El concepto importa

 

Es habitual, en el tema del dolor, la utilización de términos incorrectos, incluso en publicaciones de revistas del más alto prestigio.

Para algunos se trata de una cuestión trivial, insignificante.

«El dolor es captado por receptores de dolor, que generan una señal y esa señal es conducida por las vías del dolor hasta diversos centros en los que es procesada».

Realmente no existen «receptores de dolor». Las neuronas que vigilan y defienden los tejidos contienen «receptores de nocividad» (nociceptores). Son sensibles a moléculas liberadas por tejidos dañados (DAMPs: Damage Associated Molecular Patterns) o a estados nocivos de energía térmica, mecánica o química. Si esos estados de energía potencialmente nocivos no son evitados de modo inmediato se consumaría el daño con la liberación de moléculas intracelulares (DAMPs).

Las DAMPs y los estados físicoquímicos potencialmente nocivos actúan sobre los receptores correspondientes, proteínas ubicadas en la membrana de las neuronas vigilantes (nociceptores) El estímulo físico-químico térmico, mecánico o químico modifica su estructura y esa modificación produce un flujo de cargas eléctricas, es decir, electricidad: la señal que codifica el incidente.

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La glia la lía

 

En el mundillo de las publicaciones sobre dolor crónico se lleva ahora la glia.

El Sistema Nervioso está formado por dos tipos celulares: las neuronas y la glia, con sus cuatro subtipos.

Las neuronas recogen datos de lo que sucede fuera y dentro del organismo. Se organizan en circuitos que procesan dichos datos, en busca de patrones que permitan predecir el comportamiento y significado de la realidad y seleccionar, con más o menos acierto, las respuestas (perceptivas, emocionales, cognitivas y conductuales) más adaptativas.

Las células de la glia, más numerosas que las neuronas, las acompañan, y envuelven en todos sus tramos. Hasta hace unas décadas se pensaba que eran células auxiliares, encargadas de cuidar a las neuronas, alimentarlas, mantener el espacio perineuronal con la composición química adecuada, sin entrometerse en los tejemanejes de lo que se cuece en el gallinero neuronal.

El dolor crónico era, hasta ahora, una cuestión neuronal. Los circuitos que lo generan estarían hiperactivados, hiperexcitados, sin motivo.

Se pensaba que los eventos físicos y emocionales abocaban a ese estado.

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Pasión de cervicales

 

Somos una especie castigada por el dolor y el mareo.

Dicen que lo que nos duelen son los huesos, articulaciones y músculos y que el evolucionar de cuadrúpedos a bípedos, aun cuando nos permitió mejorar la exploración visual y las manualidades, nos pasa factura, pues no es lo mismo dos soportes que cuatro. La carga acumulada hace mella, sobre todo si uno coge pesos de malas maneras. Lumbalgia.

El bipedismo nos hizo mirones o la curiosidad despegó el apoyo anterior. Palpamos el mundo con los ojos. Nada se nos escapa. Todo son estímulos móviles (coches, ciclistas…) que atraen la mirada. Tanto meneo cefálico puede volvernos tarumbas. No sorprende el mareo. Necesitaríamos curas de reposo con un collar rígido que mantuviera la cabeza en su sitio, apoyada sobre el artilugio.

La tecnología ha centrado la mirada en pantallas de ordenador y televisión, libros o tareas estáticas. La musculatura cervical mete horas extra manteniendo la cabeza en extensión para sostener la mirada al frente. Dolor.

Una cabeza más quieta podría explicar el dolor por la sobrecarga muscular pero no el mareo.

– Ando mareado. El médico me ha dicho que son las cervicales. Me ha mandado al fisio.

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Porque me da la gana

 

Hacemos muchas cosas sin motivo aparente.

– ¿Por qué lo haces?

– Porque me da la gana.

No disponemos, en ocasiones, de otra explicación para justificar una conducta a todas luces indefendible, improductiva o, incluso, perjudicial.

Nos ha dado la gana, un estado subjetivo que nos impulsa a hacer algo, incluso contraviniendo un mínimo de sentido común.

Ganas de comer, de beber, de no hacer nada, de encender un cigarro, de comprar el cupón de los ciegos.

El organismo nos genera la gana (o la desgana) por motivos que, a veces, se nos escapan.

Siendo niños sentíamos el imperativo conductual de fumar. Alguien propuso un día consumar el mandato. Fuimos a un maizal, cogimos unos bigotes y los liamos en papel de naranja para hacernos con un sucedáneo de cigarrillo.

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El dolor no se procesa

 

En una cadena de montaje no se procesa el coche sino las piezas que lo componen.

El coche es el resultado final del proceso.

Lo mismo sucede con el dolor o cualquier otro contenido de la conciencia.

Las piezas del puzzle del montaje del dolor varían en cada caso, en cada momento, lugar y circunstancia. Básicamente hay dos grupos de componentes:

1) Los datos sensoriales generados en el organismo por la interacción en tiempo real con el entorno.

2) El conocimiento acumulado históricamente en dicha interacción, es decir: expectativas y creencias.

De la interacción entre lo que el cerebro imagina históricamente y lo que los sentidos detectan en tiempo real, emerge en la conciencia el sentimiento de dolor.

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El control mental del dolor

  He oído decir en una entrevista a una paciente-alumna de un curso sobre dolor crónico, que ha aprendido que el cerebro puede inhibir el dolor y ello le da esperanza para poder controlarlo. En alguna ocasión se nos ha criticado porque (dicen que…) ofrecemos en los cursos la posibilidad de controlar mentalmente el dolor. Puede que algunos piensen que es así pero no es cierto. No existe el poder de la mente. Lo que hay es conocimiento, más o menos fiable; creencias, expectativas. Cada escenario evoca un estado de conectividad, aprendido. Esa conectividad genera en la conciencia, en la …

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