Tratamientos

 

Extraña palabra: tratamiento

En Medicina todo padecimiento que se desprecie aspira a tener una etiqueta diagnóstica y, por supuesto y ante todo… un tratamiento.

Sin etiqueta diagnóstica un padeciente es algo confuso, incierto, cuestionado, malmirado. Lo suyo no tiene nombre. Las etiquetas aportan alivio de identidad, realismo, reconocimiento, legitimidad.

El padeciente puede aceptar la falta de etiqueta si lo suyo, aunque no tenga nombre, tenga tratamiento, aunque sólo sea para un cierto alivio. Es lo menos que se puede pedir.

– Al menos, póngame un tratamiento…

Los expertos procuran disponer de etiquetas y tratamientos aun para los problemas más confusos.

– No se sabe el origen ni tiene curación pero tenemos etiquetas y tratamientos. Usted tiene una migraña. El tratamiento consiste en identificar y evitar sus desencadenantes y tomar estos fármacos.

Los padecimientos cuyo origen se proclama como desconocido tienen habitualmente etiquetas mal puestas o que no aportan nada. Migraña quiere decir «media cabeza».

– Tiene usted «media cabeza». En griego rodado por la Historia, «migraña».

Los tratamientos generalmente son bastante inoperantes, salvando las apariencias iniciales y restándoles el efecto placebo. Estamos ante problemas intratables, a pesar de los tratamientos…

Los padecientes están instruidos en la confianza en que hay tratamiento para todo. Por supuesto para el dolor. Para eso están «los avances». No conciben que tengan que estar sufriendo absurdamente sin un tratamiento eficaz. Con los «avances de hoy en día…» no les puede estar pasando eso…

El tratamiento desplaza la solución a una acción externa, experta. El sufridor sólo puede aportar el sufrimiento, a poder ser bien sobrellevado, con abnegación y buen rollito, sonriendo…

La falta de eficacia de los tratamientos genera la convicción de que aquello que causa el sufrimiento, al ser refractario al alivio, «a pesar del tratamiento«, sea lo que sea, es algo poderoso que le condena a la vida-infierno para toda la eternidad de este mundo con la única esperanza de que «los avances» realmente avancen de una vez.

La ilusión del tratamiento es un lastre para la migraña. La esperanza en los avances genera desesperación por su tardanza y su condición de humo.

– Descubierto el gen del dolor… Ello abre la puerta…

Lo intratable con tratamientos tiene tratamiento.

– Eso que llaman migraña es una etiqueta peligrosa. Quítesela. Es una de las muchas expresiones que genera un cerebro equivocado. Tiene que tratar de disolver los errores evaluativos. Trate, intente, esfuércese, aprenda, modifique sus expectativas, sus creencias, sus tretas… Abandone la guarida, plante cara al viento, tómese unos vinos a su salud, duerma lo que le pida el sueño o el insommio. La vida es algo que quita el sueño. Es normal, incluso deseable a veces…

Cambie el trato que usted se da por imperativo de lo que le han enseñado. Hasta ahora se ha estado maltratando con tanto remilgo y tanto tratamiento… Trátese bien, con libertad y confianza… Ese es el tratamiento que le recomiendo

– Me parece bien todo eso pero supongo que, además tendré un tratamiento ¿no?

– No

Tratamiento, extraña palabra. Vuelve intratable a lo que toca…

Desmigrañarse

Sol del Val, una expadeciente con migrañas asidua del blog, recomienda en su comentario («El miedo al dolor») desmigrañarse (pidiendo autorización previa para utilizar ese nuevo término).

Me encanta la palabra.

Existe el enmigrañamiento, el proceso a través del cual la interacción entre la biología y la cultura da lugar a la condición migrañosa. La víctima se ve envuelta en la tela de araña de los miedos ancestrales biológicos y las alertas tópicas culturales que los dinamizan y acaba enmigrañado.

Enmigrañarse es fácil. Desenmigrañarse no lo es tanto. El proceso exige acciones necesarias: descreer en lo creido, desconfiar en lo confiado, confiar en lo desconfiado… en definitiva invertir la dirección de todo, ir al Norte en vez de al Sur.

Algunos padecientes intentan encontrar el Norte siguiendo el camino señalizado por la oficialidad. Al no encontrarlo desconfían y preguntan para confirmar la correcta dirección.

Hay rutas alternativas, convenientemente señalizadas. Parece que pudieran reconducir al Norte, pero, siguen orientadas al Sur. Las Medicinas «alternativas» comparten con la oficial la idea de culpa-transgresión y la de redención a través de una buena acción terapéutica. Es el individuo quien debe ser corregido, purificado en sus acciones.

La desmigrañación contiene necesariamente el giro de 180º, el desandar el camino, volver al punto cero y enfilar desde allí hacia el Norte por caminos no señalizados por ninguna oficialidad. El padeciente se ve caminando en solitario por terrenos no encaminados y teme andar descaminado.

Puede que le falte seguridad y esté tentado de volver a lo andado a las primeras de cambio enfilando nuevamente hacia el Sur creyendo que allí está el Norte porque así lo dicen las señales.

Los caminos señalizados de la migraña conducen a la migraña. Los de la desenmigrañación van en dirección contraria. Lógico.

Sí hay caminos para el caminante, señalizados, vallados y mecanizados. Si uno quiere hacer honor a los versos debe saltarse la valla y meterse en el mundo descaminado en el que sólo se hace camino al andar…

Los que andamos por esos mundos descaminados tenemos una razonable certeza de que vamos en buena dirección…

– Anda usted descaminado. La migraña es en la otra dirección…

– Ya he recorrido todos los caminos y lo único que he conseguido es enmigrañarme cada vez más… He decidido desmigrañarme…

Gracias Sol. Me encanta: desmigrañarse

El miedo al dolor

El dolor es temible. Todo el mundo le tiene miedo.

El dolor es miedo.

La percepción de dolor contiene en su entraña evolutiva el miedo a la muerte celular accidental, violenta, por irrupción de condiciones incompatibles con la vida: temperaturas extremas, desgarros compresiones, falta de oxígeno, ácidos, gérmenes… El cerebro proyecta a la conciencia con el dolor el drama de los tejidos mortificados y la necesidad de respetar el proceso de su reparación. Necesariamente debe poseer una cualidad que obligue al individuo a anteponer la protección de la zona afecta a cualquier otro propósito.

El dolor está acoplado al daño celular violento al igual que la visión está acoplada a la radiación electromagnética (luz) reflejada por los objetos. Hay un sentido del daño violento, accidental: el sentido del daño, con sus detectores de nocividad (nociceptores) al igual que hay un sentido de la luz y de la oscuridad con sus fotoreceptores de luz y no luz.

El cerebro convierte su miedo al daño (consumado, inminente o imaginado) en dolor, pretendiendo contagiar al individuo su miedo a través del apremio penal de la cualidad dolorosa.

En ausencia de daño real, en el daño imaginado, hay individuos que temen el significado de daño potencial, se contagian del miedo a que algo esté sucediendo…

– Parece que la cabeza va a explotar. Llego a temer que se produzca un derrame…

Hay otros que saben que la zona doliente es normal, que no corre peligro. Sólo temen la violencia del dolor, el sufrimiento.

Es fundamental, como en toda falsa alarma, restablecer la confianza en que nada va a suceder.

– Ya sé que no va a suceder nada dentro de la cabeza pero… duele. Ese es el suceso temido: el dolor. Me digo, porque sé que es así, que no pasa nada, pero el dolor sigue allí, burlándose de mí…

Opciones:

1) Buscar el alivio del dolor con la acción que figure como la más exitosa. Cada uno tiene su ritual.

2) Proyectarse la seguridad de que es una falsa alarma y proseguir con la actividad programada sin recurrir a ningún ritual analgésico.

Teóricamente la segunda estrategia es la buena. Hay padecientes (ex-padecientes) que han conseguido disolver el dolor aplicándola. A otros no les sirve para nada.

¿Dónde está la diferencia? No lo sé.

¿Cómo se proyecta al cerebro la seguridad que permita desactivar la alarma? No lo sé.

El dolor surge de los sistemas de memoria. Está allí configurado para reorganizarse cuando se den las circunstancias (desencadenantes) exigidas, aquellas que disparan el miedo cerebral. Es una memoria emocional, traumática, sensible, fácil de activar.

¿Cómo se enfría una memoria emocional? No lo sé. Supongo que trabajando activamente su arquitectura y despojándola de relevancia actual y futura, renunciando a estrategias de evitación, despiste…

Tengo épocas en las que afloran dolores. Puede ser una sien, el tórax, la zona lumbar, la dentadura… Generalmente se disuelven pronto sin recurrir a ninguna práctica analgésica, sin interrumpir mi actividad. No sabría decir cómo lo consigo. Simplemente, supongo que es una falsa alarma y no le presto atención…

– Estoy intentando dejar de tener ganas de fumar… pero no lo consigo. Al final tengo que encender un cigarro… Las ganas de fumar me pueden… No veo el modo de conseguir que se vayan las ganas sólo pensando que no debo fumar, que no debo hacer caso al cerebro que me lo exige… Yo no quiero fumar pero las ganas me obligan a tener ganas de encender el cigarro…

En el asunto de las ganas cerebrales a veces se pierde. Gana el cerebro.

– ¿Existe la voluntad, el libre albedrío? ¿Quién o qué manda en el cerebro?

– Jo, qué preguntas… Aparentemente, existen. La toma de decisión neuronal es un tema fundamental. Hay mucha tela que cortar.

– Ya pero ¿qué hago con el dolor?

– El dolor…

– Déjelo. No me sirve…