Fibromialgia. Terapias

La opinión mayoritaria sobre la fibromialgia es que estamos ante una enfermedad misteriosa e irreversible. No conocemos su origen ni disponemos de tratamientos que alimenten actualmente la expectativa de librarse de ella.

Algunos no compartimos esta opinión mayoritaria.

Opinamos que podemos construir una hipótesis alternativa:

1) El organismo está sano pero el cerebro comete un error evaluativo. Gestiona los recursos de protección como si hubiera una enfermedad. El individuo padecerá la mortificación e invalidez que implica residir en un organismo que tiene activados dichos recursos por la convicción de que está enfermo (sesgo de confirmación).

2) Los errores evaluativos de la red neuronal están poderosamente influidos por el aprendizaje tutelado por expertos. Al igual que se construyen, los errores podrían deconstruirse a través de la información sobre el proceso evaluativo (“Pedagogía en Biología neuroinmune”) y la reexposición a la actividad normal desde ese nuevo marco teórico.

Desde la perspectiva de enfermedad misteriosa-irreversible no cabe hacerse ilusiones de librarse de los síntomas pero sí es plausible encontrar alivio del sufrimiento físico y psicológico con diversas terapias. Fármacos, psicoterapia, higiene del sueño, fisioterapia…

La terapia multidisciplinar sugiere integrar todas las posibles ayudas y minimizar la carga de padecer la enfermedad.

Evidentemente, el hecho de sufrir dolor, cansancio, dificultad para obtener un sueño reparador y concentrarse en tareas mentales; el fracaso reiterado en los intentos de librarse de la enfermedad; la incomprensión social… generan ansiedad, catastrofismo, miedo, desánimo y desmotivación (indefensión), que amplifican la carga de sufrimiento e invalidez.

El padecimiento acumulado a lo largo de los años acaba haciendo mella en los centros y circuitos cerebrales y se consolidan estados de conectividad que amplifican los síntomas y disfunciones.

La conectividad del cerebro fibromiálgico tiene un sello objetivable con diversas tecnologías avanzadas de neuroimagen.

Últimamente se ha puesto el acento en la amígdala, un nódulo neuronal en forma de almendra (amígdala) situado en la profundidad del lóbulo temporal.

La información sensorial llega a todas las áreas cerebrales que la evalúan y deciden la respuesta correspondiente, con  más o menos sensatez racional y emocional. Hay mensajes más urgentes que otros. Procesar esos mensajes urgentes, evaluarlos y organizar las respuestas lleva tiempo: centésimas de segundo: parece poco, pero en supervivencia un milisegundo puede ser decisivo.

La amígdala funciona como una oficina de atención a mensajes urgentes, potencialmente amenazantes o gratificantes. Los mensajes llegan pero una ventanilla-filtro inhibitoria, selecciona aquellos que finalmente activarán las respuestas inmediatas. El resto se desvanece.

Como todo en Biología, está sometido al aprendizaje. La amígdala también aprende. Se sensibiliza o habitúa, crea respuestas condicionadas. No sólo los estímulos intensos sino cualquiera al que se atribuya capacidad predictiva, encontrará el camino expedito para activar rápidamente las respuestas oportunas. El filtro inhibitorio pierde su función.

En un cerebro normal la amígdala se mantiene en su sitio, en su función. No manda. El cortocircuito amígdalar está regulado por las capas de procesamiento de alto nivel. Lo racional enfría o calienta la etiqueta de urgente y controla, por tanto, el paso a las respuestas rápidas, emocionales, amigdalares.

En la fibromialgia las áreas evaluativas corticales, “lo racional”, las expectativas y creencias, están instruidas en el dogma de “enfermedad misteriosa e irreversible”. Lógicamente, esas áreas racionales no enfrían el cortocircuito amigdalar sino que lo facilitan. La amigdala impone su ley del miedo a todo (“secuestro amigdalar”).

¿Podemos conseguir que el circuito amigdalar se enfríe? Evidentemente, sí. Todo admite el reaprendizaje. Podemos “entrenar” la amigdala con ejercicios diversos. Podemos silenciar la agitación somática que crea el “modo amigdalar” con técnicas de respiración, meditación, etc. Podemos también potenciar influencias cerebrales positivas pero las respuestas amigdalares imponen su ley y si no las debilitamos con un programa de entrenamiento previo tendremos dificultades para modificar creencias catastrofistas y conductas disfuncionales. No podremos suavizar el miedo si no aprendemos a controlar ese organismo desbocado por el poder amigdalar.

Nada que oponer a la indicación de técnicas que suavizen las respuestas de miedo descontrolado, pero cabe una objección a la premisa inicial: “enfermedad misteriosa e irreversible”.

Pensamos algunos que es plausible trabajar desde la hipótesis del error evaluativo aprendido y que lo fundamental es recuperar la convicción de organismo sano por parte del propio organismo. De ese modo el cerebro “racional” podrá recuperar el poder que le corresponde y poner a la amigdala en su sitio: la atención inmediata a situaciones realmente urgentes con medidas de seguridad necesarias, eficaces en primera instancia mientras el cerebro racional se toma su tiempo para evaluar si hay o no peligro.

Aplicando este modelo muchos pacientes dejan de tener criterios de padecer fibromialgia; desaparecen los síntomas. Otros mejoran y otros siguen igual.

Entrene la amígdala. Me parece bien, pero entrene también las áreas evaluativas informando desde otra perspectiva. Es otra hipótesis, también plausible.

Tranquilizar la amígdala manteniendo el miedo en las áreas que la regulan es un contrasentido.

Puede que estemos equivocados.

Puede que no lo estemos.

La amígdala sólo es la amígdala, una pequeña parte de un sistema complejo en el que todo influye en todo.

Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
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