>Movimiento articulado

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Somos una especie articulada. Nuestros 208 huesos están unidos por tejido organizado que permite un desplazamiento variable entre ellos. El grado de libertad de movimiento, el número de formas de acceder a un objeto y manipularlo es considerable. A la hora de imaginarnos, sentirnos, cuando estamos (aparentemente) quietos, sosteniendo una posición, o desplazándonos, podríamos visualizar el continuo bailoteo de nuestras articulaciones, la facilidad con la que se desplazan unas y otras, la increible variedad de programas y combinaciones y, sobre todo, la facilidad y ligereza de las acciones motoras.


Los artrópodos tienen sus huesos y articulaciones en el exterior (exoesqueleto) y pueden disfrutar y enorgullecerse de su increible potencial articulatorio si bien tienen que cambiar su funda rígida periódicamente para amoldarse a los sucesivos y crecientes volúmenes que marca el desarrollo.

Nuestro esqueleto, con sus articulaciones, es interno (endoesqueleto). No lo vemos y podríamos, perfectamente, no imaginarlo ni sentirlo como no sentimos ni imaginamos el páncreas, la vesícula biliar, el bazo o el sistema linfático.

La marioneta corporal está movida por hilos musculares desde un sistema neuronal que programa millones de secuencias adaptadas a nuestros propósitos. Cada punto de contacto entre los segmentos rígidos está convenientemente preparado para soportar el estrés de la carga y fricción que impone el programa.

El endoesqueleto articulado es un universo oculto a nuestros sentidos y ello nos hace vulnerables. Un creciente ejército de expertos en endoesqueleto nos lo van describiendo, vilipendiándolo hasta el extremo, degradándolo, vertiendo sobre él todo tipo de calumnias y descalificaciones.

Nuestros huesos están desgastados y deformados, las articulaciones oxidadas y rugosas, los músculos contraidos y exhaustos por el omnipresente estrés…

Con estos supuestos calamitosos mimbres el cerebro tiene que construir los cestos de los programas para la marioneta, cuidando de que no se degrade aun más la delicada y vulnerable textura del endoesqueleto. Debe protegerlo, mimarlo, evitar cargas y acciones.

El endoesqueleto está amenazado por el día a día del individuo, que se empeña en levantarse y caminar.

– Te conviene hacer ejercicio

– Mi cerebro no me deja

– ¿Por qué?

– Piensa que mi endoesqueleto es frágil y vulnerable

– ¿Quién le ha dicho eso?

– Todo el mundo se lo dice: los doctores, los fisios, el del gimnasio, la pescatera, la tele…

– Dile que no haga caso. El endoesqueleto es una maravilla. Su peor enemigo es el miedo a usarlo. Es el que hace que se oxide, degrade, deforme, fracture y genere sufrimiento.

– ¿Y cómo le quito el miedo a mi cerebro?

– Tendrías que empezar por quitar primero tú el miedo a moverte…

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El miedo al movimiento (por miedo al dolor) es la causa más frecuente de dolor al moverse (una vez descartados los sucesos agudos necróticos).

Si fuéramos artrópodos no tendríamos tanto dolor ni los expertos podrían contarnos cuentos de terror sobre el exoesqueleto… aunque, probablemente, inventarían relatos sobre interior… ya lo hacen con la cabeza. Es como el caparazón de una tortuga y eso tendría que darnos confianza pero los expertos han tejido una extensa red de bulos sobre chocolates, hormonas, viajes, estreses y genes…

Defienda el buen nombre de su organismo. Cuide su autoestima.

De otro modo no hay quien pueda mover el esqueleto…

2019-07-25 11.12.31

Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

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