Minimizar el daño.

Movemos el esqueleto (y el resto de los tejidos) por el mundo con el propósito de conseguir objetivos de valor biológico: físicos, psicológicos y sociales, a la vez que minimizamos el daño físico, psicológico y social y el despilfarro de recursos.

Para conseguir una buena relación de costo-beneficio (que incluye el aprecio social), disponemos de información sobre las consecuencias de mover el organismo por el mundo, que nos permite predecir, con acierto variable, la conducta más exitosa y menos lesiva.

El sistema neuroinmune es el encargado de adquirir esa información y gestionarla, evaluando anticipadamente el coste-beneficio de cada acción en cada escenario y motivando al individuo hacia conductas coherentes con dicha evaluación.

El organismo está sembrado de neuronas vigilantes, inmunes y neuronales, que analizan las variables físicoquímicas del exterior e interior y establecen qué situaciones son potencialmente peligrosas y, por tanto, deben ser evitadas. A través de sensores de energía térmica, mecánica, lumínica, química y biológica (gérmenes, células propias) catalogan según la información disponible qué es lo que debe evitarse o apropiarse.

Las variables de energía pueden ser inofensivas pero contener información valiosa para evitar el peligro o acercarnos al objetivo deseado. Mecanoceptores, termoceptores, fotoceptores y quimioceptores están insertados en la membrana de las neuronas vigilantes. Detectan la presencia de lo potencialmente peligroso y promueven conductas de evitación. Podemos ver algo mecánicamente peligroso, p.ej un pincho en una rosa y cogerla de modo que evitemos el pinchazo. La visión del pincho no producirá, lógicamente, dolor. Lo mismo sucederá con la información térmica o química. Detectar calorcillo a distancia de una hoguera tampoco es doloroso ni oler podrido en un alimento en putrefacción producirá problemas en el aparato digestivo.Sólo repugnancia que promoverá taparse la nariz y alejarse de allí.

Lo mismo vale para el subsistema inmune. Detectará moléculas, sin que seamos conscientes de ello, que catalogará como pertenecientes a algo inofensivo o peligroso y promoverá, a través de respuestas propias y neuronales acompañantes, conductas de evitación si así lo evalúa, o de tolerancia.

Además de esos sensores que captan el peligro o lo interesante a distancia, el sistema neuroinmune dispone sensores de las mismas energías, pero de cualidad nociva: temperaturas, compresiones-estiramientos, moléculas, que deben evitarse a corto plazo ya que, de otro modo, probablemente dañarían los tejidos implicados. En estos caso, el sistema neuroinmune recibe la información pertinente de esos estados de energía peligrosa, los evalúa, en función de información previa acumulada, y promueve la conducta coherente de evitación o tolerancia.

La activación de los sensores de energía potencialmente peligrosa no activan siempre respuestas de evitación. Depende de la intensidad de la energía y del contexto. El sistema neuroinmune recibe constantemente datos de sensores de energías inofensivas y potencialmente nocivas. Esa información entra en los sistemas evaluativos y si son evaluados como peligrosos ese estado de conectividad accederá a la conciencia expresado como dolor, picor, cansancio u otros, forzando al individuo a cumplir con la respuesta de evitación.

Lamentablemente, multitud de señales que no debieran informar como pistas de peligro son evaluadas como peligrosas y el sistema neuroinmune actúa como si el peligro fuera real. Cambios de tiempo, hormonales, alimentos, estados psicológicos varios, sanción social, agacharse, caminar, activan conductas de evitación, es decir: síntomas.

El dolor y otros síntomas, expresan en la conciencia un estado de conectividad evluativo-motivacional, una narrativa construida en el aprendizaje.

La información sobre organismo basta para imponer su ley en muchos casos, pasando por encima de la información adquirida por experiencia.

Los sensores de energía inofensiva activan estados de alerta-protección si las áreas evaluativas así lo consideran.

Dicen los expertos que el sistema está en modo de «sensibilización central» y que se llega a él por un cúmulo de circunstancias imputables al individuo y no a la información que este recibe, sin capacidad para discernir si esa información puede o no ser validada.

La simple e inofensiva contracción muscular genera estímulos mecánicos en los mecanosensores del aparato locomotor que informan de los nuevos estados y ayudan a construir movimientos económicos y funcionales. Puede que aparezca dolor en la conciencia, a pesar de que los sensores de nocividad (nocisensores) no detecten nada amenazante. No hace falta. Es la acción la que está considerada como una amenaza al igual que es la presencia de polen en el subsistema inmune. El estornudo está servido.

– Dolor músculoesquelético. Contractura. Distensión. Sobrecarga. Nudos.

Lo que sea salvo mala información. Se culpa al individuo y a su aparato locomotor. Los sensores que nos informan de la interacción inofensiva con el mundo se vuelven chivatos que informan al sistema evaluativo-motivacional que el individuo «lo está haciendo», sabiendo que no debe hacerlo.

– ¡Desobediente. Te he dicho que no lo hagas!

Know pain, no pain.

Obediencia, la justa y necesaria.


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Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

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