Información y publicidad

La realidad contiene materia, energía, espacio-tiempo e información.

Los seres vivos han evolucionado seleccionando recursos específicos para sobrevivir.

Homo sapiens (ma non troppo) ha optado por la estrategia de optimizar la capacidad de extraer la información que genera la interacción en el tiempo-espacio de la materia y energía externa con la interna.

La socialización de la información disponible ha desarrollado la cultura acumulada de los expertos, una comunidad de individuos que con la ayuda de instrumentos ha conseguido desentrañar la estructura del átomo, su descomunal potencial energético y lo que pudiera haber sucedido a años luz en el universo.

Digamos que conocemos razonablemente bien la materia y la energía, pero nos queda mucho que aprender de la información, el constituyente consustancial a lo biológico.

Los profesionales sanitarios son los encargados de gestionar la información que, paso a paso, van desvelando los investigadores básicos. Gracias a la cultura experta sabemos que sabemos algo, pero deberíamos saber que ignoramos mucho más. Sin embargo, la comunidad de expertos nunca ha estado callada, esperando a saber algo más para notificarlo.

¿Qué sucede en un organismo que proyecta en la pantalla consciente síntomas (dolor, cansancio, mareo, hormigueo, ruidos…) sin que la cultura experta encuentre un motivo?

Lo honesto debería ser reconocer la ignorancia:

– No lo sabemos. El organismo está sometido a un proceso continuo de aprendizaje. Tiene que extraer información de los encontronazos entre la materia-energía interna y externa y eso es complejo y complicado. Podemos extraer conclusiones equivocadas, dejándonos llevar por la precipitación en las conclusiones, confundiendo correlación con causalidad, priorizando las hipótesis alarmistas y cayendo una y otra vez en los sesgos de confirmación.

Hay que ser cautos con la información. Según vayamos sabiendo algo, a Ciencia cierta, lo iremos comunicando, advirtiendo siempre que nos limitamos a facilitar datos, cuya interpretación correcta resulta siempre complicada.

Cada comunidad de expertos aporta su granito de información, su modo de interpretar el origen de los síntomas.

La migraña es algo alimentario; demasiada histamina; poca o mucha serotonina; poca endorfina; el estrés; las hormonas femeninas; el miedo (medio) ambiente; los genes: el calibre de los vasos; los músculos del cuello; la emociones mal gestionadas y un largo etcétera que considera, con más o menos buena intención, una pequeña parte del todo.

¿Por qué duele todo desde hace años?

Músculos contracturados; pesos; malas posturas; mal dormir (poco o demasiado); desánimos; angustias; genes; emociones; alimentos.; demasiado sofá …

Hay que moverse sin miedo. No pasa nada: no se va a dañar si lo hace. Más bien, lo contrario: si no se mueve, puede llegar a tener depresión, cáncer, Alzheimer, diabetes, hipertensión, inflamación (de bajo grado) generalizada.

Antaño se llamaba al exorcista para atender los ataques epilépticos. Luego apareció el equipo multidisciplinar: el exorcista y el médico, cada uno aplicando sus remedios e informando de sus hipótesis.

La Ciencia fue disolviendo poco a poco las inercias informativas del pasado, colocando algunas cosas en su sitio y dejando otras muchas sin respuesta.

La cultura experta no ha dejado nunca de publicitarse, exhibiendo una amplia cola de pavoneo para atraer al ciudadano mortificado e invalidado.

Etiquetas, remedios. Publicidad. ¿Información?

¿Qué es la información? ¿Se puede medir? ¿Se puede gestionar, prescribir?

«Le doy estos conceptos: uno antes de cada comida, con el estómago vacío».

Hoy he visto un video en el que un prestigioso fisioterapeuta explica su metáfora del vaso que se va llenando hasta que rebosa, es decir, duele. Si dejamos que el vaso se rellene de desánimo, estrés, mal dormir, preocupaciones… llegará un momento en el que rebosará y eso quiere decir que dolerá. Lo que procede es vaciar el vaso: buena alimentación, ejercicio, menos catastrofismo, buen dormir. No se hace referencia explícita a la información, a la cultura experta.

Nutricionista, motricionista… ¿por qué no el informacionista?

Lo primero que habría que hacer es informar de la necesidad de disponer de un experto en los peligros de la información. Publicidad.

El informacionista aconsejaría lo obvio: buena alimentación, buen estrés, nada de fobias, buenas movidas, buen rollo social,… Pero también trataría de liberar al paciente de afirmaciones dadas por buenas por la publicidad de la cultura experta y que, a la luz de lo que los investigadores básicos van desvelando, ya no es defendible, bien sea porque es falso o simplifica, reduce la complejidad de lo biológico a un par de cuestiones.

El informacionista confesaría su ignorancia y aportaría lo que se sabe.

«El cerebro procesa mal la información», se dice y publicita.

El organismo construye su narrativa extrayendo información de la experiencia y recibiéndola también de los informadores expertos. No puede procesar esa información. No dispone del hardware necesario. Las creencias no se procesan, se validan o invalidan en función de lo que cada cual va conociendo. Los síntomas de enfermedad, en ausencia de daño relevante, no indican que el organismo procesa mal la información sensorial, sino que está operando una información que propicia y mantiene los errores.

Somos una especie social que se desarrolla con la tutela de la cultura experta, de creencias y expectativas publicitadas por cada colectivo de especialistas, con buena intención, se supone.

Necesitamos publicidad sobre la información, sus peligros.

Know pain, no pain.

Es una publicidad lícita, necesaria.

No tienes nada que perder, salvo el dolor (Kevin Allcoat)


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Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

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