>Cámara, ¡acción!

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«En el principio fue la acción», recordaba oportunamente Goethe.

Homo sapiens (ma non troppo) se gusta oyéndose hablar y considera que todo proviene del verbo, de la palabra: «en el principio fue el verbo…». Las palabras, según quien las diga, parecen estar dotadas de la facultad mágica de crear.

Desde el punto de vista evolutivo, todo se entiende mejor dando la razón a Goethe. El movimiento con un propósito es una característica básica de los seres vivos.

El paramecio es un protozoo, un ser vivo unicelular. Vive en charcas y se mueve de aquí para allá con el propósito de encontrar comida y evitar obstáculos. Su membrana está poblada de cilios que generan el movimiento. Cuando colisiona con algo, unos sensores mecánicos detectan el encontronazo y generan un programa motor que pone la marcha atrás, da un pequeño giro y reemprende la marcha. Si el golpe se recibe por la parte posterior, un tipo distinto de sensor mecánico dispara, lógicamente, un programa distinto.

Los biólogos consideran que el paramecio es una neurona acuática. Tiene todos los componentes característicos de las neuronas: sensores, un programilla y una respuesta motora.

Las neuronas de los seres vivos pluricelulares sólo se mueven cuando nacen y tienen que buscar su destino, su puesto de trabajo, su área de influencia. Una vez instaladas sólo se produce movimiento en las terminaciones, en los puntos de conexión con otras neuronas (sinapsis). Incesantemente crean y destruyen conexiones. De este modo podemos adaptarnos a las cambiantes condiciones del medio.

En las Facultades de Medicina se sigue enseñando a los futuros neurólogos que existen neuronas sensitivas, neuronas pensantes y neuronas motoras: neuronas que captan estímulos, neuronas que reflexionan sobre ellos y deciden qué órdenes dar a otras neuronas, que finalmente dicen a los músculos lo que tienen que hacer.

En las Facultades de Medicina se sigue diciendo a los futuros neurólogos que lo que percibimos en la pantalla de la conciencia es lo que nuestras cámaras captan del interior y exterior. Las imágenes y sonidos se captan por ojos y oídos y se proyectan a la pantalla del YO espectador.

No sorprende que los neurólogos sigan pensando que el dolor se construye en los tejidos doloridos, es captado por las neuronas sensitivas y se conduce hasta el cerebro donde las neuronas pensantes decidirán qué hacer con él. Una vez tomada la decisión se prepara un paquetito para el YO con un mix de una sensación dolorosa con un toque emocional de sufrimiento a la vez que se activa un programilla conductual de quedarse quieto en cama o slir huyendo.

Toda percepción es una acción. Es el resultado final del procesamiento neuronal. Es lo que aparece en la pantalla del YO con el propósito de forzarle a una conducta. La percepción es la acción imaginada, iniciada. La acción está contenida por un resorte. Sólo falta oir el pistoletazo de salida para que se ejecute.

La percepción de picor es ¡ráscate!, la de hambre, ¡busca comida!… y la de dolor: ¡huye! o ¡no te muevas!

Hay percepciones adecuadas: contienen sabias propuestas de acción: eliminar un parásito de la piel al rascarse, llenar los depósitos de energía tras unos días sin probar bocado o huir del fuego o quedarse quieto cuando algo no va bien dentro.

Es más frecuente que el cerebro alarmista, marca sapiens (m.n.t.), construya percepciones irracionales, erróneas, con propuestas absurdas y peligrosas: rascar violentamente una piel normal, comer sin parar o quedarse bloqueado.

El cerebro alarmista quiere individuos rascadores, comilones, temerosos del movimiento.

El cerebro alarmista se reconforta con la oferta de los bálsamos para todo: ungüentos, bocadillos y calmantes y acaba cogiendo gusto a los remedios. Prefiere que haya cremas por la piel, comida en el estómago y calmantes. Para que eso sea así no hay otro modo que proyectar a la conciencia del YO las percepciones-acciones correspondientes: picor, hambre y dolor.

– Doctor, ¿por qué tengo tanto picor, hambre y/o dolor?

– Supongo que su cerebro quiere que se rasque, que coma o se tome un calmante. Pregúntele por los motivos.

– Bien, pero… ¿le obedezco o qué hago?

– Si le obedece está perdido.

Tengo que tomarme el calmante.

– No necesariamente. No pasa nada si no se rasca, come o renuncia al calmante.

– ¡Qué fácil es decirlo!

No es fácil, a veces, hacer entrar en razones al cerebro alarmista. Es imposible si, además, le damos la razón y participamos de su alarmismo…

Cámara… ¡Acción!…

No haga ni caso. Usted a lo suyo…


2019-07-25 11.12.31

Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

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