Padecer dolor

Un padecimiento es algo que nos hace sufrir, sentirnos mal. Podemos padecer por muchos motivos, físicos y psicológicos. El estado de padecimiento, como todo contenido consciente, contiene un proceso dinámico de conectividad neuronal que lo hace posible. Podemos padecer estando despiertos o dormidos (pesadillas). El sueño y la vigilia son dos estados de la conciencia, entre varios posibles. En el sueño los sentidos están desconectados y el imaginario cerebral impone su extraña dinámica, libre de las ataduras de los datos sensoriales del mundo real. Padecemos la realidad virtual amenazante que el cerebro procesa, aun cuando no esté sucediendo nada. Sólo …

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Un gen de quita y pon

Existen dos tipos de enfermedades genéticas raras, extremadamente raras, relacionadas con el dolor. La primera por defecto y la segunda por exceso: 1) Insensibilidad congénita al dolor. Exigiendo rigor léxico debiera denominarse: Insensibilidad congénita a sentir dolor o, mejor aún; Insensibilidad congénita al daño. Dolor y daño son cuestiones radicalmente distintas. Lo que no funciona en esta enfermedad es la detección de daño, no la de dolor. Quienes la padecen sufren daños que no pueden ser detectados. El cerebro no puede aprender a producir dolor y proyectarlo a la conciencia pues no tiene noticia de lo que es un daño. …

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Contrastar hipótesis

 

«Cada maestrillo tiene su librillo».

Cada profesional explica a su modo el origen y pronóstico del dolor a un paciente concreto, instalado, a su vez, en un credo y una expectativa concretas.

El «librillo profesional» debiera referirse sólo al arte de explicar un contenido consensuado único entre los profesionales.

El marco teórico del dolor sobre el que pivotará todo el trabajo del profesional y el paciente, debiera ser único y contener todo el conocimiento verificado disponible.

No es así. Cada «maestrillo» explica su idea privada, con más o menos arte.

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Volver a la realidad

 

Dice Rodolfo Llinás («El cerebro y el mito del YO») que el cerebro sueña la realidad.

Vivimos en un mundo imaginado, virtual, soñado, en un fluir continuo de hipótesis a las que la información sensorial pone límites.

Durante el sueño el cerebro bloquea los sentidos y deja que la asociación libre de imágenes de lo vivido acapare el mundo de la conciencia, en forma de fantasías descabelladas de las que sólo salimos cuando el cerebro vuelve a conectar las entradas sensoriales.

Los sentidos sólo captan una parte de esa realidad. Cada individuo desarrolla sus capacidades y sesgos atencionales y parcela y colorea esa realidad desde cristales singulares, exclusivos.

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¿Migraña? No, gracias

Séfora es una expadeciente de migraña. Harta ya de sufrir y sinvivir se rebeló contra su situación por puro instinto.

Para rebelarse no hay mas que dar un giro de 180º y caminar en la dirección contraria:

«si haciendo todo lo que me dicen que debo hacer llevo una vida perra, voy a ver qué sucede si hago justo lo contrario».

La opción de la rebeldía es productiva si lo que uno previamente hace conduce inexorablemente al infierno.

Este es el caso en la migraña.

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Despotenciando la migraña

 

¡Al enemigo, ni agua!

No hay que facilitar la migrañización de la cabeza, ni siquiera de una mitad de ella (hemi-crania).

Realmente lo que se migrañiza no es la cabeza, sus vasos, meninges o las terminales vigilantes del trigémino que vigilan el cráneo y su interior. Todos estos tejidos no piensan, evalúan ni deciden. Tampoco padecen una condición genética que los sensibilice de modo extremo, de tal manera que entren en un paroxismo de dolor ante cualquier desencadenante que la mayoría de los mortales tolera sin pestañear.

Todo se cuece en las neuronas de la azotea, en las áreas que memorizan todo lo que sucede y se dice, para procesarlo y extraer conclusiones, al principio provisionales y más tarde más o menos estables, en función de lo que dé de sí el aprendizaje, guiado por la experiencia propia, observación-imitación de la experiencia ajena y la instrucción de expertos e iluminados.

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