El sentido del peligro

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El dolor es la expresión perceptiva de una valoración cerebral de amenaza. Su cualidad incita al individuo a atender y vigilar una zona corporal promoviendo una conducta defensiva de evitación de un supuesto daño, consumado o potencial. 

Hay neuronas (nociceptores) que detectan daño celular violento y agentes físicoquímicos que lo provocan y hay neuronas que se dedican a valorar probabilidades de daño.

Los nociceptores forman la red nociceptiva, el sentido del daño. Las neuronas evaluativas, predictoras de posibles daños, constituyen el sentido del peligro.

El dolor aparece a veces por activación de nociceptores. Ha saltado la alarma al detectarse robo o un ladrón a punto de abrir la caja fuerte.

Otras veces el dolor surge de una valoración probabilística de amenaza. Hay peligro de robo. Extrémense las precaucionesSe dan unas circunstancias que el sentido del peligro considera significativas.

El sentido del peligro propone con el dolor una conducta preventiva. Hay miedo a un daño y el cerebro lo comunica al individuo para que este adapte su programa a esa eventualidad.

No cojas el coche. Hoy hay riesgo de accidente. 

No hay ninguna condición objetiva mecánica en el coche que permita anticipar un riesgo para ese día. Simplemente el sistema tiene miedo a que suceda un accidente y comunica al usuario su miedo a través de la percepción de dolor.

Para activar el miedo no se necesita gran cosa. Basta la posibilidad teórica, imaginada. Se puede tener miedo a una araña inofensiva, de las nuestras. Nuestras arañas no son, generalmente, peligrosas. No somos pequeños insectos. De hecho somos peligrosos nosotros para ellas. Podemos pisarlas o darles un escobazo.

El sentido del peligro funciona muchas veces como una red de miedos irracionales. Supersticiones, augurios, corazonadas, presagios, fobias.

Ha salido viento Sur. Cuidado con la cabeza. Quédate en casa. Tómate un ibuprofeno.

Al sentido del peligro no hay que pedirle lógica, racionalidad. Sus propuestas serán muchas veces descabelladas, ridículamente alarmistas. La racionalidad tiene que ponerla el usuario, uno mismo.

El viento Sur no supone ninguna amenaza para la integridad física de la cabeza. No voy a cambiar mis planes ni me voy a tomar el ibuprofeno

El exterior está poblado de peligros teóricos, circunstancias potencialmente dañinas. Podemos caernos, nos puede atropellar un coche, apuñalarnos un ladrón, quemarnos en la chimenea. Son peligros reales pero improbables. El sentido del peligro no proyecta dolor para notificarnos su preocupación. Sólo sentimos dolor si nos acercamos demasiado al fuego. A una distancia prudente, calorcillo. Si el sentido del peligro valora amenaza externa tendremos miedo a salir a la calle, cruzar un paso de peatones… pero no dolor.

En el interior también pueden producirse daños. Es un universo lleno de incertidumbre. El sentido del peligro valora amenazas teóricas y gestiona la conducta del individuo tratando de dirigirla a acciones con garantía. Los huesos rozan, pinzan nervios. Los músculos se agotan y contracturan. El estrés aumenta la presión del vapor mental. Algunos alimentos segregan moléculas sufrientes. Los cambios de tiempo, los cambios hormonales, los cambios de actividad…

El cerebro cría miedos irracionales y de ellos surgen percepciones alarmistas: hambre, picor, cansancio, mareo, frío, calor… y dolor sin que se dé ninguna circunstancia que, objetivamente, las justifique.  

El sentido del peligro no está dotado de racionalidad congénita. Más bien lo contrario. Es de natural irracional, alarmista supersticioso, desconfiado. A lo largo del desarrollo, del aprendizaje, el individuo, guiado por su natural imitador y empático y por las prevenciones de sus tutores, convertirá el sentido del peligro en un sistema protector sensato o en un absurdo generador de miedos somáticos internos infundados.

Los circuitos del peligro desactivarán irrelevancias o atribuirán relevancia a estados y agentes inofensivos, inertes.

Al mercado le va bien un sentido del peligro sensiblero, supersticioso, alarmista, irracional. Por ello invierte en generar estados de opinión que consideren que todo contiene peligrosidad potencial.

Carga las tintas rojas del peligro y ofrece conjuros, antídotos, ensalmos, bálsamos, ungüentos- 

El mercado amedrenta primero y sosiega luego siempre que uno compre el remedio.

¿Cómo conjurar los miedos de la migraña, fibromialgia, colon irritable…?

No lo sé. No resulta fácil disolver lo irracional. Es algo muy entrañable, de uno. Preferimos disolver el miedo irracional con un remedio irracional. El nocebo con el placebo.

No veo cómo voy a eliminar el dolor sin tomar nada.

Dicen que el efecto placebo sucede en un 30% de padecientes. Es una cifra tópica, inamovible. Un 30% de crisis de migraña responden al engaño del bálsamo en cualquiera de sus formatos.

Más del 10% de la población es víctima de la irracionalidad fóbica del miedo a que suceda algo en la cabeza por cualquier fruslería cotidiana (psicológica, meteorológica, hormonal, dietética…). Más del 10% de la población tiene migraña, una de las muchas expresiones del efecto nocebo, efecto creencia. Si la convicción nocébica es más fuerte, como sucede en los neurólogos convictos de lo que predican (genes y desencadenantes), la incidencia de migrañas se dispara.

La migraña no es una enfermedad con genes específicos migrañosos que construyen una red alarmista absurda por su condición de excitabilidad patológica. La triptanita no es un antídoto específico que neutraliza la mala química migrañosa.

La migraña es una de las expresiones de un sentido evaluativo del peligro adoctrinado para responder sensiblemente, temerosamente, a casi todo.

¿La solución?  

Nada de placebos. Un buen antinocebo. Una anticreencia…

Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
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4 respuestas a El sentido del peligro

  1. Ani dijo:

    >Doctor Arturo, queria preguntarle…Yo se que Ud dice que cuando no hay dano, como es el caso de la FM, es mejor no tomar ninguna medicina, pero, considerando esta entrada, para los que somos de naturaleza ansiosos y preocupados de todo, no nos vendria bien un poco de ansiolitico o un antidepresivo para aplacar un poco el temor de ese cerebro sobrealarmado?Se lo pregunto porque a raiz de la preocupacion que me ocasionan mis padres enfermos y que muchas veces exacerban mis dolores, volvi a tomar la fluoxetina, la verdad he notado que me produce un poco de dolor "muscular", no dejo el ejercicio, pero las preocupaciones me las disminuye.O sera, efecto placebo?Que cree Ud?Su opinion es muy importante, ya sabe que para mi, es Dios en el cielo y Ud en la tierra.Un abrazo

  2. Angeles dijo:

    >Buenas tardes, de nuevo.Pensando en lo que ayer me dijo Sol de Val y el doctor Goicoechea, me he dado cuenta de que aunque entiendo que hay que desterrar las antiguas creencias y superar el miedo al dolor, eso es lo que me falla en este momento. Sigo teniendo miedo al estrés y a algunos alimentos, por no decir a los viajes y cosas así. No es suficiente con decir, es verdad, que tontería alimentos " que segregan moléculas sufrientes", que si el "viento viene de tal o cual sitio"… Hay que estar realmente convencido de que esos pensamientos no tienen ninguna lógica, ningún fundamento.Esto es lo realmente difícil para algunos cerebros como el mío, pero habrá que intentarlo.Un saludo.

  3. >Ani: no me dé tanta responsabilidad. Los antidepresivos tienen un poderoso efecto placebo. Se discute si aportan algún otro beneficio con su acción química sobre la serotonina. No soy muy partidario de solucionar dolores y desánimos SOLO a golpe de fármacos. Los fármacos pueden ser herramientas de transición mientras el individuo se fortalece para afrontar la adversidad pero no deben consituir la solución. Recurrir a los fármacos en estos casos nos hace más vulnerables y dependientes.Saludos

  4. >Angeles: la tarea de modificar creencias en el terreno del dolor puede resultar más complicada de lo que parece. No sólo basta con entender formalmente la exposición. Hay que conseguir la convicción sólida en las bases reales de la génesis (cerebral) del dolor.Saludos

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