El peso de la cultura

Dicen que el ser bípedos nos ha permitido sobrevivir pero pagando la factura del castigo de la columna. Cargar el estrés mecánico sobre el tren inferior (columna lumbar, caderas, rodillas y pies) nos ha permitido dejar libres las manos y otear el horizonte, caminar por tierras pantanosas acarreando a nuestras criaturas… pero al cabo de tanta penuria mecánica huesos y articulaciones siguen expresando su queja con el dolor, aun cuando llevemos ya unos millones de años de condición bípeda. La evolución tiene sus chapuzas. No hay diseño inteligente.

Curiosamente no parece que la estrategia haya beneficiado a las articulaciones superiores. La columna cervical, los hombros, los codos y las manos, también protestan a pesar de que han sido liberadas de soportar el peso del cuerpo.

La opinion más extendida entre los ciudadanos doloridos y rígidos y los profesionales que los evalúan y cuidan es que el esqueleto está degenerado y los músculos flojean. Los huesos se rozan porque la superficie articular, antaño pulida, lustrosa y lubricada, ahora es rugosa y está reseca y se pinzan nervios vecinos.

– No me extraña que le duela. Tiene usted la columna hecha un asco. Ejercicio suave, nada de pesos… vamos a corregir posturas, fortalecer músculos, masajes… Tiene que adaptar sus hábitos y proyectos a la condición de su esqueleto… si no quiere acabar en una silla de ruedas. Le conviene natación.

Homo sapiens (ma non troppo) es una especie creyente. Todas lo son. Una creencia es un estado estable de conectividad neuronal que se activa en determinado tiempo-espacio y circunstancia. No podemos esperar a tomar la medida a las cosas para responder. Intentamos anticiparnos y responder a lo que creemos, aun cuando no dispongamos de evidencias absolutas.

Homo sapiens (m.n.t.) cree a pies juntillas que si duele la columna es porque algo no funciona en la columna. Los médicos también lo creen… si las radiografías lo confirman. Si la columna es radiográficamente normal pero duele, aparecen las dudas y los recelos. Tanto pacientes como profesionales prefieren que si duele, haya algo visible en las pruebas que lo explique.

Las certezas son bienvenidas, validan el dolor, lo dignifican ante uno mismo y la sociedad pero hipotecan el futuro, haciendo que parezca que lo que uno cree parece ser cierto a medida que van pasando los años.

Dicen ahora algunos que el dolor es cosa del cerebro y no de los tejidos. Que las creencias mandan cuando no lo hacen los hechos y que debemos cuidarlas para que no nos amarguen la existencia y nos conviertan la vida en un infierno.

Si duele, dicen, es porque el cerebro valora amenaza.  A veces acierta y otras se equivoca. El cerebro es el órgano de la toma de decisiones y no está tocado por el don de la infalibilidad. Más bien lo contrario: puede cagarla (con perdón). Puede creer en una columna deplorable y culparla de todos los males. Sobre todo puede creer que el dolor no tiene nada que ver con sus decisiones y que si duele no es porque sus circuitos han construido creencias erróneas sino porque los tejidos rezuman sufrimiento.

Un estudio con aborígenes australianos ha intentado ver si sus dolores de columna están influidos por el contacto con “el hombre blanco” y sus credos músculoesqueléticos:

– Hábleme de su dolor. ¿A qué lo achaca? ¿Cómo ve su futuro?

– Me duele. Tengo la columna hecha un asco. Me han encontrado varias hernias. Mucha artrosis… El futuro lo veo negro.

Otros sufrían menos y eran optimistas.

Los investigadores han analizado las conversaciones y piensan que hay correlaciones entre lo que piensan y sufren los aborígenes y lo que los profesionales sanitarios “occidentales” les han dicho. Los optimistas lo eran por reflexiones propias, salvo en un caso, que tuvo la fortuna de encontrarse con un profesional optimista, progre. Los pesimistas habían topado con profesionales agoreros, catastrofistas.

En definitiva vieron que la cultura habitual de la columna crea consecuencias de lo que cree.

– El dolor es cosa del cerebro. El cerebro humano está enculturizado. ¿Qué le han contado? ¿A quién cree?

Es necesaria la Pedagogía, otra Pedagogía.

Justo la contraria.

Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
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3 respuestas a El peso de la cultura

  1. unpocdeseny dijo:

    La percepción erronea de una amenaza por parte del cerebro y el consiguiente dolor que genera es una idea muy interesante. ¿Se puede extender la mala interpretacion a otras manifestaciones que unque no sean dolorosas si pueden resultar molestas? Me refiero a somatizaciones tipo parestesias, etc. No se si la analogía es valida. En estos casos el cerebro tambien detecta una serie de “sensaciones” como “amenazas”. ¿Intentado “educarlo” tambien se podrían minimizar?

    Disfruto mucho con la lectura de su blog.

    Gracias!

  2. Unpocdeseny: una vez se ha descartado un origen lesional, el concepto de amenaza errónea, hipervigilancia, es aplicable a otros síntomas, por ejemplo mareo, cansancio, hormigueos, picor…

  3. Curiosamente no parece que la estrategia haya beneficiado a las articulaciones superiores. La columna cervical, los hombros, los codos y las manos, también protestan a pesar de que han sido liberadas de soportar el peso del cuerpo.

    La opinion más extendida entre los ciudadanos doloridos y rígidos y los profesionales que los evalúan y cuidan es que el esqueleto está degenerado y los músculos flojean. Los huesos se rozan porque la superficie articular, antaño pulida, lustrosa y lubricada, ahora es rugosa y está reseca y se pinzan nervios vecinos.

    – No me extraña que le duela. Tiene usted la columna hecha un asco. Ejercicio suave, nada de pesos… vamos a corregir posturas, fortalecer músculos, masajes… Tiene que adaptar sus hábitos y proyectos a la condición de su esqueleto… si no quiere acabar en una silla de ruedas. Le conviene natación.

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