>Jesús Mosterín

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Jesús Mosterín es un sabio. Bilbaino, filósofo, profundo conocedor de Biología, Matemática, Fisica, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, autor de numerosos libros (sólo he leído La naturaleza humana, Ciencia viva y Los Lógicos), acaba de publicar uno nuevo: La cultura humana, Espasa-Calpe) que espero leer con avidez. Liberal profundo, con los pies en el suelo de lo posible, defensor de la libertad desde el conocimiento, crítico implacable del sobredimensionamiento y coerción de las estructuras de poder.  

 

Le considero un excelente guía intelectual y recomiendo la lectura de sus libros a todos los visitantes interesados en la reflexión sobre la vida de los humanes, una especie tocada, para bien y para mal, por la dependencia cultural. 

>Nuestro talón de Aquiles

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Todas las especies disponen de una capacidad que les permite sobrevivir y un punto débil que las hace vulnerables. Los «humanes» (término propuesto por nuestro gran pensador Jesús Mosterín) sobrevivimos gracias a la cultura pero padecemos física y psicológicamente por culpa de ella. Los países nórdicos disfrutan de una sociedad avanzada, garantista, culta, pero arrojan las cifras más altas de desánimo y dolor crónico. 

Nacemos precipitadamente sin completar nuestra preparación para sobrevivir. Nos cortan el cordón umbilical biológico pero nos conectan el cordón sensorial, especialmente visual, a la gran Madre Cultural. Nuestro cerebro está seleccionado para absorber obsesiva y ávidamente todo lo que observa. La red neuronal se hace con un conjunto provisional de creencias locales que parecen explicar de forma consistente todo lo que sucede. 

Las creencias son necesarias para iniciar el camino pero deben evolucionar, disolverse, para dejar espacio al conocimiento.

Si levantáramos la tapa de los sesos de un migrañoso en plena crisis para observar la sesera y si las creencias tuvieran presencia detectable las veríamos en plena actividad, activando el teclado del sistema informático cerebral, encendiendo con gesto preocupado los programas de alerta.    

Un migrañoso es un creyente en la migraña. La migraña lo explica todo: el dolor, los vómitos, la intolerancia sensorial… Sin embargo se trata de un universo virtual. No sucede nada anormal en la cabeza. Sólo que toca ese día ajetreo migrañoso. Simulacro cerebral de tragedia. Ejercicio preventivo por si las moscas. 

La fe migrañosa sobrevive al amparo del desconocimiento biológico, del misterio, de las promesas de futuras terapias. Exige, como todo sistema de creencias que se precie, una conducta adecuada, un «estilo de vida» saludable, una moralidad estricta, abstenerse del sol, del chocolate, del tabaco, el alcohol, el viento sur…

Los predicadores de la fe migrañosa, los humanes neurólogos dedicados a la prédica y lucha sobre y contra la migraña la padecen con una frecuencia considerablemente superior a la de los humanes no neurólogos (R. Evans. The prevalence of migraine in neurologists. Neurology 11 Nov 2003). Tienen una fe mayor en lo que predican y su sesera está poblada de creencias migrañosas. Amenazan y advierten pero reconfortan con promesas de fármacos a la carta, previa presentación de la tarjeta genómica individual, el paraíso del futuro sin dolor…

>¿qué tiene de especial la cabeza para que duela tanto?

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El sistema nervioso central (cerebro, troncoencéfalo y médula) está especialmente protegido respecto a agentes biológicos y estados físicos y químicos potencialmente nocivos. Encerrado en el caparazón óseo formado por cráneo y columna vertebral, dispone también de una cubierta de membranas, las meninges, especialmente preparadas para detectar cualquier eventualidad peligrosa con una densa red de sensores de daño y de una barrera entre los capilares y el propio tejido neuronal (la «barrera hemato-encefálica») que selecciona, de forma exigente, las moléculas autorizadas a entrar en el compartimento neuronal.


Es muy poco probable que se produzcan infecciones meníngeas, roturas arteriales, cambios bruscos de la presión interior u oscilaciones térmicas extremas.

En la red neuronal la actividad es constante. Innumerables pequeñas corrientes eléctricas chisporrotean en los circuitos como fondo del procesamiento ininterrumpido de las señales procedentes de los sentidos externos e internos y de la rumiación continua del material de los sistemas de memoria («parloteo neuronal»). 

Los puntos de conexión entre las neuronas (sinapsis) se encienden y apagan sin cesar. Estas conexiones necesitan estar activas para sobrevivir. Si no les llega tarea, una red de células nerviosas auxiliares («células gliales») se encargan de que «hagan algo de ejercicio». Si la actividad es excesiva las mismas células bajan el pistón. Las conexiones no deben activarse ni mucho ni poco: sólo lo justo. La actividad neuronal es, por tanto, saludable, como puede serlo el ejercitar los músculos, los pulmones o el corazón. 

El ajetreo mental, los cambios de tiempo, los cambios hormonales, el chocolate, el tabaco, los viajes o el sueño escaso o excesivo no ponen en peligro la integridad neuronal. Por tanto no tiene sentido biológico que estas incidencias inevitables (los famosos desencadenantes) inquieten a los centros de vigilancia. 

No existe ninguna peculiaridad química en las neuronas vigilantes meníngeas intracraneales que las distinga de, por ejemplo, de las que se ocupan de la médula lumbar. Aparte de los sucesos nocivos locales externos (quemaduras, traumatismos) e internos (meningitis, hemorragia meníngea, aumento o descenso brusco o límite de la presión intracraneal) no hay ninguna condición física o química que afecte en exclusiva a la cabeza. Tampoco existen genes para inducir dolor sólo en la cabeza.

¿Qué sucede para que el cerebro active tan fácilmente el programa dolor en la cabeza?. No es la química, el estrés ni la sobrestimulación sensorial. Las luces, olores y sonidos se han transformado en pequeñas corrientes para cuando llegan al cerebro y su impacto sobre la retina, el tímpano o las células olfatorias nasales es nulo como trauma físico o químico. 

Los neurólogos se empeñan en la tesis de la hiperexcitabilidad genética pero con un mínimo de rigor no es posible explicar todo un rosario de ¿por qués? que podrían plantearse para derribar su doctrina. Realmente no abundan las preguntas necesarias en toda teoría que se tiene por científica. 

¿Por qué valora el cerebro el interior de la cabeza como algo vulnerable tratándose del lugar más protegido del organismo? (tanto es así que la evolución ni siquiera le ha provisto de sensores de daño al cerebro). 

Hay pacientes que comen chocolate o beben un poco de alcohol y se enciende la crisis migrañosa con toda su brutalidad. Es una alarma absurda, un despropósito. Ni el chocolate ni el alcohol van a infectar, desgarrar, quemar ni comprimir el interior del cráneo. 

¿No se podría quitar el miedo exagerado e irracional del cerebro a algo tan inocente como comer chocolate, tomar el sol, dormir poco o mucho etc?.

La respuesta es un sí rotundo. Basta con descatalogar el miedo cerebral para que se desactiven las migrañas por «desencadenantes».    


¿Cómo se descataloga lo irracional?

Es muy sencillo…con el conocimiento. A falta de conocimiento el cerebro construye creencias, hipótesis. Utiliza el material informativo que recibe y construye y lo aplica. Es la doble cara de la cultura. Nos permite sobrevivir pero nos crea dependencia de lo que nos cuentan y no podemos comprobar.


>El "misterio" de la migraña

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Oficialmente se describe la migraña como una enfermedad de origen genético. Los supuestos genes migrañosos (no identificados) generarían una excitabilidad anormal de la membrana de determinadas neuronas (no precisadas) cuyo resultado sería el encendido y desarrollo in crescendo de un supuesto generador de la crisis, situado hipotéticamente (en este momento) en el troncoencéfalo (un cordón de tejido nervioso intercalado entre la médula espinal y el cerebro). 

Desencadenantes de todo tipo (estrés, cambios meteorológicos, alimentos, tóxicos como el alcohol y el tabaco, hormonas-femeninas-, viajes, mala calidad de sueño, actividad física…) o simplemente una especie de reloj biológico, activarían el programa que genera el dolor, vómitos e intolerancia sensorial extrema a ruidos, luces, olores… característicos del acceso migrañoso. 
    

Hasta hace unos pocos años se consideraba que la migraña era debida a una excitabilidad anómala vascular y se utilizaban fármacos de acción vascular. Más tarde la teoría vascular se vino abajo al disponer de tecnología adecuada para comprobar (derribar) hipótesis erróneas y se sustituyó por la teoría neurovascular que también se ha venido abajo. 


Las arterias y venas no tienen ningún papel en el origen y expresión de la migraña. Ya se acepta que se trata de un problema exclusivamente neuronal. Las neuronas responsables se activan sólas o por el trivial empuje de los famosos desencadenantes.

La doctrina oficial sobre dolor, independientemente de dónde se exprese y cómo se le denomine, afirma que se trata de una percepción compleja que contiene. además de la cualidad sensorial dolorosa, una repercusión emocional y una interpretación subyacente. 

Toda percepción (el dolor no es mas que una de tantas) contiene una valoración cerebral, una intención, un objetivo. Las percepciones no se disparan sólas sino que se construyen activamente por el cerebro.

Una migraña responde a una decisión cerebral de proteger la cabeza porque se juzga (por el cerebro) que está en peligro. La percepción migrañosa tiene como objetivo obligar al individuo,beneficiario y responsable del uso de la cabeza, de dejar a un lado la actividad programada y dedicar su atención a protegerla del supuesto peligro. 


El misterio no se desvelará buscando los genes migrañosos ni la solución vendrá de la mano de fármacos-milagro que apagan el programa de alerta. Es todo más simple. El cerebro activa erróneamente la alarma y la solución pasa por hacerle ver que esa acción es errónea. ¿Cómo?
     

No es difícil adivinarlo… (continuará…)

>Cerebro y percepcion de enfermedad

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El objetivo de este blog es llenar un vacío informativo sobre el papel fundamental del cerebro en la percepción corporal, tanto en salud como en enfermedad (real o aparente). Existen muchos padecimientos, p.ej fibromialgia y migraña, para los que no existe una explicación válida ni un tratamiento medianamente convincente.  


Para los pacientes se trata de enfermedades reales que producen sufrimiento e incapacidad real y que deberían ser explicados por alguna alteración que la Ciencia Médica debiera identificar y corregir. 


Para los profesionales (y a veces también para los allegados de los pacientes) se trata de situaciones inciertas en las que se insinúan como determinantes diversos estados psicológicos negativos (ansiedad, depresión, manipulación, exageración…). 

En mi opinión estos padecimientos tienen una explicación simple: responden a la activación por parte del cerebro de una serie de programas seleccionados para alertarnos y defendernos de los estados de amenaza física o de fracaso. Esta activación cerebral es errónea en el sentido de que no se produce ninguna situación que lo justifique y está facilitada por un proceso de aprendizaje que induce al error. 


Los pacientes perciben los programas cerebrales, es decir, se sienten como si estuvieran enfermos y tratan de recuperar la percepción de salud con diversos afrontamientos pero realmente no lo están (afortunadamente). 


El paciente no puede encenderse los programas defensivos cerebrales. Se limita a percibirlos y a actuar. El objetivo del programa cerebral de «sentirse enfermo» es el de que el individuo se conduzca como tal: se quede en la cama y tome sus medicinas. 

¿Por qué se encienden sin necesidad los programas de enfermedad? 

Oficialmente se trata de un encendido anómalo, una especie de cortocircuito, una escopeta que se dispara sóla… No es la consecuencia de una decisión sopesada por el cerebro sino algo que se le ha escapado, quizás porque se trate de un cerebro hiperexcitable. Quizás genéticamente hiperexcitable o porque la vida con sus sobresaltos y amarguras lo ha convertido en un órgano con la sensibilidad a flor de piel… 

Puede que algo de todo esto sea cierto pero creo que se olvida algo fundamental: la información. El cerebro siempre decide y muchas veces se equivoca.