Estímulos y respuestas

Al menos yo, y me temo que siga siendo así para la mayoría de los universtarios de “Ciencias de la enfermedad”, fuí educado en el esquema estructural y funcional del Sistema Nervioso como estímulo-respuesta.

Hay neuronas sensoriales especializadas en captar estímulos. Envasan (transducen) el impacto del estímulo en un tren de señales eléctricas y envían la información del evento sensorial a diversos centros (médula, troncoencéfalo, amigdala, hipotálamo, cerebro) donde existen programas de respuesta que se activan en función del contenido de la información sensorial que les llega.

Los centros de respuesta tienen una complejidad creciente desde la médula al cerebro. Las respuestas subcorticales serían reflejas, no meditadas ni racionalizadas y las del cerebro seguirían a un proceso de análisis cognitivo en el que se utiliza el conocimiento previo para decidir si hay respuesta y qué tipo de respuesta es la más conveniente, en función del contexto.

Si no hay estímulos, señales sensoriales de que algo relevante sucede, no hay respuestas.

Percepción-cognición-acción. Un esquema secuencial unidireccional.

Este esquema se aplica también al dolor:

percepción de dolor-evaluación cognitiva y emocional-respuesta de evitación.

Evidentemente el dolor no es un estímulo ya que aparece al final del esquema, es decir, como una acción cerebral.

Sería más correcto, respetando (por ahora) el esquema secuencial proponer:

estímulo nocivo (real o potencial)-evaluación cognitiva y emocionalrespuesta (dolor y otras respuestas de evitación).

En las situaciones de dolor que nos ocupan en este blog (dolor sin daño) no hay estímulo nocivo pero sí dolor.

El esquema quedaría limitado a:

evaluación cognitiva y emocional-acción (dolor y otras respuestas).

Los estados evaluativos racionales y/o emocionales pueden activar, por tanto, la respuesta del sentimiento doloroso: véase fibromialgia, migraña, dolor crónico…

En general hay una tendencia a separar la emoción, algo caliente e instintivo, de la cognición, algo frío y aprendido. Sin embargo ambos campos supuestamente contrarios corresponden a lo mismo: el miedo al daño, a perder la integridad física. Ese miedo es instintivo y caliente pero el conocimiento frío alarmista sobre organismo lo aviva, de tal modo que sólo existe lo emocional: el miedo biológico ancestral al daño, que contiene tanto lo aprendido evolutivamente (experiencia de especie) como a lo largo de la vida, vía experiencia e instrucción.

En aras de la simplicidad quedémonos con el factor evaluativo-emocional, un factor con vida propia y continua que construye una idea del estado del organismo y de lo que amenaza su integridad, al calor de emociones ancestrales (miedo al daño real y potencial) y aprendidas (miedo al daño imaginado, miedo inoculado por la cultura, la observación y la imitación).

El cerebro imagina anticipadamente la realidad, sin necesidad de estímulos. Si aparecen estímulos nocivos, reales y/o potenciales, el flujo imaginativo se resetea para evaluar la entrada sensorial de nocividad actual.

Aunque no haya entrada de señal de nocividad, aunque nada turbe la paz de los tejidos, puede que el flujo imaginativo continuo entre en una evaluación de miedo al daño y aparezca en la conciencia la acción del dolor.

Los profesionales deberán buscar posibles focos de nocividad (daño real o potencial) que expliquen la irrupción del sentimiento doloroso. Si no aparece ese foco nos encontramos con la patata caliente del dolor no explicado.

¿Cómo que no explicado?

Habrá algo emocional, ansiedad, catastrofismo, desánimo… La vida es dura. Duele.

En la taxonomía que acompaña a la definición de dolor por parte de la IASP (Asociación Internacional para Estudio del Dolor) se afirma que el dolor al que no le asiste el daño real o potencial es “psicológico”, entendiendo este término como responsabilidad (causalidad, culpa) del individuo.

No hay estímulo de nocividad y hay respuesta de dolor, luego el individuo, psicológicamente disfuncional, expresa (somatiza) sus cuitas y atascos por la vía del sentimiento doloroso, como si hubiera daño real o potencial (estímulo).

Es el individuo quien crea las condiciones suficientes para que aflore el dolor. Su estado emocional es un estímulo suficiente.

El organismo, en cambio, es otra cosa: un sistema que sólo responde a estímulos físicos.

Al parecer el organismo no imagina, no sueña, no construye hipótesis, no tiene miedos ni deseos, sesgos cognitivos. El organismo no se instruye, no aprende. Sólo genes y emociones mal gestionadas.

Si nuestra supervivencia dependiera del esquema estímulo-evaluación-respuesta, no existiríamos como especie. No existiría ninguna especie con neuronas. Ningún sistema nervioso con esa arquitectura defensiva podría sobrevivir.

Un esquema más actual contempla al sistema nervioso desde la integración con el cuerpo construyendo y actualizando continuamente (estemos despiertos o dormidos o pensando en Babia) una idea de organismo y su interacción real y potencial con el entorno, expuesto a la incertidumbre cotidiana.

Sería deseable que la información sensorial y la racionalidad, el conocimiento, guiaran las cavilaciones pero el peso de la dependencia cultural inclina la balanza hacia un despropósito emocional (miedo irrcional daño) en el que cualquier estímulo es considerado como potencialmente nocivo.

El esquema estímulo-respuesta es válido para las ocasiones en las que algo relevante irrumpe el vagabundeo cerebral continuo.

Aunque no suceda nada, ese vagabundeo tiene el poder de perturbar la paz del individuo con sus mensajes alarmistas, con sus acciones de dolor, sin más argumento que el del miedo irracional, la posibilidad improbable.

No se necesita un cuerpo para generar dolor, decía Ronald Melzack.

Basta con el cerebro.

 

 

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Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
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2 respuestas a Estímulos y respuestas

  1. pati1974 dijo:

    Hola Arturo!
    Hay algo a lo que le doy muchas vueltas. Es la ausencia de dolor cuando efectivamente hay un daño físico, como en algunos cánceres o enfermedades. Sí como comentamos aquí , la cultura, la experiencia , el conocimiento de alguna manera (compleja) influye en la generación del dolor sin “razón”. Que pasa con ese fallo del organismo o el cerebro para no saber categorizar un daño real correctamente y no activarnos la alarma del dolor?
    La cultura juega algún papel? me atrevería a decir que no pero es difícil pensar que en un sentido influye pero no en el otro.

    Dame un poco de luz, quizás estas dos vertientes del dolor funcionen por sistemas totalmente divergentes 🙂

    Gracias y un Saludo!

  2. Hola Pati. Al igual que existen los falsos positivos (dolor sin daño que lo justifique) también se dan los negativos (daño sin dolor). El cáncer consiste en una colonia de células que ha conseguido burlar la vigilancia y las reglas del organismo y vive como si fuera otro organismo. El sistema neuroinmune no evalúa amenaza y permite la proliferación descontrolada de esas células aun cuando sean un peligro para la supervivencia. Si detectara amenaza activaría programas de muerte controlada (por ejemplo apoptosis) eliminando el peligro.

    Sólo cuando el cáncer crea situaciones de necrosis consumada o potencial se activaría la respuesta del dolor pero eso no siempre sucede y muchos cánceres proliferan como si fuera un crecimiento o reposición celular normal del organismo sin crear problemas de riesgo necrótico pero poniendo en peligro la supervivencia.

    Cada contexto tiene sus factores. Es distinto el problema del dolor sin daño que el del daño indoloro. En cada caso hay que analizar todos los factores posibles. El el caso del cáncer supongo que la cultura tiene un papel muy secundario.

    Saludos

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