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Neuroimpunidad

El organismo está gestionado por el sistema neuroinmune. Sus células vigilantes detectan daños consumados o inminentes y situaciones de estres físico, químico, metabólico, psicológico y social, activando respuestas de reparación o adaptativas con el objetivo de mantener la homeostasis. El dolor y otros síntomas de valencia negativa, como el cansancio, el hambre, el mareo, la desmotivación, la angustia, la vergüenza… expresan en la conciencia el estado evaluativo-motivacional del organismo, construido a lo largo del aprendizaje, evolutivo de especie e individual.

Los profesionales atribuímos al síntoma un significado clínico que corresponde a uno de los dos estados posibles: 1) tiene usted una enfermedad o 2) no la tiene.

Hasta hace unos años, no había otra opción. O el organismo está enfermo o tiene una condición inadecuada o es el individuo quien no gestiona bien su vida. Físico-orgánico o psicológico. Todas las propuestas correspondían a una de estas dos posibilidades.

El modelo biopsicosocial superó el enfoque blanco-negro y sostuvo que no hay enfermedades sino enfermos. En cualquier caso, todo quedaba en el ámbito neuronal. Si uno padecía dolor crónico, fibromialgia, migraña u otra etiqueta similar, era debido a una condición congénita o adquirida de hipersensibilidad («sensibilización central») y lo que procedía era templar los circuitos neuronales con antiepilépticos, betabloqueantes y ansiolíticos o animarlos con un plus de serotonina y noradrenalina. Por supuesto el individuo tenía que colaborar con su vida ordenada, con buena hidratación, dieta, ejercicio y relajación. El cerebro, se dice, procesa mal la información, probablemente por el impacto continuado de la mala vida sobre un organismo genéticamente vulnerable, apto para la sabana, pero no para estos tiempos convulsos que corren.

Desde hace unos años, los investigadores han evaluado justamente la responsabilidad del sistema inmune, representado en la red neuronal central por la microglía, una estirpe celular que, en realidad, corresponde a los macrófagos del subsistema inmune.

Antes se pensaba que el sistema nervioso central estaba aislado del sistema inmune en condiciones normales. Junto a los ojos, la placenta y los testículos, el sistema nervioso central (cerebro, troncoencéfalo y médula espinal) gozaban de un status de inmunoprivilegio. Las neuronas hacían su trabajo en oficinas aisladas del mundanal ruido de los gérmenes y tóxicos por una barrera (barrera hematoencefálica). Las células de la microglía andaban patrullando por los circuitos por si pasaba algo, un infarto, una infección, un traumatismo, y había que proceder. Fuera de estas urgencias se dedicaban a pasear, confiadas en la capacidad de la barrera meníngea y la hematoencefálica de evitar problemas.

Se sabe ahora que esto no es así y que la red neuronal y el sistema inmune son uña y carne. Cada órgano tiene su peculiaridad, pero la barrera no es tan infranqueable como se pensaba. El subsistema inmune puede hacer de las suyas en todas partes. Puede excederse y activar estados de alerta-protección innecesarios.

Este cambio de paradigma ha desviado la atención de las neuronas a la microglía y los linfocitos, de la serotonina a las citoquinas.

El cáncer, la depresión, el Alzheimer, la arterioesclerosis, la diabetes tipo II, el dolor crónico, la fibromialgia, los síndromes postinfecciosos… es cosa de un estado inflamatorio larvado, de bajo grado. Las citoquinas imponen su ley. Son el actual chivo expiatorio.

-No me encuentro bien. Me han dicho que tengo las citoquinas altas, inflamación en el cerebro. Es por la obesidad, el poco ejercicio que hago, la dieta inadecuada y el estrés. Puede que los genes también influyan. Mi microglía está activada por las citoquinas y me está destruyendo las neuronas.

Acabo de leer The Inflammed mind. A radical new approach to the depression, de Edward Bullmore. Toda la responsabilidad recae sobre la microglía, activada por citoquinas que, a su vez, proceden de macrófagos activados por incidentes de daños tisular previo. La depresión es cosa de citoquinas, de inflamación de tejidos que acaban contagiando a la microgía. Las neuronas son víctimas. Sufren daños colaterales, a consecuencia del furor defensivo (tormenta de citoquinas) de los soldados del sistema inmune ubicados en el sistema nervioso central.

Ese furor defensivo era bueno para la sabana, pero para estos tiempos que corren es un problema.

Afortunadamente he compartido la lectura de este libro con otro: Good reasons for bad feelings de Randolph Nesse. El enfoque es distinto. Es una cuestión de recursos de supervivencia escritos en los genes, que se activan a consecuencia de un proceso evaluativo-motivacional de costes/beneficios. La cuestión es, por tanto, neuronal, no inmunológica, aunque evidentemente ambos subsistemas pueden crear problemas. El subsistema inmune puede desarrollar anticuerpos frente receptores básicos (por ejemplo el receptor NMDA de glutamato) y crear serios problemas al individuo, pero lo que importa es el trabajo evaluativo-motivacional continuo del subsistema neuronal, integrado con el de su colega inmune.

En estos tiempos del covid, la red neuronal se ha ido de rositas y mucho me temo que quede impune. Todos los problemas se achacarán al furor de la microglía. Las citoquinas liberadas en los tejidos infectados dejarán un estado activado permanente en el sistema nervioso central, no por obra de la información que opere en la red (función evaluativo-motivacional) sino porque las citoquinas han impuesto una nueva normalidad.

Como siempre, todo es muy complejo y nada lo es todo. No perdamos el ojo a la microglía, pero no pasemos de una concepción errónea de unas neuronas con privilegios a la de una microglía descontrolada, como si estuviera beneficiándose de una especie de saqueo neuronal, tragándose todo lo que pilla por los circuitos.

Una cosa es la neuroinmunidad y otra la neuroimpunidad. Las neuronas tienen algo que ver, digo yo.

Know pain, no pain

1 comentario en «Neuroimpunidad»

  1. Si el sistema neuronal activa la amenaza no hay peligro de daño, pero si lo hace el sistema inmune sí. A pesar que ambos sistemas activan la alerta. Esto es confuso para mí. Por ejemplo el sistema neuronal puede activar en una persona con SQM, reacciones como si fueran alergias como flemas, mocos, garganta roja, falta de aire, cierre de tráquea parcial etc. Pero lo mismo que ocurre cuando el sistema inmune hace de las suyas con lss alergias, en cuyo caso si hay peligro de una anafilaxia.. Por qué es diferente? Si en ambos casos, presumo se activa el sistema inmune.
    Esto es solo a manera de información. Me he liado con esta lectura.

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