¿Estirar qué?

La imagen resulta familiar. Un deportista sufre un calambre muscular. Se tumba y un compañero procede a estirar el músculo contracturado. El calambre cede.

Los músculos, eso parece, expresan su estrés metabólico, su fatiga, contrayéndose en un espasmo, aunque no tenga mucho sentido. Lo lógico sería que un músculo al borde de sus posibilidades dejara de contraerse y así evitar su autodestrucción.

No hay que fiarse de las apariencias, precipitarse a sacar conclusiones ni creer a pies juntillas lo que se dice.

– El calor, la humedad, la deshidratación, el esfuerzo…

Realmente el músculo es un mandado. Se limita a contraerse y relajarse cuando se le ordena, es decir, cuando llegan impulsos nerviosos por las neuronas que regulan su actividad.

Al músculo no le sucede nada en un calambre. El lío se monta en las neuronas que regulan la contracción. Hay un exceso de órdenes: “contráete” y un defecto de “relájate”.

Al “estirar” recuperamos la actividad de las neuronas que dicen “relájate” y el calambre cede.

Supongo que de ahí surge la propuesta de estirar los músculos para protegerlos de lesiones y de fatigas.

El músculo contiene sensores (neuronas) que detectan continuamente la longitud de las fibras (el estado de contracción). En la unión de estas fibras con el tendón hay otros sensores (neuronas) que responden a la tensión que impone la contracción muscular.

Cada una de estas neuronas sensoras (longitud y tensión) genera en la médula espinal respuestas reflejas que activan o apagan la contracción de ese músculo. De ese modo el músculo puede trabajar con finura y con seguridad frente a elongaciones y tensiones peligrosas.

Toda la actividad neuronal que activa y desactiva la contracción en la médula, está influida por las altas esferas de la programación, que facilitan o frenan las respuestas reflejas de bajo nivel.

Cuando “estiramos” no actuamos sobre las propiedades físicas (resistencia y elasticidad) de músculos y tendones, sino sobre el complejo tinglado neuronal que pone límites a la excursión articular. Esos límites los ponen los músculos pero a través de las órdenes que reciben.

– Si no estiro, luego me duele.

Los rituales son sagrados. Si no se cumplen, aparece la penalización.

El pobre músculo carga con el muerto de todas las calamidades, mientras las neuronas se van de rositas.

– Los músculos no se acalambran a sí mismos. No se agarrotan y hay que ayudarles a que recuperen la longitud adecuada con un buen estiramiento.

El calentamiento prepara la programación motora para un escenario. Viene bien. Las transiciones bruscas pueden resultar peligrosas.

Los músculos, cápsulas articulares, ligamentos y tendones no se estiran con los estiramientos.

Tampoco está claro que “estirar” mejore el rendimiento motor y prevenga lesiones y dolores.

El entrenamiento, es decir, el aprendizaje, es la clave.

Los tejidos aprenden, se adaptan a lo que se les exige. Gestionan la sensibilización y la habituación, la activación y la inhibición del maremagnum de componentes biológicos de la conducta (movimiento).

Inteligencia motriz. Eso es lo que necesita el músculo.

Lo que procede es estirar la banda de tolerancia a la actividad razonable y saludable.

– Por si acaso, yo estiro.

– ¿El qué?

Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
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