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La enfermedad invisible

El canal 24 horas de tve emitió recientemente un reportaje sobre dolor crónico con ese titular.

Invisible es algo que no pùede verse. En el caso que nos ocupa, sólo disponemos del relato del paciente, sus síntomas.

-Me duele todo. No puedo con mi alma. No me concentro. No consigo dormir…

El profesional escucha, explora, recibe el resultado de las pruebas y dictamina:

-Es todo normal. No veo nada enfermo.

¿Qué se puede concluir?

Muchos profesionales necesitan la prueba objetiva de enfermedad. Ver para creer. No creen el relato. No existe enfermedad.

Otros profesionales aceptan el relato y le ponen una etiqueta diagnóstica que certifica la enfermedad, aunque no sea visible: fibromialgia, migraña, por ejemplo. Incluso consideran que un síntoma por sí mismo es una enfermedad: «el dolor crónico es en sí mismo una enfermedad, independientemente de la causa que lo provoque…» Basta con el relato del paciente. La enfermedad existe aunque no «se vea».

«Uno de los grandes problemas de las migrañas es que no están bien tratadas, en la gran mayoría…»

El paciente, al sentir del experto, pierde un tiempo precioso yendo de aquí para allá visitando a profesionales incompetentes que no saben ver lo evidente, la etiqueta, y que desconocen las bondades de las últimas terapias. La atención primaria tiene estas y otras limitaciones. Sólo el especialista puede ver y tratar adecuadamente.

En muchos casos el paciente pierde el control ante el acoso de los síntomas, la incomprensión social y el fracaso de las terapias.

– Le aconsejo una consulta con Psicología (o Psiquiatría, incluso).

El psicólogo aconseja:

«Uno de los puntos clave es la aceptación… de la enfermedad…»

El paciente reside en un organismo enfermo y no puede hacer nada por cambiar esa condición. Debe evitar echar más leña al fuego con su actitud catastrofista, su desánimo, su angustia, su hipervigilancia. Hay técnicas de autocontrol, de autoayuda. Sólo el acierto en las terapias, el avance de la Ciencia, las nuevas tecnologías… No basta con aceptar y esforzarse en mantener el tipo. No están en condiciones de trabajar y solicitan la incapacidad.

El juez no entiende de enfermedades. Depende del dictamen del perito consultado. Le cree o no le cree. Para él la enfermedad es invisible.

Las terapias no siempre funcionan. Aparecen nuevos fármacos. Bótox, anticuerpos monoclonales de varios tipos. Caros e inyectables. ¿Por cuánto tiempo?. No se sabe…

– Lo que sí sabemos es que la migraña hasta ahora ningún tratamiento ha demostrado curarla.

Hay fármacos eficaces, los triptanes. Incomprensiblemente, los médicos de atención primaria no los prescriben. Incluso hay neurólogos («y esto es ya un delito…») que no los utilizan. La unidades de cefalea cargan con el problema de la mala práctica previa, con los años perdidos, pero están saturadas. No pueden asumir el problema del 12% de la población.

«El incurable dolor crónico se ha intentado eliminar con fármacos opioides…», prosigue el reportaje.

No está claro que sea una buena idea, pero si el dolor aprieta, el profesional cede a la tentación, contribuyendo a generar una adicción que trae consecuencias.

El paciente requiere atención en una unidad de conductas adictivas.

«El dolor crónico sigue estando infratratado. Se podría medicalizar menos… Hay otras técnicas, por ejemplo, la estimulación magnética transcraneal, que se están utilizando menos de lo que se debiera…»

«Cambiamos básicamente el cerebro, para que se entere menos del dolor…» No cura, pero alivia durante una temporada. Una nube magnética entre las neuronas impide que el cerebro «vea» el dolor. Así resulta también invisible para el paciente.

Hay otras técnicas avanzadas…

Los pacientes llegan tarde, cansados de peregrinar… ilusionados por probar algo nuevo, tecnológicamente avanzado.

«Hay que tratar el dolor como una enfermedad en sí misma…»

Mostrando una columna de la que salen las raíces nerviosas la experta explica que «las articulaciones con el paso de los años se desgastan y empiezan a rozar. Ese roce hace que se engruesen y entonces producen dolor…»

«Lo que hacemos entonces es llegar a esos nervios que están llevando la información de dolor»

En otro contexto de dolor, en la zona occipital, por culpa de la llamada «neuralgia de Arnold», se procede a infiltrar el nervio irritado: «Las agujas están, supuestamente, en unos nervios que transmiten dolor…»

En fin. Vean el reportaje y juzguen ustedes mismos.

Una cosa está clara: el drama de mortificación, invalidez e incomprensión social de los pacientes. Se sienten enfermos aunque su enfermedad no sea visible y dan por sentado que existe. Misteriosa, escurridiza. La Ciencia acabará viéndola y acabará con todas las incredulidades previas. No sería la primera vez.

El dolor, por lo que se dice en el reportaje, surge de tejidos desgastados e irritados y llega al cerebro por los nervios. Hay que distraerle con ruido de campos magnéticos, o engañarle bloqueando la información. Sabemos que no es así, que el dolor no llega al cerebro sino que sale de él: los tejidos no duelen, se dañan o pasan apuros.

También está claro que nada de lo que en este blog se predica, el error evaluativo neuroinmune, merece ninguna consideración. Tampoco se consulta a un fisioterapeuta versado en Neurociencia del dolor, ni se ve o quiere ver la función de proyectar dolor en la conciencia sin que nada patológico suceda. Basta con que la red neuronal evalúe amenaza en función de la información adquirida, por experiencia e instrucción.

El reportaje es una exposición de terapias novedosas y testimonios de pacientes agradecidos, precedido todo ello del lamento del tiempo perdido en consultas con compañeros incompetentes.

No sorprende, pues llueve sobre mojado.

Puede que estemos ante una enfermedad invisible, pero tampoco estaría de más considerar, aunque sólo sea como una hipótesis, la posibilidad de que la enfermedad no se ve porque, realmente, no existe.

Se puede estar enfermo (por ejemplo cáncer) y sentirse sano, muy sano.

Se puede estar sano y sentirse muy enfermo, terriblemente enfermo.

Hay enfermedades invisibles (no generan síntomas) para el paciente, pero perfectamente visibles para el profesional y sus técnicas diagnósticas.

Hay padecimientos, sentimientos de enfermedad, síntomas terribles, «visibles» sólo para quien los sufre e invisibles al ojo de los expertos.

El sistema inmune «ve enfermedad» en tejidos sanos y actúa como si estuvieran enfermos. Tal es el caso de las enfermedades autoinmunes.

La red neuronal «ve también enfermedad» en tejidos sanos y actúa proyectando en la conciencia su error en forma de síntomas, generando convicción de enfermedad en el paciente.

Muchos pacientes acaban viendo el problema evaluativo y reaccionan, desactivando el estado innecesario de alerta-protección. Otros muchos no lo ven así y siguen en la convicción de enfermedad invisible, sintiéndose realmente enfermos. El error evaluativo puede cronificarse. Es de por sí una enfermedad, se trate del subsistema inmune o el subsistema neuronal.

Para ver hay que creer, no por un acto de fe, sino a golpe de conocimiento de la biología neuroinmune, del aprendizaje, de la informaciónde los expertos, de las creencias y expectativas, de los sesgos de confirmación, de la esperanza en nuevas terapias.

Know pain, no pain. Es nuestra propuesta.



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1 comentario en «La enfermedad invisible»

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