>Tribulaciones y atribuciones

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Siempre me ha interesado la historia clínica, la descripción minuciosa de los síntomas. Los más nimios detalles podían ser la clave del diagnóstico y, cuando era residente, sometía a los pacientes a un exhaustivo interrogatorio quasi-policial. El relato se completaba con una no menos minuciosa exploración y una vez me hacía con un buen acopio de datos me dedicaba a la tarea de construir prolijas hipótesis sobre el origen de los síntomas. Mis historias de residente exigían varios folios y se remataban con un extenso apartado de especulaciones diagnósticas. El dar con el qué, cuándo, cómo, cuánto y dónde del sufrimiento calmaba mis aspiraciones de neurólogo. 


El Sistema Nervioso era una compleja estructura de cables y centros y nuestra misión era localizar el lugar exacto de la disfunción. Una vez conseguida la ubicación, ya sólo quedaba establecer la causa: vascular, degenerativa, tumoral, infecciosa… Si el caso contenía muchos síntomas y ningún signo de lesión la conclusión era inapelable: se trataba de un cuadro «funcional». 

«Funcional» era una palabra inexcrutable y, por tanto, práctica. Las consultas estaban rebosantes de pacientes «funcionales», incómodos y fastidiosos personajes de los que no resultaba fácil librarse.

Me llevó mis años desaprender lo aprendido, hacerme con mis actuales modos operativos. Sigo fiel al empeño de recoger datos al modo del policía Columbo, exploro poco (ahora tenemos escáners y resonancias) y una vez estoy razonablemente seguro de que, afortunadamente, el paciente está sano me dispongo a iniciar la verdadera historia: 

             – ¿Qué piensa de todo esto, a qué lo achaca?

Ahora lo que me interesa es la narración, el significado de los síntomas, las hipótesis que se van construyendo con más o menos consciencia. Me preocupa lo que pueda estar tramando como narración el cerebro y la facilidad con la que pueda estar engañando al inerme paciente. 

El cerebro es un peligroso cronista del organismo. Se cuenta y nos cuenta historias. Es una estructura chismosa y malintencionada que no tiene escrúpulos en descalificar huesos, músculos, metabolismos, articulaciones, tendones, nervios y colesteroles. Da pábulo a todos los dimes y diretes de las conversaciones en la pescadería, salas de espera de los ambulatorios y programas de salud (enfermedad).  Parece complacerse en la descalificación sin límite de los rebaños celulares que debe cuidar. Es un pastor que desprecia la calidad de sus ovejas. 

Convencido de la vulnerabilidad y extrema fragilidad de células y tejidos, activa la siempre socorrida estrategia de la prohibición, de la privación de libertad, del no a todo, por si acaso.  

Las tribulaciones del paciente, los síntomas, provienen de las atribuciones catastrofistas del cerebro al organismo que debe proteger:

        «No te muevas, no saltes, no corras, no te esfuerces, agárrate, bájate de ahí, come un poco más, no comas tanto, descansa, tienes que moverte, va a ser inútil, déjalo, no sirves, lo llevas en la sangre, cualquier día tenemos un disgusto, te vas a caer y romper la crisma, tienes estrés, artrosis, osteoporosis, hernias de disco, la columna torcida, no cojas pesos, no te conviene el ordenador, el tiempo ha salido revuelto, quédate en casa, en la cama, apaga las luces, diles que se callen, qué olor más insoportable, tómate el calmante, vete al médico, así no podemos seguir, tu infancia pesa, no se van a cerrar las heridas, algún tendón cogido …» 

            – ¿Qué opina de su cerebro? o, mejor dicho: ¿qué cree que opina su cerebro de su situación?

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Evidentemente es una extraña pregunta pero es una pregunta oportuna y crucial. Necesitamos conocer a nuestro cerebro, saber que está allí arriba pensando mal y actuando sin contención. Debemos poner coto, limitar, regular. Los sistemas defensivos son impulsivos y excesivos. La evolución les ha dotado de esa condición pero ha acoplado mecanismos de supresión-regulación que tratan de minimizar los excesos. El Sistema Inmune dispone una brigada de linfocitos T reguladores encargados de dosificar el ímpetu defensivo de los guerreros. El Sistema Nervioso también tiene neuronas inhibidoras, supresoras, capaces de poner límites pero la red es sensible a la cultura y ahí comienzan los problemas. 

            – Tengo colesterol, depresión, estrés, ansiedad, insommio, desgastes, fibromialgia, migrañas, colon irritable, fatiga crónica, poca serotonina, demasiada sustancia P…

            – Y los años…

            – Ando con el psicólogo. Me ha dicho que tengo que aprender a convivir con ello…

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            – He estado con un médico muy raro. Me ha dicho que mi cerebro tiene «atribuciones»…


                           ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡       ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿ 

  

2019-07-25 11.12.31

Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

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