Error de predicción y error evaluativo

El sistema neuroinmune adquirido es un sistema predictivo. A lo largo de la vida debe aprender a valorar amenazas utilizando todos los canales de información disponibles (experiencia propia de daño, observación de daño ajeno, instrucción experta).

En cada incidente de dolor deberá evaluar si existe un daño asociado. Los expertos, con su conocimiento, son los que dictaminan si existe o no una condición patológica que explique y justifique ese dolor.

Si aparece el dolor en ausencia de daño se puede inferir que ha habido un error predictivo. El sistema neuroinmune debería detectar ese error e incluir la información de error para mejorar la predicción de cara al futuro.

Una crisis de migraña contiene implícitamente un error de predicción. El sistema neuroinmune entra en modo alerta-predicción y se proyecta en la conciencia con los síntomas correspondientes (pródromos-aura, dolor, vómitos, intolerancia sensorial). No ha habido daño, luego la predicción no se ha cumplido. Error y corrección. Eso sería lo fisiológico, pero sucede habitualmente lo contrario: el error se consolida y las crisis tienden a presentarse con más frecuencia e intensidad.

La función de detectar y corregir el error no ha cumplido.

Supongamos que damos un placebo y la crisis se controla. El sistema neuroinmune ha validado el significado del placebo y se ha desactivado el estado de alerta-protección, pero se ha fortalecido el error de predicción a la vez que se introduce otro error: la exigencia del gesto terapéutico para resolver la crisis.

El sistema neuroinmune tiene recursos para detectar errores y corregirlos, pero si la información de expertos es validada, tiene más poder que la información de los tejidos (especialmente cuando no sucede nada).

No hay daño, pero aparece dolor. No hay noticias de daño en la cabeza, pero la información experta evalúa que ese proceso misterioso memorizado se ha activado. Se potencia la alerta-protección. Los síntomas aparecen. Se confirma lo que la información experta anticipa. Debe cumplirse el protocolo: toma de calmante…

El problema no reside en un fallo del recurso de detección de error, sino en la validación de la información experta. Cada error se convierte en un refuerzo de la predicción.

Profecía autocumplida. Sesgo de confirmación.

Lo que procede es desactivar la fuerza de la información experta, cuando esa información puede y debe invalidarse.

El sistema neuroinmune procesa mal la información, dicen los expertos. Está alterado, hipersensible. Sensibilización central. Neuronas hiperexcitadas. Hay que modular esa condición: antiepilépticos, ansiolíticos, antidepresivos, antinflamatorios, anticuerpos monoclonales frente al receptor del mensajero proinflamatorio CGRP.

Todo ello aumenta a medio y largo plazo la facilitación del error. Esa es mi opinión.

El sistema codifica como acierto el error. Si pudiéramos oírlo ronronearía algo así:

Algo misterioso puede afectar a la cabeza. Algo que no controlo.

Los síntomas confirman que ese algo misterioso está operando.

A la cama a oscuras y en silencio, con el calmante puesto.

Hay que librarse de lo comido. No hay seguridad.

Tengo que aumentar la vigilancia y activar antes y con más intensidad el estado de alerta-protección.

Dicen ahora que en el dolor sin daño existe un fallo de la función de detectar y corregir el error de predicción.

En mi opinión el sistema hace lo que puede. Lo importante es la información que opera: si es adecuada y enriquece la capacidad predictiva o la convierte en una dinámica de tropezar cada vez más en la misma piedra.

Las alucinaciones contienen una dinámica similar:

Oigo voces. Me quieren hacer daño. Debo defenderme.

Como esas voces proceden del flujo continuo predictivo el sistema debiera codificarlas como ronroneo mental (red en reposo) y apagarlas tan pronto como el individuo se dedicara a otra tarea. Debiera imponerse la información sensorial, las señales del oído: No hay voces.

No es el caso: Cada vez esas voces son más reales y convincentes y han confirmado las peores sospechas.

Sólo cuando la construcción del YO, con una nítida diferenciación de lo que es realidad e imaginación, se produce de modo razonable, equilibrado, nos libraremos de las alucinaciones improductivas, mortificadoras e invalidantes.

El YO contiene muchas capas funcionales, muchos estados. La capa somática, lo inconsciente puede desvariar aunque el YO social, la persona, esté en todos sus cabales. Es el sistema neuroinmune el que está enredado en una estructura circular-

En el caso de la esquizofrenia, el individuo oye voces perturbadoras. Son reales como percepción y significado, con todos sus ingredientes cognitivos, emocionales y conductuales.

En el caso de la migraña o en cualquier síntoma que no se asocia a daño el individuo «oye» dolor, cansancio …

El objetivo debe centrarse en silenciar perceptivamente esas «voces» del organismo. Impedir que lleguen a la conciencia en forma de síntomas.

– Me duele mucho. Cada vez más y con más intensidad. Algo tengo que tener.

– No necesariamente. Hemos revisado los tejidos y están bien. No hay daño. Son alucinaciones. El sistema neuroinmune puede perder la razón. Tenemos que activar la función de detectar y corregir el error.

– ¿Quiere decir que estoy loco?

– En absoluto. Usted no tiene problemas mentales. Es su sistema neuroinmune, la información que ha construido y validado. Si no hacemos algo puede amargarle la vida.

Creencias, expectativas, información, predicción, cognición social, adoctrinamiento, detección de error, sesgo de confirmación. Sistema neuroinmune…

Tenga cuidado.

Know pain, no pain

El por qué y para qué del dolor

Cuando uno padece una lesión reciente y los tejidos se encuentran en el inicio de la reparación (inflamación) está claro el por qué duele: porque ha habido un incidente de daño. ¿Por qué ha saltado la alarma cuando han entrado a robar con violencia? Pues porque ha habido una agresión violenta a la integridad física del edificio. ¿Para qué duele? Para que el individuo centre la atención en la zona dañada y no utilice la zona en reparación mientras no esté suficientemente regenerada y apta para la actividad. Para que quien recibe el aviso de la alarma se preocupe primero en averiguar lo que ha pasado y luego proteger el edificio mientras se repara el destrozo.

Cuando no hay daño, pero sí la exposición a un estímulo potencialmente nocivo el por qué y para qué del dolor también son evidentes: porque he tocado una cazuela caliente y para apartar la mano rápidamente, evitando así que se consume el daño (quemadura).

Las dos preguntas se complican cuando no existe daño consumado ni potencial.

¿Por qué duele la cabeza todos los fines de semana? No está claro. Dicen que porque se acumula el estrés a lo largo de los días laborables y ese estrés se descarga al despertar el sábado. ¿Para qué? Dicen que para que trabajes menos. Ya, pero ese supuesto estrés acumulado ¿puede dañar la cabeza? No creo.

¿Por qué duele la zona lumbar cada vez que me agacho? Dicen que es porque tengo desgaste en las vértebras. Y ¿para qué duele? Dicen que para que no me mueva, pues puede ser peligroso. Ya, ¿pero no dicen que es buena la actividad y que tenemos que movernos sin miedo?

¿Por qué me duele la rodilla cuando llueve? No sé. ¿El reuma, quizás? Y ¿qué es el reuma? No sé. Algo que fluye, dicen. Y ¿para qué duele cuando llueve? Supongo que para que no se moje la rodilla, no sé. Ya, pero la rodilla siempre está mojada…

Con el picor sucede algo parecido:

¿Por qué me pica el antebrazo derecho? Pues porque tienes un mosquito. ¿Para qué? Para que te libres de él.

¿Por qué me pica si no tengo nada en la piel? Ni idea. ¿Para qué? Pues para que te rasques. Ya, pero ¿para qué? si no tengo nada que rascar, eliminar? No sé. Pregúntale a tu sistema neuroinmune.

Por qué tanto dolor o picor sin un porqué conocido y, sobre todo, si no hay un mínimo para qué que los justifique…

Creo que el sistema neuroinmune siempre tiene un por qué, aunque no lo conozcamos, pues no nos lo cuenta:

Si pica o duele es porque la información validada para ese escenario contiene una evaluación de amenaza, justificada o no. ¿Para qué? Pues para eliminar esa amenaza o tratar que el individuo evite el escenario la próxima vez, le coja miedo.

Los síntomas siempre tienen un fondo evaluativo (por qué) y motivacional (para qué) que propone al individuo consciente una conducta coherente.

¿Por qué no se me ha quitado el dolor con el ibuprofeno? Porque el cuerpo se ha acostumbrado, dicen (por ejemplo). ¿Para qué sigue el dolor? No sé. Se me ocurre que para que hagas algo distinto.

¿Por qué se me ha ido el dolor con el ibuprofeno? Pues porque el ibuprofeno es un calmante que actúa contra el dolor. Ya pero ¿para qué se ha ido el dolor si previamente ha venido para protegerme? ¿Por qué ha cambiado de opinión el sistema neuroinmune? ¿Para qué? Pues porque habrá pensado que el ibuprofeno ha eliminado el peligro. Entonces, ¿para qué me deja moverme si el peligro es el mismo?

Hace unos días mi nieta Ariane (8 años) preguntó a mi hija Maite, fisio: ¿Cómo pueden aprender los leucocitos si no tienen cerebro?

Pregúntale al abuelo…

Know pain, no pain.

Hágase preguntas biológicas. Hacia dentro, no hacia fuera. Le pueden contar cualquier cosa en este tema…

Falta de tacto

La evolución ha seleccionado un tipo de neuronas (fibras C sensibles a estímulo móvil mecánico suave, es decir, caricia). Al no disponer de mielina (el material aislante del axon) conducen las señales a baja velocidad: unos pocos centímetros por segundo.

Otras fibras de tipo C son sensibles a estímulos mecánicos y térmicos nocivos, y un tercer tipo de fibras C (fibras dormidas o silentes) se activan sólo si el tejido está inflamado.

La piel peluda dispone de esas neuronas que se activan cuando un estímulo mecánico suave y cálido se mueve sobre ella a 1-10 cm/segundo. Esas fibras cumplen un papel importante en el desarrollo del niño, ya desde el embrión y, más aún, en los primeros meses. Los bebés prematuros necesitan las caricias. Si no las reciben su organismo entra en estado de alerta (aumenta la frecuencia cardíaca y la presión arterial).

La caricia libera opiáceos endógenos e inducen un efecto analgésico. Supongo que en función de quién las ejecuta y si son bien recibidas.

La piel sin pelo (glabra), la de las palmas de las manos y pies, dispone de neuronas con alta sensibilidad a estímulos mecánicos inofensivos, pero esos estímulos los detectan otro tipo de neuronas: las de tipo A beta. Tienen una estructura compleja que permite detectar mínimos estímulos mecánicos en la zona de recepción (corpúsculos de Merkel, Meissner, Ruffini y Paccini) y conducen la señal generada (potencial de acción) a gran velocidad, por disponer de mucha mielina (aislante del axon). La supervivencia necesita velocidad, tanto para saber lo que tenemos entre manos como para responder al instante.

Estas neuronas mielinizadas (tipo A beta) permiten identificar con la palma y con los ojos cerrados los objetos (percepción háptica).

Disponemos, por tanto, de neuronas (A beta) para obtener información de los objetos que tenemos en la mano y otras (fibras C sensibles a estíulos mecánicos móviles de baja intensidad, caricias) para sentir con placer o repulsión la mano cálida que acaricia o manosea, según la evaluación de quien la recibe.

El estado de alarma ha silenciado las fibras C de las caricias. Menos endorfinas, más dolor facilitado (por este y otros motivos).

«Contigo en la distancia» no es saludable.

Es un efecto secundario más del mal bicho ese.

Ni siquiera tendría mucho sentido recomendar acariciarse a uno mismo la superficie peluda (suponiendo que eso sirviera para algo), pues podemos dar facilidades al innombrable.

En esto del coronavirus existe, por tanto, una falta de tacto evidente.

Quizás se podrían facilitar androides que generen estímulos mecánicos móviles a intensidad, velocidad y temperatura adecuada, convenientementes esterilizados antes y después del uso.

Algo es algo.

Algo, algia, dolor…

Las difíciles decisiones tomadas por nuestros gestores implican una evidente falta de tacto, un bajón de fibras C mecanosensibles …

¡¡Maldito bicho!!