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Señales de dolor

Los estímulos nocivos, es decir, estados de energía mecánica, térmica o química potencialmente nociva, actúan sobre los sensores de nocividad, incluídos en la membrana de las terminales de las neuronas que nos vigilan y protegen, los nociceptores (detectores de nocividad).

Es frecuente y lamentable la utilización de los términos «estímulo doloroso» y «receptor de dolor». No es nuestro caso. Sabemos que no existen. Ya hemos aprendido que lo correcto es decir «estímulo nocivo» y «receptor de nocividad».

Lo que mal empieza mal acaba. Si se da por sentado que existen estímulos que producen dolor en los tejidos y receptores de dolor que detectan ese dolor, quien cometa el error dirá/escribirá que los receptores de dolor lo codifican en una señal eléctrica que impepinablemente será descrita como una «señal de dolor».

No existe. Repito: no existe. Desconfíe de lo que oye y lee si aparece ese término.

Sabemos que esas señales se generan en los receptores de nocividad cuando un estímulo nocivo contiene la capacidad de abrir un canal dispuesto en unas proteínas. Habitualmente está cerrado, pero la energía térmica, mecánica o química del estímulo abre ese canal permitiendo el paso de iones con carga eléctrica. Ese flujo de carga eléctrica es la señal que codifica el impacto de la energía nociva con la membrana de la neurona vigilante (nociceptor).

La señal codifica el peligro de daño, la nocividad potencial, no el dolor. Es una señal de nocividad.

Es lo que sostiene Perogrullo, el investigador más prolífico y certero de la Ciencia.

Cada vez que sienta dolor, la reflexión correcta es: puede que un estímulo mecánico, térmico o químico potencialmente nocivo esté estimulando los sensores de nocividad de mis nociceptores.

No se equivoque. No hay dolor en la espalda, la cabeza, el estómago o el pie. Puede haber nocividad, pero no dolor. Eso es una cuestión de los centros que reciben y evalúan las señales de nocividad. Ya llegaremos a ello.

– Siento dolor en la espalda.

– Correcto

– ¿Hay algo que está poniendo en peligro los tejidos de la espalda?

– Vamos a tratar de averiguarlo. Puede que sí o que no. Hay dolores sin daño y daño sin dolor.

El buen profesional hará una historia minuciosa, explorará con suma atención, solicitará con buen criterio las pruebas complementarias oportunas y concluirá si existe una condición físico-química que pone en peligro la integridad física de los tejidos de la zona en la que el padeciente siente dolor.

Puede que algún profesional juzgue estas precisiones como ridículas.

– ¡Qué más da! Ya sabemos de qué estamos hablando…

Pues no. El rigor en las palabras en esta cuestión es fundamental. El ronroneo mental se cuece con las palabras. Las palabras alimentan las creencias y expectativas, el miedo y el deseo, la frustración.

Hablemos, pensemos e informemos con propiedad. No cuesta nada.

Know pain, no pain.


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