>Neuronas espejo

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El grupo de investigación de Giacomo Rizolatti de la Universidad de Parma describió una propiedad «espejo» de diversos grupos de neuronas de la corteza frontal y parietal, en macacos. 


Observaron que se registraba la misma actividad cerebral cuando el animal efectuaba una acción con la mano o la boca que cuando se limitaba a observar la misma acción pero ejecutada en este caso por otro animal (o el experimentador). 

Parece que esta propiedad espejo se da también en el cerebro humano. 

A través de esta capacidad podemos adquirir habilidades motoras a través de la observación. Atletas y músicos utilizan este proceso de observación atenta de una acción ejecutada por otros. Tras la observación, se ha adquirido una cierta habilidad para ejecutar la acción observada. 

Las prestaciones de las neuronas espejo son, teóricamente, múltiples: aprendizaje motor, contagio emocional (empatía), interpretación de las intenciones del otro… y probablemente aprendizaje perceptivo. 

Los humanes sobreimitamos. Lo copiamos todo, lo útil y lo inútil, lo falso y lo verdadero. No exigimos comprobaciones. Esto nos permite descubrir rincones ocultos del conocimiento pero también nos condena a la dependencia de liderazgos equivocados. 

La transmisión de la migraña puede estar influida por esta poderosa función de copiado, en el entorno familiar, escolar, o… en el profesional (neurólogos).  

 

>Genética y migraña

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Cuando los gemelos tenían dos años, pregunté a su hermano mayor cómo los distinguía. «Oh, es fácil. El que muerde es George…» (Freeman J. Dyson)

Sostienen los neurólogos, sin dejar ningún resquicio a la duda, que la migraña es una enfermedad cerebral de origen genético.


El cerebro migrañoso es, al parecer, singular: sólo en la cabeza, habría una variación química inducida por unos genes supuestamente defectuosos. Esta singularidad química no afectaría al resto del organismo: la cabeza sería un santuario muy especial. Incluso podríamos afinar más: en muchos casos la genética repercutiría sólo sobre media cabeza, dado que la crisis migrañosa compromete con frecuencia sólo a una mitad («hemi-crania»…»migraña»).

Los neurólogos han dado por supuesto que esto es así pero cuando se ha intentado comprobar se ha visto que la suposición no es correcta: no hay ninguna química neuronal exclusiva de la cabeza, vinculada al sistema de defensa (sistema nociceptivo).

Evidentemente no estoy negando la influencia de los genes. Andan siempre por medio en todo lo que nos afecta pero lo hacen siempre en estrecha integración con lo que sucede «allí fuera», al otro lado del núcleo celular. La expresión de lo genético es más compleja de lo que les gustaría a los neurólogos.

Una familia de migrañosos tiene más probabilidad de criar retoños migrañosos pero criar es un verbo complejo. En la transmisión de rasgos en una familia intervienen otros factores extragenéticos. En nuestra especie, con un período de aprendizaje tutelado, el más importante es la transmisión de información a través de la observación-imitación y la instrucción.

Es más verosímil pensar que los genes favorecedores de migraña actuaran a través de la transmisión de estilos conductuales muy generales. Podrían facilitar, por ejemplo, una personalidad más atenta a la evitación de daño y/o más obediente a los contenidos de la crianza.

Los individuos pueden ser más o menos obedientes por genética pero el problema es a qué y si las órdenes o recomendaciones son más o menos afortunadas y aquí entra el papel de la cultura, lo que vemos y lo que nos cuentan.

Puede haber individuos más sensibles genéticamente a las infecciones pero eso no anula la importancia de la higiene.

La imagen del genoma como una sarta de bolitas, una para cada rasgo… es falsa. Cada gen interviene en muchos rasgos y en cada rasgo influyen muchos genes.

Los circuitos neuronales humanos están muy determinados genéticamente… para contactar con el mundo y retocar las conexiones. No dejarán de hacerlo a lo largo de toda la vida. Algo que influye extraordinariamente en este proceso de retoque de conexiones (plasticidad) es la información, adquirida por experiencia propia, observación de la ajena o por instrucción.

Genes sí pero crianza (experiencia y cultura), también.


>Consiliencia y especialidades neuronales

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La red neuronal es un sistema complejo, difícilmente abarcable desde una sola especialidad.  


No hay un cerebro psicológico, otro mental y otro físico. No parece, por tanto, justificado trocear el conocimiento de la actividad neuronal. La trinidad profesional: tres especialidades endiosadas en una especialidad única (por supuesto también endiosada) no existe: cada una va por su lado. 

La migraña es la consecuencia de una disfunción cerebral. Para los neurólogos se trata de un problema de moléculas (genes y neurotransmisores). Los Psiquiatras se desentienden del asunto pues lo suyo es «la mente» y los Psicólogos aportan terapias de adaptación al padecimiento sin construir ninguna doctrina que explique su origen. Eso queda para los neurólogos que son los que, por acuerdo no escrito, son los que entienden de la materia. 

Una actitud convergente (consiliente) propiciaría una dinámica mucho más productiva. 

En el blog iré desgranando comentarios que contengan, de forma desordenada (aparentemente) ideas de apariencia variable (física, mental o psicológica). Espero que con ello se consiga una idea de migraña que permita comprender el núcleo fundamental del encendido anómalo de la tormenta migrañosa: un error en la evaluación de peligro por parte del cerebro. 

¿Qué se quiere decir con esto: que es un problema mental… psicológico… neurológico…? 

Nada de eso y todo a la vez: es una cuestión de neuronas.   

Empieza a ser una obligación moral para los profesionales de la neurona promover teorías que contengan todo el conocimiento disponible sobre su actividad promoviendo encuentros entre las tres grandes ramas de la Neuronología. 

En el momento actual nada hace pensar que esto vaya a suceder, sino, más bien, lo contrario. 



  

>Edward Osborne Wilson

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Edward Osborne Wilson es un biólogo estadounidense, nacido en Birmingham (Alabama) en 1929. Un accidente de pesca le dejó tuerto a los 7 años, obligándole a desviar su pasión por mamíferos y aves hacia las hormigas. 


Recibió el premio Crafoord, concedido por la Academia Sueca a las disciplinas científicas no contempladas en los Nobel, la medalla nacional de la Ciencia, y ganó el premio Pulitzer en dos ocasiones. 

Su interés por las hormigas le permitió reflexionar sobre la biología de las especies sociales dando la razón a Karl Marx sobre el comunismo como forma exitosa de organización social… para las hormigas. 

Defiende la existencia de pautas biológicas de conducta social compartidas por todas las especies, incluida la humana. Creó el término de Sociobiología para la disciplina que las estudia. 

En una época en la que se defendía que la mente humana era un producto cultural poco influido por la presión determinista de los genes, sus propuestas causaron una respuesta airada e injustificada por parte de la comunidad científica. 

Dió notoriedad al término consilience cuya traducción aproximada al castellano es convergencia. Contiene la idea de unidad del conocimiento, la complementariedad de las aportaciones de los investigadores de cada disciplina, la conveniencia de integrar el saber.

Steven Johnson es un divulgador de la Ciencia que ha escrito, entre otros, un interesante ensayo: Sistemas emergentes; ¿qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software?

Desde el espíritu de este blog de buscar consilienciaconvergencia entre todas las disciplinas que puedan ayudarnos a entender desde la Ciencia el proceso migrañoso parece oportuno presentar al gran biólogo americano como autor calurosamente recomendado.  

 



>Frenología

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Franz Joseph Gall (1758-1828) fué un médico alemán interesado por el estudio de la mente. Desarrolló la teoría de que el cerebro estaba constituido por 27 órganos, cada uno de los cuales se encargaba de una función concreta. Cada individuo tenía, de forma innata, un dotación variable de capacidades y, por tanto, un desarrollo singular de cada uno de los supuestos órganos.


El volumen variable de cada zona se reflejaba, segúa Gall, en una conformación externa del cráneo y así la exploración de la forma externa craneal permitía describir las capacidades y temperamentos de cada uno e influir, por ejemplo en la selección de personal para puestos de trabajo o como pareja.

Si bien la propuesta de F.J. Gall era descabellada, fué una idea precursora de las teorías «localizacionistas» actuales que consideran que las funciones del cerebro se localizan en determinados zonas cerebrales (el modelo de los módulos o de la «navaja suiza»). Esta sugerencia es, en parte, correcta pero no es posible deducirla palpando y midiendo el cráneo (tal como sugería Gall).

La tendencia a localizar de forma simple el origen de los problemas, el reduccionismo, ha facilitado avances considerables en la Ciencia pero cuando no se complementa con la visión integrada de otros factores produce teorías excesivamente tocadas de la complacencia de tenerlo ya todo explicado con un gen, un neurotransmisor o una imagen. 

El gen de la migraña, la serotonina, las arterias, la CGRP (una molécula más), los canales iónicos, las mitocondrias…

Los neurólogos van variando la localización del problema migrañoso. 

Los avances en técnicas de imagen (Resonancia Magnética, PET, Magnetoencefalografía) están prestando valiosos servicios en el diagnóstico de enfermedades y la investigación de los procesos básicos de la actividad neuronal pero inducen a conclusiones precipitadas triunfalistas por parte de los clínicos. 

La Resonancia magnética funcional, por ejemplo, permite generar imágenes coloreadas acopladas a diversos estados psicológicos, ejecución de tareas, acciones… y, por supuesto, migrañas. 

Las imágenes se obtienen midiendo la actividad de las conexiones entre neuronas (sinapsis) a través de variaciones metabólicas (consumo de glucosa, oxígeno,) o introduciendo marcadores radioactivos. Todo muy espectacular pero realmente poco informativo (en este terreno). 

Imagine que quiere investigar lo que se cuece en las oficinas de la sede del gobierno y para ello utiliza los consumos de luz en los distintos despachos. Da lo mismo que las luces se hayan encendido para limpiar, celebrar un cumpleaños, debatir una cuestión para aprobar una ley o para derogarla. Cuanto más torpes sean los ponentes más consumo de luz, etc. 

Los artículos más «científicos» sobre una crisis política serían los listados de factura de la luz convenientemente convertidos en colorines, proyectados sobre una fotografía del edificio del gobierno. 

Algunos investigadores no ven ninguna diferencia entre los desvaríos de Gall y el entusiasmo de lo científicos de la imagen en colores y hablan de «la Frenología del siglo XXI». 

Tengo la sensación de que he perdido muchas horas de estudio intentando localizar lo que hace cada zona cerebral, cada neurotransmisor, cada gen y cada proteína. Es todo endiabladamente complejo y cambiante y, además, está al servicio de la ejecución de programas que previamente ha decidido activar la red neuronal. 

Hay mucha excitación por conocer el qué el cómo y el dónde de los procesos neuronales y ninguno por los por qué y para qué. Ahora, cuando leo un titular de un nuevo artículo de Neuroimagen sobre el dónde del dolor, pienso para mí: 

                                          ¿y…a mí qué?