>El sentido del peligro

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El sentido del daño, a través de los nociceptores, los sensores de lo dañino (temperaturas extremas, estirones, desgarros, compresiones, ácidos, falta de oxígeno, gérmenes…) detecta la muerte violenta ya consumada o inminente de células y tejidos y activa las respuesta defensivas oportunas (inflamación frente al daño consumado o evitación en el inminente).  


El ideal defensivo es el de la evitación del daño, detectando a distancia (en el tiempo y/o en el espacio) al enemigo.

Cada especie dispone de recursos propios que le permiten «sentir» el peligro. Todo tipo de señales sensoriales (sonidos, imágenes, olores, sabores) contienen información a distancia sobre agentes y estados potencialmente nocivos. Su detección activa la correspondiente reacción de evitación (reacción de lucha-huida) preventiva. 
 
Algunas señales de alarma están codificadas en el genoma y activan, de forma refleja, la respuesta de alejamiento o recelo: estímulos novedosos, estímulos intensos,  malos olores, sabor amargo, precipicios, serpientes, arañas… 

Sin embargo la mayoría de las señales de peligro se codifican en nuestra especie por aprendizaje y, a su vez, el aprendizaje se produce por experiencia propia, observación de sucesos ajenos y, muy especialmente en el humán, por instrucción. 

El cerebro humano está determinado genéticamente a observar y copiar. El proceso de copiado es básicamente inconsciente y supone la vía fundamental de adquisición de pautas de conducta defensivas. 

El sentido del peligro está atento a activar las alarmas cuando se da cualquier circunstancia codificada como señal amenazante. 

Las señales pueden ser cualquier cosa: un momento (fines de semana, al despertar, una vez cada 15 días…), un lugar (el puesto de trabajo, una cafetería, el campo…), un alimento (el famoso chocolate, los cacahuetes o un poco de alcohol…), cualquier cambio meteorológico o , en definitiva, cualquier incidencia que el cerebro registre como significativa.

La cultura migrañosa contiene un amplio conjunto de señales a las que se atribuye, erróneamente, peligrosidad para la cabeza. 

El cerebro de Homo sapiens es especialmente cándido y existe una alta probabilidad de que acoja como válidas las falsas advertencias de la instrucción cultural. 

Afortunadamente, la cultura contiene también el antídoto contra los tóxicos que ella misma contiene: el conocimiento. Sin embargo el universo de las creencias incluye la propiedad del engatusamiento, de la adhesión incondicional, del orgullo identitario y el rechazo de lo extraño (xenofobia). 

En la consulta me esfuerzo en explicar a los pacientes con migraña, lo que sabemos sobre neuronas y respuestas de defensa y su inevitable y estrecha dependencia de lo que creemos. Tras un largo rato de escucha aparente, algunos pacientes comentan: «no estoy de acuerdo, no me convence». 

El comentario es comprensible pero no tiene sentido. Expresa la resistencia a sustituir creencia por conocimiento, adoctrinamiento por pedagogía. 

2019-07-25 11.12.31

Publicado por arturo goicoechea

Neurólogo. Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en 1946. Jefe del Servicio de Neurología en el Hospital Santiago de Vitoria (Álava), España, hasta 2011, en la actualidad jubilado. Permanece activo como enseñante y divulgador de la aplicación de la Neurociencia al ámbito de la Neurología, especialmente referida a la migraña y al dolor crónico sin daño, impartiendo cursos y charlas y, desde hace una decena larga de años, a través de su blog.

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