Quitar el dolor

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Dice Carlos Belmonte, un prestigioso neurocientífico español interesado en el estudio de los mecanismos neuronales periféricos de la nocicepción, que lo que hay que hacer con el dolor es quitarlo, una vez ha cumplido la función biológica de señalar una lesión. Dice también que, hoy en día, disponemos de medios eficaces para quitar el dolor en el 70 % de los casos, salvo en aquellos casos en los que la lesión afecta al propio «sistema del dolor», es decir, el dolor neuropático, en los que se resiste a la acción terapéutica.

En muchos casos el dolor no se corresponde con una lesión, neuronal o de otros tejidos, es decir, no es un dolor nociceptivo ni neuropático. Parece deducirse de las afirmaciones del profesor Belmonte que en esos casos habría que buscar la explicación en la «cultura judeocristiana», una cultura que promueve la aceptación y sublimación del dolor y, por tanto, la renuncia a las modernas armas terapéuticas actuales.

Hasta hace unos pocos años los expertos en dolor lo clasificaban en 1) nociceptivo: dolor generado por una lesión de tejidos no neuronales; 2) neuropático: dolor derivado de una lesión de las neuronas del «sistema del dolor» ; 3) somatoforme: aquél que aparece en ausencia de lesión.

Misteriosamente el apartado del dolor somatoforme ha desaparecido. Existe el dolor por lesión de tejidos no neuronales (nociceptivo) y aquél en el que se da la lesión neuronal (nociceptivo). Los demás dolores vagan por un oscuro mundo causal en el que se contemplan genes, estreses, emociones mal gestionadas, hábitos no saludables, tóxicos ambientales y perfiles psicológicos de catastrofismo e hipocondria.

– Tiene que aceptar el dolor, aprender a sobrellevarlo.

No queda claro en la tesis de la cultura judeocristiana si el judeocristiano es el paciente o el doctor. Según mi experiencia es el doctor el que sugiere la aceptación pero lo hace una vez ha dilapidado, sin éxito, los recursos terapéuticos.

– No puedo hacer otra cosa. Ya le he dado todo lo que puedo darle. Le han visto en la Unidad de dolor, recibe ayuda psicológica, va a rehabilitación. Tendrá que aceptar la situación.

Efectivamente hay pacientes que no quieren tomar fármacos pero no es por su condición judeocristiana sino porque han comprobado que no son muy eficaces y no quieren sufrir efectos secundarios a cambio de nada.

Sostiene el profesor Belmonte que iremos comprendiendo los mecanismos del dolor y que acabaremos controlando cada vez más dolores, siempre que la cultura judeocristiana no impida el acceso del padeciente a la terapia.

Los científicos comprenderán el dolor, aplicarán los remedios al padeciente y ya está.

En mi opinión no es la cultura judeocristiana, sea lo que sea esa cultura, la causante del fracaso en el control del dolor sino la cultura que los profesionales han generado en torno al dolor, las creencias y expectativas.

– Con los medios que hay ahora y con lo que ha avanzado la Ciencia ¿cómo es posible que no me quiten el dolor?

La cultura de los avances espectaculares de la Ciencia, la cultura dualista de lo físico y lo psicológico, la creencia de que el dolor proviene necesariamente de un daño físico o de una psicopatología del individuo, la expectativa de una solución externa, la cultura de la etiqueta diagnóstica y de la terapia para todo. Esas son en mi opinión, las responsables.

La Neurociencia permite comprender el dolor desde muchas perspectivas. Para algunos sigue viva la promesa de dar con la terapia resolutiva a demanda. Es cuestión de más Ciencia y de tiempo. Para otros el padeciente es el protagonista activo. Debe comprender, conocer y liberarse de una determinada cultura del dolor que contempla el problema de un modo sesgado y que ofrece un presente inexistente y un futuro cuestionable.

Desde la Pedagogía del dolor instruimos a los padecientes en el conocimiento de aquello que sabemos sobre el organismo y que ayuda a comprender por qué duele si no hay motivo justificado. Les ayudamos a librarse de la culpa que la cultura actual del dolor les ha generado y les animamos a apreciar el conocimiento como objetivo. Ellos deciden mayoritariamente abandonar las terapias y participar en la gestión de su propio organismo. Jamás he escuchado ninguna apelación a la aceptación del dolor vía sublimación judeocristiana.

Hoy hay Neurociencia para todo. También hay Neurociencia para el dolor. Cada cuál selecciona una parcela de esa Neurociencia. Algunos optan por aquella que permitirá al ciudadano alcanzar el control del sufrimiento físico y mental con terapias ad hoc y otros optamos por la Neurociencia que desenmascara el papel de las culturas, sean o no judeocristianas.

– Vengo a que me quite el dolor.

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Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

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