El cerebro no decide nada

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Es habitual leer o escuchar en relación al dolor (pero curiosamente no respecto a otros síntomas) que «el cerebro decide quitar o poner dolor» en función de los escenarios y de lo que esté pasando en una zona del cuerpo.

El soldado herido en la batalla con heridas tremendas que no siente dolor; el corredor de un encierro de San Fermín («¡pobre de mí, pobre de mí, han quitado este año, las fiestas de San Fermín!») corriendo que se las pela delante de un morlaco, con todo el muslo abierto por una cornada previa. «El cerebro decide quitar el dolor para que pueda salvar el pellejo». En la situación contraria, por ejemplo en una crisis de migraña, «el cerebro decide poner dolor porque cree que la cabeza corre peligro». Lo mismo vale para cualquier dolor.

Si hay dolor, se dice, es porque el cerebro ha decidido ponerlo, porque piensa que es lo mejor, en base a sus creencias y expectativas, según el contexto.

Se podría decir lo mismo respecto al picor: «el cerebro decide poner picor para que te rasques», porque piensa que hay algo peligroso (un parásito, una sustancia tóxica) en la piel.

También valdría para el mareo «el cerebro decide que te quedes quieto para que no te caigas», o el vértigo: el cerebro decide mover la habitación y que te agarres a algo».

Los ejemplos son múltiples. «El cerebro decide poner ganas de vomitar porque cree que puedes haber comido algo peligroso».

El verbo decidir también se podría aplicar al subsistema inmune: «decide defenderte del polen», o «decide eliminar las células que segregan insulina» (produciendo anticuerpos contra las células que la fabrican) provocando una diabetes juvenil.

Como metáfora puede valer y de hecho vale, pero hay algo en esa metáfora que no acaba de convencerme.

Parece como si hubiera un centro de decisión, un comité de sabios que evalúan la situación y deciden. Las «decisiones» corresponden, realmente, a estados globales de conectividad de la compleja red neuronal. Cada escenario dispone de una información que se expresa en la conciencia como síntoma cuando tiene fuerza suficiente.

Un dolor fisiológico, explicado y justificado, indica que la información que opera en la red incluye una conducta (programa motor) de evitación beneficiosa. He pisado un clavo en un escenario sin un león que me persigue. Aparece el dolor en el pie, indicando que la información disponible genera una respuesta de alerta-protección. En un escenario de lucha-huída, presumiblemente, no habría dolor (analgesia fisiológica de estres) pues el cerebro decide quitarlo para correr con la máxima velocidad.

El dolor patológico sería un dolor injustificado e improductivo. Al caer de un andamio sobre una tabla con un clavo, un obrero de la construcción siente un dolor intenso en el pie y observa cómo el clavo le ha atravesado la bota. No hay modo de quitarla para analizar el pie. El dolor lo impide. Tras sedación se procede a abrirla y comprobar que el clavo ha atravesado la bota, pero lo ha hecho respetando los dedos a través de un espacio interdigital, sin ninguna lesión.

La información disponible del pie (neuronas sensoriales) no indica ninguna agresión a los tejidos, pero la expectativa impone su fuerza y la hipótesis más catastrofista («el clavo ha atravesado el pie») incendia la red como una noticia falsa y consigue el acceso a la conciencia, expresada como dolor insoportable. Hubiera bastado información visual del interior (el clavo ha pasado entre los dedos) para que la hipótesis vencedora fuera la fisiológica es decir, sin dolor. Se desmiente el bulo.

Podría aceptarse la metáfora del ámbito de decisión cerebral como válida si el padeciente siguiera preguntando por las decisiones cerebrales injustificadas:

– ¿Por qué decide mi cerebro poner dolor si no pasa nada?

Frente a esta pregunta lógica no existe un consenso entre los profesionales.

No cabe duda de que el cerebro «decide» mal en muchos casos. Unos dicen que es porque está enfermo, hipersensible. Los circuitos están en modo hiperexcitable y disparan decisiones de poner dolor ante cualquier banalidad, sin que, realmente, suceda nada allá donde «decide» apretar el botón del dolor.

Además, se informa, no funciona la vía que quita el dolor y así aunque el cerebro «decidiese» quitarlo no podría llevarse a cabo la decisión.

¿Por qué no se ha quitado el dolor, si he decidido que se quite, pensaría el cerebro?

No funciona la liberación de endorfinas, contestarían.

Las emociones, para otros, hacen que el cerebro «decida» poner dolor en la cabeza, la columna o en todo el cuerpo porque no encuentran otra vía de expresión. El cerebro «decide» somatizar.

Cuando hay cambios hormonales el cerebro «decide» poner dolor pélvico o incluso en la cabeza («migraña menstrual»).

¿Para qué? ¿Por qué? ¿Qué se consigue con ello?

– Ya se sabe. Al cerebro no le gusta quitar el dolor cuando hay cambios hormonales. Prefiere ponerlo, pr si acaso…

La red neuroinmune defensiva utiliza continuamente toda la información adquirida a lo largo de los años. Los síntomas son la expresión en la conciencia de la información que el sistema neuroinmune valida en cada escenario. Los datos de los tejidos son sólo una parte de esa información.

Cuando duele hay que analizar la fuente de información de los tejidos de la zona doliente: no sucede nada. No hay señales de daño luego lo que opera es la información predictiva, las creencias y expectativas, el miedo de los estados de conectividad. Si la información que opera gana fuerza suficiente aparecerá el dolor, no porque se haya tomado una decisión en un comité de expertos, sino porque esa información sigue siendo la que se lleva el gato al agua a pesar de que los testigos (neuronas sensoriales) de la zona doliente «digan» que allí no sucede nada. Tiene más fuerza la imaginación que los datos reales. Ese estado correspondería a una alucinación.

Dicen los neurocientíficos que la percepción es una alucinación controlada por la información sensorial. Si no hay daño el dolor es una alucinación que no consigue controlar la información de los tejidos (no sucede nada, ¡coño!), ¡pero qué hacéis! dirían los tejidos si tuvieran voz y voto en ese caso. ¡Estáis alucinando ahí arriba!

En los sistemas complejos todos sus componentes están volcando información continuamente de modo bidireccional, altamente integrado.

No hay «decisiones», sino estados evaluativos que fluctúan. Cualquier dato es considerado, tanto los de los sensores de los tejidos como los de los centros evaluativos de orden superior. Las neuronas del muslo herido del corredor de San Fermín (¡pobre de mí!) mandan SOS , pero no tienen ni idea de que viene el toro detrás. Arriba lo saben y desconectan la información del muslo que en condiciones normales va a las áreas cerebrales que aportan «sufrimiento».

En el caso contrario: hay clavo, pero no herida en el pie…

– Me duele mucho el pie.

– No tiene usted nada. La información que opera en la red ha activado el estado de alerta-protección innecesariamente. No eche más gasolina al fuego. Puede y debe correr sin miedo.

El clavo ha atravesado la bota, sin dañar el pie. Desde esa convicción quítese la bota sin miedo y póngase otro calzado.

El cerebro decide es una buena manera de simplificar la cuestión para que el paciente tenga en cuenta que el cerebro existe, pero no es «el que manda» sino el que construye una narrativa integrada de toda la historia de interacción del organismo con el entorno. Esa narrativa incluye la información de expertos.

Lo que decide es esa información cuando en la zona doliente no está sucediendo nada.

Know pain, no pain

Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

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