El cerebro del deseo

He estado esta semana pasada en Tarragona, participando en un evento original, surgido de la mente inquieta y creativa de Carlos Ranera, Psiquiatra de compleja clasificación. El evento se escenificó en el escenario del precioso teatro Metropol y constaba de dos partes. En la primera aparecimos tres ponentes (Juan Luis Arsuaga, Montserrat Iserte y un servidor) hablando del deseo desde la perspectiva de la especie humana, de la mujer y del cerebro, para, después de un descanso dispuesto para calmar el deseo irrefrenable de fumar de los fumadores, pasar a la representación teatral de un caso real de erotomanía, atendido en la consulta real por Carlos, al que dio forma literaria a través de un relato breve: La Princesa de Java o el delirio de ser amado y que posteriormente adaptó para la escena.

Los seres vivos nos diferenciamos de los que no lo son en que nuestra materia está dotada de la misteriosa propiedad del deseo. Nuestras acciones tienen dirección intencional, con propósito. Responden a un objetivo. Nos acercamos o alejamos guiados por apetitos o aversiones.

En el fondo de esta moción de idas y venidas biológicas no hay sino la voluntad de sobrevivir como individuos y como especie.

Hubo un tiempo, desde el origen hasta hace unos pocos miles de años, en el que el sustento, el amparo, el cobijo, el emparejamiento y la aceptacion social exigían una cuota de esfuerzo físico y psicológico considerables. Los individuos eran resilientes por exigencias del guion, aun cuando no lo supieran. Afrontaban la realidad con una exigua e incierta paleta de recursos y se ganaban el pan y el aprecio invirtiendo en el empeño la energía necesaria y suficiente. Sus cerebros gestionaban la incertidumbre desde el sentido común que dispone la propia realidad.

La evolucion fue seleccionando un complejo sistema de circuitos cuya funcion era la de proyectar a la conciencia, al navegador, la energía y la disposicion a moverse en la direccion adecuada y quedarse quieto cuando eso fuera lo sensato. El cerebro cocinaba sus razones y motivos y de los fogones de la memoria predictiva surgían los vapores de los deseos, ese universo de apariencia inmaterial en el que los individuos soñamos que somos soberanos y nos movemos por razones y motivos propios sin caer en cuenta que las ganas nos vienen dadas por encargo y con recargo si no las atendemos.

Los expertos llaman a ese sistema complejo de circuitos el Sistema de Recompensa. De allí rezuma la dopamina,  su molécula correveidile. Dicen que es la molécula del placer. Más bien decían pues parece estar claro ahora que es más propio considerarla como la molécula de la motivación. La dopamina es la molécula sargento que despereza a la tropa haciéndola mover el culo cuando toca, haga frío o calor, viento o reseco. Si la dopamina escasea nos quedamos desganados, desfondados, des-motivados, deprimidos y cansados sin habernos esforzado. Aparece el fracaso como conviccion anticipada.

Desde la metáfora de la marioneta de Homo sapiens (ma non troppo), movida por los hilos de los músculos que su cerebro programa, la vida se antoja un escenario en el que cada cual interpreta un papel que no está claro qué o quién lo escribe. Hay papeles de agraciados y desgraciados, de buenos y malvados, de personajes  con estrella y estrellados. Hay personajes reales que prestan su realidad al guion. Son enfermos con enfermedad, pobres con pobreza y ricos con riqueza, pero hay otros que son atrapados por la emocion del escenario y creen ser lo que el guion cerebral les incita a representar.

Al cerebro le basta con activar el programa de enfermedad para que el individuo se sienta enfermo y actúe como tal. El cerebro teme la enfermedad de tanto ver y oir enfermedades ajenas y de ese temor brota el deseo de que el individuo participe de su temor y actúe como si ya estuviera enfermo.

El hábito no hace al monje pero los expertos creen que podemos estar equivocados. Quien padece dolor aun no teniendo enfermedad acaba teniendo la enfermedad del dolor, y quien ande deprimido sin saber por qué es porque tiene la enfermedad de la depresion. Los personajes de apariencia buscan la realidad que representan. Quieren ser actores testimonio, como los enfermos reales, disponer de la misma consideración. El público no trata bien a quien sólo dispone de la apariencia y no cuenta con el dictamen de los expertos y por ello y por convicción, luchan por ver cumplido su deseo de ser reconocidos y certificados como enfermos.

El cerebro imagina la realidad. Los sentidos limitan el sueño del cerebro.

Hasta hace unos pocos miles de años, la realidad imponía cierta sensatez para las cuestiones básicas. Ahora los sentidos pintan poco. Burlamos la realidad con gafas de sol, tapones, perfumes, dulces, saleros, abrigos, televisores, cines, libros y teatros. El sueño cerebral tiene menos sentido, está más consentido, menos limitado y el miedo, paradójicamente anda facilitado. La abundancia y la garantía cría temores a hambrunas y epidemias.Las estadísticas de quienes padecen apariencia de enfermedad superan las de quienes las padecen.

El cerebro del deseo busca certezas.

La duda de enfermedad se resuelve haciendo representar al individuo el papel de enfermo, con convicción, con ganas, con el deseo-envidia, incluso, de sentirse realmente enfermo, aun cuando todo suceda en el escenario.

– Está usted sano. Es usted un actor. Esto es teatro

– Yo no hago teatro. Estoy realmente enfermo

– Desconfíe de su cerebro. Es un órgano teatral. Consigue que sus personajes vivan sus papeles…

…………………………….

Gracias, Carlos, por la oportunidad de conocer a ese estupendo grupo.

Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
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7 respuestas a El cerebro del deseo

  1. liliana de argentina dijo:

    Dr. ; inmejorable su explicación. A mi ha cambiado la vida,el tema de pedagogia del dolor, desde hace cuatro meses no tengo episodios de migraña. Pero ahora seme plantea una dificultad: mi hijo de once años comienza a pedir ayuda una odos veces a la semana respecto a que de pronto le comienza a doler uno “de sus ojos muy desde adentro” y se tira a la cama. Comencé a practicar ser su maestra en esta pedagogía, pero no es facil con el ya que me dice : si mi cerebro anda equivocado te aseguro que mi “ojo derecho que me duele, no”. Pregunto que hacer , como explicar a un niño, que palabra usar, cuando.., ? Al tener en cuenta que hasta hace poco el vivió con una mama migrañosa. Pido ayuda y no solo por mi hijo sino por todos los hijos de mamas tan “especiales”. desde ya gracias

  2. Antonio dijo:

    Me ha encantado la entrada. Puede decirse que la humanidad en la Prehistoria tenía los pies sobre la tierra y daban importancia y temor a lo que verdaderamente lo requería. Temor a las alimañas, depredadores, a la falta de agua, de carne, alimentos, de fuego, refugio. Hoy tenemos un cerebro con otros temores, la aprensión, la hipocondría, la ansiedad, los miedos a la invalidez, al fracaso, al que dirán. Nuestro estado de alerta está confundido, equivocado, no está preparado para este tipo de situaciones. Los estímulos son engañosos si nos pueden engañar una vez, nos pueden engañar siempre. ¿Qué nos está pasando? ¿hacia dónde vamos?. La Prehistoria puede enseñarnos muchas cosas en este tema. Arturo veo que has compartido cartel con Juan Luis Arsuaga. Soy un apasionado de la Prehistoria. La neurociencia, conocer el comportamiento del cerebro también puede acercarnos a esos modos de vida y de comportamiento de nuestro antepasados paleolíticos junto con el estudio de su propia cultura material que puede traducirse en una proyección cerebral, testigo de los conocimientos y técnicas con las que contaba el ser humano por entonces. Muy interesante.
    Mientras tanto sigo en la lucha por ordenar y equilibrar las gestiones de mi cerebro. He dejado toda clase de medicamentos y paso los dolores a pelo. Digo yo que un día se cansaran. Saludos.

    Y Liliana ya verás que tu hijo se pone bien, seguro que es algo momentáneo, no te preocupes.

  3. Enric dijo:

    Arturo: estoy de acuerdo contigo en que Carlos Ranera es un psiquiatra atípico, visto lo visto en el teatro Metropol. Fué una experiencia enriquecedora la visión del deseo desde tres perspectivas muy dispares, pero complementarias al tiempo, sin olvidar la talla de los ponentes. No puedo dejar de comentar la soberbia interpretación de La Princesa de Java, creación del mismo Carlos y basada en una experiencia profesional. Asimismo, tuvimos el placer de tener un breve encuentro contigo. Un saludo.

  4. Liliana: es una edad complicada para transmitir estos mensajes al niño. Tienes que contagiarle tu tranquilidad pero sin que él lo interprete como que no le das importancia. Mis hijos también han tenido dolor. Conocen la teoría y eso les protege de la irracionalidad pero no tienen una bula especial. Ten paciencia e intenta dar con las metáforas adecuadas para su edad.

    Saludos

  5. Enric: realmente la puesta en escena estuvo bien. El tema era duro pero la música y los actores crearon una atmósfera muy poética. Espero que haya más ocasiones como esta.

    Saludos

  6. Fantástica entrada en el blog, muy enriquecedora. Como también lo fue nuestra —larga— charla tras la cena. Un director de teatro hablando de neuronas, libre albedrío, ética y autoconciencia con un neurocientífico especializado en dolor… ¿Qué puede salir de ese encuentro?

    Aprovecho para mandarte, Arturo, un abrazo. Espero que pueda surgir una nueva ocasión en la seguir esa charla o empezar otras.

    Quique Culebras
    http://www.facebook.com/DeseoPsiquiatria
    http://www.teatrodecerca.com

  7. Quique: siempre es enriquecedor compartir temas desde varias ópticas, especialmente con alguien como tú, que tiene claras las preguntas… Para la próxima habrá que garantizar el whisky…

    Un abrazo

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