Dolor: Una pandemia normalizada

La percepción de cualidad «dolor» sólo debería aparecer en la conciencia cuando en la zona dolorida se ha producido un daño necrótico (muerte celular no programada) o se da una circunstancia que puede producirlo a corto plazo, si no se evita el agente o estado responsable. Por coherencia biológica, evolutiva, así debería ser. La estadística de dolor sería, en ese caso, la de eventos de infección, desgarros, contusiones, quemaduras, congelaciones, anginas e infartos y similares.

El dolor no es el problema en esos casos, sino aquello que lo causa. Debe identificarse y evitarse si existe esa posibilidad, o aliviarlo a la vez que se protege la reparación del daño ocasionado. Ante un dolor torácico debe descartarse, por ejemplo, un infarto. Una vez descartado, hay que seguir protegiendo la reparación de la zona infartada e intentar mitigar el dolor con los fármacos adecuados.

El problema surge cuando la ciudadanía padece dolor intenso y persistente, sin que en la zona dolorida se dé una circunstancia (daño consumado o inminente) que lo explique y justifique biológicamente.

No soy amigo de números y desconozco las cifras exactas, pero sobrecogen… o deberían sobrecoger a quienes no lo padecen y a los responsables sanitarios.

Por citar algunas: migraña: 4,5 millones la sufren en España. De ellas, 2 millones, de forma crónica (más de 15 días al mes, al menos desde hace 3 meses). Un 18% sufre dolor crónico. 2, 4% de la población adulta padece fibromialgia.

Si hablamos de dinero: el coste total medio de la migraña por paciente y año ascendió a 12.970,08 € para los pacientes con migraña crónica y 5.041,41€ para los pacientes con la forma episódica.

El dolor crónico («músculoesquelético») consumió 15.000 millones de euros en un año.

Mucho dolor, mucho gasto y beneficio moderado, siendo optimista.

¿Causas?

El dolor, se dice ahora, es algo biopsicosocial.

Se supone que «bio» debería indicar daño que explica y justifica el dolor, pero puede que muchas etiquetas diagnósticas que se aceptan como factor «bio» (por ejemplo, migraña, fibromialgia, dolor «músculoesquelético») no se ajustan al criterio estricto de un estado de los tejidos que explica y justifica ese dolor, desde una perspectiva evaluativa-motivacional (coste-beneficio somático). En esas etiquetas el dolor, es decir, un estado de alerta-protección innecesario, impone una condición desfavorable a los tejidos, además de al individuo. No hay ganancia biológica.

Lo psicosocial no queda claro. Generalmente se refiere al individuo: ansiedad, depresión, desinformación y a la incomprensión y rechazo social.

Solución: multidisciplinaridad, en coherencia con el modelo biopsicosocial.

Grado de satisfacción de los pacientes: escaso.

Grado de implicación profesional: en general, también escaso.

El dolor no justificado ha acompañado a la humanidad al menos desde que tenemos documentos médicos, si bien no disponemos de estudios epidemiológicos ni estadísticas hasta hace unas décadas. Leyendo lo que decían antaño los médicos sobre el dolor y conociendo lo que hacían, es previsible que la cosa tampoco pintara bien.

A todo se acostumbra el pueblo. El dolor no es una excepción.

Se acepta que nos acompañe a lo largo de la vida como algo inevitable, por los años, los malos hábitos, la meteorología, los cambios hormonales, el estrés, el mal dormir, por lo que comemos y bebemos, por lo que trabajamos, por ser bípedos y no cuadrúpedos…

Se acepta que existen enfermedades misteriosas e irreversibles para las que no disponemos de explicación ni remedio.

Se acepta que debemos usar calmantes precozmente, que lo contrario es de tontos.

Se acepta que los ruidos o las luces provoquen dolor de cabeza, cuando está claro que el sonido y la imagen son construcciones cerebrales que sólo existen en la pantalla de la conciencia, en el cine cerebral.

Se acepta que el dolor se genera donde se siente, que las emociones son cosa del corazón…

Podríamos hacer un estudio sobre lo que la gente (incluídos los profesionales) cree acerca del dolor. Si analizáramos las respuestas, comprobaríamos que no se ajustan con lo que a ciencia cierta serían respuestas correctas.

Nuestro organismo se vigila y protege a espaldas del individuo, dando por sentado que lo que le cuentan sobre lo que lo amenaza es verídico y debe hacer caso.

El sistema neuroinmune se encarga de hacerse con la información disponible y aplicarla sin pestañear, sin compasión por el individuo.

No es impecable. Comete muchos errores, pero sí es implacable, respecto a lo que da por más seguro.

Lo que importa no es la veracidad sino la supervivencia.

Estamos padeciendo un bombardeo informativo agobiante sobre el coronavirus. Sabemos cuántos casos nuevos se producen cada día, cuántos fallecen, en cada pueblo… Es una pandemia que cuenta con el favor de los medios de información, aunque no disponga, al parecer, de todos los medios necesarios para contenerla.

Imagine que nos informaran puntualmente de los nuevos casos de migraña, fibromialgia, lumbalgia, cervicalgia, neuralgias… y de lo que habría que hacer, desde las guías de buena práctica clínica del ministerio o de los colectivos profesionales … de las causas y soluciones, de las carencias …

No juzgo la política de afrontamiento de la pandemia viral por carecer del conocimiento imprescindible para abrir la boca en público.

Sí puedo escribir y hablar sobre la pandemia normalizada de dolor injustificado, sobre el sistema neuroinmune, sus equivocaciones, la influencia de la cultura experta.

Esta pandemia no necesita la concienciación de la población ni la información agobiante de los medios. Basta con un día al año, sin pena ni gloria. El ciudadano ya está adoctrinado, domesticado, normalizado.

Si es usted un paciente, no se resigne a la normalización del error. Pierda el miedo a liberarse de lo que le han dado por cierto.

Know pain, no pain


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Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

One thought on “Dolor: Una pandemia normalizada

  1. Estimado don Arturo:

    Somos cada vez más personas las que demandamos referentes como usted. Cada día de este encierro , busco sus entradas . Y me alivian y ayuda.

    La semana pasada tuve una crisis y logré vencer sin farmacos a ese estado.de alarma-proteccion que mi cerebro activa sin mí permiso. Leo demasiada información sobre la pandemia del Conona… Por un parte la busco con ansiedad , pero sé que está haciendo mal en el fondo porque mi cerebro se contagia de ese de excepcion que.vivimos.frente al poder de lo invisible. Gracias . Venceremos

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