>¿A dónde va Vicente…?

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Homo sapiens (ma non troppo) es una especie social. Ahí radica el éxito de su supervivencia (y superpoblación neoplásica, invasiva).


La socialización de los sapiens no se produce por voluntad, por libre decisión, sino por mandato biológico. Tan pronto como nacemos nuestras neuronas acumulan datos surgidos de la observación de lo que sucede alrededor. A través de la visión interiorizamos una representación del mundo asociada a una gama de interacciones posibles. El niño ve los objetos y lo que hacen otros con ellos y su cerebro graba, entrelazadas, las representaciones sensoriales y motoras: lo que ve y lo que se puede hacer con ello.


Cada observación contiene asímismo un factor emocional expresado por el agente externo, una valencia positiva-apetitiva o negativa-aversiva, que queda también grabada como referencia de valor a las acciones observadas.


Aprendemos a percibir el mundo, interactuar con él y valorarlo a golpe de copia, de referencia ajena.


Por si no fuera suficiente para definir nuestro carácter gregario, disponemos de tutores, expertos que nos marcan y corrigen los caminos, que seleccionan los escenarios y representan en ellos (a veces hipócritamente) lo que debe ser hecho o evitado.


El lenguaje permite, además, «observar» a través de la imaginación, de la representación mental sin objeto, un mundo no verificable directamente por los sentidos.


El interior del organismo es uno de esos universos asensoriales. No lo vemos, oímos, palpamos ni (afortunadamente) degustamos y olemos. Sin embargo lo imaginamos, en base a lo que nos han contado de él los expertos.


La idea de nuestro interior está fuertemente socializada (imitada, copiada, aprendida, tutorizada).


Generalmente es un espacio opaco en el que aparentemente todo está en orden, en su justa medida, pero, desgraciadamente, en muchos casos aparece el ruido de la disfunción, los síntomas: dolor, mareo, cansancio, desánimo…


El individuo no puede ver lo que sucede pero sabe que algo no va bien. Una percepción desagradable surgida del interior no puede ser interpretada con garantías pero da lugar a una acción del individuo cuyo objetivo es el de neutralizarla, minimizarla en tiempo y espacio.


La percepción de un síntoma siempre contiene una sensación específica, un afecto de desagrado, una valoración de que algo no va bien y una conducta defensiva-preventiva.


Los síntomas tienen un componente marcado por el suceso pero también están modelados por el aprendizaje social. Sentimos, valoramos, actuamos e interpretamos en función de lo que el grupo tiene como referencia.


El cerebro sapiens (m.n.t.) no necesita que algo vaya mal para activar los síntomas, los mensajes de advertencia. Su gran capacidad de representar el mundo asensorial, el no detectable, le permite construir y activar sensaciones de enfermedad… estando sanos.


El receptor de los síntomas actúa frente a ellos según mandan los cánones socializados y concluye sobre su significado con un cándido «YO creo que…» a la vez que actúa sobre la base de otro no menos cándido «he decidido…»


Las creencias y conductas sobre los síntomas pueden ser inadecuadas, simplemente porque el cerebro los ha activado sin que nada anómalo suceda dentro.


Alguien tendría que decir a ese cerebro que no debe dar a los botones de la percepción de estados de carencia y/o enfermedad cuando no hay motivo para ello.


«La sociedad», los «expertos», los empresarios de etiquetas diagnósticas y remedios, debieran iniciar una campaña de información sobre los excesos cerebrales. Bastaría un acuerdo entre todos para que millones de ciudadanos se vieran libres de síntomas.


Urge crear una Asociación de ciudadanos que reclame los derechos de sentirse sano cuando uno lo está.


Debiera existir la presunción de salud: uno está sano hasta que no se demuestre lo contrario.


Incomprensiblemente, todo el mundo (sanadores y padecientes) se empeña en reclamar lo contrario: el derecho a estar enfermo aunque no se consiga demostrar que, realmente (en sentido clásico), uno lo está.


¿A dónde va Vicente…? A donde le lleva «su» mente.


2019-07-25 11.12.31

Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

2 comentarios sobre “>¿A dónde va Vicente…?

  1. >Hoy día del sol, aunque en algunos lugares no luzca, toca primer plato de optimismo: ¡Demasiado que algunos se enteran de algo y lo transmiten, milagro que otros lo entiendan y lo más de lo más: que lo compartan. Ya me gustaría poder responder de forma más técnica y responsable pero me debieron "`programar" para ser una cigarra al sol y hacer cri,cri,cri. Un abrazo y buen descanso.

  2. >mjt: efectivamente, ha salido un día precioso pero se me ha torcido la jornada pues, una vez, la máquina quitanieves (?) me ha bloqueado el camino que va de mi casa a la carretera y me he pasado la mañana a base de improperios mientras quitaba la barrera que tradicionalmente me pone los servicios de la Diputación por eso del bien común…El problema con nuestra docencia biológica es que cada maestrillo cuenta las cosas según le interesa y los alumnos no podemos defendernos debidamente.Saludos, una vez recuperado el optimismo… y el coche.

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