Nocicepción muscular

El dolor muscular, al igual que otros supuestos dolores de otros tejidos, no existe. No hay efluvios de dolor que surjan de músculos dañados o estresados por condiciones mecánicas y/o metabólicas límite.

Sí existe la nocicepción (detección de nocividad, de peligro) normal, fisiológica, protectora del daño muscular consumado o inminente y la nocicepción sensible, patológica e improductiva del miedo al movimiento, a la actividad.

Los músculos, como otros tejidos, pueden ser dañados por energías peligrosas mecánicas, térmicas y químicas. Como resultado de ese daño liberarán moléculas señal, información química.

Los músculos, como otros tejidos, disponen de vasos sanguíneos que aportan oxígeno y nutrientes y drenan los metabolitos residuales que deben ser barridos para mantener la actividad normal.

Los músculos, como otros tejidos, están inervados: disponen de terminaciones nerviosas de neuronas encargadas de gestionar, entre otras cuestiones, la seguridad del territorio en el que habitan y la eficiencia de su prestación: la contracción.

Las neuronas que gestionan la seguridad son los nociceptores: neuronas especializadas en la detección de energías peligrosas letales (daño potencial inminente) y señales moleculares del daño consumado.

El músculo puede ser dañado por energías mecánicas. Puede resultar comprimido o estirado por encima de su resistencia. También puede dañarse por exposición a temperaturas extremas. Son situaciones extraordinarias, accidentales, traumáticas, que pueden afectar a músculos sanos residentes en un organismo sano. Los nociceptores del lugar serán testigos del daño, recogerán sus señales y las convertirán en un código de pulsos eléctricos que llegarán a diversos centros evaluativos, en los que se generará la correspondiente respuesta defensiva. La respuesta incluirá, previsiblemente, la percepción de dolor.

El músculo puede resultar dañado en el desempeño de su función, la contracción, si no recibe el aporte energético suficiente. El estrés metabólico muscular generará señales moleculares (ácidos, ATP) que captarán las terminales de los nociceptores, desparramadas por la zona, intimamente ligadas a los vasos (los vertederos que recogen para eliminar, los desechos metabólicos). Los nociceptores detectan el estado peligroso del estrés metabólico y convierten las señales peligrosas metabólicas en potenciales eléctricos codificados que permiten conocer a los centros evaluativos que ese músculo debe dejar de contraerse si se quiere evitar el daño consumado.

Un músculo que se contrae sin el aporte de energía necesario está en zona de riesgo. El dolor que expresa esa situación es la angina. El dolor anginoso protege los músculos que son exigidos a trabajar en condiciones límite. Obliga a detener la contracción. Si no fuera así, se consumaría el daño, es decir, el infarto.

Cotidianamente el dolor nos marca los límites de seguridad de la actividad muscular. Si subimos varios pisos el dolor nos indica que entramos en zona peligrosa. Su intensidad nos matiza si nos acercamos o alejamos del límite. Basta con pararnos en el descansillo para que el dolor desaparezca.

El dolor con la actividad muscular indica, por tanto, el límite que los músculos implicados marcan para cumplir con el esfuerzo exigido, en función del aporte energético que reciben.

La gestión de la actividad muscular es compleja y exige regular el aporte energético necesario para las acciones requeridas. La regulación está a cargo del sistema nervioso, que es quien se ocupa de conocer lo que necesita cada acción y proveer, a base de abrir y cerrar circuitos vasculares, el oxígeno y los nutrientes necesarios.

¿Qué sucede cuando aparece dolor en reposo, con esfuerzos mínimos, o tras dichos esfuerzos?

¿Falla la maquinaria metabólica de la propia fibra muscular? ¿”Agotamiento”? ¿”Sueño no reparador”?

¿Falla el sistema de barrido de metabolitos tóxicos. ¿Necesitamos un masaje para hacer limpieza a fondo?

¿Falla el sistema de vasos por los que llega la energía necesaria? ¿”Mala circulación”?

¿Sometemos a los músculos a un estado de estrés continuado, a una contracción sostenida que agota las reservas energéticas? ¿”Contracturas”?

Puede que lo que duela, el efluvio doloroso, no surja del músculo sino del estrés mecánico de huesos, tendones o articulaciones, que soportan el peso del cuerpo o el impacto de la contracción muscular… (“la columna, las caderas, el hombro, las rodillas”)…

Puede, también, que la carga no sea mecánica ni metabólica sino emocional, psicológica. El dolor es la vía final común de expresión del sufrimiento, tanto sea físico como psicológico. Somatizamos mucho.

Todo podría ser pero no debería.

El dolor, sostiene Ramachandran, es una opinión cerebral.

Si duele es que hay una valoración implícita de amenaza, de peligro de muerte celular. El dolor marca los límites de lo que el sistema considera seguro.

El cerebro marca los límites a la actividad muscular. No necesita que el músculo sobrepase los límites metabólicos. Basta con que el cerebro juzgue que la acción es peligrosa.

Los nociceptores de la contracción muscular pueden estar en estado basal: no hay problema con la actividad. Sólo si aparecen señales de peligro metabólico, mecánico o térmico, descargarán señales de peligro.

También pueden estar en estado sensible, temeroso, hipocondríaco y generar falsa señal de peligro ante cualquier intento de actividad. Ni siquiera hace falta señal de tejidos. El dolor surge del cerebro hipervigilante y la actividad libera falsas señales que retroalimentan el error.

La actividad está vigilada con angustia en los tiempos que corren. Parece que los músculos de nuestra especie andan flojos y degenerados o agarrotados por la mala postura física y psicológica. Parece, también, que los huesos y articulaciones ya no pueden con la carga de la contracción muscular.

Los ciudadanos cuentan sus cuitas músculoesqueléticas. No es fácil no oirlas en la cháchara diaria.

Les juro que si algún día oigo a alguien citar al cerebro evaluativo en esas chácharas, escribo una entrada urgente para hacerme con la primicia.

– Chica, no puedo con mi cerebro. Ve peligro donde no hay.

– ¿No será muscular?

– ¡Qué dices!

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Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
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10 respuestas a Nocicepción muscular

  1. Javier Ochoa dijo:

    Me ha gustado mucho, sobre todo, el final.

  2. Estupendo artículo! Enhorabuena!

  3. Fernando dijo:

    Tremendo final!!

  4. Rafa G dijo:

    Lo mismo, Arturo, enhorabuena. La segunda frase también es gloriosa
    “No hay efluvios de dolor que surjan de músculos dañados o estresados por condiciones mecánicas y/o metabólicas límite”

  5. Miguel dijo:

    Enhorabuena por el artículo! Es el primero que leo de tu Blog y sin duda estaré al tanto a partir de hoy.

  6. albo dijo:

    En base a lo que usted escribe en su artículo, ¿se podría afirmar que el síndrome miosfacial de suelo pélvico no existe? ¿Las contracturas musculares pélvicas como causa única del dolor pélvico crónico no son tales? Hoy en día se está dando este diagnóstico en multitud de casos y medicando para ello (por ejemplo con antiepilépticos).

  7. albo: el síndrome miofascial es una entidad definida por la existencia de placas motoras hiperactivas con aumento delos minipotenciales de placa y presencia de “mediadores inflamatorios”. Ese estado genera señal nociceptiva facilitada en el área. El problema reside en la génesis de esa situación. No hay una explicación clara pero pienso que los estados de alerta nociceptiva central pueden jugar un papel importante. El dolor no surge de esa zona miofascial sino de la activación de las areas cerebrales en las que está representada, evaluada y gestionada dicha zona. En ningún caso se niegan los síndromes clínicos. Me limito a explicar el concepto de nocicepción muscular desde la perspectiva de la neurociencia.

  8. mechimos dijo:

    Yo también he padecido sindrome miosfacial en muchas partes de mi cuerpo y he tomado medicación para ello. Cuando el modo enfermedad se desactivó, este síndrome despareció (a la vez que todo lo demás). En mi caso fueron contracturas crónicas de trapecio, zona dorsal, zona lumbar y otras partes. Sin un cerebro alarmista que ordene dichas contracturas, éstas no se producen. Aun diría más, en mi caso además, si había inflamación en muchos tendones de mi cuerpo y estoy convencida de que dicha actividad inflamatoria estaba ordenada por mi cerebro asustado, tengo la teoría de que mi cerebro, ya alarmado terriblemente, escaneaba mis tendones y al verlos algo desgastados por una vida de deporte activo, enviaba órdenes de inflamación. Así de asustado estaba mi cerebro. Todo era un peligro para la integridad de mis tejidos. Qué equivocado estabas cerebrín!

  9. rulesanz dijo:

    Gracias Arturo por hacer mi vida más agradable y gracias a Mechimos por introducirme en este mundo que sin ti no conocería. Juntos habéis mejorado mi vida.

  10. Miguel Delicado dijo:

    Muy interesante Dr. Arturo.

    Soy Miguel Delicado, Fisioterapeuta y considero un enfoque muy adecuado avanzar en la comprensión del dolor, aún que complejo, necesario para poder abordarlo (o al menos intentarlo). Revisando la bibliografía sobre el dolor crónico, le adjunto un artículo muy interesante que he leído esta semana!
    Jo Nijs . Nociception Affects Motor Output: A Review on Sensory-motor Interaction With Focus on Clinical Implications. 2012

    Un saludo!

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