Deconstruir la migraña.4

La migraña es un síndrome que agrupa de modo variable un conjunto de síntomas:

-pródromos

– aura

– dolor de cabeza, muchas veces unilateral

– nauseas-vómitos

– intolerancia sensorial

En los niños se describen los “equivalentes migrañosos”:

– dolor abdominal recurrente

– vértigo paroxístico

– tortícolis espasmódico

– dolor en una extremidad, recurrente

Los pródromos son avisos, premoniciones. El paciente siente algo que antecede a la crisis, un estado singular de expresión variable que anuncia con intervalo variable que se está cociendo la crisis.

Para algunos (entre los que me cuento) los pródromos ya son migraña. El cerebro está en ello. Es cuestión de que se vaya desarrollando el programa.

El aura es un fenómeno deficitario que afecta preferentemente a la visión. De modo progresivo el campo visual de un lado se ve ocupado por una estructura geométrica arqueada con la convexidad hacia fuera que delimita una zona ciega. El área crece a velocidad fija y, al cabo de unos minutos se va recuperando la normalidad empezando por donde se inició.

Hasta hace poco y por mandato de la teoría vascular, se pensaba que el aura aparecía porque la arteria que nutría la corteza visual de un hemisferio, se contraía hasta comprometer su función. El violento espasmo se seguía de una intensa dilatación. El impulso mecánico del latido generaría el dolor. Eso se decía sin más fundamento que el carácter pulsátil del dolor.

Para abortar la crisis no había más que combatir la dilatación arterial con vasoconstrictores, ergotamínicos y triptanes.

La migraña era un proceso que se cocía en las arterias. Los genes migrañosos expresaban una condición vasoconstrictora local (unilateral y exclusiva de las áreas visuales) y el dolor no era mas que la consecuencia de una reacción vasodilatadora de esa arteria previamente angostada.

La Tecnología moderna permitió comprobar, midiendo flujos sanguíneos y calibres arteriales, que nada de eso era verdad.

El sentido común, a través de la comprobación del latido arterial y el del dolor, demostró que cada uno iba a su ritmo y la Tecnología lo corroboró demostrando que lo que hacía pulsar el dolor no era el latido mecánico arterial sino la oscilación eléctrica de los osciladores cerebrales.

A mediados del siglo pasado Aristide Leao investigaba la propagación de la actividad eléctrica por la corteza. Estimulaba un área, generaba una corriente de excitación y medía la propagación de esa señal de sobreactivación a lo largo de la corteza vecina.

Justamente sucedió lo contrario de lo que esperaba: en vez de encenderse una luz se apagó la que había y el apagón provocado localmente se propagaba a una velocidad fija por el manto cortical. Se difundió el irse la luz por el barrio lentamente. Al cabo de unos minutos volvió la luz justo por donde comenzó el apagón y se fue recuperando, también lentamente y con el mismo recorrido que había seguido el apagón.

Aristide se dió cuenta de que había descubierto algo nuevo, inesperado. Era migrañoso y, al instante, pensó que aquél extraño fenómeno del apagón, cuando buscaba el encendido, tenía algo que ver con su migraña.

Lo comunicó al jefe y como sucede muchas veces cuando algo no coincide con el guión oficial, no obtuvo mas respuesta que el desprecio.

La teoría de la vasoconstricción siguió viva, alimentada por el mercado de los vasoconstrictores durante varias décadas, hasta que la Tecnología de la Neuroimagen acabó con ella.

Hoy en día se acepta que el inicio de la migraña, sin incluir los pródromos, lo marca la onda de depresión cortical propagada que describió Aristide.

La cuestión es cómo se genera.

En animales hay que abrir la cabeza y estimular la corteza directamente con potasio, glutamato, estímulos eléctricos o creando estrés metabólico por isquemia controlada, es decir, creando condiciones de sobre-estimulación local.

Los neurólogos sostienen que el paciente migrañoso tiene una condición de hiperexcitabilidad genética que hace que en determinadas áreas corticales, preferentemente visuales, un grupo de neuronas se sobreactivan y funden los plomos contagiando la condición bioquímica creada por toda la vecindad. La recuperación de la generación de señal exige gasto de energía y lleva su tiempo, unos minutos. La luz vuelve y allí no ha pasado nada.

No siempre el aura, el apagón, va seguido del resto de síntomas. A veces no hay mas que aura. No aparecen el dolor ni las náuseas ni la intolerancia sensorial.

¿De qué depende?

Los neurólogos dicen que la onda de depresión acaba liberando mediadores inflamatorios que sensibilizan las terminales meníngeas y vasculares del trigémino, condición exigida, según ellos, para que aparezca el dolor.

Habría ondas de depresión cortical que liberan mediadores “dolorosos” y otras que no pero no se han planteado por qué.

Tampoco hay explicaciones sobre cómo un desencadenante genera un estado local de hiperexcitabilidad sólo en una pequeña población de neuronas de la corteza occipital.

El sustrato bioquímico que acompaña a la onda se conoce bastante bien pero no se sabe, no contesta, sobre el origen.

En mi opinión, las expectativas pueden crear un estado de alerta, preferentemente visual, que acaba creando en un área la condición bioquímica que impide la generación de la señal, por sobreexcitación.

Es una hipótesis. El cerebro imagina, teme, vigila y a veces ese estado desborda el equilibrio químico necesario para que las señales se generen.

No es un problema de arterias sino de poblaciones locales de neuronas.

El cerebro imagina la realidad con la contención de los informes sensoriales. A veces la expectativa genera más desorden, una respuesta más intensa y descontrolada que la propia realidad.

Las redes son sensibles a las expectativas, siempre que se les conceda credibilidad.

Los neurólogos proponen rebajar la excitabilidad general de la red neuronal, prescribiendo antiepilépticos como el topiramato, a la vez que predican la hipervigilancia a todo.

Yo creo que la información modula las expectativas y nada mejor que aportar sentido común a la conectividad neuronal. De otro modo se sobrepasan los límites del delicado equilibrio químico del espacio en el que viven las neuronas, dando lugar a descompensaciones.

De lo que se cree y teme se cría. Es una ley neuronal a tener en cuenta.

Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
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Una respuesta a Deconstruir la migraña.4

  1. RAFA dijo:

    Efectivamente, qué importantes son las creencias. O sea que dices que no existen los Reyes Magos, oh…..con los años que he estado con esa ilusión, imaginación. Qué bonito era soñar. Bueno habrá que aceptar la realidad que la vida continua. O sea que los desencadenantes (estrés, alimentos, cambios atmosféricos, falta de sueño,…..) y las teorías genéticas, vasculares, trigéminas no son verdad, oh…….con los años que he estado pensando en esto, imaginando, soñando estas ideas. Bueno en este caso que bien tener información veraz, de la buena y aceptar la realidad de que con pedagogía del dolor, participando activamente y con nuevas creencias, expectativas, la vida continua pero para mejor, con la misma ilusión que tenía por los Reyes Magos. Bienvenido el nuevo momento !AHÁ!

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