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Hipersensibilidad adquirida al dolor (o cualquier otro síntoma)

Los expertos describen la «insensibilidad congénita al dolor»: una rara enfermedad congénita que impide generar la percepción de dolor, debido a variables improductivas de sensores de nocividad o neuronas vigilantes de daño. Las lesiones, a veces autoinfligidas, no evocan dolor porque las neuronas que deberían detectar daño no se han formado o sus sensores no lo detectan. La neuromatriz evaluativo-motivacional («neuromatriz del dolor») no recibe datos de nocividad y se dedica a evaluar otras cuestiones. Sería equivalente a una ceguera por catarata congénita: la neuromatriz que habitualmente procesa información retiniana se dedica a procesar estímulos que llegan por otros canales, «insensibilidad congénita a la visión».

En el polo opuesto existen formas también raras de «hipersensibilidad congénita al dolor», como la eritromelalgia. Los sensores de daño han nacido hipersensibles y responden frente a estímulos físicos inofensivos (por ejemplo, el calor) con dolor intenso.

Neuromatrices

No venimos al mundo con neuromatrices específicas: la que procesará estímulos retinianos («visuales»), la que procesará estímulos auditivos («sonidos») ni, por supuesto, la que procesará estímulos nocivos («dolorosos»). Cada área cerebral puede procesar lo que le llegue. Si a la corteza visual no llegan señales retinianas, le llegarán otras y las procesará (señales táctiles digitales en el método Braille). Los circuitos neuronales están habilitados para procesar datos y extraer patrones que permitan seleccionar conductas adaptativas, explorar el mundo sin riesgo y con beneficio. Son oficinas que extraen patrones de la secuencia de datos que les lleguen.

Al igual que existen neuromatrices que evalúan datos sensoriales, las hay que validan información de expertos, no verificable por los sensores neuronales. Esas áreas extraerán de esa información patrones (creencias y expectativas) y los aplicarán, condicionando la conducta del individuo. Puede que, a pesar de la aparición de dolor en la conciencia, no se haya producido ningún incidente de daño. Sin embargo el dolor confirma la validez de las creencias previas en vez de invalidarlas, que sería lo correcto.

No existe la hipersensibilidad evaluativa congénita «al dolor»

No venimos al mundo con programas que encienden la neuromatriz «del dolor» cuando sale el día húmedo o andamos con problemas con la pareja. Esa neuromatriz en nuestra especie va a procesar, a la vez que los datos sensoriales (neuronas nociceptivas), los datos cognitivos aportados por los expertos. En función de ese procesamiento, se activará el estado de alerta-protección.

Los expertos siguen defendiendo la existencia de procesadores centrales genéticamente predispuestos a activar el modo alerta-protección ante cualquier estímulo inofensivo o que, por diversos contextos psicológicos, dietéticos, ambientales, la «neuromatriz del dolor» se va a volver hipersensible, porque ha sufrido una «disrupción» (un término que no acabo de saber lo que quiere decir) o porque lo emocional pinta mucho.

Las neuromatrices procesan lo que les llega

En mi opinión, las neuromatrices procesan lo que les llega a lo largo del tiempo-espacio: datos sensoriales internos y externos. Con esos datos extraen patrones (información) de esa experiencia continuada. Además de los datos sensoriales, en nuestra especie entra información no verificable de expertos. Las neuromatrices que procesan esos datos de expertos también extraen patrones, credibilidad, predicciones y generan estados motivacionales que se expresan en la conciencia como síntomas, a veces justificados y otras no.

Síntomas sin explicación médica

Los síntomas sin explicación médica corresponderían, en mi opinión, a estados de hipersensibilidad adquirida (aprendida) a estímulos diversos, internos y externos. No sería el individuo, el paciente, el responsable de esos estados, sino los contenidos que la información experta facilita.

Si no cambiamos esos contenidos, las neuromatrices evaluativo-motivacionales seguirán atascadas en el mismo bucle, confirmado sesgadamente con cada aparición del síntoma, la validez de la información que opera en el sistema.

Puede que todo esto suene complejo, pero es más sencillo de lo que parece. Claro que es más fácil aceptar que la migraña es genética, por ejemplo, que es adquirida, cuando varios miembros de la familia la padecen, o que nos duele la zona lumbar porque hemos cogido muchos pesos, trabajado en malas posturas o en la resonancia nos han detectado artrosis. Incluso podemos aceptar que existen unos meridianos que nadie ha detectado por los que circula una supuesta energía que a veces se bloquea y restauramos su flujo pinchando en unos puntos mágicos, o introducimos una molécula mágica (fármaco) y restablece el equilibrio perdido.

«Hipersensibilidad adquirida a los síntomas». «Síndrome de sensibilización central».

Dependencia biológica a la información experta… en nuestra especie. Eso nos protege, pero nos hace vulnerables a esa información. Sapiens, ma non troppo.

Efecto nocebo y antinocebo. Creencias y expectativas. Neuromatriz evaluativa. Cultura de expertos.

Tenga cuidado. No lo infravalore.

Know pain, no pain.



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