>Erase una vez… las neuronas de la necrosis

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El organismo es, como dice Mosterín, una “república de células”, una compleja organización cuyo objetivo fundamental es la supervivencia. 


La muerte acecha a cada una de las células-individuo y puede sobrevenir de forma violenta, inesperada, traumática, la “muerte desde fuera” (Mosterín) o “mala” muerte, o bien ser predecible, natural, “desde dentro”: la “buena” muerte. 


La muerte violenta celular puede sobrevenir por múltiples agentes y estados: temperaturas extremas, desgarros, compresiones, infecciones, falta de oxígeno, tóxicos, ácidos, cáusticos… Pilla a la célula de sopetón y no le da tiempo a reaccionar. Comienza a hincharse y acaba rompiéndose la membrana, vertiéndose al exterior productos altamente tóxicos que matan violentamente a las células vecinas desatándose así una reacción en cadena que acaba con la vida de todas y cada una de las células del organismo. 


Esta muerte violenta se denomina necrosis. Es fundamental evitarla pero si se ha producido ya, debe hacerse algo para impedir su extensión incontrolada. La inflamación (bendita) es la respuesta inmediata que trata de apagar el “fuego”, la destrucción, e impedir que se extienda por todos los rincones. 


Las terminales de los nervios vigilantes, pobladas de sensores de nocividad (nociceptores) captan las señales de destrucción celular y las transforman (transducen) en señales eléctricas (señales necróticas) que viajan hacia el cerebro. Una vez allí se activa el programa dolor. 


Este eficaz trabajo de alarma lo realizan las neuronas de la necrosis, especializadas en detectarla donde se produce e informar a diversos centros con capacidad de organizar respuestas defensivas eficaces. 


Erase una vez… las neuronas  de la necrosis, no es ningún cuento. Es la realidad. Si hay muerte violenta, es detectada y se actúa de forma inmediata y eficaz. El individuo, por supuesto, es debidamente informado. La forma de hacerlo es a través del mensaje contundente y eficaz del dolor. Este sólo es detectable por el individuo, por su consciencia. Las cámaras, proyectores y pantallas no ven la película. Sólo el espectador la detecta. Las cámaras colisionan con los hechos y mandan información. 




Los primeros seres vivos con neuronas sólo disponían de este sistema de alarma, el de los hechos consumados. Eficaz pero tardío. Cualquier programa que apareciese en la evolución que permitiera captar señales de peligro, señales que anunciaran a distancia temporal y/o espacial la amenaza de necrosis potencial, sería seleccionado y transmitido. 


Eso es precisamente lo que ha sucedido. La progresiva complejidad del Sistema Nervioso, la que nos ha conducido hasta el cerebro humano ha permitido desarrollar una formidable pero cuestionable y desmedida “capacidad” de predicción. 


Los sentidos clásicos (vista, oido, olfato) permiten detectar a distancia al enemigo, al que puede generar necrosis si contacta con nosotros. Si lo olemos, vemos u oímos huiremos o nos esconderemos. Si no podemos evitarlo, lucharemos. El tacto y el gusto sólo detectan al enemigo cuando ya ha contactado con la superficie pero todavía se puede reaccionar y librarnos de él. 


La vista y el oído prestan un servicio vigilante extra: no sólo detectan al enemigo necrotizante que merodea cerca sino que a través del lenguaje oral y escrito recibe noticias y advertencias de otros sobre la peligrosidad potencial de lo que nos rodea, de lo oculto, de lo que se escapa a la inspección de los sentidos.


Los expertos en alarmas analizan la realidad y la clasifican en beneficiosa y perjudicial. Construyen extensos catálogos de lo que debe ser evitado y nos comunican la conveniencia de seguir pautas de vida saludable. 


El mundo de los desencadenantes que tanto obsesiona a los neurólogos está servido. En todo este largo camino desde el primitivo sistema de alarma frente a la necrosis hasta el momento actual, se ha perdido el Norte. Estamos desvariando.

Ahora todo vale para explicar el dolor y justificar la consiguiente prohibición. Al parecer, el viento Sur, el chocolate, el desánimo, el descanso del fin de semana, los viajes etc, son peligrosos enemigos que, a través de caminos sutiles, pueden generar episodios de muerte celular violenta en el interior del cráneo. El chocolate tiene oculto el poder destructivo del meningococo. 


!Guerra a la necrosis, viva la inflamación y viva el chocolate, el sol, los viajes y los fines de semana¡

Lo que no necrosa no debiera activar el eficaz y selectivo programa biológico del dolor pero un cerebro instruido para el mosqueo con cuestiones irrelevantes activará el programa que la evolución seleccionó para proteger las células de la necrosis. 


Los “expertos” lo han convertido en un absurdo inquisidor de hábitos y costumbres absolutamente inofensivas.

Acerca de arturo goicoechea

Born in Mondragón, Guipúzcoa, in 1946. Head of the Neurology Department at the Santiago Hospital in Vitoria (Álava), Spain. Published books: Jaqueca, 2004. Depresión y dolor, 2006. Cerebro y dolor (Esquemas en dolor neuropático) 2008. Migraña, una pesadilla cerebral, 2009.
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