necrótico, consumado, inminente o imaginado y que incita a una indagación causal y a la exploración de conductas de evitación.

Las percepciones instilan significado a la realidad, seleccionan una parcela de interés, por su novedad y/o por su relevancia, y sugieren una interacción con lo percibido.

Percibimos el exterior y, también el interior. A las percepciones de interior les denominamos “síntomas”, dando por sentado que pueden indicar que algo inconveniente está sucediendo.

El dolor, en ausencia de daños superficiales, es una percepción que contiene una interpretación de algún estado interno. Nos incita a considerar posibles causas, dentro del abanico de causas que conocemos y, también, nos presiona para que exploremos la conducta que minimice ese dolor.

A lo largo del aprendizaje construimos posibles causas y , también, posibles “soluciones”.

Si el dolor aparece por un motivo justificado, tiene sentido que intentemos dar con la conducta que lo minimiza. Probablemente será una conducta protectora.

En el caso de no existir una causa nociva que explique y justifique el dolor, tendemos a aplicar la misma estrategia de explorar la conducta más analgésica, dando por sentado que esa conducta es la que protege mejor una zona supuestamente dañada o en peligro.

Podemos quedarnos quietos, buscar una postura cómoda, movernos con cuidado, buscar apoyos, tomar un calmante, meditar…

Lo que ofrezca alivio será considerado como aconsejable. Reforzará positivamente la conducta seleccionada.

La red neuronal memorizará esa conducta y la exigirá en el futuro.

Cada paciente dispondrá de una experiencia exclusiva de intentos fallidos y exitosos.

Realmente lo que podemos afirmar ante esta situación (dolor sin daño) es que si una conducta resulta analgésica, sólo indica que es esa conducta la que se exige por parte de la red neuronal.

– A mí me funciona.

Sin embargo lo que procede es no evitar lo que duele sino exponerse y trabajar en la línea de la tolerancia perdida.

Renunciar a la búsqueda de la analgesia a través de la evitación y explorar la exposición a lo evaluado como peligroso.

– No soporto estar sentado. Mi columna protesta. No me deja. Tengo que levantarme.

Ni caso. Hay que trabajar el escenario que duele, sin evitarlo, desde la convicción del error evaluativo.

No pasa nada. Miedo.

No evitar.

Exposición gradual a la actividad normal.

Pero… primero hay que exponer los conceptos básicos de la trama del dolor.

Una cosa es la evitación de daño y otra la de dolor.

No tienen por qué coincidir.

En ausencia de daño consumado o inminente, evitar el dolor genera una situación de distrés, nociva a largo plazo, si se mantiene.

Evite el daño, no el dolor. Puede ser un informador engañoso.

 

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Preguntas

 

El dolor es una percepción aversiva y protectora, que contiene implícitamente una evaluación aprendida de amenaza de daño necrótico consumado, inminente o imaginado y que incita a una indagación causal…

El dolor, como todas las percepciones, es un agregado de componentes sensoriales, emocionales, cognitivos y conductuales.

Para el individuo la cuestión es más imple:

– Me duele luego hay algo que no va bien. Voy al médico a ver qué me dice.

Sin embargo el dolor contiene todos esos factores mencionados, fundidos en una narrativa histórica.

A veces el médico desvela la causa, el incidente que lo explica y justifica biológicamente.

Otras, la mayoría, no hay nada alterado.

– ¿Entonces?

– ¿Qué piensa usted?

– Yo no pienso. Me duele. Usted es el médico.

Siempre hay hipótesis acopladas al dolor, más o menos conscientes o confesadas.

– No pienso que tenga nada malo, no sé un tumor…

Ese argumento significa que uno se ha planteado la duda y ha deshecho  la posibilidad.

– Si fuera un tumor ya me habría muerto.

Bien. No es un tumor pero algo tiene que explicar la aparición del dolor.

El ciudadano piensa en las posibles causas que ha aprendido (le han enseñado) a pensar.

En ese conocimiento de las causas del dolor no está la idea básica de su complejidad, el fundido de componente emocionales, cognitivos y sensoriales, la imaginación, el aprendizaje inconsciente, la dependencia de lo que los instructores expertos proponen.

Siempre hay hipótesis y es aconsejable desvelar cuáles son.

En ausencia de daño necrótico consumado o inminente, hay que conocer las hipótesis y completar el abanico con aquellas que el paciente desconoce.

Verá usted: el dolor es una percepción aversiva y protectora que contiene implícitamente una evaluación aprendida de daño necrótico consumado o inminente y que incita al individuo a una indagación causal…

– Eso ya lo sé…

Ojalá fuera esa la respuesta del paciente. Una vez conocida y aceptada la hipótesis del daño imaginado, pero inexistente lo lógico sería el suspiro de alivio

– De acuerdo. Ya había pensado que podía ser cosa de la imaginación, de mi cerebro evaluativo… Sólo quería estar seguro de que no había nada que lo explicara y justificara biológicamente.

Falsas alarmas. Sistemas de vigilancia hipersensibles e hiperalarmistas, incapaces de detectar y reconocer un error. Esa posibilidad no figura entre la opciones que los profesionales predican.

No debiera ser así. Citar el cerebro tendría que ser una cuestión de Perogrullo.

El profesional necesita tiempo para presentar al paciente lego la hipótesis del cerebro alarmista y habilidad para conseguir explicarlo sin perder la confianza del paciente.

– O sea que “todo está en mi cabeza”. ¿Soy yo? ¿Psicológico?

– No. No es eso. No me he explicado bien…

La indagación causal es importante. Las expectativas y creencias son importantes. La incertidumbre debe disolverse, pero no con etiquetas de enfermedades misteriosas que la fortalecen ni con supuestas causas, imágenes de escaner o resonancia, que son simples correlaciones casuales pero no causales.

El vacío de conocimiento sobre el papel del cerebro en la indagación causal es un problema serio y no parece que se esté abordando debidamente, salvo en un estimable y creciente colectivo de Fisioterapeutas.

– Quiero que me explique el papel del cerebro en el dolor…

Todo es posible, pero en este caso, poco probable…

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El YO del organismo

 

El dolor es una percepción aversiva y protectora que contiene implícitamente una evaluación aprendida de daño necrótico consumado, inminente o imaginado y que incita al individuo…

Las neuronas aparecen evolutivamente con la prestación de mover el organismo por el entorno, experimentar, tomar nota y construir hipótesis, predicciones, de lo que cada escenario aporta y puede aportar.

Hay escenarios a evitar y otros apetecibles.

Cada interacción con el entorno genera un cúmulo de predicciones, posibilidades. Riesgos, recompensas, costos, aprecio social. El proceso evaluativo integra todas estas consideraciones y proyecta sus conclusiones en la conciencia, en forma de pensamientos, percepcciones, emociones y ganas de actuar en una u otra dirección.

Cada acción genera refuerzos positivos (“premios”) o negativos (“castigos”), a veces esperados y confirmados y otras, inesperados. El Sistema motivacional toma nota, poniendo o quitando un chorrito de dopamina, la “droga” mensajera de tener o no tener ganas de hacer algo.

¿Duele? El organismo expresa en la conciencia el temor al daño físico, los peligros de la actividad de casa escenario.

El dolor propone y dispone. El individuo “decide”. Se mueve o se queda quieto. Sale o se queda en casa. Se sienta o sigue de pie.

La percepción del interior opaco somático es poco fiable, especialmente si la red evaluativa neuroinmune construye sus catálogos de lo peligroso desde una perspectiva catastrofista, hipersensible e hipervigilante.

El dolor puede hacerse crónico eliminando las ganas del individuo de llevar una actividad normal. Todo duele y cansa, aunque no se haga nada.

La sequía de la buena gana tiene sus motivos, y esos motivos, están en los circuitos del sistema motivacional. A veces son razonables y otras no.

Es fundamental conocer los motivos del dolor, desde la perspectiva del organismo.

Si duele es porque el organismo evalúa amenaza.

¿Existe una amenaza real?

No.

Lo que procede es centrar la atención, las ganas, en la actividad que uno aprecia y ha perdido, desde la convicción de que nada negativo va a suceder.

Fuera roces, pinzamientos, contracturas y posturas vigiladas.

El cerebro propone pero no, necesariamente, dispone. Es el diálogo continuo entre la predicción automatizada y el YO que propone, desde el conocimiento, lo contrario, el que puede llevarse el gato al agua.

La historia que el organismo teje y desteje debe actualizarse a la luz de nuevo conocimiento y nuevas experiencias. Esa es la función del individuo: aportar novedad teórica y práctica.

Hay que buscar nueva comida.

La digestión ya no es cosa de uno. La hace el organismo.

Buen apetito y que aproveche.

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Dolores

Dolores es un nombre de mujer.

Es un extraño nombre. Tan extraño como sería el caso de llamarse Mareos, Cansancios o cualquier otro síntoma.

Lo cierto es que la mujer tiene más y más intensos dolores que el hombre. Sin razón alguna que lo justifique, recibe menos atención y, con frecuencia, se cuestiona su realidad más que en el hombre.

La IASP (International Association for the Study of Pain) dedicó el 2007 a concienciar a la ciudadanía lega y profesional de que el dolor de la mujer es real: “Real women, real pain”, era el titular de la campaña.

En el 2018 puede que la situación no haya cambiado demasiado.

¡Bah! Mujeres. Ya se sabe. Histéricas…

Las razones que se exponen para explicar esa mayor prevalencia de dolor no justificado en la mujer son varias: biológicas (estrógenos, opioides endógenos…), psicológicas y sociales, según mandan los cánones del modelo bio-psico-social actual del dolor.

De todas estas razones me interesan especialmente las culturales. La mujer se preocupa y ocupa del cuidado somático propio y ajeno más que el hombre. Frecuenta más la visita al médico. Pide más información. Está más expuesta a la cultura oficial del dolor y esto le hace más vulnerable a los contenidos nocébicos.

La información sobre dolor sigue anclada en el pasado. El modelo bio-psico-social exige tiempo disponible para el profesional y que este se haya actualizado en la moderna Biología del Sistema Neuroinmune.

No se da ninguna de las dos condiciones.

Incluso en aquellas situaciones de dolor exclusivo femenino (dismenorrea, endometriosis) se da un estado de hipersensibilidad neuroinmune central generalizada lo cual quiere decir que además de los posibles factores locales tisulares, anda suelto un cerebro hipervigilante y alarmista.

Lo que la cultura pone lo puede quitar la propia cultura pero hay que modificar los contenidos, girarlos 180º.

A los cursos de migraña acuden muchas más mujeres que hombres. Han peregrinado por todo el abanico de ofertas terapéuticas sin éxito.

Comprenden el modelo, lo aceptan mayoritariamente y lo aplican con buenos resultados.

El problema del dolor en la mujer exige con urgencia una intervención decidida.

Urge, especialmente, eliminar el mínimo rastro de des-aprecio del relato de las pacientes, sin más justificación que la de tratarse de mujeres-ya-se-sabe.

Lo que ellas cuentan debe respetarse como real y provocar la necesaria empatía y compromiso profesional de abordar el problema desde todo el conocimiento disponible.

Eso incluye la moderna Biología Neuroinmune.

El componente nocébico de la cultura debe desvelarse y neutralizar con la contracultura de la información antinocébica correspondiente.

Hoy es un buen día para concienciarse, pacientes y profesionales.

Hay que emplearse a fondo en la pelea por la ilustración en dolor.

El saber ocupa lugar. Hay creencias y expectativas que no debieran ocupar ese lugar.

Know pain, no pain.

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Daño imaginado (falsa alarma)

 

El dolor es una percepción aversiva y protectora que contiene implícitamente una evaluación aprendida de daño necrótico consumado, inminente… o imaginado

La necesidad de evitar incidencias de daño celular violento (necrosis) conlleva el riesgo de evaluar amenazas en exceso. Es mejor pasarse que quedarse corto (El error menos costoso).

El organismo evalúa continuamente el riesgo de daño. Cada escenario escribe su propia historia, sus temores específicos.

El proceso evaluativo es básicamente inconsciente. Sólo si la evaluación de amenaza supera el umbral de acceso a la conciencia sentiremos dolor, allí donde se evalúa la amenaza.

El dolor nos obliga a considerar el posible daño. Si se descarta, podremos concluir que estamos ante una falsa alarma.

El aviso de falsa amenaza no tiene mayor importancia si es catalogado como tal. Aprendemos equivocándonos… pero cada vez menos, no más.

El problema empieza a tomar cuerpo cuando no se cataloga como error sino como “amenaza de origen no aclarado”. El dolor plantea la posibilidad de amenaza oculta y se retroalimenta en positivo la duda. La vigilancia aumenta y el dolor, en consecuencia, también.

El cerebro imagina la realidad y los sentidos delimitan el contenido de ese universo imaginado.

No todo puede ser detectado por los sensores. Hay amenazas teóricas opacas. Si son consideradas como relevantes puede que acabe proyectándose dolor a la conciencia.

Ese dolor es un germen potencial de una estructura circular que se refuerza en cada episodio. El dolor puede alcanzar una intensidad extrema pues no está contenido por la realidad (no sucede nada peligroso) sino por la imaginación.

Con las pruebas de imagen podemos, hoy en día, descartar amenazas reales y neutralizar así las falsas alarmas.

– Es todo normal. Falsa alarma.

Sin embargo la incertidumbre no queda siempre resuelta. A veces porque ponemos etiquetas de supuestas enfermedades, nos limitamos a dar calmantes para silenciar el dolor o encontramos en el Scanner o Resonancia cambios “degenerativos” que valoramos como patológicos y suficientes para explicar el dolor.

– Tiene usted artrosis. Por eso le duele

– Fibromialgia. Migraña, etc…

El dolor más frecuente, mortificador e invalidante es, precisamente, el que aparece en ausencia de daño consumado o inminente.

No tiene más contención que la de la eficacia (aparente, placébica) de las terapias.

Al paciente, lógicamente, le cuesta aceptar que no haya nada que explique y justifique su tortura.

Necesita la etiqueta diagnóstica que legitime, al menos, el sufrimiento.

Realmente el problema del dolor lo tenemos con el que aparece por evaluación errónea no corregida, el que se nutre de la imaginación.

– ¿Quiere decir que me imagino el dolor o el daño (como quiera) y por eso duele?

– No es usted. Hablamos del organismo, de sus dinámicas defensivas, de sus limitaciones y errores.

Es fundamental que si nada sucede, se evalúe el escenario como inofensivo y se actúe desde esa premisa.

La imaginación es una función biológica, neuronal. Tiene sus mecanismos de contención, la información que ayuda a mantenerla cerca del mundo real.

– Me duele la columna.

– ¿Cómo imagina su columna?

– Hecha un asco.

No esté tan seguro. No confirme, erróneamente, el error.

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Daño necrótico consumado o inminente

 

El dolor es una percepción aversiva y protectora que contiene implícitamente una evaluación aprendida de daño necrótico consumado o inminente…

La definición de dolor de la IASP lo asocia a un daño real o potencial, sin especificar a qué tipo de daño se refiere.

En mi opinión, evolutivamente, el dolor surge acoplado a la existencia de episodios de muerte violenta de tejidos. La información que se genera en la zona dañada es recogida por las neuronas vigilantes (nociceptores) y transducida a un código de potenciales eléctricos que se conduce a diversos centros de procesamiento y respuesta, de nivel progresivamente más complejo e integrado.

La última capa de procesamiento de las señales de daño tisular consumado es la corteza cerebral. En función de diversas variables de contexto y de la información previa adquirida, aparece en ese momento en la conciencia, dolor.

La destrucción violenta de tejido, por temperaturas extremas, compresiones, desgarros. ácidos, infecciones, genera patrones moleculares (DAMPs- Damage Associated Molecular Patterns) que activan los sensores específicos de esos indicadores, generándose la señal.

Se denomina “necrosis” a la muerte celular violenta, accidental, y podríamos denominar a la función de detección de esa incidencia: “necrocepción” (detección de necrosis consumada).

Los patrones moleculares de daño (DAMPs) actúan como activadores de la respuesta neuroinmune inflamatoria, encargada de proteger los tejidos vecinos sanos y reparar los dañados.

El objetivo del sistema neuroinmune de defensa es evitar los episodios de necrosis, identificando aquellos agentes (gérmenes) y estados físicoquímicos capaces de generarlos.

Las células vigilantes del sistema NeuroInmune detectan patrones moleculares de gérmenes (PAMPs-Pathogen Associated Molecular Patterns) y los nociceptores, estados de energía mecánica, térmica y química potencialmente letales, necrosantes.

El tren de señales que codifica la detección de peligro viaja por la red, informando a los centros de procesamiento-respuesta. La llegada de dichas señales a las capas corticales proyecta la percepción aversiva-protectora del dolor en la conciencia.

El dolor debiera ser una percepción acoplada a la destrucción consumada de tejido o a la presencia de peligro de necrosis inmediata, si no se evita el estímulo nocivo.

Un sistema de alarma diseñado para detectar incidencias de daño violento a la integridad física de un edificio debiera limitar la activación de la alarma a estados que han consumado el daño o han sido detectados y debe procederse a su neutralización para impedir la consumación del daño.

El dolor debiera aparecer sólo en esas incidencias y no ante cualquier variable inconveniente, física, psicológica o social.

Debiera… pero no es así. Se ha convertido en una percepción que aparece ante todo tipo de situaciones inofensivas… o, peor: como un indicador estático, continuo, que informa de no se sabe qué.

– Me duele todo, a todas horas. Me dicen que no tengo nada…

La alarma suena cada dos por tres, sin ningún suceso violento consumado o inminente.

El dolor informa y protege pero debiera limitarse a los hechos consumados, objetivos, de peligro real, en ese momento y lugar.

– Aunque no tenga nada, el sistema neuroinmune le advierte del peligro teórico, insepecífico, de que pudiera producirse alguna situación inconveniente.

– ¿No se puede hacer nada para modificar esa situación?

– Hay dos opciones: 1) bloquear la alarma, impedir que suene, o, al menos, limitar el volumen o 2) reprogramarla para que se limite a señalar las incidencias reales de daño consumado o inminente.

Las terapias se centran en la primera opción. La Pedagogía, en la segunda.

– Me duele la cabeza pero es que ando con mucho estrés…

Parece lógico, comprensible… pero no lo es, desde el punto de vista biológico.

Si duele, no es porque el estrés ponga en peligro inmediato la integridad física de la cabeza. El Sistema Neuroinmune ha perdido especificidad. Cualquier estado, aunque no sea nocivo, es capaz de hacer saltar la alarma.

Algo hay que hacer para que no sea así.

Al menos, no justificar ese dolor injustificado. De otro modo inducimos un sesgo de confirmación, cronificamos el problema.

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Aprendizaje evaluativo

 

“El dolor es una percepción aversiva y protectora que contiene implícitamente una evaluación aprendida…”

Somos memoria.

La memoria no está para recordarlo todo sino para aprender, es decir, tomar decisiones que tengan en cuenta la información acumulada en el pasado.

La red neuronal está tomando decisiones (outputs) continuamente, en todos los ámbitos. Las percepciones, emociones, cogniciones y acciones son decisiones que surgen de un proceso evaluativo que integra todo lo vivido y proyecta una hipótesis de futuro que el presente actualiza.

Cada incidencia de dolor funde pasado, presente y futuro de una evaluación de costo, riesgo y beneficio de cada escenario, aprendida en la interacción del organismo con el entorno.

El aprendizaje no es, necesariamente, positivo. El error-ensayo-error debiera minimizar con el tiempo la probabilidad de error, pero no siempre es así.

Si el proceso evaluativo está influido por información errónea, alarmista, que no informa de lo que probablemente va a suceder sino de posibles teóricos, altamente improbables, aprendemos a evaluar de modo catastrófico e irracional, no porque la red contenga algún defecto congénito o adquirido sino por la dinámica que impone el contenido de la información recibida.

El organismo evalúa desde la información disponible. Parte de esa información puede ser incorrecta pero no siempre la red neuroinmune accede a detectar el error de lo decidido, especialmente si existe una capa oculta en el procesamiento.

A un animal se le puede condicionar aplicando estímulos aversivos (shock eléctrico, por ejemplo) cuando el experimentador decida, consiguiendo que renuncie a los intentos de explorar el mundo (indefensión aprendida)-

Los intentos del paciente de llevar una vida normal pueden estar penalizados por el dolor, sin que exista un estado de amenaza real o potencial que lo justifique.

– Haga lo que haga, me duele. Ya no sé qué hacer. Me dicen que no tengo nada… que no tendría que dolerme…

La evaluación catastrofista se ha automatizado e impone su ley sin dar pistas sobre el proceso de aprendizaje que la ha gestado.

– Yo sólo sé que me duele.

Las etiquetas diagnósticas aparecen. Migraña, fibromialgia, “dolor crónico”…

Multifactorial. Genes, alimentación, ansiedad, depresión, toxicidad ambiental…

El sistema neuroinmune, dicen, está alterado por el impacto de lo multifactorial acumulado. Procesa mal. Amplifica el dolor. Hace imposible la residencia en un organismo razonablemente sano.

Al parecer no existe aprendizaje. Sólo vulnerabilidad congénita para residir en un entorno inadecuado. Sensibilización extrema, generalizada e injustificada a lo banal.

En mi opinión, no se concede al aprendizaje evaluativo la importancia que tiene. Se facilitan sesgos de confirmación que impiden corregir lo que debe ser corregido.

La información experta es la responsable de guiar el proceso del aprendizaje evaluativo.

En el caso del dolor sin daño que lo explique y justifique, forma parte del problema.

Los expertos debiéramos sensibilizar a los ciudadanos de los riesgos de la información y ser rigurosos en la transmisión de creencias y expectativas en torno al dolor.

Ignorar el aprendizaje no lo evita.

Primum non nocebere.

Afortunadamente los circuitos que se conectan dócilmente en la crianza guiada de expertos pueden también reorganizar su conectividad en la dirección contraria si se demuestra que lo predicado en el pasado no es correcto.

La Pedagogía en Biología Neuroinmune intenta hacer visible para el paciente el proceso del aprendizaje evaluativo, sus errores y sesgos.

– No tenga miedo. Vida normal. Reconstruya la conectividad en la dirección contraria. Reinicie el aprendizaje, dando la vuelta a lo que corresponda.

“No tiene nada que perder, salvo el dolor” (Kevin Allcoat)

 

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