Palabrería

Migraña etiqueta

Al nacer disponemos de una densa red neuronal que recibe a través de los sentidos internos y externos datos de las variables físicoquímicas. A un ritmo frenético se van estableciendo patrones de conectividad que permiten atribuir un significado a los escenarios, a cada interacción del organismo con el mundo externo.

El flujo de datos sensoriales seguirá a lo largo de la vida, pero ya será filtrado, gracias a que la red ha aprendido a separar el grano de la paja, la señal del ruido, lo relevante de lo irrelevante, desde criterios objetivos y subjetivos.

El lenguaje recoge parcialmente este proceso. Nos facilita correctamente una diferencia entre ver y mirar, oir y escuchar, pensar y meditar, contactar y palpar, oler y olfatear, degustar y paladear…

Es el individuo, el YO, quien escucha, mira, medita, palpa, olfatea y paladea, atendiendo intencionadamente a una parte de lo que los ojos ven, los oídos oyen, el sentido del tacto contacta, los sensores olfativos y gustativos huelen y degustan o el pensamiento errante ronronea… pero el sujeto no funciona para el verbo doler: YO duelo, tú dueles, él duele… no tiene sentido. Habría que añadir otro verbo: sentir o percibir… YO siento o percibo dolor…

Todo esto viene a cuento porque hay muchos pacientes que malinterpretan la explicación del por qué duele si no hay ningún daño en la zona doliente. Es el cerebro, no el individuo, el que duele, el que genera el sentimiento doloroso que recibe el padeciente en el ámbito privado de la conciencia.

ELLO duele o «duelea» y el individuo, una vez recibido el recado perceptivo del dolor, puede prestar mayor o menor atención a ese dolor recibido.

«Vemos» y «oímos» el dolor en un acto pasivo de recepción, pero podemos «mirarlo» u «oirlo» porque nos resulta relevante, o no prestarle atención porque sabemos que no la tiene, que corresponde a un error de atribución, evaluativo.

Hay escenarios en los que el organismo quiere sentirse «mirado», «escuchado». El individuo recibirá el recado perceptivo del dolor junto al ronroneo mental de los estados evaluativos que lo han generado, la pulsión a la conducta de alerta-protección. El individuo puede hacer el corte de mangas, fundamentado en el conocimiento y convicción de que se trata de ruido, paja, error evaluativo, rumiación intrusiva cansina… o puede dejarse llevar al ruedo del bucle fóbico.

Puede mirar a otro lado, al suyo, al de la tarea que el organismo se resiste a atender, o enredarse en la estructura circular del error no detectado ni corregido.

No es que haya perdido poder de concentración, memoria. Es el organismo el que prefiere verle concentrado en la hipótesis de enfermedad, lesión o degeneración y desatiende las tareas del individuo. No dedica sus recursos a la lectura del libro sino a la consideración del estado evaluativo, erróneo, de amenaza.

Migraña, fibromialgia, dolor crónico, sensibilización central, artrosis, hernias de disco, ”fascismo” plantar… La palabrería diagnóstica se adueña de la situación, del protagonismo, de los recursos atencionales, de las cuestiones a considerar.

La migraña, la hernia, la contractura, la fibromialgia duelen, producen dolor. Ya tenemos la causa, una palabra, una etiqueta que pretende explicarlo todo, una falacia nominal.

Las palabras liberan o secuestran.

Faltan buenas palabras, racionales, informativas, biológicas… y sobran palabras huecas, embaucadoras, culturales.

Organismo, red neuronal, conciencia, YO, ELLO, aprendizaje, cultura… errores evaluativos…

¡¡Mida sus palabras!!

Cuídelas.


2019-07-25 11.12.31

Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

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