Grupos de dolor lumbar (VII). Interioridades

Lo fundamental en el dolor es su significado.

El organismo tiene superficie, frontera con el mundo externo. Allí se producen incidencias de daño accesibles a los sentidos. El dolor aparece acoplado a un suceso. Forma parte de la inflamación (rubor, tumor, calor, dolor). identificamos el origen, observamos la evolución de la lesión. Sabemos que, si no hay complicaciones, todo volverá a la normalidad, en el peor de los casos con alguna secuela estética por una cicatriz excesiva.

El dolor por incidencias en superficie es vivo al inicio y en poco tiempo, una vez eliminado el agente causal, se hace más tolerable. Sólo si violamos el aislamiento exigido en la fase de reparación, sentiremos un dolor más agudo.

En superficie dolor y daño se correlacionan en tiempo y espacio. Sólo duele en la zona afectada y mientras existe vulnerabilidad local.

Al otro lado de la piel aparece el sin-sentido. No hay ojos internos. Sólo podemos certificar el sentimiento doloroso, su tiempo-espacio, su intensidad. No podemos saber qué sucede.

Al dolor se le suponen incidencias nocivas de interior, allí donde nos duele. Al dolor lumbar se le supone una incidencia de daño o vulnerabilidad en la columna lumbar, en la musculatura, las articulaciones. No vemos el interior doliente pero lo imaginamos.

El interior es un espacio protegido en el que habitualmente no sucede nada relevante. Debiera haber una mayor incidencia de daño en superficie que en interior. Más heridas, quemaduras, infecciones externas que sus homólogos internos. Debiera haber más tiempo-espacio de dolor por sucesos externos que internos.

Debiera… pero no es así. Sucede justo lo contrario.

En la superficie mandan los hechos, la racionalidad, la proporción debida entre dolor y daño.

Al otro lado de la piel manda la imaginación, el mundo virtual, la posibilidad teórica, el miedo, la incertidumbre.

El daño imaginado segrega dolor como si ya estuviera sucediendo lo temido. El dolor ya no es un indicador fiable y exclusivo de lo que sucede. Sólo a veces.

– Me duele la columna

– ¿Qué imagina?

Los padecientes son remisos a aceptar la pregunta.

– YO no imagino nada. Me duele. Haga algo.

No existe la no imaginación y es peligroso desconsiderarla, dejarla volar.

– Puede que usted no imagine nada pero su cerebro es un imaginador obligado. Trate de imaginar lo que su cerebro imagina.

En la profundidad del organismo suceden pocas cosas notables. También puede haber heridas, infecciones, lesiones, daño agudo pero no es la regla. Hay una sobrevaloración del riesgo, mucho miedo por parte del cerebro, mucho daño teórico, posible. El miedo convierte lo improbable en ya consumado o en inminente.

El miedo impide cerrar las heridas, archivar expedientes de daño. El miedo al daño imaginado reabre incidencias pasadas o abre archivos de futuro sin más argumentos que la probabilidad.

El cerebro aborrece la incertidumbre y prefiere dar por cierto el daño o la vulnerabilidad ante la duda. Duele y podría haber daño. Mientra no se demuestre lo contrario: si duele, si salta la alarma, aunque sea por puro miedo, actúese como si hubiera realmente peligro.

¡Que viene el lobo, que viene el lobo!

El miedo a una quemadura por estar cerca de la chimenea no genera dolor en la piel. El temor al daño interno sí.

Hágase con una imaginación saludable, racional. Cuídese de las ovejas disfrazadas con piel de lobo…


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Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

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