Mis neuronas…

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Hay células en el organismo con una condición física incontestable. Células que filtran sangre, segregan bilis, intercambian gases, se contraen, detectan gérmenes, liberan anticuerpos…

Las neuronas tienen, incomprensiblemente, una naturaleza incierta, ambigua, a caballo entre lo físico y lo psíquico. Sabemos que generan percepciones, sentimientos, emociones, decisiones, reflexiones, predicciones, valoraciones, acciones… atribuyen relevancia a pasado, presente y futuro. Todo ello surge de la actividad física de un complejo entramado neuronal pero todos esos productos parecen contener, además, una cualidad inmaterial añadida.  

Tenemos cerebro pero además está la mente. 

La mente aportaría una sin-sustancia propia, un algo misterioso, no físico, sobreañadido, infundido sobre la maraña de neuronas chisporroteantes. Ese algo mental lo identificamos con el YO pensante, sintiente y decidiente y lo diferenciamos de la actividad física de la red. Sí, sí, hay neuronas, por supuesto, hacen un complicado trabajo, dan soporte a lo que sentimos y hacemos pero además está nuestra mente, nuestra voluntad, nuestro poder, el poder oculto, desaprovechado, de la mente. 

La propuesta pedagógica para afrontar el problema del dolor sin daño relevante con conocimiento parece centrarse en el objetivo de dotar a la mente de más poder. Conseguir que el YO, a través de la voluntad, la concentración, el control del poder mental, consiga imponer su criterio, hacer que las neuronas trabajen obedientes bajo el mando a distancia del individuo.

– O sea… que tengo que decirle al cerebro que no me duela…

El padeciente se sabe con poco poder mental y solicita algo más, unos ejercicios, unos cursos para hacerse con el poder necesario para proyectar su voluntad en sus neuronas y conseguir que hagan lo que se les dice.

– Dicen que sólo controlamos el 10% de nuestra mente. Con eso poco puedo hacer…

Los fármacos prometen ese poder que necesitamos. Suplirían ese (supuesto) 90% de déficit mental desaprovechado. Las moléculas tienen superpoderes. Obligan a los circuitos a aceptar la voluntad del YO que ha decidido tragarlas.

– No quiero sufrir. No quiero tener dolor. Voy a tomar el calmante. YO decido.

El padeciente impone su decisión de eliminar el dolor. Las supermoléculas se dejan de historias mentales y quitan lo que el cerebro pone. La química del dolor se combate con la química del antidolor. La decisión del cerebro de doler, con la decisión del individuo de volverse indoloro cuando así lo desee. 

– ¡Aquí mando YO!

Realmente el poder de la mente reside en el poder de nuestras creencias. El tanto por ciento útil de nuestra mente corresponde al tanto por ciento de certeza real de lo que damos por cierto. La Pedagogía intenta aumentar el poder de la mente aumentando el porcentaje de veracidad de la realidad soñada por el cerebro.

Cuando ronronea el dolor un día más a pesar de la calma en los tejidos el individuo debe activar su poder mental, su certeza de que nada sucede y de que el dolor no es sino la expresión del poder mental de las memorias cerebrales, del miedo al pasado, presente y futuro.  

– ¿Pedagogía? ¿Palabras? ¿Sólo palabras? ¿Piensa usted que sólo hablando va a cambiar el dolor? ¿Se atribuye usted un superpoder a lo que dice?   

El lenguaje es fundamental en la vida de nuestras neuronas. Somos una especie social. Somos, en gran parte, lenguaje. La conectividad está sostenida por la palabrería del pasado, del presente y del futuro. 

Toda esa palabrería interna tiene un correlato físico. Hace que suban y bajen serotoninas, endorfinas, noradrenalinas, dopaminas, oxitocinas, glutamato, óxido nítrico… en los puntos, momentos y circunstancias estratégicos… donde y cuando la mente cerebral decide, o, al menos, propone…

Las ideas son moduladores neuronales: encienden y apagan programas.

Las creencias y expectativas mueven la física y química neuronal, reorganizan su conectividad.

El nocebo y placebo andan siempre por medio, por encima y debajo de las moléculas y las corrientes poniendo y quitando dolores innecesarios.

– ¿Mis neuronas no son mías? ¿No son células obedientes?

La obediencia es una función neuronal más. Las neuronas obedecen a sus credos, a sus temores. Aborrecen la incertidumbre y la ignorancia, el medio y largo plazo. Tienden al gregarismo, a arrebañarse ante la adversidad actual o potencial, a dar por válidos los balidos

– ¿Neuronas? No me sirven. No me obedecen. Necesito una solución… algo que me obedezca…     

Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
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