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Porque me da la gana

 

Hacemos muchas cosas sin motivo aparente.

– ¿Por qué lo haces?

– Porque me da la gana.

No disponemos, en ocasiones, de otra explicación para justificar una conducta a todas luces indefendible, improductiva o, incluso, perjudicial.

Nos ha dado la gana, un estado subjetivo que nos impulsa a hacer algo, incluso contraviniendo un mínimo de sentido común.

Ganas de comer, de beber, de no hacer nada, de encender un cigarro, de comprar el cupón de los ciegos.

El organismo nos genera la gana (o la desgana) por motivos que, a veces, se nos escapan.

Siendo niños sentíamos el imperativo conductual de fumar. Alguien propuso un día consumar el mandato. Fuimos a un maizal, cogimos unos bigotes y los liamos en papel de naranja para hacernos con un sucedáneo de cigarrillo.

El resultado, como era de esperar, fué un estado nauseoso cercano a la sensación de muerte, pero compensado por una extraña satisfacción de haber cumplido con la gana y la convicción de que volveríamos a hacerlo a pesar del previsible mal cuerpo, hasta acceder a la categoría del que fuma y ya no se marea ni tose, aun cuando ya no se trague el humo sino que lo aspire hasta el fondo de los pulmones.

El ritual motor complejo de liar el cigarro, encenderlo, inspirar y y expirar el humo en forma de aros, el toquecito de la ceniza, el momento de apagar la colilla o lanzarla al aire, aplacaba la gana y nos libraba de ella a corto plazo.

El organismo nos somete con las ganas.

Nos pica la piel porque el organismo nos genera la gana de rascarnos, aunque no exista peligro cutáneo (parásitos ni tóxicos que eliminar).

Vamos a la nevera a picar algo cediendo a la gana de comer, aunque nos sobren muchos kilos. Echamos un trago de la botellita de agua, aun estando sobrehidratados.

La gana no genera más satisfacción que la de librarnos de ella si ejecutamos el ritual motor solicitado.

Hay ganas justificadas, necesarias para seguir vivos. Son minoría. En nuestra sociedad garantista escasean esas ganas biológicas ajustadas a la necesidad. Imponen su ley las ganas superfluas, sin sentido.

Confundimos a veces las ganas con los síntomas de una supuesta enfermedad.

Las ganas de no hacer nada con el cansancio o la depresión. Las ganas de rascarnos con una afección cutánea.

El dolor puede expresar en ocasiones el «deseo» del organismo de proteger una zona dañada pero en muchos casos no sucede nada donde duele y no debiéramos sentir ninguna gana respecto a esa zona y seguir con nuestra actividad.

Cuando nos rebelamos contra el organismo se intensifican las ganas y a veces cuesta mantener el tipo.

– Al final tuve que irme a casa, acostarme y tomar un ibuprofeno.

– ¿Por qué lo has hecho si sabes que no había daño?

– Pues… porque me ha dado la gana

Las ganas se generan en el llamado Sistema de aversión-recompensa, un sistema que valora costes, riesgos y beneficios  y motiva al individuo a actuar en la dirección coherente con lo evaluado.

Hay evaluaciones y motivaciones predeterminadas por la genética pero muchas otras se van configurando con el aprendizaje, bajo el poderoso influjo de la imitación y la instrucción experta.

Las ganas están muy disputadas. Abundan las propuestas diagnósticas y terapéuticas. Quien se haga con el sistema de recompensa hará el Agosto.

– Nocebo, placebo, sistema de recompensa. Si quiere se lo explico.

– No me interesa. No me da la gana.


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4 comentarios en «Porque me da la gana»

  1. Como siempre estoy de acuerdo contigo, yo sigo sin conseguirlo pero por lo menos no me siento tan mal, mil gracias Arturo y no dejes de ayudarnos

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