>Irrelevancias

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La razón de ser de las neuronas es la de atribuir relevancia a cuanto sucedió, sucede o pudiera suceder. Clasifican la realidad pasada, presente y futura en fútil o trascendente, relevante.

La relevancia no viene indicada, señalizada. Hay que extraer de los sucesos las marcas, las señales que permiten identificar a lo que contiene consecuencias.

Los sapiens (ma non troppo) son buscadores empedernidos de marcas de relevancia. Las ven por todas partes. Presienten. Atribuyen trascendencia a cuanto les rodea. Todo puede contener información. 

La obsesión por la relevancia ha dejado vacío el universo de lo irrelevante. La realidad no tiene desperdicio.

Sapiens (m.n.t.) presta ojos y oídos a cuanto se dice de lo que es relevante. Por si acaso niega la condición de irrelevancia a cuanto le rodea.

– Me han dicho…

– Investigadores de la Universidad…

– Descubren un gen…

– Hay unas pulseras…

– Mi horóscopo…

Realmente lo relevante es aquello que es tenido como tal aun cuando no lo sea.

– Tiene migraña. Sus genes… el chocolate… el estrés… las variaciones hormonales… las meteorológicas…

Todo eso debiera tener marcado el sello de lo irrelevante pero la oficialidad neurológica está empeñada en atribuirle relevancia, capacidad de desencadenar la tormenta neuronal migrañosa.

 La furia etiquetadora de relevancias ha dado ya con varios cientos de agentes y estados migraño-relevantes. Los neurólogos los llaman desencadenantes. Se les ve encantados con su aportación.

Realmente los estados y agentes relevantes respecto a la nocividad aguda son pocos y bien conocidos. Sólo aquellos que destruyen en unos pocos segundos nuestras células: temperaturas extremas, desgarros, compresiones, ácidos, falta de oxígeno…

El cerebro de las relevancias hace acopio cándido de los cotilleos del peligro, de la inconveniencia y aplica un régimen severo al padeciente. Lo encadena al diabólico temor a todo cuanto hizo, hace o piensa hacer. Lo encadena a los des-encadenantes.

Llenar la mollera de irrelevancias es fácil, dado el natural cándido y asustadizo de la red neuronal sapiens (m.n.t.). Eliminar la irrelevancia es más complicado.

– Tengo dos «hernias de disco», artrosis, una pierna más larga que la otra…

– ¿Y qué?

A los padecientes les abruma la relevancia de lo irrelevante. La idea catastrofista de organismo degradado y vulnerable impone un régimen severo de restricciones y penalizaciones.

Lurdes es una ex-padeciente de migrañas, fibromialgias, fatigas y otras miserias físicas virtuales que acertó a ver la irrelevancia en lo que tenía por relevante y soltó el lastre de la «información» catastrofista. Le pedí que escribiera algo sobre su proceso de liberación, que mostrara la receta, la fórmula. 

– «…Coge toda la información que tengas, métela en una bolsa de basura y sácala a la calle…»

Descreer en lo irrelevante presentado como crucial es necesario aunque podemos fracasar en el empeño por más voluntad que pongamos.

No hay que hacer fuerzas para eliminar irrelevancias. Al cerebro no le van las apreturas, las exigencias. Son contraproducentes.

– Qué, ¿cómo va de cerebro?

La deposición cerebral es tan necesaria como la intestinal.

Homo sapiens (m.n.t.) cambió asas intestinales por circunvoluciones cerebrales. Neuronas y tripas reciben material para procesar, para segregar lo útil de lo fútil. Si no se libra uno de las irrelevancias queda atrapado en su mundo 

– Esta vida es una mierda…

Como dice mi amigo Ramón: 

«El hombre… somos idiotas»

2019-07-25 11.12.31

Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

5 comentarios sobre “>Irrelevancias

  1. >Mi querido Dr. He estado fuera un tiempecito y ansiaba volver a leerlo, a reconfortarme con sus explicaciones… no exentas de humor, como ésta, que me ha tenido puesta la sonrisa todo el tiempo.Leeré las entradas atrasadas poco a poco, para no sufrir su ausencia hasta Septiembre. Tengo muchas cosas que comentarle, y ya estoy deseando que empiece el nuevo curso. Un abrazo muy grande y felices vacaciones. Cruz

  2. Como dice mi amigo Villovi, esos pacientes que llegan y se presentan: «Hola, me llamo Carlos, y tengo dos hernias». A mi me cuesta no darme una palmada en la frente cada vez.

    Si alguna vez «la cago» y se me escapa el «¿Y qué?» demasiado pronto, prácticamente puedes dar al paciente por perdido. Ojalá se dieran cuenta que, en realidad, eso es lo de menos…

  3. Carlos: pues a mí el «¿y qué?» se me escapa, voluntariamente, cada dos por tres. Es un buen modo de iniciar el diálogo

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