>"Bajadas de tensión"

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Homo sapiens (ma non troppo) es la única especie que se desmaya con una extraña facilidad. Bombear la sangre hasta la cabeza no parece que se nos dé bien. La bomba cardíaca nos abandona en cafeterías, iglesias, restaurantes, aulas y servicios creando el obligado tumulto.


La aparatosidad del cuadro hace que acabemos en Urgencias donde tras comprobar que todo está en orden nos darán el veredicto:


– No se preocupe. Está todo bien. Ha sido una «bajada de tensión».


Habitualmente los desmayados no se sorprenden de que su tensión arterial les abandone. Se da por sentado de que es una «constante» vital más bien inconstante, como la glucosa: «ha sido una bajada de glucosa». Sin embargo el oxígeno, otra constante vital, parece estar garantizado pues realmente suena raro lo de «ha sido una bajada de oxígeno».


El organismo necesita al cerebro para funcionar correctamente y el cerebro necesita sangre con glucosa y oxígeno. No basta con la garantía del oxígeno. La «inconstancia» de glucosa y sangre convierte a nuestro cerebro en un órgano poco fiable.


Todos los millones de años de evolución del organismo de Homo sapiens (ma non troppo) no han sido capaces de seleccionar un mecanismo que garantice el aprovisionamiento de energía al cerebro. El bipedismo nos viene grande. Debiéramos tomar ejemplo de la jirafa, con su cerebro a dos metros del corazón y tan pichi.


¿Dónde se esconde nuestra vulnerabilidad? ¿Tenemos un corazón insuficiente para superar 20-30 cm de desnivel o nuestro sistema nervioso autónomo es incapaz de ajustar fuerza y frecuencia de los latidos y calibre arterial para garantizar el suministro. Desde el punto de vista de la fontanería no parece demasiado complicado.


Con los años he aprendido a buscar en el cerebro las causas de los aparentes fallos del organismo. La culpa de que no le llegue la sangre al cerebro no es del aparato circulatorio (bomba, tubos, válvulas…) sino del propio cerebro.


Una vez más, el natural alarmista del cerebro nos juega malas pasadas.


Existe un programa básico para sobrevivir. Se denomina: programa de «lucha y huida». Cuando se activa se produce un conjunto de cambios en el funcionamiento de todos los sistemas orgánicos. Si el cerebro evalúa ¡Peligro, vámonos de aquí! el programa entra en funcionamiento: el corazón se acelera, aumenta la presión, la profundidad y frecuencia respiratoria, se redistribuyen los cinco litros de sangre, desviándolos del aparato digestivo y la piel a los músculos, se da la orden a las glándulas sudoríparas para que mojen la piel y así evitar el subidón térmico de la huida, se inyecta glucosa desde el hígado, se moviliza el Sistema Inmune, se encienden las alertas neuronales, se transmite la percepción de peligro al individuo…


– ¿Qué te pasa? No tienes buena cara.


– No sé. Me estoy mareando.


– Respira hondo…


Nunca haga caso del bienintencionado consejo de respirar hondo. No existe ninguna situación que lo justifique. Niéguese en redondo a obedecer. Es la puntilla. Si obedece, el desplome está garantizado. Al respirar hondo sobre un fondo previo de hiperventilación, se produce un descenso aún mayor de anhídrido carbónico, un estimulante de la circulación cerebral, y se precipita la inconsciencia.


¿Qué es lo que ha fallado al activarse el programa de lucha-huída? Parece evidente… la huída. Si el individuo hubiera hecho caso de su cerebro habría salido corriendo y los músculos habrían devuelto la sangre desde las piernas al corazón. Al quedarse quieto se produce un fallo de la bomba venosa de retorno, los músculos. Es el mismo efecto que el de una parada cardíaca.


¿Quién le manda al corazón activar esa alarma en la iglesia, la cafetería, el restaurante, el aula o el cuarto de baño, unos lugares donde todo el mundo sabe que no se suele salir huyendo…?


El cerebro tiene razones que el individuo desconoce y, al parecer, el individuo tiene razones que su propio cerebro también desconoce. El eterno problema del desencuentro entre el cerebro emocional y cerebro social. Nuestro instinto de la sabana nos juega malas pasadas en el entorno tranquilo de los lugares cerrados y protegidos (haga o no calor).


– Ha sido una bajada de tensión…Tiene usted un organismo defectuoso. Hay escenarios que se le dan mal. Le baja la tensión. Es inconstante, ya sabe: sube y baja.


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Los desmayados acaban viniendo a la consulta de Neurología:


– Su organismo es normal. Es su cerebro. Ha activado el programa para huir en un escenario en el que usted tenía previsto estar quieto. Debemos convencerle de que no lo vuelva a hacer. El cerebro graba los lugares que considera peligrosos. Hay unas neuronas llamadas: «neuronas de lugar». Se dedican a memorizar los escenarios donde sucede algo relevante. Habrán tomado nota de la cafetería y puede que vuelvan a encender el programa de huir si se re reproducen las circunstancias. Tropezamos en la misma piedra ya sabe…


– Y si me da cuando conduzco… o cruzando una calle…


– Es poco probable, pero no dé ideas a su cerebro alarmista.


– ¿O sea que no tengo la tensión baja?


– Se la cambio si quiere…


2019-07-25 11.12.31

Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

2 comentarios sobre “>"Bajadas de tensión"

  1. >»Es el mismo efecto que el de una parada cardíaca.»¡No lo habrá dicho para tranquilizarnos! Mire que no somos mucho más valientes que nuestros cerebros…¿Es cierto que el desmayo, la pérdida de conciencia, contribuye a que la normalidad se restablezca?

  2. >Puede que la analogía sea un poco tremebunda. Quería hacer ver que la sangre se bombea desde el corazón y desde los músculos de las extremidades inferiores. Si estas no se contraen el corazón se queda sin sangre que bombear, aunque siga latiendo. Al perder la conciencia el culpable, el cerebro, se queda sin mando y todo vuelve a la calma si no hay por allí un aguerrido salvador de vidas que se empeña en destrozarle el pecho con un masaje cardíaco o quiere mantenerle a toda costa incorporado…

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